martes, 28 de diciembre de 2010

Trauma y violencia



El acontecimiento que se narra en La carretera, de Cormac McCarthy, no ha ocurrido aún, pero podemos percibir señales en nuestra vida diaria y en el escenario que nos rodea de que el cataclismo ocurrirá, como había percibido el protagonista: "le había dado por ver un mensaje en cada ejemplo de la historia tardía, un mensaje y una advertencia, y eso resultó ser este retablo de muertos y devorados."

Tras el 11 de septiembre: trauma y violencia en No es país para viejos y La carretera aborda las dos últimas novelas de McCarthy. En el contexto, ya casi inevitable en la sociedad norteamericana contemporánea, de los atentados. Podemos leer estas dos novelas como una reflexión post-traumática sobre esa sociedad. El personaje de Llewely Moss en No es país para viejos es un símbolo de la actuación de los Estados Unidos en varios escenarios bélicos mundiales, tales como las guerras de Vietnam e Irak. La espiral de violencia que desata la actuación norteamericana en esos escenarios, supuestamente orientada por principios democráticos, pero en el fondo motivada por intereses económicos, conduce a multitud de muertes inocentes. Son la población civil en Vietnam, en Irak, y en los atentados de Nueva York; pero es también, de manera paralela, la familia de Moss, víctima simbólica del comportamiento del veterano de Vietnam. El trauma individual del sheriff Bell se suma a este cuadro traumático estructural, y el sueño final de ese personaje - con el fuego que porta su padre-enlaza muy bien con el motivo post - apocalíptico de La carretera, que presenta como una nueva tierra baldía de Eliot, aunque en MacCarthy es un escenario más bien físico y no tan intelectualizado con el caso del poeta.

La desolación de La carretera es como una alegoría más del mito de la excepcionalidad norteamericana. El padre es el símbolo de esa actividad política depredadora de los Estados Unidos en su actuación exterior, basada supuestamente en la excepcionalidad del país, en su carácter único en la comunidad de naciones, tanto por su génesis como por su propia configuración multicultural, multiracial, etc. La actitud del padre, que en su camino hacia el mar no ayuda a nadie (para preservar el bienestar de su hijo), aunque siempre está contando historias de los que ayudan a los demás. Por otra parte, La carretera se sitúa en la tradición literaria norteamericana de la road novel, y resalta los elementos metafóricos que hacen de la novela mccarthyana un relato espeluznante. Aunque alude a aspectos claramente conectados con cierto tipo de ciencia ficción, el interés principal se centra en el tipo de solución estética y ética que McCarthy plantea ante el dilema de estos dos personajes post-apocalípticos. La memoria es uno de los elementos cruciales en este planteamiento frente a los traumatizados por el Holocausto, por ejemplo, que recurren al recuerdo de la vida anterior para recuperar su dignidad moral y humanidad, los personajes de La carretera abandonan ese recurso por el riesgo implícito de debilidad y miedo que ello conlleva. Sin embargo, la figura del padre no puede por menos que transmitir a los lectores su percepción de que ese cataclismo sobrevenido era ya, muchas veces en la vida anterior, previsible.

Cormac McCarthy no es solamente un novelista sino que, en reflejo de Albert Camus, es también un filósofo que ahonda en los mitos para escribir su literatura y que establece como uno de sus símbolos más poderosos la imagen, contraria de la oscuridad, que tiene su poder en el sol. Ese padre que lleva el cuerno de la luz, como única esperanza, aunque onírica, a la condición traumatizada del sheriff Bell reaparece con fuerza en La carretera porque en el contexto post-apocalíptico de esa novela los sueños y las memorias se van perdiendo y hay que mirar al futuro como única y posible vía de escape. Si en el universo de Camus la luz es lo que impulsa al hombre rebelde contra el absurdo existencial, en La carretera el protagonista es un hombre que va penosamente convirtiéndose en "viejo" y necesita volver a reescribir el antiguo mito de la luz como fuerza y como razón de ser para literalmente pasar la antorcha de la condición humana (y no infrahumana) a su hijo.

No es país para viejos representa un giro sorprendente en la narrativa de McCarthy, una ruptura radical con su estilo tradicional y una incursión en un género muy diferente de todo lo que había escrito hasta ese momento. Esta novela resulta un paso lógico en la ficción de McCarthy pues representa el cierre, siquiera temporal, de su incursión en el Sudoeste como territorio literario, y supone una revisión de algunos de los motivos fundamentales que conforman la espina dorsal del universo imaginario del escritor y, sobre todo, su constante preocupación por la naturaleza de la depravación humana. Elementos que convergerían poco después en el conmovedor epílogo que supone La carretera.

lunes, 27 de diciembre de 2010

Los comecocos



"La muerte es lo que ya hemos vivido."
Manuel Vicent

"Cuando se la mira a la cara, la muerte es fácil de comprender."
Jules Renard

Hay películas que nos marcan de una manera significativa, sobre todo en el período de la infancia y de la adolescencia. Son edades muy impresionables para la mente de un niño que todavía no está prostituida por lo políticamente correcto. El niño lo ve todo por igual en su conjunto, no existe nada en él que divida las partes entre lo real y lo imaginario. Todo puede ir muy bien si las películas y los libros se limitan al iluminado mundo de la ficción que abre y enriquece su ilimitada mente. Pero no siempre es así. Al niño puede caerle entre sus manos o a sus ojos una historia grotesca, macabra, no digna para su edad y puede marcarle para el resto de su vida.

Mi primera elección para este blog fue reseñar La invasión de los ladrones de cuerpos. En ese post traté de transmitir por primera vez las consecuencias que me acarrearon su visión a una edad temprana y sus sucesivos trastornos emocionales de devinieron en pesadillas reiterativas hasta la actualidad. Pero uno aprende con los años y, con las experiencias de la vida a sobrellevarlas y, todo hay que decirlo, a integrar ciertas visiones sobre una realidad metafóricamente oculta. Basta con echar una ojeada a nuestro alrededor para comprobar que la muerte del afecto, de los sentimientos ha creado un mundo un tanto extraño, como en la película de Don Siegel o en la excelente novela de Jack Finney en la que se basa el filme.



Poco tiempo después vi La noche de los muertos vivientes (1968), de George A. Romero en una hora en donde ya debía estar durmiendo y con los deberes del colegio realizados. Pues no. Nunca hice los deberes. Mis padres siempre se encontraban en ese eterno sufrimiento prolongado con sus miradas vacías al espacio. Yo me aprovechaba de la situación. Siempre estuve alejado de la obsesión puritana que corta desde su raíz deseos y amores, la pérdida de la personalidad propia ahogada y triturada, el principio del rendimiento aplicado a la escuela, que integra cualquier posibilidad de vida en su ritmo angustioso y margina despiadadamente a quien no quiere o no puede adaptarse. Pues bien, al finalizar la proyección, supe que jamás volvería a ser el mismo. No tardaron en llegar unas pesadillas que no me abandonaron jamás. Huía sin esperanza de una legión de muertos. Quedaba a algunos supervivientes atolondrados y yo les instaba a huir, pero ellos no me creían, me tomaban por un loco. Si no estás loco, pero la gente le ha dicho al mundo que sí lo estás, entonces todas tus protestas por demostrar lo contrario no hacen mas que corroborar que tienen razón. En el fondo el pesimismo es siempre una forma de moral, por eso nunca hay que doblegarse.

Como digo: ver las películas de George A. Romero fue uno de los momentos clave de mi infancia y también de mi vida. Lo cierto es que los bien llamados zombis de Romero se han filtrado en nuestra cultura hasta el punto de que incluso la gente que nunca ha visto sus películas conoce las características principales de los zombis: están muertos, caminan, quieren comerte y suele superarte en números. Hoy las masas caminan por las calles anestesiadas. Te dan empellones y no se disculpan. Te pisan y comen a todas horas en cualquier lugar. Han perdido el lenguaje y hablan guturalmente. Instintos incontrolables. Impera el aturdimiento, la locura, la confusión y la perversidad. Aterradora lucubración. Los monstruos de la decadencia, la barbarie y la irracionalidad.



Creo que en nuestro interior existe un miedo inherente a las masas que no piensan. Son las hordas que se te vienen encima. Si le añadimos a esto nuestro horror inconsciente al consumo desaforado del primer mundo, es como si tuviéramos a cien mil comecocos insaciables, comiéndose todo lo que encuentran. No hay mucho en el ámbito del horror que me aterrorice, pero los zombis sí. Su naturaleza compulsiva, inquebrantable, es tanto terrorífico como impresionante. Pienso que eso es lo que temen todas las personas cuerdas: que se les enfrente algo o alguien que sólo desea su destrucción y que sea imposible de detener.

Hay un enorme segmento de nuestro cerebro que ha evolucionado a base de escapar de las manadas de depredadores, y los zombis nos brindan la rara oportunidad de sacar de paseo esa parte primigenia de nuestra psique. Los zombis son una gran metáfora. La gran masa de la humanidad a menudo se nos presenta como irrazonablemente hostil y abocada al consumo, y la imagen del zombi encarna esto a la perfección. Vivimos tiempos extraños. Muy extraños, de hecho. Tiempos de torturas, mentiras, fama y exposición constante a lo peor que puede ofrecer el mundo, gracias a unos medios de comunicación que nunca se cansan de alimentar nuestra hambre insaciable de horrores. Alguien dice que las masas, el número, siempre son idiotas. Y me acuerdo de Flaubert, que decía que sin embargo hay que respetar a las masas, por más ineptas que sean, porque tienen el germen de una fertilidad incalculable.


En estas fechas se resiente más mi miedo. Evito escuchar el discurso del Rey. Me aterroriza su cara, sus movimientos, sus balbuceos... Evito los centros comerciales, pero todavía no he podido evitar la cena familiar de fin de año. Siento horror por la manera en que comen, y después, se levantan con movimientos lentos, torpes con las bocas sucias de aceite y sus estómagos repletos de carne, para desear con sonidos guturales que el próximo año tengamos mucho trabajo y poco tiempo libre para pensar; cualquier trabajo, por duro o desagradable que sea, para disipar la dureza de nuestras vidas y ahuyentar de nuestras mentes los pensamientos letales. La terrible, incomprensible manera en que las elecciones más triviales, fortuitas obtienen el resultado más desproporcionado. Y yo allí, con una visión de un futuro infernal, donde la capacidad de anticiparse a ver es una condena.

¡Maldito George A. Romero!

miércoles, 22 de diciembre de 2010

Nube tóxica



"La historia es la suma total de todas las cosas que nadie nos cuenta."
Don DeLillo


La posmoderna cultura de consumo norteamericana aflora a través de Ruido de fondo (1985), de Don DeLillo como un fatal subidón de azúcar. Nos presenta con gran detalle un mundo sumamente penetrado por los medios de comunicación de masas, en el que la piel humana es "un color que necesito llamar afín a la carne", en el que cabe musitar durante el sueño las palabras "Toyota Celica" como una plegaria. Pero aquí los personajes no son los engañados por el sistema, sino sus analistas profesionales, enmarcada en una ciudad universitaria del Medio Oeste de Estados Unidos. Sus principales protagonistas son Jack Gladney, profesor de estudios hitlerianos, su esposa Babette y sus hijos habidos de matrimonios anteriores de ambos. Esos hijos, como observa DeLillo, son más espabilados y están mejor adaptados a la cultura moderna de los adultos, aunque también es mayor su desilusión acerca de ella. Henrich, por ejemplo, a sus catorce años, juega al ajedrez por correspondencia con un asesino en masa recluido en una prisión.


Gran parte de la novela, narrada desde la perspectiva de Jack, se orienta a la vida doméstica y refiere retazos de información y conversación de forma a la vez alienante y confortadora. No está claro si DeLillo afirma la capacidad del ser humano para crear relaciones íntimas y significativas a partir de los materiales menos prometedores, o si se lamenta de una total pérdida de autenticidad. Ruido de fondo se mueve con destreza y comprensión, pero trata también de una realidad más siniestra que proyecta sobre la última parte del libro una sombra imposible de obviar a base de cháchara consumista.
DeLillo se adelantó un año al desastre nuclear de Txernòbil producido en 1986, la fuga tóxica que funciona como motor narrativo a causa de un terrible accidente industrial y por esta causa las familias son evacuadas de sus casas al anunciarse que se ha formado en las cercanías una nube tóxica.

Como si fueran bacterias observadas por la lupa de Jean Baudrillard, los personajes se mueven en círculos, formando una coreografía de ondas y radiaciones que los sitúa lentamente en aquella tierra de nadie, tan propia de la cultura americana, en que la comedia surrealista, la ciencia ficción, el ensayo apocalíptico y las teorías conspiranoides parecen convertirse en sinónimos, atrapadas en la sobreinformación de una realidad que obliga a creer en ellas por decreto mediático. Las criaturas de DeLillo se pasean como sonámbulos mirando los escaparates de los supermercados con el mismo interés con que observarían una caída de meteoritos. Son muertos tocados por la gracia de una sabiduría mecánica y despiadada.

A veces se tiene la sensación que DeLillo escriba como si J.G.Ballard se haya transformado en Thomas Pynchon (o al revés). Ruido de fondo es tan original, tan espontánea en sus inteligentes visiones de futuro, tan brillante en su uso y guarde una prosa lírica y sangrante, que continúa estando fresca como el primer día. El miedo y la muerte son los temores de la sociedad moderna, incluyendo la televisión como instrumento básico de desinformación, y sobre todo el progreso brutal de las tecnologías. Un progreso que, a medida que aumenta, desarrolla unos miedos cada vez más primitivos respecto a sus consecuencias a veces catastróficas.

Escrita en las postrimerías de un siglo y de un milenio, abre un camino para entender nuestro pasado colectivo, excava en el arcano engranaje de nuestra cultura y articula conexiones entre mecanismos visibles y ocultos del poder estatal. Así también, su turbadora intuición de las fuerzas invisibles que impulsan el curso de la historia hacia la redención o la aniquilación parece aguardar la llegada del nuevo milenio.

Paul Auster dijo: "Un autor al que hay que leer si queremos comprender el mundo en el que estamos entrando." Buena parte de la literatura americana contemporánea está en deuda con Ruido de fondo: David Foster Wallace, George Saunders, Chuck Palahniuk, Bret Easton Ellis, Rick Moody y Dave Eggers, entre otros. 


lunes, 20 de diciembre de 2010

Poesía y verdad


1932-2007


"Hay que hacerse con la realidad; la realidad ya no tiene sentido."
Robert Musil, El hombre sin atributos

"Fácilmente aceptamos la realidad, acaso porque intuimos que nada es real."
J.L.Borges, El inmortal



Kapuscisnski non-fictión (Galaxia Gutenberg), polémico trabajo del periodista Arthur Domoslawski, y, Kapuscinski. Una biografía literaria (Bibliópolis), patrocinado por la viuda del escritor y escrita por Beata Nowacka y Zygmunt Ziatek. El primero es una biografía que sostiene que el gran periodista polaco alimentó su leyenda y critica sus licencias con la ficción. El segundo libro defiende su opción por la creación literaria y replica al de Domoslawki.
Tanto Domoslawski, pupilo de su biografiado, como el tándem Nowacka/Ziatek deciden enfrentarse al mito. El primero, intentando explicar cómo el periodista contribuyó a crearlo. Los segundos, considerando que solo cabe hablar de la obra, eludiendo sus avatares biográficos, hasta tal punto de acusar de sensacionalista a Domoslawski por haber entrevistado a la que fue amante del periodista durante 33 años. En los presuntos escándalos (la inexistente amistad con el Che, la colaboración con los servicios secretos) hay poca novedad, y el supuesto amarillismo de Comoslawski no casa con su exhaustiva documentación, con testimonios de decenas de colegas, alumnos, amigos, traductores y familiares. Las dos biografías reconocen que Kapuscinski, historiador del presente que quiso reflejar la esencia del acontecimiento antes que los detalles, enriqueció la realidad con la ficción. Las diferencias, en la valoración de esta evidencia.

Por ejemplo; El emperador, es la historia de Haile Selassie, amo y señor de Etiopía. Explica el declive de la corte de Salassie. Kapuscinski había estado en Etiopía y el libro se vendió como un gran reportaje periodístico. Hay sabemos, sin embargo, que el autor nunca entrevistó a los cortesanos que cita. Es más, estos cortesanos hablan con un lenguaje barroco, dentro de una atmósfera ficticia y dicen cosas que nunca dijeron de verdad. Kapuscinski se inventó las situaciones y utilizó los recursos de la ficción. Cuando Kapuscinski non-fictión salió en Polonia, surgió el viejo debate entre la ficción y la realidad, los hechos y las opiniones, la verdad y la mentira del periodismo, abrió nuevas heridas y sembró nuevas dudas sobre el compromiso de los periodistas con sus lectores. Kapuscinski era un gran narrador, pero no un mentiroso. Él mismo, en una entrevista en el 2001, calificó su obra de reportaje literario. El emperador, es para mí una gran obra sobre los mecanismos del poder, además de la mejor novela polaca del siglo XX.


Kapuscinski fue un poeta, huía de la ortodoxia del periodismo. No le preocupaba que los hechos fueran sagrados. Buscaba la verdad sustancial sin los detalles de la verdad. Ponía la verosimilitud de la poética al servicio de la verdad de fondo. Sus grandes libros son sustancialmente verdaderos aunque no fueran estrictamente veraces.
A opinión personal, por ejemplo, el periodismo anglosajón nunca admitiría un texto que no citara fuentes, que no contrastara la información, que renunciara deliberadamente a la objetividad. El periodismo europeo, por el contrario, tiene la subjetividad en mayor estima y a ella se adhiere Kapuscinski para construir su narrativa, e hizo bien. La retórica nos aleja de la comprensión de lo verdadero. Por mucho que se esfuerce, el periodista siempre llega a un punto en el que tiene que escribir a partir de indicios y conjeturas.

¿Peligra el pedestal del maestro? No, a no ser que alguien quiera seguir adorando a un santo, y no a un gran escritor que decía grandes verdades ayudándose a veces de pequeñas mentiras. A mi juicio, es un gran modelo de periodista comprometido y capaz de elevar el reportaje al nivel de gran obra literaria.

Señores reporteros de este nuevo milenio; tomen nota.

viernes, 17 de diciembre de 2010

Lady Day



"Mamá y papá eran un par de críos cuando se casaron: él tenía 18 años, ella 16 y yo tres." "Mamá trabajaba de criada en casa de una familia blanca. Cuando descubrieron que estaba embarazada, la echaron. La familia de papá también estuvo a punto de sufrir un ataque cuando se enteró. Era buena gente que nunca había oído hablar de cosas semejantes en su barrio de Baltimore." "Pero los dos críos eran pobres, y, cuando se es pobre, se crece deprisa." "Es un milagro que Sadie Fagan, mi madre, no fuera a parar al correccional y yo a la inclusa. Pero ella me quiso desde el mismo instante en que notó en su vientre un suave puntapié mientras fregaba suelos. Se presentó en el hospital e hizo un trato con la directora, para pagar su estancia y la mía, se ofreció a fregar suelos y atender a las demás mujeres que esperaban tener a sus hijos. Trato hecho: mamá tenía 13 años ese miércoles 7 de abril de 1915, cuando yo nací en Baltimore."

Palabras duras para el comienzo de una autobiografía, pero toda la vida de Billie Holiday fue dura, muy dura, y la cantante de jazz más grande de todos los tiempos no quiso ni evitar ni camuflar esa dureza cuando, cuatro años antes de morir, se decidió a relatar su vida en primera persona. Lady Sings the Blues es un libro doloroso, pero más dolorosa aún fue la vida de Lady Day; tragedia y dolor que se traslucen en todas y cada una de sus interpretaciones. Incluso en las aparentemente más alegres que hicieron de ella la voz más estremecedora de toda la historia del jazz, la cantante de jazz por excelencia. Una voz que no admitía ningún tipo de comparación: Billie Holliday no imitó a nadie; después, todas las cantantes la han imitado a ella.


Su padre repartía periódicos a domicilio cuando ella nació, pero soñaba con ser trompetista de jazz. Finalmente acabó siendo un mediocre intérprete de banjo y guitarra. Influyó muy poco a la pequeña Eleanora (nombre verdadero de Billie) ya que su matrimonio se rompió de forma prematura a consecuencia, precisamente, de las largas giras del guitarrista.

Tras el abandono, Billie creció con su madre, que seguía fregando suelos para malvivir en uno de los peores barrios de Baltimore. A los 10 años, Billie trabajaba también como fregona en uno de los burdeles de la ciudad, que tenía la suerte de poner una victrola. En ese burdel Billie entró en contacto por primera vez con las canciones de Louis Armstrong y Bessie Smith, gastándose una parte de su sueldo en hacer funcionar la victrola.


Cuando Billie todavía tenía 10 años, uno de los huéspedes que su madre alojaba en casa para redondear la economía familiar la violó al regresar de la escuela. Tras ese incidente y viendo las pobres perspectivas que ofrecía la ciudad, madre e hija se trasladaron a Nueva York en 1929. En la ciudad de los rascacielos, y a escondidas de su madre, Billie se inició a las artes de la prostitución en un elegante burdel. La experiencia no duró mucho debido a la intervención policial. Billie fue a parar a la prisión de Welfare Island. Al parecer, durante su estancia en el burdel entró en contacto por primera vez con la marihuana. Tras ese primer arresto de cuatro meses, Billie decidió decantar su vida profesional hacia la música de cabaret.

El crescendo trágico de su vida privada, en un sinfín de desengaños amorosos y su cada vez más pronunciada tendencia al alcoholismo y la drogodependencia iba emparejada con el reconocimiento. En 1947 fue arrestada de nuevo por posesión de estupefacientes. La prensa sensacionalista aprovechó para maltratar a la cantante, afirmando, no sin cierta razón, que las drogas estaban alterando su salud y también su voz. En 1952 tuvo que ingresar bajo control policial en un centro de desintoxicación de Belmot. La prensa se cebaba de nuevo para lanzar una nueva campaña de desprestigio contra la cantante. A partir de ahí, sus problemas con la policía fueron constantes y siempre aireados por la prensa. Los sinsabores de Billie culminaron con la retirada de su tarjeta profesional para ejercer como cantante en lugares en los que se vendiera alcohol (categoría en la que se incluían todos los clubes).


En su primera gira europea, ella se sorprendió de la acogida que había recibido y manifestó su intención de quedarse en el viejo continente; sin embargo, al acabar la gira regresó a los Estados Unidos. Su salud se resquebrajaba. En 1958 visitó por segunda vez Europa pero ya no era la misma Lady Day a quien el público había aclamado pocos años antes. Un patético documental de la televisión británica (existe copia en DVD) nos muestra a una Billie casi esquelética, con el horror de la muerte reflejado en sus ojos, esforzándose por no dejar de ser lo que había sido; poco quedaba de su voz, pero su personalidad al atacar cualquier canción seguía siendo desgarradora.

La persecución policial cedió con su regreso a los Estados Unidos, no se le devolvió su tarjeta profesional y Billie vivió sus últimos días sin poder pisar un club. Su última aparición pública fue en un recital benéfico a principios del mes de mayo de 1959. Días después ingresó en el Metropolitan Hospital de Nueva York aquejada de problemas hepáticos y cardíacos. Mientras estaba ingresada, la policía neoyorquina volvió a acusarla de posesión de estupefacientes y se dictó arresto hospitalario, colocándole un policía de vigilancia en la misma habitación. A las tres de la madrugada del 15 de julio de 1959 fallecía en ese mismo hospital, tras diez semanas de ingreso y arresto con la mano derecha esposada a la cama.

Nunca he podido olvidar esta última imagen de la vida de mi admirada y querida Lady Day.


                     

lunes, 13 de diciembre de 2010

Cuento de navidad



Lleva, no sé cuanto tiempo enclaustrado, no atreviéndose ni a sacar la nariz por la ventana, ni sobre todo a aparecer en el balcón, asfixiado por las terrazas vecinas; aún menos arriesgarse a salir a la calle, donde se expondría a las redadas masivas. El aislamiento impuesto por la mediocridad del medio. En ningún momento se siente atribulado ni le domina la tristeza o la depresión. Le ha tocado vivir un tiempo, como cualquier tiempo, abocado a un final. No termina nada. No empieza nada. Hace tanto tiempo que intentamos sobrevivir a base de dinero, sexo, envidia, bienes inmuebles, fútbol, televisión, alcohol..., piensa. Se ve claramente que no pide nada a nadie, que trabaja a tiempo parcial para su conveniencia, y que en este mundo con su filosofía no puede verse nunca asombrado o turbado. Está, como suele decirse, curado de espantos. Sabe que el desencanto ante la existencia en general alcanza a los diversos fenómenos sociales del ser humano como de los supuestos beneficios de la civilización, la cual ni suprime definitavamente las necesidades básicas ni ahuyenta nuestras más profundas inquietudes; antes al contrario, en algunos casos, las acrecienta. El mayor reproche que cabe dirigirle es que, en lo esencial, no aporta nada. La civilización es la enfermedad con la que el ser humano ha pretendido curarse. Sigue pensando: las cosas irreales han determinado nuestras vidas mucho más que las reales.

Al fin decide salir a la calle para airearse. Lo increíblemente tragicómico, piensa, es que hayamos perdido la cabeza sin habernos dado cuenta que los que caminan por las calles, los polígonos industriales, los centros comerciales, etc., son meramente cuerpos sin cabeza. Somos seres reducidos a necesidades elementales: comer, cohabitar, trabajar y consumir. Y por otro lado, el afán de rodear la vida de seguridades, de vallas, para que nadie se pierda ni se ausente. No se siente identificado ni atraído por el mundo que los demás representan; representación de lo inauténtico, de lo falso, del engaño, de los tabúes e ideas preconcebidas. Quizá nos daremos cuenta, o no, cuando pase la tormenta; todo presente es siempre una tormenta. De momento la vida de los seres humanos continúa siendo absurda e inútil, y todo lo que hace o emprende confirma su absurdo y su inutilidad. Él, de esa agencia, que se ha convertido, desde hace muchos años, en el sitio de partida de sus propios funerales.

Se encuentra con dos indeseados. Lo arrollan y se lo llevan al bar más cercano. Él insiste que no tiene tiempo. Pero ya está sentado a una mesa. Su supervivencia se conecta automáticamente. Está preparado para satirizar las vanidades e idioteces del mundo. Hoy te veo algo alicaído. Ya andas con tu famoso bajón. Vamos, que vuelves a estar deprimido, le dice uno. ¡Que ya estamos en navidad! le dice el otro. Manifiesta tal cansancio interno por el constante ajetreo humano sin ningún objetivo, por las conversaciones triviales... el absurdo, la desesperación existencial, la inmóvil vacuidad de los días. Piensa: somos tan superficiales, tan vanos, que casi nunca diferenciamos una conducta de una vida. Buscamos el ingenio y encontramos la necedad. La idea de un mundo imposible de someter a un proceso de racionalización.

Menuda desidia que arrastras. ¿Pero es que nunca deseas nada? Lo que antes era síntoma de lucidez ahora se ha convertido en síntoma de depresión, piensa. Parecían como si todos, de común acuerdo, quisiesen convencerme de que yo estaba dejando pasar la gran oportunidad de mi vida. Recuerda una máxima de La Rochefoucauld que decía que antes de desear una cosa conviene comprobar la felicidad que encuentra quién la posee. Se ha creado un mundo de necesidades inútiles. Los intereses creados es una forma de totalitarismo. Por esta razón cuesta más vivir sin nada que vivir colmado de inutilidades. Recuerda que Aristóteles escribió que la paideia, la educación, era sobre todo educación del deseo. Se puede desear mucho y siempre será demasiado poco. Pero lo que deseamos poseer siempre es demasiado. Quienes tienen menos de lo que desea, ha de saber que tiene más de lo que vale. La racionalidad del deseo es incompatible con la de la moral. ¿Pero es que no deseas nada? Repetición de la pregunta. Se dijo que personas así son capaces de ensuciar todo con una mirada de mi amodorramiento, de un bienestar animal. ¿Conocéis el viejo cuento de los tres deseos? No. Una hada concede tres deseos a una pareja de campesinos muy pobres: ¡Quisiera una espléndida salchicha!, exclama la mujer. Y he aquí que la salchicha surgía ante sus ojos, provocando la ira del marido: ¿Estás loca? Derrochas así uno de los deseos. ¡Ojalá que la salchicha cuelgue para siempre de tu nariz! Y he aquí que cuelga de la nariz de la mujer, de la que sólo el tercer deseo podrá liberarla. Cada deseo es derrochado para remediar en el último momento la imprudencia del anterior.

Hablan y hablan. Se interrumpen constantemente para verificar por desconocimiento de lo hablado, a través de Google por mediación de sus móviles. Después aprovechan para revisar el correo, total, para acabar preguntando cuando se desconectan de sus artilugios: ¿por dónde iba? La ciencia se entrega al fetiche del progreso. La comodidad es el antecedente del aburrimiento. ¿Habéis visto o leído Días felices de Samuel Beckett? No. La protagonista está enterrada en la tierra y lo único que todavía permanece a su alcance son las cosas. Y se pasa todo el tiempo jugando con ellas, peleándose y haciendo las pases, en ellas están toda su vida. Fuera de las cosas, al margen de las cosas no le queda nada. Necesitas ir a un buen centro comercial y comprarte ropa, comprarte un móvil, ponerte internet en casa y hacer amigos a través de Facebook. No conviene atesorar. Todo lo que creemos poseer nos será quitado. "No es bueno que todo suceda como deseamos", Boussuet, recuerda él.

De modo que este encuentro ha consistido en toda una prueba de resistencia ante los acosos de la rutina o las abulias de lo demasiado previsto, piensa. Se levanta. Paga la cuenta y dice que se siente muy cansado. Nada te hace más fuerte que admitir tu debilidad, se consuela. Quienes hablan de valores de un mundo futuro debería saber que esos valores venideros sólo saldrán de los que incubemos en el mundo presente. Sale a la calle. Casas de buena apariencia que por dentro habitan sombras arruinadas, mendigos de oro. Camina anónimo y algo melancólico. Quizá no conoce el amor. Se pierde en los meandros de las calles y de la tarde, desapareciendo en la sombra como un día que se acaba. En el cielo nadie ve a los tres fantasmas del tiempo que se dan de cabeza entre ellos. Suenan villancicos en un centro comercial muy cercano.


                         

sábado, 11 de diciembre de 2010

Mi querido amigo



Mi querido amigo:


A medida que pasa el tiempo las cosas se ponen peor. A todos nos va todo estupendamente aunque nos vaya fatal. Se vive para los demás, en función de los demás, en relación a los demás. A estas alturas y ante la imparable rebelión de las masas, incapaces de respetar, deseosas de imponer la torpeza de sus gustos. Creo que la mejoría no es más que un pasajero temblor hacia arriba en una gráfica siempre descendiente.

Hoy eres más necesario que nunca. Diagnosticaste como nadie la peor plaga que hace estragos a nuestro alrededor y en cada uno de nosotros: tomarse demasiado en serio a sí mismo. El arrogante que sólo se reafirma humillando al vecino, el vanidoso que quiere que todo el universo esté pendiente de su capricho o de su look, el violento que está dispuesto a matar por su manía favorita (lo que tú llamas su derecho, identidad, patria, proyecto de futuro, etcétera), el rapaz convencido de que la menor de sus comodidades merece pagarse con una montaña de privaciones ajenas, el que se considera sabio porque tiene cien títulos y una oratoria pomposa o sublime...; todos ellos son casos terminales de seriedad letal, una sociedad centrada en la idolatría del propio ego. Y lo malo del que se toma en serio a sí mismo es que ya no tiene ganas ni tiempo para tomar un poquito en serio a nadie más. Porque lo único verdaderamente serio es que nada puede ser absolutamente serio, que todo monopolio de la seriedad es perverso, que la seriedad bien entendida empieza por cualquiera menos por uno mismo.

No hay seriedad suficiente, mi querido amigo, que resista tu cercanía: tu figura agachada y veloz de patinador loco funciona primero como detector de esa grave dolencia para luego servir de antídoto contra ella. Las personas que se toman a sí mismas con perfecta seriedad van muy erguidas, inflexiblemente tiesas, por fuera y por dentro. En cambio tú te deslizas doblado entre los rígidos, como una alcayata sarcástica donde cada cual puede colgar el gorro de carnaval de su falsa cordura. En este puto mundo lleno de agitación y trajín absurdo, pero en el fondo desoladoramente pasivo porque cada cual no hace más que imitar los deseos ajenos. Tú eres una fiera dinámica que produce sin cesar cortocircuitos en todas las rutinas con las que te enfrentas, sea en unos grandes almacenes o en un transatlántico, en plena guerra o en una despiadada escena de amor. Tu lenguaje irreverente, inconsecuente e imprudente puede que no sea un arma cargada de futuro, pero desde luego hace volar en confeti cualquier presente vigente y decente. A lo que más te pareces es a ese tren del Far West que alimenta sus calderas con la sustancia de sus propios vagones y que corre fuera de las vías libremente, a través del campo. ¡Más madera y menos martirio!

Eres el único personaje del mundo moderno con el que hubiese simpatizado Diógenes, que también debía de andar algo encorvado de tanto habitar en un tonel; eres el Oscar Wilde, pero sin darle importancia ni siquiera a llamarse Ernesto, eres el Newton que descubrió la ley de la falta universal de gravedad y luego te comiste la manzana, eres como Proust pero sin tiempo que perder, eres Marx aunque sin renunciar a ser Groucho. Compartiste muchas risas con tus hermanos: con Chico, Harpo y Zeppo, con la incombustible Margaret Dumont, con Louis Salhern, el hombre que se perdió en La jungla de asfalto por culpa de Marilyn Monroe, con niños negros y tenores italianos, con los espectadores presentes y venideros.

Felíz año nuevo y un fuerte abrazo, amigo.

martes, 7 de diciembre de 2010

La colmena



IMAGEN alta y tierna del consuelo,
aurora de mis mares de tristeza,
lis de paz con olores de pureza.
¡premio divino de mi largo duelo!
Juan Ramón Jiménez



Cuando La colmena (1982) se estrena en el Palacio de la Música de Madrid, se culminaba uno de los proyectos más ambiciosos e interesantes de la producción española. Ambicioso, porque la novela de Camilo José Cela supone, para cualquier guionista, un gran obstáculo, el reto más importante de su carrera; interesante, porque la industria española comenzaba a encontrar su norte. Hoy está completamente perdido. Tanto para éste como para otros casos, el apoyo económico de TVE va a resultar ciertamente decisivo.

"Mientras quienes quieren disfrazar la vida con la máscara loca de la literatura. Ese mal que corroe las almas; ese mal que tiene tantos nombres como queramos darle, no puede ser combatido con los paños calientes del conformismo, con la cataplasma de la retórica y de la poética". Esta transparencia fue trasladada con todo realismo a las imágenes. José Luis Dibildos, productor y guionista, llevaba trabajando en la adaptación un largo tiempo, cuando le ofrece la película a Mario Camus. La complejidad de la novela exige, por un lado, lograr una buena síntesis de personajes y ambiente, y, por otro, que la puesta en escena no dificulte el seguimiento de la historia. En ambos casos, se consiguen los objetivos deseados.


La colmena es el reflejo de una España que intenta recuperarse del enfrentamiento fraticida en que ha vivido. En el Madrid de 1943, cada persona es un mundo y cada uno de estos mundos la eterna tragedia. El hambre y la miseria se alían con la soledad, la fantasía y el cariño con la supervivencia, el engaño con la compasión. Mario de la Vega (Agustín González) parece ser el único que puede tomarse una copa en el café de doña Rosa y fumarse su puro de "a duro". Sus convecinos apenas pueden esperar la convocatoria poética de le época para conseguir algún premio que les permita continuar arrastrando su lánguida existencia.


La película es un fresco de actores con suficiente dosis de profesionalidad como para dar la dimensión que sus personajes requieren. En este caso, fue acertada la decisión de reunir a los nombres más conocidos de la pantalla para que el público pudiese seguir el hilo de la historia. El espectador se deja llevar, cual Martín Marco (José Sacristán), de un escenario a otro, incorporándose a cada uno de los ambientes que la receptiva cámara de Mario Camus capta en toda su intensidad. La narración cinematográfica va perfilando, pues, la emoción que siente don Ibrahim (Luis Escobar) tras cada palabra de su enfatizado discurso, la necesidad de aprendizaje que tiene el joven Ramón Maello (Francisco Algora), la dominadora presencia de Ricardo Sorbedo (Francisco Rabal); mientras, Julieta y Ventura (Victoria Abril y Emilio Gutiérrez Caba), continúan engañando los días y la monotonía agoniza en el prostíbulo en donde Purita (Conta Velasco) ansía el amor del mísero Martín. Victoria (Ana Belén) pena en soledad el dolor, mientras "La Fotógrafa" (Rafael Alonso) y "El Astilla" (Antonio Resines) tratan de vivir en su acogedor mundo. Ningún personaje anula al otro. Todos forman parte de la misma comunidad de marginados en la que las preocupaciones parecen reunirse en interminable tertulia en torno a las mesas del café "La Delicia", en el que doña Rosa (María Luisa Ponte) no puede soportar que la caja registradora apenas suene unas pocas veces en toda la tarde.



El retrato que se hace de cada una de estas situaciones, absorbe los sentimientos que se producen en cada instante. En su proyección se conoce al personaje, se asume su realidad, su vida, sin que pueda darse la opción a pensar que lo que se ve pueda haber sucedido o no; la identificación es total y la creencia de que estos hechos han sido vividos con anterioridad se hace evidente para toda una generación que, quizá, deje escapar una lágrima en el simple recuerdo.

La satisfacción es completa al asistir a la proyección de La colmena, por cuanto todo lo que en ella se ofrece ha ido fructificando con la aportación de los que participaron en su puesta a punto. Si la labor de Dibildos ha sido importante, no lo fue menos la dirección de Mario Camus y la interpretación de los actores. La planificación es medida, se parece a un álbum de instantáneas dimensionadas en la palabra y el gesto de los intérpretes, que saben estar y hacer únicamente lo que en ese instante deben hacer. El trabajo resulta atractivo cuando todos se sienten identificados con lo que hacen. La obra de cargo resulta frustrante si no se interioriza y asume como proyecto original.


viernes, 3 de diciembre de 2010

Notas sobre una investigación


"Doscientos amigos asistirán a mi entierro, tú tendrás que pronunciar un discurso ante mi tumba"
Thomas Bernhard, El sobrino de Wittgenstein

No hace mucho que aquí en esta provincia de tedio y plateresco sucedió una historia un tanto extraña. Lo que sigue es fruto de mis investigaciones y conversaciones con los testigos, supuestamente, presenciales.


Se supone que llegó a la provincia un escritor para promocionar su primera novela. Se dice que vino en un tren por motivos de un despiste del editor, o un malentendido por parte del autor. Nunca lo sabremos. Me hace suponer que el viaje lo hizo muy enojado, él, un gran escritor viajando en un tren de cercanías, mezclado entre obreros que roncan, estudiantes escuchando música estridente a través del móvil, mujeres con bebés que no paran de llorar, vagabundos que tocan algún instrumento, etc. El escritor esperaba un gran recibimiento en la estación. Pero no fue así. Cuando bajó del tren nadie le esperaba y él no conocía aquella provincia, es más, ni tan siquiera le sonaba de nada. Según el jefe de estación, recuerda a un hombre que montó un alboroto. Indignado, el escritor, juró mover cielo y tierra para que cayera todo el peso de la ley a los responsables y a las autoridades competentes. Llegó incluso a preguntarle al guardia de seguridad de la estación si había leído su libro. Según me dijo el guardia, se disculpó aduciendo que no leía y que sólo era aficionado al fútbol, a los kebabs y al catálogo de IKEA.



Anduvo por las calles totalmente desorientado. Nunca sabremos si llamó a su editor o si éste hizo caso omiso a sus llamadas. Recuerdo que el gran escritor Julio Ramón Ribeyro, al que invitaron una vez a Burdeos a dar un discurso y jamás supo encontrar a los organizadores, ni el lugar donde le esperaban para la charla y terminó por regresar a París sin haber cruzado en dos días una sola palabra con nadie. Pero esto es otra historia y me consta que nuestro escritor no mantuvo la boca cerrada. Según me contó una mujer entrada en años (me costó horrores dar con ella), se encontró ese mismo día con un hombre muy desagradable. Le dio mucho miedo. Según ella, él se le interpuso en su camino.No le hizo una pregunta, le exigió que le diera el nombre y las direcciones de todas las malditas librerías de aquella horrible provincia. La pobre mujer no pudo darle tal información. Lo siento. Nunca he pisado una librería. Ay, jamás he tenido tiempo para leer. Verá usted; tengo un marido que siempre está en paro y no me ayuda en las tareas de casa y, además, tengo cuatro hijos que todavía no se han ido de casa. De esas cosas entiende mucho mi sobrino Ambrosio. La mujer me contó que aquel loco le respondió con improperios. ¡Que sepa usted que yo soy...! Ella no recuerda su nombre. Me dijo que se alejó enfurecido. Recuerda que aquel hombre se introdujo en un bar a pocos metros de allí. Hablé con el camarero que recordaba muy bien aquel día aciago. Estaba limpiando vasos cuando de repente vino a alterar su rutina un altercado. Nunca supo el origen de la disputa, pero sí que un individuo muy exaltado discutía con dos borrachos habituales. ¡Pero es que nadie sabe en este puto pueblo dónde están las putas librerías! Llegaron a las manos. El energúmeno salió por patas del bar con la camisa arrugada, la corbata colgándole por la espalda, la nariz sangrante y un ojo amoratado.



Fui a investigar a los dos únicos lugares posibles de la supuesta presentación: un deprimente quiosco abarrotado de coleccionables y una librería mediocre. Me juraron que no tenían constancia de tal evento. De la biblioteca ni hablo. Lleva cerrada un par de años por obras y, por motivos de la crisis, están paralizadas. Los obreros municipales se han ido a levantar calles. Incluso visité el geriátrico, por si acaso. Me informaron que todos los ingresados allí se volvieron locos por una causa u otra, excepto por delirios de grandeza ante las letras. Todo se andará.


Tras la investigación, que no me llevó a ninguna parte, pude apreciar un tipo de locura que empieza a florecer y no exenta de peligro; el renacimiento de una nueva tendencia que podría trastocar (todavía más) a media población del planeta. Podría generarse un nuevo síndrome a consecuencia de la presunción en estos tiempos tan mediatizados y hambrientos de atención. La masificación de presentaciones de libros campan por doquier. Los nuevos escritores tienen un apetito insaciable de éxito inmediato y esa actitud les podría impedir crecer literariamente. Decía Robert Walser que un escritor que se convierte en alguien no hace sino degradarlo a la condición de limpiabotas. Dice un viejo proverbio árabe que si te aplauden, nunca presumas hasta saber quién aplaudió.




Creo que el problema de las presentaciones es que hace falta hablar de algo, un libro que al principio no tenía nada que ver con la palabra articulada: es un objeto del lenguaje distinto de la palabra, un sonido construido en el silencio, una imagen o una idea, un dispositivo. Su autor no lo ha concebido (o eso creo) para hablar. La voz del libro proviene de un deseo de callarse, escribe Pascal Quignard. De modo que se ve obligado a inventar siempre un propósito para añadirlo de manera casi artificial al libro, que es una reducción, una aproximación, muy semejante a la arbitrariedad del signo, y que nunca resulta satisfactoria. Esta obligación de comentario, de glosa, declaración de interés, etc., tiene entonces un aspecto desolador: equivale a andar persiguiendo el propio libro, a la prensa y a los lectores, si es que existen, y a sofocarse lamentablemente. Tener que reconstruir la totalidad del propio libro e intentar darle una existencia pública, social, que no estaba prevista en lo más mínimo en el proyecto (eso creo o quiero creer) y que ocupa el lugar del proyecto.

Recuerdo que Groucho Marx en Una noche en la ópera, se veía constantemente obligado a dar una charla. Le entregaban una cuartilla con el texto escrito y él, inmediatamente, lo hacía trizas, y daba entrada a su característica verborrea surrealista que conducía a un callejón sin salida. Pero le daba un sentido, no sólo al acto, sino a toda la historia, a todos nosotros, los espectadores.

Sería conveniente que alguien investigara también a los que investigan los casos de escritores perdidos, y así, sucesivamente, quizás llegaríamos al corazón de la literatura, al escritor último que escribe en el silencio de la noche y de las palabras.


     

miércoles, 1 de diciembre de 2010

Momentos decisivos, 1977


1977 fue un año decisivo en mi vida. Tenía trece años y un montón de conflictos internos y externos. Yo venía de una familia en que cada miembro hacía daño de alguna manera a los otros. Después, arrepentidos, cada uno se hacía daño a sí mismo. ¿Por qué 1977? Se estrenó La guerra de las galaxias y vino a decirme, a diferencia de todos los demás, que mi infancia tocaba a su fin. Fue una despedida a lo grande que no olvidaría jamás, y, Annie Hall, que me salvaría para el resto de mi vida de no acudir a un psiquiatra.


En primer lugar, y en términos puramente cinematográficos, Annie Hall trata de una película que muestra un considerable ingenio cómico. El ejemplo más sorprendente lo constituye quizá la escena en que los subtítulos divulgan los pensamientos y sentimientos secretos y angustiados que se ocultan bajo el cortés intercambio de banalidades que se oye en la banda sonora durante el primer encuetro entre Alvy (Woody Allen) y Annie (Diane Keaton). Pero hay muchos ejemplos más, como la disparatada recreación de la infancia de Alvy, contada en términos no realistas y de una enorme comicidad. O el episodio en el que Alvy vuelve a visitar espiritualmente la escuela en la que pasó la infancia y una serie de compañeros suyos se vuelven hacia la cámara para anunciar lo que van a ser en el futuro.


No obstante, lo que diferencia a Annie Hall de las anteriores películas de Woody es que contiene una dimensión claramente personal. Alvy Singer no es simplemente un retrato autobiográfico de su creador, pero existen claros puntos de contacto. Por ejemplo, cuando se ve a Alvy interpretando delante de un público estudiantil, el texto que declama procede de una obra escrita anteriormente por el propio Woody. Alvy comparte también con él toda una serie de gustos y manías, como la afición al tenis, la admiración hacia La gran ilusión (1937), de Jean Renoir, y la desconfianza, típicamente neoyorquina, hacia la Costa Oeste. Y, lo que es más importante, la relación amorosa entre Alvy y Annie recuerda bastante a la iniciada a comienzos de los 70 entre Woody y su "partenaire", Diane Keaton.


Recuerdo que en la campaña publicitaria de la película se insistía en que se trataba sobre todo de una historia de amor, y eso es lo que en realidad es, a pesar de estar plagada de gags y escenas divertidas. De hecho, en su construcción dramática, aunque en su atmósfera ni en el estado de ánimo que provoca en el espectador, Annie Hall se parece bastante a las típicas películas para mujeres, como Tal como éramos (1973). Y la escena final en Los Angeles, en la que Alvy va destruyendo poco a poco el coche alquilado tras su ruptura con Annie, combina a la perfección las funciones de un mecanismo cómico de liberación y las de una metáfora que refleja su sensación de pérdida y desconcierto. Posiblemente, el título de la película induzca a error. Pues, mientras que a Annie se la concede una existencia independiente dentro de la misma (incluyendo flash-backs), sigue siendo en todo momento la que le da la réplica a Alvy.


La subjetividad de Annie Hall queda señalada desde el primer momento, en las escenas en las que Alvy rumia sus problemas ante la cámara, y esa perspectiva se mantiene hasta el final. En un giro irónico, Alvy incluye la escena de su separación de Annie en la obra que está escribiendo; con la única diferencia de que, en su versión, Annie responde extasiada a sus peticiones de que vuelva con él.

Sí, 1977 fue un año decisivo en mi vida. Por un lado, se restañó una herida, y, por otro, se abrió una de nueva.