
Para todos aquellos que no pudieron asistir a la presentación de Elefantiasis, de Raúl Ariza en Barcelona.
Tengo el placer de presentar el libro de Raúl Ariza, Elefantiasis, por dos razones significativas. La primera; porque el autor es un tipo que se hace querer, es un buen amigo de sus amigos, un seductor de ambos sexos. Y todo esto lo confirma esas noches de copas y otros menesteres que no voy a decir. La segunda, más seria, porque Elefantiasis es un magnífico ejemplo que confirma mi teoría de lo que debe ser un buen cuento, que és de lo que hoy voy a hablar aquí. Quisiera empezar con tres citas. La primera de Ana María Matute: "El relato es un vagabundo." La segunda de Andrés Neuman: "El cuento es el género que mejor sabe guardar un secreto." Y la tercera es mía: "Un cuento o es un riesgo que se corre o no es nada."
Os invito a imaginar por un momento que cogemos el marco de un cuadro y lo aplicamos a una pared, a un paisaje, a una superficie cualquiera, observaremos que esa porción visual enmarcada casualmente se revaloriza en seguida, se singulariza, se aisla del conjunto y cobra entidad propia. No otra debe ser la técnica del escritor de relatos cortos que la de enmarcar cualquier esquina de la vida en la seguridad de que todo vale igual y que no hay más sugestiones en una puesta de sol que en una fachada trasera a la que nadie mira y donde el tiempo ha quedado fusilado de cara a la pared.
Para mí, el cuento es a la literatura lo que el vacío a la escultura o el silencio a la música. El cuento, modernamente entendido, es lo que no se cuenta, es como esa máquina de fotografiar ausencias, pueden obtener la imagen de un automóvil en un aparcamiento media hora después de que el automóvil haya desaparecido.
Un cuento es un perfume, un vacío transitorio, un paréntesis. Un buen cuento debe contar, pongamos por ejemplo, un transbordo de Metro, esos cinco minutos que invierte una persona, cualquier persona de la calle en pasar de un andén a otro. Al cuentista no debe importarle de dónde viene esa persona ni adónde va. El novelista, por el contrario, tendría que contarnos todo lo anterior y todo lo posterior a ese cotidiano transbordo subterráneo, pasando por alto el transbordo o resolviéndolo en dos líneas. Pues, bien, cuentista es el escritor que puede llenar cinco, diez o quince páginas contándonos precisamente el transbordo y nada más que el transbordo, interesándonos en él y sin recurrir al truco final de que el viajero pierda el Metro o se suicide arrojándose a la vía. Raúl Ariza lo consigue en una o media página.
El escritor de cuentos es al novelista lo que el investigador puro al médico o al técnico. El relato corto es el género experimental por excelencia y de esa experimentación constante, gratuita y fortuita del cuento, nacen los grandes hallazgos literarios que luego son aplicados a la novela, a la literatura grande, y marcan la evolución de ésta.
Se ha dicho, y bien fácil es decirlo, que el cuento está o debe estar más cerca de la poesía que de la novela, más cerca de la lírica que de la épica. Efectivamente, el cuento no debe escribirse para contar algo, ni tampoco para no contar nada, sino precisamente para contar nada. A este punto de aparente gratuidad ha llegado la narración corta, el relato breve.
Tengo que decir que Dickens, Chejov, Maupassant, Alas Clarín y todos los maestros tradicionales del cuento no sabían escribir cuentos. Fabricaban pequeñas novelas, microcosmos literarios, argumentos minutísimos como la maquinaria de un relojito de dama antigua. Iban al cuento con una mentalidad novelística. Convertir el cuento en una charada con solución final, cuando el suspense debe estar ya en toda la narración, desde el principio, y no debe dejarse ingenuamente para el final, como hacían Maupassant, Poe y todo el siglo XIX.
En mi opinión, el cuento, hasta muy entrado el siglo XX, no existe como entidad propia, como género independiente. Ya el ser humano ha hipertrofiado secularmente sus pasiones, su peripecia. El hombre viene sobrevalorándose, problematizándose, desde que descubrió el fuego y otras artes electrodomésticas. Han hecho falta muchos siglos de desencanto, de desengaño, de escepticismo, de ironía, de sabiduría, para que al fin, en nuestro tiempo, el hombre deja de tomarse en serio a sí mismo. Con la general desmitificación del hombre y de la vida en el mundo de hoy, resulta ya muy difícil escribir grandes novelas, porque las grandes novelas han de estar hechas, inevitablemente, de grandes pasiones, de crímenes y castigos, de humillados y ofendidos, de rojo y negro.
Por influencia de las literaturas anglosajonas, los escritores de nuestro país, más americanos que españoles, catalanes, gallegos o vascos, están escribiendo hoy los mejores cuentos que se hayan escrito nunca en nuestro país. La vanguardia de la narrativa actual no está en la novela, sino en el relato corto, y son sus grandes hallazgos estéticos, técnicos, psicológios y estilísticos los que nutren y renuevan a la novela. El escritor de cuentos es un escritor para escritores, y esto a mí no me parece mal.
Un relato corto de hoy debe ser una obra abierta como abierta está siempre la existencia, en proyecto permanente, en pura posibilidad. Y, a la inversa, nada tan adecuado para reflejar este carácter abierto de la creación actual como el cuento, pues que su brevedad es ya una primera noción de provisionalidad donde el autor puede eludir ese inevitable determinismo que él ejerce sobre una obra grande, larga. La novela, necesariamente, ha de haberla escrito y encauzado alguien. Un buen cuento, por el contrario, debe dar la sensación de que se ha escrito solo. En él, queda reducido al mínimo el determinismo creador del artista.
Elefantiasis es una colección de cuentos valiente y conmovedora del devenir de lo irreparable. Cuando terminamos su lectura nos quedamos pensando que no hay mayor mentira que una definición, y la única verdad es aquella que no se abarca. Los paraísos se pierden después de haberlos ganado.
Y para terminar, me gustaría citar a Italo Calvino en su Seis propuestas para el próximo milenio: "El arte de escribir historias está en saber sacar de lo poco que se ha comprendido de la vida todo lo demás; pero acabada la página se reanuda la vida y no se da cuenta de que lo que se sabía es poco."
Gracias.