
"Y dice más Cide Hamete: que tiene para si ser tan loco los burladores como los burlados."
Don Quijote, 2ª parte, cap. 70.
"¿De qué va la peli?", le preguntaron a Terry Gilliam en el Festival de Toronto, a propósito de El imaginario del doctor Parnassus. "Es la historia de un viejo que padece un castigo por una estupidez que hizo en el pasado", respondió riéndose. No me sorprende que, después de la catástrofe de algunos de sus rodajes, el hombre tenga humor para reírse. Antes de continuar, hago un inciso.
Si tuviera que escoger mi episodio favorito de El Quijote, creo que sería el de Clavileño, cuando a don Quijote y a Sancho se les engaña para que cabalguen, con los ojos vendados, en un caballo de madera que, supuestamente, los llevará por el aire hasta el mago Malambruno. Si de verdad están volando, pregunta Sancho, ¿cómo es que todavía oyen con claridad las voces de los que siguen en tierra? Don Quijote descarta el problema por considerarlo tan sólo otra peculiaridad más del mundo mágico en que viven. Sancho sugiere entonces que al menos miren con disimulo para ver dónde están. Y es entonces cuando don Quijote muestra cuán ambiguo es su supuesto engaño, porque prohíbe a Sancho que se quite la venda.
Cualquiera que piense que hacer cine es fácil tendría que seguir sus memorables experiencias detrás de la cámara. O revisar el documental Lost in La Mancha (2002), realizado por Keith Fulton y Louis Pepe, explicando las aventuras y desventuras de Gilliam para llevar a la pantalla El hombre que mató a Don Quijote.

Igual que el genial personaje de Miguel de Cervantes, el director visionario ve cosas que otros no ven. Luchó contra grandes molinos de viento (los estudios de Hollywood) para tirar adelante proyectos como Brazil, y todavía sueña despierto: "Conseguiré realizar El hombre que mató a Don Quijote". Sí, Gilliam es un fabulador con ínfulas de grandeza, de ideas suicidas y carísimas. Extravagantes y ambiciosas, sus películas están marcadas por los saltos temporales: Los héroes del tiempo y Doce monos, y, de realidades confusas por los sueños, la fantasía y la imaginación: Las aventuras del barón Münchausen, El rey pescador, Miedo y asco en la Vegas o Tideland.
Su filmografía alterna desastres comerciales con éxitos de taquilla. Pero, pase lo que pase, el director norteamericano exiliado en el Reino Unido no pierde el buen humor. Ha seguido viviendo, trabajando y construyendo sus sueños, como en el caso de El imaginario del doctor Parnassus, que resultaron ser una verdadera pesadilla. Una vez dijo: "El Quijote se escribió 300 años antes de que yo naciera, pero es de mí de quien habla. Es mi autobiografía. Ver el mundo de una forma extraordinaria y caer de morros continuamente es lo que hago en todo momento". Esto nos lleva al capítulo de Clavileño. La razón es una leve llamita y el universo una inmensa noche oscura; pero que tengamos sólo esa llama es nuestra única posibilidad de salvación, y precisamente por eso es mucho más valiosa. De nada nos sirve, cuando caemos a un cenagal, salir tirándonos de los pelos, como el barón Münchausen.
Como don Quijote, Gilliam vive el cine como una locura, como un estado febril y como la única realidad posible y válida. Cervantes, Gilliam, convierten la locura en una variante de la libertad antes de "todo es morir, y acabóse la obra". Don Quijote, 2ª parte, cap. 24.
6 comentarios:
Aunque hables de Gilliam me han entrado unas ganas enormes de volver a leer el Quijote. Inagotable fuente de inspiración para cualquier manifestación artística. Un abrazo, Paco.
Sin embargo, a mí me parece que a Gilliam le falta la parte de Sancho que Don Quijote tiene en sí mismo. La virtud de Cervantes es que consigue una interacción tal entre sus dos protagonistas que ambos se traspasan rasgos propios entre sí; sin embargo, me da la impresión de que Gilliam no toca suelo con los pies demasiado a menudo. Hacer cine es muy difícil; hacer películas que dependan únicamente de la caprichosa imaginación de uno, es suicida. Empecinarse en hacerlo, es tan heroico como destinado al fracaso. Incluso cuando el resultado es bueno, como Don Quijote.
Abrazos.
Es genial esa parte de Don Quijote, porque puede parecer un poco malo, pero yo creo que a veces la única forma de sobrevivir y estar feliz es no sacarse la venda, total si uno cree que está volando, capaz que vuele, nadie te puede decir que no.
Con respecto a Gilliam, no me gustó su doctor parnasus, ni si quiera la pude ver entera, pero al leer tu columna creo que le daré una segunda oportunidad.
Saludos.
Me quedo con poco de lo que ha hecho este director y creo que he visto todas o casi todas sus películas. Y las tres últimas mejor no haberlas visto. Mucha imaginación, eso sí, pero le cuesta hilar una historia.
Saludos.
Gilliam monta un circo y le crecen los enanos. Lo bueno que tiene es que nunca se hunde; el humor le ayuda a salir a flote. No es fácil hacer lo que él hace.
Un abrazo y feliz domingo.
Ya es casualidad que sea el capítulo XXIII de la segunda parte del Quijote, en el que don Quijote narra lo que había visto en la cueva de Montesinos, uno de mis favoritos.
Publicar un comentario en la entrada