jueves, 24 de febrero de 2011

Fuga de luz


Hay una lentísima fuga de la luz que va resbalando por las hojas del membrillero, y al pie del árbol, como un cazador, está Antonio López con un lienzo en el caballete que parece una trampa tendida para atraparla. Esa luz es otro río de Heráclito, en el cual nadie podría bañarse nunca dos veces. Ella fluyendo transforma la sustancia de todos los seres, y el tiempo no es sino la copa de cristal donde la luz se teje y se desteje siempre a sí misma. Intentar captarla en un lienzo es el trabajo imposible de este pintor que en la película convierte su propia impotencia en una obra de arte. Es una tarde de otoño, y los membrilleros ya están dorados. Se oyen pitidos de trenes que parten hacia su destino o llegan a la ciudad desde lugares desconocidos. La vida pasa. En la superficie de las cosas, la vida va dejando minuciosas heridas, una memoria amarilla, imágenes de una fotografía de juventud que ya se ha perdido. La cámara de Víctor Erice analiza los ojos del artista apostado junto al membrillero cuando en sus ramas se posa la luz en forma de ave que nunca se dejará cazar. Mientras espera el momento de fijarla en el lienzo también se escucha la ciudad respirando a través del sonido de las ambulancias, y el sol rueda por la tapia camino ya del invierno, que trae aguaceros sobre el cobre de todos los árboles, pero cada membrillo es el mundo y también el alma entera del pintor. La pasión, según Víctor Erice, consiste en que el pintor desee la luz hasta el fondo de la materia; que la imposibilidad de poseerla se convierta en amor o tal vez en melancolía; que al final esa impotencia se transforme en un sueño; que sólo dentro del sueño el artista sea capaz de soñarla, la fusión del sol con el membrillero equivale a un tiempo capturado; ese que te destruye después de haberte hecho inmortal un instante, el que te permite exhalar el mejor perfume un momento antes de que se inicie tu putrefacción.



4 comentarios:

alejourzass dijo...

Felicidades Francisco, esta es sin duda la mejor reseña que recuerdo haber leído de "El sol del membrillo".

Curiosamente esta película es de esas que alguna gente dice aburridas "porque no pasa nada" . ¿Que no pasa nada?, preguntaba yo. Ahora con sus palabras a mano, responderé convencido que es la lentísima fuga de la luz, como otro río de Heráclito (y me mirarán con peor cara, pero me habré despachado a gusto).

Está usted prolífico. Estuve buscando un breve poema que escribí hace mucho (cuando vi "El cielo protector", la película de Bertolucci), a propósito precisamente del pasaje acerca de las lunas que citó usted el otro día, pero aún no he dado con él, y encima veo que ya han puesto tierra encima unos cuantos posteos más. Tendré que empezar a firmar como "la Tortuga de Urzass".

EMILIO CALVO DE MORA dijo...

La luz es la caligrafía del alma. La falta de luz incluso sigue siendo un tipo especial de luz. No sabiendo yo mucho de pintura sí que sé sobre placeres. Y López me lo da en dosis generosas. Un amigo mío me contó que departió con él, a pie de calle, en la puerta del Sol, no hace mucho. Le habló de eso, de luz.
Hermoso texto, hermosísimo.

39escalones dijo...

Una obra absolutamente mágica. Y qué gran texto el tuyo. Creo que hoy volveré a verla, aprovechando que en ZGZ hoy tenemos la mañana soleada... Y que yo estoy más membrillo que nunca...
Abrazos.

Licantropunk dijo...

Hace mucho que tengo esta película en "pendientes". A ver si le doy aire... y luz.
Saludos.