
Uno de los momentos más sorprendentes de Kiss me Deadly (1955), de Robert Aldrich, es cuando la policía le dice al detective privado, Mike Hammer, lo que piensa de él. Le considera un intruso en la vida privada de los demás, un hombre superado por las circunstancias y envuelto en una situación demasiado vasta y compleja para que sea capaz de comprenderla. El impacto del momento se debe a que da un giro de 180 grados a las expectativas de los espectadores con respecto a Hammer.
A pesar de lo brutal de sus acciones y de su sardónica y cruda forma de hablar, el espectador medio habría dado por sentado que Hammer está de un modo u otro del lado de la ley y el bien, como ocurre en la tradición del cine negro basada en Chandler o Hammett. Pero Hammer no tiene nada que ver con los caballeros andantes que desafían los peligros de la gran ciudad, sino que es un personaje creado por Mickey Spillane, un autor especializado en los relatos de violencia y sadismo. Hammer ejemplifica la degradación de la ética del detective privado.La observación del policía da pues en el blanco, y resulta evidente que su disgusto hacia Hammer es compartido, tanto por el guionista, A. I. Bezzerides, como por el director. No es que se trate de un anti-héroe, sino que su arrogante suposición de que su amoral poder es correcto, le convierte en un héroe fascista. Es como si Aldrich y Bezzerides estuviesen utilizando el personaje para repudiarle tanto a él como a lo que representa.
Ese es precisamente uno de los puntos de una película de enorme importacia en su momento, que hizo de Aldrich uno de los autores favoritos de la crítica francesa, y convirtió a Kiss me Dealdly en uno de los títulos clásicos del cine negro. A primera vista, la película es una elemental historia de suspense realizada con gran habilidad; pero, a otro nivel, las preocupaciones típicas de la guerra fría que refleja contienen no sólo una fábula de nuestro tiempo, sino también ecos de un mito mucho más antiguo.
El enfoque de Aldrich a la brutalidad de la película se caracteriza por la elegancia y la minuciosidad y parece tan alejada de la verdadera emoción como si el mundo hubiese sido devastado ya por una guerra atómica. La histeria nuclear que constituye una de las claves del guión, se va transformando por el director en un comentario fatalmente determinista.
Lo que comienza como una sórdida historia ambientada en el mundo del hampa, termina adquiriendo el carácter irracional de una pesadilla. Y existen muchos planos subjetivos, rodados desde el punto de vista de Hammer, como para que quede claro que, a pesar de ser presentado como un personaje antipático y negativo, se espera del espectador que se identifique con él. Todo lo que hace lo hace en nuestro nombre. Así, pues, como película política, Kiss me Deadly tiene la audacia (sobre todo, si tenemos en cuenta que fue rodada en 1955, en plena guerra fría) de explicar al público que individuos tan poco de fiar como Hammer podían verse envueltos con la radioactividad y provocar una peligrosa reacción en cadena. El hecho de que llegue a eso a través de una mujer, Lily Carver (Gaby Rodgers), no es sino un aspecto más de su ignorancia y credulidad, que forma parte tanto de su naturaleza sexual como de su intelecto. La ignorancia lo destruye todo, incluso la propia humanidad, al abrir una nueva caja de Pandora.

La interpretación de Ralph Meeker como Hammer no deja a salvo ninguno de los rasgos de la personalidad del personaje; como si el actor se hubiese dado heroicamente cuenta de que una actuación unidimensional es la única forma de desnudar a su personaje y revelar sus conexiones con otros.
Lo que distingue Kiss me Deadly de otras películas de Aldrich es el empleo de una compleja trama de alusiones y metáforas: el repetido poema de Cristina Rosseth, Remenber Me; la grabación de Caruso, etc., que proporcionan unas referencias textuales inmediatas, cuando no unos significados complementarios a la trama.
Hay que volver al cine de Robert Aldrich.










