jueves, 29 de julio de 2010

Un mundo de locos



"Es calamidad de estos tiempos que los locos guien a los ciegos."
William Shakespeare, El rey Lear, acto 4, esc. primera

No sé que le pasará a otra gente, pero yo, cuando me agacho para ponerme los zapatos por la mañana, pienso: "Ah, Dios mío, ¿y ahora qué?". Estoy jodido por la vida, no nos entendemos. Tengo que darle bocados pequeños, no engullirla toda. Nunca me sorprende que los manicomios y las cárceles estén llenos, y que las calles estén llenas. El hombre está metido en un juego loco consigo mismo. El mundo se ha convertido en un manicomio, una mitad disfrutando de los tormentos de la otra. La mayoría no se da cuenta de qué lado de la reja está. No es sencillo precisar de forma elemental qué entendemos por razón e inteligencia. La vida de los seres humanos continúa siendo absurda e inútil, y todo lo que hace o emprende confirma su absurdo y su inutilidad. No somos conscientes de lo que hacemos, ni el por qué, y cada vez comprendemos menos.

Decía el gran filósofo Chamfort del siglo XVIII: "M. de Lessay, hombre apacible, pero con gran conocimiento de la sociedad, decía que habría que tragarse un sapo todas las mañanas para no encontrar nada desagradable en el resto del día, si debía pasearse en sociedad."

De hecho, el mundo está lleno de locos. Es suficiente para deprimirte. ¿Cómo tachar de anormales y enfermos mentales a quienes espantan el rostro humano? Nadie está loco sino respecto de la "normalidad" social que le rodea y lo más extraño para mí ha sido siempre el concepto de "normalidad", lo que es ser normal. En Rey de corazones (1966), de Philippe de Broca, nos cuenta la historia de una pequeña ciudad francesa que, durante la guerra de 1914-1918, se queda vacía. Los internos de un manicomio se escapan de noche y cercan la ciudad, ocupando el lugar del alcalde, de la policía, del juez, del peluquero, del tabernero, del tendero, del cartero, etc. De Broca sabe que la vida es una broma, que los despachos están ocupados por falsos adultos que se hacen pasar por ministros, abogados, críticos de arte, anarquistas, expertos, contables, etc.

"Todos estamos locos; represión, sublimación, psicosis...son conceptos que irrumpen y van creciendo con el siglo." Sigmund Freud. Es cierto. La locura nos sigue en todas las edades. Si alguien parece cuerdo es solamente porque sus locuras están proporcionadas a su edad y a su fortuna. El pacto primordial es el de fingir que estamos cuerdos. Después vienen las florituras.

En la novela de Philip K. Dick, Los clanes de la luna Alfana, los casos de trastornos mentales aumentan exponencialmente en nuestro planeta. Desbordados, los centros psiquiátricos sólo encuentran una solución: exiliar a los enfermos a una luna habitable Alfa III. Sin embargo, durante dos décadas se interrumpe el contacto entre los terrícolas y los desequilibrados, quienes acaban organizándose en una sociedad donde cada clan se corresponde con una patología y un rol. Así, los psicóticos son la clase gobernante; los esquizofrénicos, los artistas y líderes religiosos; los maniacodepresivos, los filósofos, etc. En este último, por ejemplo, se encuentran más locos que sabios en nuestro mundo y en el mismo sabio existe más locura que sabiduría. La luna Alfana se convierte en una réplica exacta a la tierra.

Vivimos en una época de síndromes no reconocidos. Decía Nietzsche, otro que acabó en un manicomio: "Entre los particulares la locura es poco frecuente, entre los grupos, partidos, pueblos y épocas, la regla." He vivido mucho y he conocido a gentes que preferían una locura que les entusiasmase a una verdad que les abata. Otras, que lo que más lamentaban en sus vidas son aquellas locuras que no habían cometido cuando tuvieron la oportunidad. También llevan razón, no te jode. Pascal advirtió que todos los hombres son insensatos hasta el punto de que no serlo es también una forma de insensatez. Y Marcel Proust que es imposible sacar racionalmente de un cerebro aquello que no ha entrado en él de forma racional.

La suma del mundo es la suma de aquello que hubiera sido evitable. Y yo estoy aquí, encerrado en este manicomio. Encerrando al vecino en el manicomio es como nos convencemos a nosotros mismos de nuestro sentido común. Oculto el diario de la pobre bestia que soy, o el homínido con pensamientos de niebla. Me levanto y llamo a la puerta. Se abre y veo a esos tipos vestidos de blanco. Me sonríen. Hoy es mi día de paseo. Hoy se me permite salir, o entrar, según se mire.

sábado, 24 de julio de 2010

El lugar de los héroes

"Amigo, somos las películas que hemos visto".
José Luis Garci, Entrevistas

Me siento indignado cuando leo a la mayoría de los escritores de cine o, cuando los cinéfilos de pacotilla tratan de convencerme que John Ford fue un cineasta de derechas. Sí, a Ford lo vilipendiaron durante muchos años los críticos europeos stalisnistas, los españoles a la cabeza, que lo acusaban de fascista y militarista, a él y a su cine. Ford sigue siendo condenado sin ni siquiera mirar cómo eran en realidad sus películas, de qué hablan o qué decían. Yo siempre recomiendo que vean el episodio "La Guerra Civil", de veinte minutos, que forma parte de la superproducción La conquista del Oeste (1962). En esta breve historia hay uno de los más convincentes alegatos antibelicistas jamás filmados. A mi juicio, Ford ha sido el más grande cineasta que ha dado la Historia del Cine. Mientras los demás caen, sobre todo en Europa, en la trascendencia, Ford saca verdadera vida y la convierte en poesía. Creo que nadie puede filmar como Ford, y, como dice José Luis Garci en una entrevista: "El maestro se llevó el secreto a la tumba".


Una vez le preguntaron a Ford por qué prefería rodar en el desierto y no en los cómodos platós de los Estudios de Hollywood, como hacían todos sus contemporáneos, contestaba que era el único lugar donde se podía apreciar con toda su intensidad un rostro humano.

El duelo celebrado en OK Corral, Tombstone, Arizona, el 26 de octubre de 1881, fue sin duda, uno de los acontecimientos más famosos de toda la historia del Oeste americano. No resulta, pues, sorprendente que John Ford (que, de todos los grandes directores americanos fue el que mostró mayor afición a contar la historia de su país) lo incluyese en uno de sus mejores westerns, Pasión de los fuertes (1946).


Hasta los últimos momentos de la película, en los que tiene lugar el duelo, resulta imposible prever lo que va a ocurrir, ya que el director ha conseguido mostrarnos al protagonista, Wyatt Earp (Henry Fonda) no como la figura legendaria, en la que le convirtió dicho duelo, sino como un hombre normal y corriente en sus actividades cotidianas. En Pasión de los fuertes se antepone constantemente Wyatt el hombre a Wyatt el héroe. La película no contiene ninguno de los elementos acostumbrados que compone la leyenda de Wyatt Earp ni ninguna reivindicación del triunfo de la ley sobre la anarquía y la violencia del Viejo Oeste. Sin embargo, esto deja libre al espectador para extraer unas conclusiones nunca explícitas enunciadas, y que ganan en fuerza debido precisamente a esta aparente indiferencia. Según se van desarrollando los acontecimientos en la pantalla, la certeza moral se vuelve tan absoluta que Ford es incluso capaz de utilizar una audaz elipsis en el momento culminante del duelo: la muerte del viejo Clanton (Walter Brennan) se produce fuera de escena, como si al director le interesase únicamente la erradicación del mal, con el fin de dejar a su protagonista libre para otras aventuras.


Cualquiera que sean las circunstancias, Wyatt se comporta siempre con dignidad y contención. Es un hombre que ama la paz y la tranquilidad, y que sólo acepta el papel dinámico impulsado por el brutal asesinato de su hermano menor y el robo de su ganado. Con él contrasta Doc Holliday (Victor Mature), uno de los antihéroes menos característicos de Ford. Vestido siempre de negro, es un dandy fascinado por el riesgo, cuya búsqueda de lo absoluto le ha llevado inexplicablemente a una destrucción lenta y sistemática de su talento. Ha renunciado a su profesión de médico y ha abandonado a su prometida, Clementina (Cathy Down), para buscar refugio en Tombstone. Atormentado por la idea de una muerte que sabe próxima, pero todavía más aterrorizado por la dureza de la vida, intenta continuamente provocar una confrontación que sería fatal para él. Con tendencias suicidas, identificado con el dilema de Hamlet, desarraigado y fuera de lugar en este Oeste primitivo en el que introduce un cierto elemento de absurdo y nihilismo, Doc Holliday es completamente opuesto a Wyatt Earp. Desde el punto de vista de la civilización es el hombre sin motivos, el poeta y el vagabundo.


Ford es, indudablemente, uno de los más hábiles retratistas de la vida familiar americana. Resulta significativo que Pasión de los fuertes comience como un drama familiar, con el asesinato de James Earp (Don Garner) que hace que Wyatt y sus otros hermanos se enfrenten al clan de los Clanton. Pero son una familia unida, cuyo sentido de la interdependencia trasciende incluso a la muerte. En frente de ellos están los Clanton, simbólicamente aislados en medio de un territorio duro y salvaje, dedicados al pillaje y llevando una vida tan primitiva como violenta. Están dominados por una figura patriarcal amenazante y soberbia, que desobedece las leyes y domina a sus hijos mediante el miedo.


La última escena de la película podría ser muy bien la marca de fábrica de Ford: una mujer contemplando desolada cómo un hombre desaparece por un sendero, con su deseo de aventuras todavía insatisfecho. John Ford adivina que la vida siempre es el recuerdo de un amor frustrado. Eso es lo que han rastreado siempre sus personajes. La pasión de los solos. El horizonte es el hogar de los héroes.


jueves, 22 de julio de 2010

Cuaderno de notas



El otro día hice limpieza general y encontré un viejo cuaderno de notas que siempre llevaba conmigo. En él iba anotando peculiaridades que encontraba en las revistas y periódicos al mismo tiempo que anotaba observaciones cotidianas. He aquí una pequeña muestra de mi cuaderno olvidado.

Cuando se está solo mucho tiempo, cuando se ha acostumbrado uno a estar solo, cuando se ha adiestrado uno para estar solo, se descubren cada vez más cosas por todas partes, donde para los demás no hay nada. Cuando nuestros sentidos captan el detalle infalible de la vida.

Cuando Henry Ford dejaba descuidado su primitivo coche de gasolina en la calle se lo robaban tan a menudo que al final optó por atarlo a una farola con una cadena.

Cuando Adolf Hitler se encontraba en el poder de Alemania, no se permitió a los policías y a los granjeros que llamaran "Adolf" a sus caballos.

Estoy un poco triste, con esa especie de suave melancolía que el siglo XVIII juzgaba tan estimable.

Tengo un amigo escritor al que le gusta sentarse en los bancos de los parques y escuchar conversaciones; pero en cuanto lo que oye amenaza con revelar más de lo que necesita profesionalmente, se levanta y se va.

Veo a niños doblados como sherpas, entrando a rastras por las puertas de los colegios bajo el peso de sus mochilas. Algunos las tenían con ruedas y tiraban de ellas como quien tira de sus maletas en un aeropuerto. No me lo explico. El mundo ha entrado en la era digital; todo es más pequeño y ligero. Sin embargo los colegiales acarrean más peso que nunca.

Cuando un ignorante proclama que sobre gustos no hay nada escrito, la verdad es que sobre gustos no hay nada leído; por él, claro.

Franco prohibió la película OO7 contra el doctor No para eliminar cualquier referencia al "no" ante el referéndum de la Ley Orgánica.

Idea para un relato: En la Tragedia un sujeto recibe un mensaje que le está dirigido, lo interpreta mal, y la Tragedia es el recorrido de esa interpretación.

La paradoja humana consiste en que todo ha sido dicho y nada ha sido comprendido.

El reloj era su principal enemigo. Le ofrecieron muchos trabajos y le abrieron muchas puertas, pero mi amigo decía que encima de aquellas puertas siempre había un reloj enorme que cortaba los días en pedazos. No quería horarios de entrada y salida, no quería fichar, se negaba a aceptar que las horas tuvieran, por narices, sesenta minutos. Decía que la ociosidad era el estado ideal para provocar los grandes acontecimientos.

Andre Breton, una vez arrancó de la guía de París la página de los Breton, donde estaban todos, abogados, fontaneros, dentistas, detectives, matarifes, esteticiens, todos menos él, que no tenía teléfono. Firmó la página y la publicó como un poema propio.

D.H.Lawrence, uno de los escritores más originales y discutidos del siglo XX, tenía una compulsión a desnudarse y trepar a moreras.

He soñado que estaba internado en una residencia de ancianos. Estaba sentado en un balancín ataviado con un batín a cuadros y unas pantuflas. De súbito me doy cuenta de mi juventud y salgo precipitadamente hacia la salida. Me encuentro con un guardia de seguridad. Le digo angustiado que yo no debería estar allí, que soy todavía joven. El guardia me sonríe con dulzura y me dice: "Sí, eso es lo que dicen todos." Echa mano a su porra y me insta a que vuelva a mi sitio.

Estoy en una sala de espera. Tengo cita con mi abogado. Cojo una revista y me encuentro con lo que sigue: "Un equipo británico de psicólogos afirma que el exceso de felicidad no es bueno para el rendimiento laboral y escolar de las personas. Los investigadores analizaron el comportamiento de varios individuos con estado de ánimo que iban desde sentirse desgraciados hasta muy felices y la capacidad de trabajo resultó abrumadoramente superior en los desgraciados."

Antonin Artaud murió sentado en su cama con un zapato en la mano cuando se disponía a salir de su casa por la mañana. Siempre me he preguntado a donde iba.



Camino por la calle y de repente veo una gran aglomeración delante de un pequeño cajero automático. Un hombre encorbatado se ha quedado encerrado en él. Golpea el cristal de la puerta muy enojado. Cuatro policías intentan tranquilizarle. Me ha venido a la memoria el cortometraje La cabina de Antonio Mercero. El individuo no paraba de señalar con el dedo índice la esfera de su reloj. Tenía prisa. Llegaba tarde al trabajo. He visto una mezcla entre el personaje de José Luis López Vázquez y Gregorio Samsa de La metamorfosis. De este último, más que la angustia de su nueva situación le domina la desesperación de no acudir puntualmente al trabajo.

El totalitarismo busca no la dominación despótica de los hombres, sino un sistema en el que los seres humanos sean superfluos. Nunca he ido a votar.

¡Fiasco! Henry Thoreau se fue a los bosques para escribir su Walden, y descubro que durante su estancia allí su madre acudía a diario para lavarle la ropa y hacerle la comida.

El abrelatas se inventó diez años después de que se inventara las latas de conserva.

Descubro que la guerra bacteriológica ya se daba en los ejércitos romanos. En las catapultas ponían enjambres de abejas y cadáveres infectados por la peste.

Estoy sentado en la terraza de un café. Una pareja junto a mi mesa:
-La gente vive de ilusiones-dijo él.
-¿Y por qué no?-sugirió ella-.¿Es que existe otra cosa?

Una vez fui a renovar el carnet de identidad. Me senté a esperar mi turno y desde allí pude oír la conversación de una funcionaria con un señor entrado en años. El hombre mencionó el nombre de su pueblo natal. La funcionaria buscó en su ordenador y le dijo que el pueblo no le salía en la red. El hombre empezó a darle referencias geográficas. "Es un pueblo pequeño...". Ella siguió buscando con el ceño fruncido. "No. Lo siento. Este pueblo no existe." El hombre se inquietó y dejó la geografía para entrar en la memoria de su infancia. "No puede ser. Pasé mi infancia allí. Hay unas minas muy famosas. Un lago donde íbamos a bañarnos en verano..." La funcionaria no le miraba a la cara. Seguía con el ceño fruncido mirando la pantalla del ordenador. "Lo siento, pero el pueblo no existe".
Era mi turno y debía dirigirme a la mesa asignada. Me sentía frustrado por no saber el desenlace de la historia. Pasé por detrás de él y lo último que pude escuchar fue un monólogo tartamudo en donde se decía que era imposible. Empezaba a aceptar la inexistencia de su pueblo, de su pasado. Todo lo que no consta en un ordenador no existe, no tiene credibilidad.



El Apocalípsis puede presentar apariencias distintas. A primera vista, la menos dramática será aquella en la que el hombre perezca bajo una avalancha de cosas inútiles, de palabras despojadas de significado, de actividad excesiva. El hombre se convierte en un volcán que absorbe furtivamente calor del subsuelo hasta que un día da una sacudida y se sepulta a sí mismo.

Envidio las expediciones de los antiguos trotamundos. El planeta ya no guarda rincones vírgenes y no hay ningún territorio desconocido para el hombre. Ya no se puede viajar para explorar. Se viaja ahora, en todo caso, para perseguir una idea que alentaste, o para sentirte a ti mismo pisando el lugar que has soñado ver.

Según el biólogo Ross Gelbspan en su libro Crímenes contra el planeta; solo los insectos sobrevivirán en un futuro al cambio climático y al ser humano.
Quizá vivir se reduzca a estas migajas del pasado que reaparecen de pronto, como la entrada de ese museo que olvidamos un día en el bolsillo de un pantalón o en un cuaderno viejo.

lunes, 19 de julio de 2010

Otra vida


Se trataba de uno de esos matrimonios que se han pasado la vida juntos, que se han querido, soportado, y, ahora, por alguna razón, o solo por culpa del tiempo, han vuelto a quererse. Formaban una de esas parejas que durante años han discutido porque él no es delicado y, en cambio, ella tiene sensibilidad y, si hubiese tenido ocasión y medios, hubiera llevado otra vida; esas parejas en las que él - de aspecto tosco - siempre parece moverse incómodo dentro de la ropa que viste, porque la ropa la elige ella, y la elige para otro: para sus sueños.

viernes, 16 de julio de 2010

Nínfulas



Lolita narra uno de los grandes paradigmas de nuestro tiempo. ¿Lolita una novela de amor? Tal calificativo se le atraganta a cualquiera cuando se examina de cerca la pareja protagonista: el profesor de literatura Humbert Humbert, de cuarenta años, y su amante Lolita, de doce. Lolita narra la historia de una perversión. Humbert desea a chicas de aspecto infantil, que apenas acaban de comenzar la pubertad. Incluso inventa una palabra para ellas: nymphets (nínfulas).


Al comienzo de la novela, el narrador, el propio Humbert, está en prisión, acusado de asesinato. Desde allí, relata la historia de su obsesión. Tras la Segunda Guerra Mundial, él, originario de Francia, se traslada a Nueva Inglaterra, en los Estados Unidos. Está buscando una habitación y así conoce a Charlotte Haze, una mujer atractiva pero adulta y, por esa razón, carente de todo encanto para él. La señora Haze le ofrece un cuarto aun menos atractivo. Ante tamaña tristeza, Humbert pretende marcharse pero entonces ve a Dolores, la hija de doce años de su patrona, que le recuerda al amor de su infancia. Humbert se enamora irremediablemente de Dolores, a quien bautiza como Lolita. A partir de entonces, el profesor se entrega totalmente a la nínfula. Acepta la habitación y más tarde, por puro pragmatismo, se casa con Charlotte para así poder permanecer cerca de Lolita.

Humbert registra cada paso de Lolita en su diario. Describe la excitación y los momentos de éxtasis que le provocan cada visión y cada contacto aparentemente inocente o casual con ella. Charlotte descubre este cuaderno, pero muere en un accidente de coche antes de que este hallazgo tenga consecuencias para Humbert.

Humbert monta a Lolita en su coche y ambos comienzan un viaje de varios meses a través de los Estados Unidos. ¿No fue Nabokov con Lolita quién inventó una América de moteles y carreteras de las que aún se nutre buena parte de la narrativa americana contemporánea? Como Hitchcock y el pintor Edward Hopper, nunca dejaron de mirar los Estados Unidos con una mirada de forastero que observa lugares y costumbres siempre ajenas a ellos, exótica en su continuidad.

La pareja, que aparenta ser padre e hija, visita de día los monumentos y curiosidades locales que hallan en su camino. Recorren los restaurantes de carretera y pernoctan en moteles, cuyos nombres pseudo-fantasiosos apenas esconden su lastimosa mediocridad. La primera noche, Humbert se acuesta con Lolita en un motel llamado The Enchanted Hunters (Los cazadores encantados). Cualquier intento de recrear este episodio está condenado al fracaso desde el principio, por lo contradictorio de los motivos que conforman el mismo: Lolita seduce a Humbert y éste viola a Lolita. La nínfula, que ha perdido la inocencia recientemente en tempranos juegos de niños en el campamento de verano, introduce a Humbert con toda candidez en este reino de goces infantiles, sin sospechar lo que significa el sexo en el mundo adulto. Humbert simula ser ignorante, "al menos mientras me fue posible". La situación es sumamente paradójica: Lolita es la inocencia y la víctima activa; Humbert es el manipulador pasivo y el culpable seducido. La escena demuestra que en la novela de Nabokov nada puede juzgarse de forma unívoca y que carece de sentido tanto la emisión de un juicio moral como el intento de sustraerse al mismo. Durante el viaje a través de los Estados, Humbert experimenta, noche tras noche, momentos de indescriptible felicidad, pero estos van acompañados de los sollozos de Lolita, que comienza a llorar en cuanto cree que el profesor se ha dormido.




Tras un tiempo asentados en una ciudad universitaria, Humbert y Lolita reemprenden el viaje. Poco después, Humbert advierte que les siguen. El perseguidor es el dramaturgo Clare Quilty, también bastante mayor que Lolita y con el que ella mantiene una relación secreta. Con él se escapa un día. Todos los intentos de Humbert para encontrarlos resultan vanos. Tres años después de la última vez que se vieron, Humbert recibe una carta de Lolita: está casada, espera un hijo y le solicita dinero para trasladarse a Alaska con su marido, un muchacho inofensivo. Es entonces cuando Humbert conoce la identidad de su antiguo perseguidor, Quinly, y lo mata a tiros. Encarcelado, comienza su relato. Hay que leer la novela para poder concebir cómo Lolita puede ser todo a la vez: romántica, erótica, cómica, trágica y angustiosa.

La Lolita de Humbert es una ficción. La niña que ama el protagonista no existe en la realidad. Lolita es una niña totalmente normal - si bien muy bonita - de doce años, llamada Dolores, a quien la belleza del paisaje le da exactamente lo mismo y cuyo mal gusto adolescente altera los nervios de Humbert. La niña a la que Humbert ha bautizado como Lolita sólo existe en su imaginación y está emparentada con las figuras artísticas de perfección sobrenatural que son adoradas en la cultura europea desde hace siglos. La verdadera historia de amor de Lolita transcurre en el reino de la ficción. De forma subliminal, Lolita es una novela sobre la tradición de la literatura europea. La gran novela de Nabokov es una declaración de amor a dicha literatura.

Stanley Kubrick realizó en 1962 una estupenda versión con un James Mason inolvidable.


domingo, 11 de julio de 2010

El hombre elefante



Los últimos años del siglo XIX fueron una época llena de asombros. Los descubrimientos científicos y la Era de la Razón habían popularizado la idea de los "fenómenos", y el público contemplaba con inagotable curiosidad y excitación toda clase de "monstruos de la naturaleza", cualquier cosa que se saliera de lo normal. Era el momento de la aparición del cine, como atracción de feria, junto a las mujeres de tres pechos, los hermanos siameses, los hombres esqueleto y otros fenómenos.

El monstruo humano como protagonista de una película, un verdadero paraíso en potencia para el "voyeur", ha existido como subgénero del cine de terror desde la era del mudo, y unos cuantos títulos clásicos, sobre todo El gabinete del doctor Galigari (1920), de Robert Wiene o La parada de los monstruos (1932), de Tod Browning.

El hombre elefante (1980), de David Lynch, que no se encuentra en el llamado cine fantástico, sino en el realista, cuenta la verdadera historia de John Merrick, que nació perfectamente normal en Leicester en 1862, pero se convirtió luego en un ser monstruoso y desdichado, en el llamado hombre elefante, uno de los peores casos registrados de deformidad humana. Tras toda una serie de desventuras fue finalmente recogido por el eminente cirujano Frederick Treves, y encontró paz y dignidad en su atormentada vida.

Como es lógico, Merrick constituyó un fabuloso espectáculo para el público de finales de siglo, y el retrato que hace la película de sus tormentos como monstruo de feria constituye un feroz alegato contra la sensibilidad victoriana. El hombre elefante apenas contiene efectos surrealistas (una pesadilla relacionada con elefantes, planos del cielo que evocan el misterio y la arbitrariedad de la Creación, la Vida y la Muerte, eso es todo). La película se dedica más bien a mostrar la sociedad victoriana y los aspectos negativos de la Revolución Industrial, tan sombríos como en la obra de Charles Dickens, pero sin su estilización. Así, un plano de un perro callejero con las piernas rotas arrastrándose por las sucias calles evoca mucho mejor el Londres victoriano que las incontables imágenes de calles llenas de niebla e iluminadas por farolas de gas que ha deparado el cine. El triste destino de Merrick es presentado de forma contundente y realista, y no hay forma de escapar a la evidencia de que fue objeto de contemplación fascinada, tanto para los espectadores de ferias del siglo XIX como para los aficionados al cine contemporáneo.



Lynch retrasa lo más posible la revelación del rostro deformado de Merrick, acumulando así la tensión y nerviosismo de los espectadores para el momento más significativo de la película. Afortunadamente, Lynch no se entrega a la morbosidad; en lugar de ello, la humillación infligida a Merrick por el propietario de la barraca de feria Bytes, el portero de noche y la muchedumbre, es mostrada con austeridad, aunque no por ello resulte menos insoportable de contemplar.

A través del aspecto monstruoso e inflado de la cabeza y el cuerpo del hombre elefante (maquillaje que tardaba todo un día en aplicarse, y que sólo permitía rodar de noche), brilla un alma de increíble generosidad, dulzura y humanidad. Con su rostro deforme y triste, y sus entrecortadas palabras de agradecimiento por cualquier amabilidad, su fealdad se convierte en conmovedora.

martes, 6 de julio de 2010

Los amigos



"Quién ha soportado que abuses de él, te conoce".

William Blake

"La prosperidad hace amistades, y la adversidad las prueba".

Anónimo

Existe una vieja y breve historia de origen chino que me dejó una huella de fugacidad que me pareció extraña en su momento:
Alguien llamado, pongámosle de nombre Wang, al despertar una noche, vio todo el campo cubierto de nieve. Bebió un vaso de vino para festejar aquella belleza, recitó un poema y de repente se acordó mucho de un amigo que vivía bastante lejos de allí. Se embarcó antes del final de la noche. Cuando llegó a la puerta de la casa de su amigo, se detuvo, dio media vuelta y regresó a su casa. Alguien le preguntó la razón de aquel repentino regreso.
-Me fui para ver a un amigo-contestó Wang-, porque un deseo muy fuerte me empujaba a hacerlo. Al llegar a su puerta, aquel deseo había desaparecido. ¿Por qué, entonces, tendría que haber visto a mi amigo?



En estos tiempos de decadencia que todo lo corroe, la amistad no ha escapado a ella. Hoy creemos tener muchos amigos pero qué solos y desamparados nos sentimos en los momentos más críticos de nuestra existencia. Uno se pregunta para qué sirven si en dichos momentos no aparecen y los ves venir cuando se organiza una fiesta o en actos de la más absoluta arbitrariedad. "Sus amigos, numerosos como las estrellas, le cerraban el camino a la nada", Elias Canetti. Busco en El diccionario del diablo de Ambrose Bierce: "Sin amigos, adj. Alguien sin favores que poder conceder. Desprovisto de fortuna alguna. Adicto a decir la verdad y al sentido común". "Mendigo, s. Alguien que ha confiado en la ayuda de sus amigos".




Existen pocos vicios que impidan a un ser humano tener un montón de amigos, cosa que puede ocurrir de tener grandes cualidades. La amistad como sentimiento solo funciona en la juventud. Después es un recuerdo y una forma de estar ahí más o menos disponible. O de tener una cierta complicidad. O un formalismo, como dar un pésame o enhorabuenas al margen de su destinatario. "Solo puede ser firme la amistad en la madurez de la edad y en la del espíritu", decía Cicerón, pero ya es demasiado tarde para eso; los pocos que lo consiguen viven en la más absoluta de sus soledades. Una amistad que perdura normalmente es un fruto que se va comiendo por dentro, pero a la que se deja la piel por fuera. Hasta que al final apenas es apariencia. Pero que puede durar hasta la muerte regodeándose en la complicidad sosa de amistades que van sobreviviéndose, en el rencor oportunista y cobarde de relaciones que se deshilachan.




El amor, para existir, no requiere necesariamente del consentimiento, ni siquiera del conocimiento del ser amado. Podemos querer a una persona que nos desprecia o incluso que nos ignora. La amistad, en cambio, exige la reciprocidad, no se puede ser amigo que quien no es nuestro amigo. Por otro lado, las amistades que nacen ambiguas nunca se enderezan. Según Aristóteles no se puede tener muchos amigos. La amistad, dice, implica conocer a una persona y eso lleva tiempo. Incluso me atrevería a decir que si conociéramos más a nuestros amigos no serían en absoluto nuestros amigos. Es muy peligroso conocer a los amigos que uno tiene. Cuando uno tiene motivos de quejarse de un amigo, conviene separarse de él gradualmente, y de saltar, más bien que romper, los lazos de la amistad. No hay amigos: hay momentos de amistad. Un amigo debería ser una persona con la que se puede pensar en voz alta. Es amigo mío aquel que me socorre, no el que me compadece. La amistad, el amor, es poder ser débiles juntos. No necesitamos tanta ayuda de nuestros amigos como la certeza de su ayuda. ¿Quién no ha llegado en algún momento de su vida a la conclusión que llegó al final de su vida Elias Canetti? "Amigos como para avergonzarse de uno mismo".




"Nunca he creído en los amigos, y, como un tonto, siempre he contado con ellos y creído que, a mis espaldas, ellos solitos se ocupan de resolver mis problemas", Jules Renard, Diarios. El ser humano tiene una capacidad limitada de tener amigos, según François Truffaut. Los amigos de toda la vida no existen, o son un problema, o uno no quiere verlos. No deberíamos de valorar tanto la amistad en estos tiempos, a la larga, todo el mundo te acabará decepcionando. De nuevo Canetti: "Cuánta amistad se necesita para poder pensar en solitario". A los amigos, como a los dientes, los vamos perdiendo con los años, no siempre sin dolor y tenemos que seguir dándole la razón al viejo Confucio cuando decía: "Exígete mucho a ti mismo y espera poco de los demás. Así te ahorrarás disgustos".

sábado, 3 de julio de 2010

Los que pecan


Los que pecan (The Sinful Ones) 1953, es una de las más originales fantasías de horror construida sobre una premisa simple pero ingeniosa y demoledora. Escrita en la misma época aproximadamente que el popular libro de sociología de David Reisman, La muchedumbre solitaria, pero muchos años antes de que se acuñase expresiones como "marginación social" y "contracultura". Describe el sentido moderno de la alienación urbana de modo muy eficaz. El aislamiento que nace de una supuesta comodidad y la incomunicación que produce la falta de sentimientos sinceros y la pérdida de valores que en algún momento parecía fundamentales. "El rito terrible del progreso sin propósito".



El protagonista, Carr Mackay, tiene un ingrato trabajo en una agencia de colocación. También tiene una chica ambiciosa que lo exhorta continuamente a mejorar."La hija de un hombre rico, sobre protegida, neurótica, vanamente rebelde, tiranizada por padres o sirvientes. Todo se acomodaba, de modo inútil e irremediable, del modo en que sólo puede hacerlo el dinero". Pese a los halagos de ella, se siente extrañamente alienado de su entorno. "¿Cuál era el verdadero significado de la rutina, del ritmo oscuro, que lo arrastraba a lo largo de la vida a un paso cada vez más acelerado hacia una tumba en alguna parte? ¿Tenía algún sentido-es decir-cualquier sentido que un hombre pudiera aceptar o soportar-,especialmente cuando cualquier ruptura en el ritmo podían hacerlo parecer tan muerto y tan insensato como una interminable marcha y contra marcha de marionetas?".



Entra en su oficina una muchacha a quien Carr observa en el fondo. La chica no logra explicar su conducta, pero mira a Carr con temor y desconcierto, preguntándole: "¿Realmente no sabe quién es usted?... Tal vez mi irrupción aquí fue la causa. Tal vez fui yo quien lo despertó". Cuando ella le garabatea una nota y se marcha, Carr empieza a aprender el significado de estar "despierto". "Los esquemas son tramposos. Una vez que se comienza a vivir de acuerdo a un esquema, la otra gente sabe cómo puede controlarte". "Todo y todos se congratulan para que vivas y no pienses, todos de acuerdo con un esquema". Aún desconcertado por la repentina irrupción de la chica, descuida a su cliente siguiente, hasta que le oye decir: "Gracias, creo que lo haré", y ve cómo saca del aire un cigarrillo inexistente y hace los gestos aparentes de encenderlo y fumarlo. El cliente pasa luego a mantener una conversación unilateral, respondiendo a preguntas que Carr no ha formulado. Es como si el hombre formase parte de un enorme mecanismo de relojería, impulsado a hacer ciertas cosas previsibles. "Los seres humanos son mecanismos inconscientes". "Material humano en crudo, solo un complemento de los formularios de solicitud".



Carr pronto descubre que casi todo el mundo a su alrededor se comporta de esta manera mecánica. Aparentemente, se olvidan de él, pasando por alto sus observaciones, dando vueltas a su alrededor, llevando una rutina normal de existencia que ahora parece risible en su previsibilidad y falta de vida. "La ciudad de los muertos, de los autómatas, de lo inerte, en el que se estaba más solo que en el desierto más árido. Detrás de la cara que uno miraba, detrás de las caras que lo miraban a uno, que sonreían , fruncían el ceño y hablaban no había más que un negro vacío". "...las condiciones bajo las cuales podemos conocer a la mayor parte de la gente hoy en día: la superficialidad del contacto, la trivialidad del intercambio de ideas". "Aisladas y sombrías figuras de hombres caminaban indolentes y sin propósito." "Público estupidizado como el ganado que se vuelve para mirar ante un sonido, experimentando algún breve y perezoso atisbo de conciencia, y luego retorna a su lento masticar de rumiante y a su oscura vida interior sin palabras".



Es como si Carr de pronto hubiese caído del mecanismo de relojería de la vida urbana y consiguiese toda una nueva libertad existencial. Puede moverse por la bulliciosa ciudad sin ser visto en absoluto; para todos los fines y propósitos se ha convertido en un hombre invisible. Puede ir a cualquier parte que le plazca y servirse cualquier cosa que desee. Pero también padece una terrible soledad, al menos que pueda hacer contactos con otros espíritus libres que estén similarmente "despiertos". La chica atemorizada es uno de ellos, y por fortuna ha garabateado detalles de un lugar de encuentro en el trozo de papel que le ha dado apresuradamente. Pero, ¿por qué está tan atemorizada? ¿Y quién es la amenazante mujer rubia? ¿Hay matones en la pequeña población de personas "invisibles" de la ciudad, criminales que conviertan en un infierno la nueva vida de Carr y Jane?

"La realidad es un montaje prendido con alfileres".