
Era conocido en la provincia gris con el apodo de El silente. No se relacionaba con nadie y llevaba trabajando toda la vida reducido a una angosta oficina bastante destartalada que le condenaba de una manera tácita, precisamente por lo inocuo de su alma. Es la mate y grisácea humanidad, de la que forma parte como miembro estupefacto. Es el emblema programático de ese silencio, mantenido con una dignidad de la que muy pocos han tomado ejemplo. En él se encuentra la más precisa y desolada imagen de la derrota; la derrota en un empeño de nadie sabe qué procedencia y que atiene cualquier mirada interrogante con el índice sobre los labios, celando con el silencio todo rastro de historia previa.
El silente era mayormente conocido por su puntual presencia ante todo moribundo que yacía en su cama. Los habitantes de la provincia habían integrado dicha costumbre como un hecho fehaciente más dentro de todas las costumbres que conlleva una ciudad pequeña, aislada y recelosa por todo lo que pueda amenazar lo ya establecido. Nadie le decía nada. Él, no decía nada. Se limitaba a observar al moribundo y después se iba por donde había venido. El silente recordaba a la perfección todas aquellas visitas a lo largo de su vida. Recordaba al primer moribundo: su abuelo. Él era un adolescente hambriento de conocimientos existenciales. Su abuelo yacía en su lecho de muerte. Hijo mío, le dijo, tienes que trabajar duro y ser obediente. Toda una vida, se dijo El silente, para omitir unas últimas palabras que no me servirán para nada. La edad no trae aparejada necesariamente la sabiduría u otros valores a menudo no trae nada más que la edad.
El silente se encontraría con situaciones similares en donde familiares y conocidos no sentían el menor apego, hablando en habitaciones anexas a la del moribundo, sobre temas baladíes, ajenos al padecimiento de una vida que se apagaba para siempre. En otras ocasiones, llegó a percibir casos de algunos moribundos con la pavorosa y tardía toma de conciencia de una vida mal vivida. Éstos no se atrevieron a decir ni una sola palabra, quizá, porque sus familiares no lo merecían. El silente visitó una vez a un moribundo que se encontraba solo en una habitación de una residencia. La habitación estaba ligeramente iluminada por los rayos de sol que penetraban a través de las persianas. Mirar un rayo de sol en una habitación oscura, pensó, está lleno de polvo. No hay nada más sucio que un rayo de sol. El moribundo creyó que era uno de sus hijos, que por otro lado, nunca iban a visitarlo. El silente no dijo nada. Se limitó a estar allí, simplemente. El intolerable dolor físico y la espeluznante intuición de la muerte cercana, empujó al moribundo a un inmisericorde examen de conciencia, a revisar en un gradual regreso mental a su infancia las diversas etapas de su vida. Tal revisión le persuadió de que, de hecho, su vida había sido mal vivida como, a decir verdad, lo ha sido también la de sus familiares y colegas, y que lo que tanto ahínco y apremio había deseado alcanzar en sus diversas funciones laborales, marido, padre de familia y ente social había sido un espejismo o una voluntaria y falsa percepción de la realidad, peor aún, una fruslería.Envejecer es vivir de prólogos y epílogos, se dijo El silente. La vejez no es una batalla, es una masacre. Resulta cruel descubrir la mediocridad propia cuando ya es demasiado tarde. La vejez en definitiva, no es más que el castigo por haber vivido. Ni siquiera mi muerte será sorprendente: vendrá a su hora.
El silente llega todos los días a la misma hora a su casa no muy diferente a la angosta y destartalada oficina. Se pone a escribir en hojas sueltas que campan por doquier. Son miles. Todas ellas escritas por una obsesión: un ensayo interminable del relato de Herman Melville, Bartleby, el escribiente. En su casa solo hay dos libros: Bartleby y Ivan Ilich, de Lev Tolstói. Se pone a escribir:
3 comentarios:
Un dramático ¿autoretrato? No lo espero.
Estoy dudando si leer la entrada de hoy. Creo que "preferiría no hacerlo".
Abrazos, amigo.
Me ha conmovido muy especialmente esta entrada. En mi propio silencio (que no tan dramático pero bastante lejos de poder producir algún texto), he estado leyendo mucho este verano. Llegué al Bartleby de Melville y ahora estoy con los escritores del No de Vila-Matas, que me tiene atrapada. Cuánto para decir esconde el silencio. Tanto, que a veces es mejor callar.
Un abrazo, Francisco.
Publicar un comentario en la entrada