"Ese es el problema de la bebida, pensé, mientras me servía un trago. Si ocurre algo malo, bebes para olvidarlo; si ocurre algo bueno, bebes para celebrarlo; y si no pasa nada, bebes para que pase algo."
En su narrativa, John Cheever plasmó una visión inmensa de las contradicciones naturales del hombre, capaz de pasar en unos pocos minutos de una vergüenza abrumadora a una fuente de pura autoestima y confianza. Los protagonistas de sus cuentos conocen los ocasionales destellos de certeza, los días sin luz ni humor y la mañana deslumbrante después de la tormenta, la sensación de amor y el sufrimiento de la angustia, el placer que se encuentra en cualquier compañía-amistad, juegos, imaginación, ternura y la cópula más oscura-, a la caza siempre de atisbos de claridad en el confuso torbellino de la vida. Los personajes de Cheever saben combatir las difíciles horas muertas de la tarde y aprenden a escuchar el ruido de la lluvia, pero como si fuera la única manera de encontrar un sentido a cada hora acostumbran a regar con ginebra o whisky su estómago revuelto. La primera frase de El nadador resume con exactitud el escenario de buena parte de su obra: "Era uno de esos domingos de mitad de verano en que todo el mundo repite: Anoche bebí demasiado". Con "todo el mundo" Cheever se refiere a la desconcertada clase media neoyorquina de la década de los cincuenta que no logra adaptarse a los frenéticos cambios del modo de vida urbano que se suceden a su alrededor, y el lugar natural donde se produce su encuentro es en los cócteles inofensivos entre los vecinos de una zona residencial el sábado al atardecer, en una noche de verano en un chalet a la orilla del mar, o en algún evento familiar. Son reuniones donde la gran rutina de beber constituyen la antesala de la pereza, la ira y la susceptibilidad, y donde siempre hay los chascarrillos de un borracho más borracho que los demás, el soliloquio absorto de quien, alzándose sobre sus problemas y preocupaciones, considera que su vida es fascinante, sus chistes graciosos, y el diseño y color de sus digresiones variado y espléndido. Al descubrirse incapaces de enfrentarse al problema del presente, los bebedores de Cheever optan, como si fueran personas adultas que han perdido la razón, con una copa de whisky o ginebra en la mano, por imaginarse una existencia más feliz y sencilla, aunque les pese despertarse cada mañana con una vergüenza abrumadora en lugar de confianza y autoestima y una resaca explosiva y asfixiante les recuerde que anoche bebieron demasiado.

3 comentarios:
Hay que ver a que gran ritmo disparas entradas: una diaria y estamos a miércoles. Pues ojalá haya otra mañana. Esta y la de Simenon son dos fantásticas loas a la dipsomanía.
Saludos.
Me remito a lo que comenté en el post de ayer... En cualquier caso, el autor tuvo suerte al elegir la bebida y no el tabaco como leit-motiv.
Abrazos.
Cuando la bebida ya es un problema, entonces deja de ser cool. ¡Brindemos por que nunca suceda! ;-)
Un fuerte abrazo, amigo.
PD: Como dice Licantropunk en su comentario, enorme ritmo de publicación el tuyo. Y alcanzando unas cotas de calidad como pocas veces se ve en la blogosfera... Mis felicitaciones, Francisco.
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