lunes 28 de febrero de 2011

Fantasmas errantes


La tristeza nos hace bellos. La soledad, únicos.
F. M. E

Cabalga solo, aparece en la película poco después de los títulos de crédito y (si sobrevive), desaparece coincidiendo con el final. La película le pertenece a él: el mundo que hemos contemplado habría permanecido inédito de un ser por su llegada, y su paso por él deja una huella profunda e indeleble. Sin embargo, no puede quedarse, ya que no pertenece a ese mundo. Alguien puede mostrarse agredecido por lo que ha hecho, mostrarle su afecto, rogarle que se quede. Pero no puede. Ha visto cosas, quizá ha hecho cosas, que no le permiten vivir tranquilo. Aunque puede haber contribuido a defenderla, la civilización no tiene sitio para él. En realidad, no hay sitio para él en ninguna parte.


Esa nueva tendencia de los héroes del Oeste puede apreciarse más claramente comparando dos grandes westerns de los 50 y sus respectivos protagonistas: Raíces profundas (1953), con Alan Ladd, como Shane, el pistolero que huye de su pasado, y Centauros del desierto (1956), con John Wayne, como Ethan, el hombre que busca incansablemente a su sobrina para darle muerte, por considerarla deshonrada por los indios. Tanto Shane como Ethan surgen de la nada y se presentan en un lugar aislado amenazado de ataque. Cada uno de ellos arrastra un pasado de violencia, cuyos detalles precisos siguen siendo un misterio tanto para los otros personajes como para el propio público. De manera indirecta, ambos expresan un amor imposible hacia una mujer que no podrá ser nunca suya (Jean Arthur, en Raíces profundas y Dorothy Jordan en Centauros del desierto). En las dos películas, los protagonistas adoptan de manera más o menos oficial a un joven discípulo (Brandon de Wilde en la primera y Jeffrey Hunter en la segunda). Finalmente, ambos intervienen decisivamente en la vida de una pequeña comunidad, enfrentándose a un siniestro adversario, Shane al pistolero a sueldo Wilson (Jack Palance), Ethan al salvaje jefe indio Scar (Henry Brandon), que es, en cierta medida, su complementario. Los dos salen vencedores y, al final de la película, prosiguen su solitario camino, alejándose de esa civilización que ellos mismos han contribuido a consolidar, pero en la que se sienten incapaces de integrarse.

Las modificaciones introducidas en los 50 se perpetuarían en los westerns de posteriores décadas y, según el género se fue haciendo cada vez más esotérico, la figura del vaquero solitario fue transformándose en un ingrediente crecientemente estilizado del western. Los valientes andan solos (1962) tiene como protagonista a un cowboy (Kirk Douglas), que se aferra a normas y valores anacrónicos en una sociedad moderna, cada vez más impersonal y mecanizada. Los westerns del poeta Sam Pekinpah, Duelo en la alta sierra (1962), La balada de Cable Hogue (1970), o Junior Bonner (1972), ejemplifican mejor que cualquier otro título esta nueva tendencia del Oeste crepuscular.


En los westerns italianos de Sergio Leone, el vaquero solitario se transforma en una figura deshumanizada y casi grotesca. El hombre sin Nombre (Clint Eastwood) de Por un puñado de dólares (1964), La muerte tenía un precio (1966) y El bueno, el feo y el malo (1967) es un cazador de recompensas que mata sin el menor remordimiento de conciencia (aunque no indiscriminadamente). El misterioso hombre de la armónica (Charles Bronson), de Érase una vez en el Oeste (1968) y el Clint Eastwood de posteriores películas llevan esta figura del pistolero vengador hasta extremos delirantes. En casi todos los casos, los personajes que interpretan no son ya ni siquiera humanos, sino fantasmas vueltos de ultratumba para ajustar cuentas con los vivos; El jinete pálido (1985), remake genial de Raíces profundas. Mientras que el de las películas interpretadas por Bronson contribuye a consolidar la leyenda del Oeste, abriendo caminos para una visión épica del progreso, el de las interpretadas y dirigidas por Eastwood es todavía más perverso y no se queda satisfecho hasta haberlo puesto todo patas arriba y convertido el mundo en un verdadero infierno. Una vez logrado se marcha también a lomos de su caballo: pero ¿a dónde?


3 comentarios:

Marcos Callau dijo...

La cara de Brandon De Wilde después de ver disparar a Shane es estupenda jejeje, ¡me encanta esa escena!. Mientras he leído tu artículo he recordado los acordes de "Desperado" (la canción de los Eagles, por supuesto). Un gran repaso por la figura del vaquero solitario. No sé con qué película quedarme, "Raíces profundas" o "Centauros del desierto", aunque el final de la de Ford es memorable. Un saludo, Francisco.

Josep dijo...

Interesante introducción la que haces, Francisco, comparando esas dos grandísimas películas, aunque yo diría que Shane, siendo más antigua, es más moderna en ese planteamiento abstracto de la violencia como solución que luego seguiría Eastwood en Pale Rider y sobre todo en High Plains Drifter.

¿Te has parado a pensar que tanto Shane como The Searchers, recibieron traducciones de títulos afortunadas pero muy dispares con el original?

Volviendo a tu planteamiento, creo que mientras Shane proviene de un pasado de pistolero indefinido, Ethan proviene de una vida errante militar y quizás mercenaria, pero no interpreto el viaje de Ethan como prosecución de la eliminación de la sobrina: tampoco de su liberación total indemne; pero sí como medio para evitar que ese miembro de la familia pertenezca al harén de su némesis.

Esto daría para mucho, me temo....

Un abrazo.

39escalones dijo...

El problema de "Shane" es Alan Ladd. Demasiado blando, demasiado pequeño, demasiado playmobil para resultar creíble. Al menos respecto a los habituales cánones del héroe.
Me quedo con Ford, pero, más que nada, porque su cámara habla cuando todos los demás callan.
Abrazos.