domingo, 22 de agosto de 2010

Ser o no ser

La admiración de To Be or Not to Be (1942), se produce cuando una vez vista la película se repasan las situaciones, los personajes, la complejidad de la trama. Hay que hablar del guión: de lo bien construido que está y de la perfecta definición de todas y cada una de sus historias; éstas abarcan un espectro aparentemente complejo, pero que la maestría de Ernst Lubitsch coordina y entremezcla perfectamente: la situación prebélica que se vive, el mundo del teatro y la comedia-farsa de su eje principal.


Lubitsch delimita el marco referencial de la obra; se circunscribe al hecho de presentar una historia, sus acontecimientos de forma que se disfrute con todo lo que acontece, tanto dentro del personaje y en su relación con el entorno, como en el propio mundo que le rodea. El ingenio, oportunismo y la rabiosa movilidad de la trama está continuamente reflejando la claridad-oscuridad que se trasluce por todos los lugares, lo que hace que resulte fascinante todo lo que acontece ante el espectador.

Uno de los aspectos más significativos de toda la película quizá sea la dicotomía que replantea a lo largo de la misma: el actor y el invasor (nazis). El actor arropado en una máscara que le facilita la libertad de movimientos, que le ayuda a encubrir sus mediocres interpretaciones, consigue revalorizar su creatividad y su prestigio falseando una serie de situaciones frente al invasor. Los nazis se sienten desplazados, aislados en su propio mundo; la inseguridad es la tónica dominante en un ambiente presidido por la frialdad del mando, en el que la violencia impera superando todo tipo de barreras, obstáculos fácilmente salvables por los actores que juegan al arte de despistarles. El poder de la palabra es enorme, prevalece y supera al poder de la fuerza. La inteligencia revive momentos que la dignidad exige; el actor se convierte en público ambulante de su propia representación.

To Be or Not to Be pertenece a una época en la que la madurez expresiva de sus realizadores pasa, por mucho, de ser una de las más sólidas; es una obra compacta, atemporal, en la que el gran Lubitsch sabe bien manejar los hilos de la comedia, acomodando su espíritu estilístico a unos modelos revalorizados a cada paso. Las nuervas fórmulas hollywoodenses, sin embargo, olvidan en gran medida los presupuestos adoptados en estos años, haciendo incapié en banalidades perentorias y caducas, que no son respetadas con el paso del tiempo.

jueves, 19 de agosto de 2010

La pasión de pensar



"Cuando veáis a un hombre sabio, pensad en igualar sus virtudes. Cuando veáis a un hombre desprovisto de virtud, examinaros vosotros mismos."

Confucio

"Necesitamos ficciones para sobrevivir y una de las más importantes es la que sustenta el poder", afirma doctamente este antiguo profesor de instituto y fiel jardinero. Sí, ficciones constituyentes, que sólo funcionan en el momento en el que todos nos comportamos como si fueran verdaderas. Así, como dice uno de los pensadores más importantes de Europa, "la inteligencia humana en acción, tratando de salvarnos, convierte la ética en ontología". ¿Hay alguna alternativa? El horror. La selva de la que intenta escapar el hombre. José Antonio Marina es un artista cultivando flores y ensayos filosóficos. Cada año consigue que una de estas reflexiones en las que está trabajando cristalice en un libro claro y divulgativo que Anagrama publica y que sus lectores agradecen con la misma puntualidad.

En La pasión del poder, su pensamiento ordena y clasifica el tema del título, "que es uno de los que más fascinan a la gente", con una doble vertiente que Marina ejemplifica a partir de una reciente lectura de Maquiavelo en la ciudad de las Médici: "En la Florencia renacentista en la que vivió se dio los momentos más refinados y los de más crueldad". Estos campos de tensiones se encuentra en todos los ámbitos de la sociedad humana y sirve a Marina para establecer una especie de cartografía de la dominación desde las perspectivas más generales de la política, la religión o la empresa hasta a las más íntimas, con las relaciones amorosas, "lo que determina que una pareja tenga o no relaciones sexuales."

"Tiene poder quien tiene fuerza para coaccionar y quien tiene la capacidad para cambiar las creencias y los sentimientos de los individuos", explica. Y visto de esta manera, el poder se sustenta en un pacto por el cual aceptamos ficciones jurídicas, políticas y éticas. La nación, acuñada durante la revolución francesa, es una cosa ficticia, como la religión, o la consideración que todos somos iguales, dignos o libres. "Un billete de 50 euros parece una realidad, pero no lo es porque ese papel no vale el precio que lleva impreso". Pero naturalmente todas estas convenciones son necesarias para "sobrevivir y construir nuestro sistema de vida. Tenemos que saber qué ficciones son constituyentes".

Los filósofos han visto que el salvaje que fuimos sigue presente en nosotros. No está superado, sino dormido, y a veces despierta. El hombre es un animal que duda. O, más bien, porque duda se ha hecho hombre. Grandes protagonistas del poder político se dan cita en el libro. Adolf Hitler, Napoleón, por descontado, pero también el poder "cutre y provinciano" de Francisco Franco, inventor de una teoría del caudillaje sancionada por Dios por legitimarse. Respecto a los líderes que se acercan, y aunque su figura no aparezca en el ensayo, José Antonio Marina ha seguido con mucha atención el ascenso de Barack Obama, "una persona carismática, sin un programa concreto, que apela a los sentimientos del ciudadano".

Decía E.M.Cioran que la teología, la moral, la historia y la experiencia de cada día nos enseñan que para alcanzar el equilibrio no hay una infinidad de secretos; no hay más que uno: someterse. "Hago mis planes de batalla con el espíritu de mis soldados dormidos". Napoleón. También decía Heráclito que los durmientes son cómplices y colaboradores de las acciones de los que viven la vigilia. A José Antonio Marina le vendría como anillo al dedo la frase que Wittgenstein dijo en su lecho de muerte a su discípula Elizabeth Anscombe: "Beth, he buscado la verdad".

martes, 17 de agosto de 2010

La Tierra permanece



Como 1984, de George Orwell, tampoco este libro se publicó con el rótulo de "ciencia ficción", pese a lo cual ha llegado a considerárselo como una de las grandes novelas norteamericanas del género. Y no cabe duda de que es ciencia ficción. En este caso, la ciencia que tan eficazmente sostiene la narración es la ecología (que en 1949 distaba mucho de ser una palabra de moda). George R. Stewart enseñó inglés en la Universidad de California y escribió más de treinta libros, desde novelas históricas hasta estudios eruditos de toponimia. Tenía un inagotable interés por la historia y la geografía de los Estados Unidos, así como una profunda comprensión de las maneras en que el medio ha moldeado la actividad humana. Sus novelas Storm (1941) y Fire (1948) tratan de los esfuerzos de los norteamericanos para enfrentar las catástrofes naturales. En la mejor de sus obras, La Tierra permanece, describe con todo detalle el tiempo posterior a un desastre inusual: una misteriosa plaga mata a la inmensa mayoría de la raza humana.

Ishewood Williams, un graduado en geografía, vuelve de pasar una temporada en la montaña y descubre que todo el mundo está muerto. Al comienzo de la novela actúa como un Robinson Crusoe, con un continente entero para mantenerse. Deambula por ciudades y pueblos vacíos, y observa la degradación del paisaje con desapasionada mirada de científico. Se hace amigo de un perro; observa plagas de insectos y roedores; cómo se degrada los campos y se resquebrajan las autopistas. Todo esto se describe con un soberbio naturalismo, inspirado en un riquísimo y sólido conocimiento. Al final, Ish regresa a San Francisco, donde encuentra a una mujer sobreviviente, que se convierte en su pareja. Tienen hijos y alrededor de ellos nace una pequeña comunidad. Los años pasan mientras repiten la vida de sus antepasados, una existencia ligeramente más cómoda por estar asentada en los vestigios de la civilización.




Ish trata de enseñar a sus hijos a leer libros y a comprender los logros del pasado de la humanidad, pero el joven Joey, el más brillante de los hijos, muere. Los otros se las arreglan solos, adquiriendo las habilidades físicas necesarias para desenvolverse en el medio, pero sin dar muestras de interés por el pasado. Al cabo de algunas décadas, los pocos sobrevivientes de la era anterior a la plaga van muriendo, y finalmente Ish queda como único testigo de la grandeza pretérita. Los nietos y bisnietos lo recuerdan casi como una deidad tribal, un anciano incomprensible que habla de cosas imposibles. Se han convertido en una banda de cazadores-recolectores, en armonía con el medio, y recorren la Costa Oeste, de la misma manera que los antiguos amerindios.
La historia ha cerrado el círculo y, en el momento de morir, Ish advierte que "los hombres van y vienen, pero la Tierra permanece".



La novela está escrita con gran convicción y mucha emoción. A mí me hizo llorar cuando la leí por primera vez. Se lee como una buena narración y tiene significados profundos. Con esta hermosa meditación sobre la ecología, el pasado y la inexorabilidad del cambio, George R. Stewart ha escrito, aun sin saberlo, una de las obras maestras de la ciencia ficción.


sábado, 14 de agosto de 2010

El teatro de la vida


Decía Rimbaud que la vida es la farsa que hemos de representar entre todos, y razón no le faltaba. El mundo es un extraño teatro en el que se encuentra momentos en los que las peores piezas obtienen el mayor de los éxitos. Aquí todos somos actores. Ninguno de nosotros es lo que realmente es. Todos mentimos a ratos, y algunos de nosotros lo hacemos siempre. En este mundo de las apariencias visibles las cosas pertenecen a quienes las poseen, y están sometidas constantemente a la ley de la indiferencia. Todas las cosas quedan desilusionadas como algunos decorados de teatro al otro día de mañana. ¿Que es la vida sino un envoltorio de sombras y quimeras? La fiabilidad del mundo y las personas que nos rodean no es sino una frágil apariencia, y basta una sacudida para que los decorados y las máscaras se vengan al suelo y revelen los horrores que encubren. La verdad siempre es una falsa ilusión.

viernes, 13 de agosto de 2010

¿Bovery?



La visión que tenía Gustave Flaubert respecto a la necedad y la estupidez era que tanto la una como la otra no desaparece ante la ciencia, la técnica, el progreso, la modernidad; por lo contrario, con el progreso, ellas progresan también.

Imagen cedida por Alberto Ramos

miércoles, 11 de agosto de 2010

Repulsión



Polanski inicia Repulsión (1965) con uno de los títulos de crédito más memorables de toda la Historia del Cine: un ojo, de mirada fija e inexpresiva, permanece contemplativo durante toda la secuencia. Luego la cámara retrocede y va mostrando poco a poco la cara entera. Se trata de un rostro de enorme belleza, el de una juvenil Catherine Deneuve, en el papel de Carol. Vive en Londres con su hermana Helen. Son belgas, no inglesas; y, aunque Helen se muestra maternal y solícita con Carol, deja claro sin la menor hipocresía que para ella los hombres son lo primero. Su amante, Michael, no es excepcionalmente encantador ni rico; pero, por lo que oye Carol a través de las paredes, sabe hacer el amor.


Mientras Michael y Helen fornican, Carol sufre pesadillas en las que es violada. Cuando la pareja se marcha al extranjero de vacaciones y no le llega sonido alguno a través de las paredes, son éstas mismas las que aterrorizan a Carol, primero con la aparición de grietas y protuberancias, luego proyectando manos que intentan agarrarla.


A diferencia de las películas de Hitchcock (y de Psicosis, con la que frecuentemente se la compara), en Repulsión no hay nada oculto. Polanski no juega ni con las sorpresas ni con las revelaciones. Su técnica consiste en ir reconstruyendo, imágenes a imágenes, y utilizando sabiamente los efectos sonoros, el mundo tal como lo ve y lo oye Carol, y en ir mostrando cómo sus sentidos de la vista y el oído van siendo progresivamente dominados por las alucinaciones. No hay intriga, todo es estático, salvo lo que ocurre en la mente de la joven. Al principio de la película, pequeñas grietas del pavimento o las paredes sirven para ilustrar su exagerada sensibilidad. Es posible que las fisuras existan realmente, y lo único que ocurre es que Carol se fija en ellas más que los demás.

Polanski no ofrece a Carol razones para la locura ni muestra las causas de su enfermedad mental, y algunos críticos la han visto simplemente como una mujer frustrada o que no consigue comunicarse de manera satisfactoria con el mundo que la rodea. Polanski la presenta como una psicópata, y el avance de su enfermedad se produce como una verdadera avalancha: lento en el principio y acelerándose luego como si siguiese las leyes de la Física.



Durante sus cada vez más frecuentes ataques, se convierte en un ser irracional: lleva una putrefacta cabeza de conejo en el bolso, y le corta el dedo a una cliente de salón de manicura en el que trabaja. Su siguiente víctima, igualmente inesperada, es Colin, un joven enamorado de ella, y del que se libra con facilidad y sin aparentes remordimientos; el hecho de ver con que fuerce la puerta o rompa su soledad; no es una respuesta ni a él mismo ni a sus acciones, y se debe únicamente a que la locura de Carol la ha colocado al margen de las leyes por las que se rige la vida racional.

Todas las películas de miedo se basan en algún temor atávico propio de los seres humanos; y, en el caso de Repulsión, se trata del miedo a la locura. Además, haciendo que la protagonista sea una chica bonita, agradable y atildada, Polanski previene de paso en contra de las apariencias. La mujer aparentemente más pura y virginal es también la más peligrosa; al igual que la encantadora vecina en La semilla del diablo (1968), es más ni memos que la mano derecha del mismísimo Satán, o que el respetable hombre de negocios de Chinatown (1974), la fuente de todo mal.


martes, 10 de agosto de 2010

Nos vamos a Singapur



Estoy tumbado en la cama. Hace mucho calor. El ventilador hace lo que puede, y yo sólo puedo hacer lo que hago; estar tumbado y esperar a que se me pase el sopor. Las noticias transmiten que hay grandes atascos en las autopistas. La paradoja de medio millón de personas yendo al mismo sitio para estar solos. Aeropuertos colapsados, vuelos suspendidos, huelga de controladores aéreos. Cientos de turistas malhumorados, estresados, indignados y rebajados a la vergonzosa situación de la acampada gitana improvisada con las maletas y las bolsas de viaje, tanto en los aeropuertos, como en las estaciones de tren. Todos ellos enojados por el estrecho margen de tiempo que se les han concedido para sus vacaciones, y ven consumidos inútilmente. La incorporación al trabajo tiene fecha y hora. Recuerdo las palabras de Roberto Bolaño que decía que para viajar de verdad los viajeros no deben tener nada que perder.

Divorcios masivos al finalizar el paquete vacacional. Nadie ni nada les informa de todo esto. Se han sentido inundados por consejos sobre adónde viajar, pero poco es lo que oyen acerca de por qué. Doy un largo trago a mi cerveza y contemplo las aspas de mi pobre ventilador. El ser humano se ha convertido en una mercancía sin ningún valor. Un poeta chino dijo que viajar es más difícil que ascender a los cielos. Estoy de acuerdo con él. En el mundo administrativo y organizado a escala planetaria, la aventura y el misterio del viaje parecen acabados. Eso de explorar mundo ya no está en la conciencia de la gente. Ahora todos son carne de agencia de viajes. Los turistas constituyen un sexto continente de mutantes que sin dejar nunca de avanzar están devorando la corteza terrestre. Además, ¿qué interés se puede tener por un mundo cada vez más uniforme? Las ciudades se están transformando en una única ciudad, en una ciudad ininterrumpida en que se pierde las diferencias que en tiempos caracterizaban a cada una de ellas. El modo de vivir que ya es de muchos de nosotros: un continuo pasar de un aeropuerto a otro para hacer una vida casi igual en cualquier ciudad en que uno se encuentre.

El siglo XVIII fue el último siglo europeo en el que la aventura era posible; el XIX tiene la inquieta conciencia de su precariedad; todo lo que vino después ya lo sabemos. ¿Quién hacía turismo en los siglos pasados? Algunos intelectuales ricos, algún ciudadano rebelde huyendo de algún tirano. Poetas como Goethe o Lord Byron. Husmeaban entre ruinas clásicas y luego escribían. En el siglo XX se institucionalizó el viaje de bodas. Pero a saber quien inventó el viaje de bodas, precedente inmediato del turismo de masas. La fabricación en serie de indiferentes tumbados en piscinas repulsivas, deambulantes por tiendas deprimentes, fingidores de la diversión. No saben por qué están ebrios, si por divertirse o por no descubrir que no se divierten nada.




Recuerdo la aversión que sentía Luis Buñuel por los viajes. Introdujo en sus extraordinarias películas algunos pasajes deliciosos, como por ejemplo en Ese oscuro objeto del deseo, cuando Fernando Rey completamente ido le dice a su mayordomo: "¡Haga las maletas de inmediato! ¡Nos vamos a Singapur!". El mayordomo no sale de su asombro y le pregunta: "¿Y qué haremos en Singapur a las tres de la tarde?". Fernando Rey titubea y le responde: "La siesta".

El televisor sigue dando estadísticas de accidentes de tráfico. Los trabajadores de otra compañía aérea están en huelga. Un tren de alta velocidad se ha descarrilado exactamente igual que el tren eléctrico que yo tenía de niño. Somos unos pobres diablos uncidos de por vida a un destino mediocre. No se me va el marasmo. Hace calor. El ventilador sigue haciendo lo que puede. No me movería de este cuarto por nada del mundo. Termino mi cerveza, y, al igual que citaba a un sabio chino al principio, me despido citando a otro chino sabio; Lao Tse, del siglo VI a. de C. : "Se puede conocer el mundo sin salir de casa. Sin mirar por la ventana puede conocerse el sentido del cielo. Cuanto más se recorre menos se sabe".

Irrumpe bruscamente en el cuarto mi mujer agitando dos billetes de avión.
-¡Sorpresa! ¡Nos ha tocado un viaje a Singapur!
-Vaya.

jueves, 5 de agosto de 2010

Patolandia



"Cuando no se tiene dinero, siempre se piensa en él. Cuando el dinero se tiene, sólo se piensa en él."
Jean-Paul Getti, industrial estadounidense


"El talento es como el dinero: para hablar de él no hace falta tenerlo."
Jules Renard, Diario


El otro día una amiga me dijo que escribiera algo sobre el dinero. Es más, me recomendó que reseñara El Capitalismo (1867), de Karl Marx. Conozco muy bien esa obra. Marx predijo el final del capitalismo. Se equivocó: el comunismo se derrumbó y quedó el capitalismo. En todas partes pueden encontrarse las huellas de la conmoción causada por este libro. Pero hoy pertenece al pasado. El volcán se ha extinguido.

De inmediato me puse a recordar a mi querido Carl Barks (fonéticamente suena muy parecido a Karl Marx). Barks fue el más conocido dibujante y guionista de los estudios Walt Disney, ideó a Tío Gilito, el rico pato que nació como la encarnación de la primera potencia económica del mundo, los Estados Unidos a finales de los años cuarenta.
Dejé a mi amiga con la palabra en la boca y corrí a mi estudio para revisar mis viejos cómics de la infancia del gran Carl Barks.

En el mundo de la familia del pato Donald todo gira alrededor del dinero, o, más concretamente, el poder del dólar. ¿Quién no recuerda a los famosos héroes de la familia de los patos: los tres despiertos jóvenes Jorgito, Jaimito y Juanito, su despótico tío Donald y su inminente rico Tío Gilito que, literalmente, nada en dinero? Con sus grandes cabezas y gordos traseros, todos tienen el gracioso aspecto de torpes niños pequeños, pero este camuflaje encantador esconde antivirtudes bastante poco infantiles. Las cualidades que se necesitan para escribir una historia de éxito en el sistema capitalista son las siguientes: ambición, codicia, afán por hacer carrera y temor constante al fracaso. Lo que parece simplemente animadas travesuras, constituyen, en realidad, las leyes del mercado libre. Se trata de enriquecerse, explotar a los demás y apropiarse de recursos ajenos a costa de otros. Lo fundamental es que al final uno debe haber conseguido éxito y dinero.

La familia de los patos (en inglés se llaman Duck de apellido) no se relacionan entre sí con confianza y cercanía, sus vínculos se asemejan más bien a la organización de una empresa. Los papeles están repartidos de acuerdo con un esquema que han conservado algunas comedias estadounidenses: por un lado, se presenta el jefe, inalcanzable, poderoso y moralmente cuestionable, el Tío Gilito; el duro de mollera Donald, que bloquea cada innovación y el dinámico trío, Jorgito, Jaimito y Juanito. que constantemente logra salvar la situación con inteligencia, improvisación y valor.


En la versión original de Walt Disney, el jefe de la empresa, el Tío Gilito, se llama Uncle Scrooge. El personaje toma nombre del tacaño protagonista del célebre cuento de navidad de Charles Dickens. Pero además, Uncle Scrooger comparte en el idioma original inglés las mismas iniciales que los Estados Unidos, United States.

En contraposición al Tío Gilito, Donald es el eterno perdedor. Es un fracasado, siempre está trabajando, pierde todos los empleos, nunca tiene éxito y siempre está arruinado. Donald personifica el empleado medio que pasa toda su vida deslomándose por la empresa y, a pesar de todo, nunca logra llegar a nada.

Sus tres despiertos sobrinos son los verdaderos héroes de la compañía: cuentan con todas las cualidades que aparecen hoy en las ofertas de puestos de dirección: son sociables, tienen iniciativa propia y flexibilidad, están dispuestos a asumir riesgos y poseen la capacidad de pensar de forma creativa y planificada. Sobre todo, tienen ese don que constituye hoy la cualidad favorita de todo jefe de personal: el espíritu de equipo.

Desde los años cuarenta hasta los sesenta, este mundo de patos expandió un mensaje simple y, a la vez, muy politizado. Carl Barks inventó los "Golfos Apandadores" en los tiempos de la Guerra Fría y de la histeria anticomunista de la era de McCarthy. Estos personajes, que tomaron el aspecto de perros enmascarados, representaban a los enemigos (los comunistas), que tenían como objetivo apropiarse del dinero del Tío Gilito (la potencia Estados Unidos). Los cómics de Carl Barks eran historias sobre los todopoderosos Estados Unidos y el éxito del capitalismo.


Uno no da crédito cuando, tras una segunda lectura, descubre la fina sátira que se esconde tras el mensaje políticamente correcto. Las grandes luchas ideológicas entre el capitalismo y el comunismo, que mantuvieron en vilo al mundo hasta finales de los años ochenta, revestían un aspecto completamente cómico en Patolandia: la potencia mundial estaba en manos de un tacaño (el Tío Gilito), que buceaba en sus depósitos de dinero levantando el trasero.