jueves, 17 de febrero de 2011

Movimiento descendente


"Acababa de bajar de la luna y ya se había instalado como en la luna."
Robert Musil, El hombre sin atributos


El otro día me vino a la cabeza esas palabras de Paul Bowles en las que se lamenta del limitado número de oportunidades que nos concede la vida para hacer o contemplar las cosas que nos gustan. "¿Cuántas veces verás la luna llena levantándose? ¿Quizá otras veinte veces?". Y se lamenta luego de la fragilidad, de la tacañería con que nos ofrece aquello que, en nuestra inconsciencia, juzgamos como ilimitado.

Una de las misteriosas leyes de la vida es que descubrimos siempre tarde sus auténticos y más esenciales valores: la juventud, cuando desaparece; la salud, tan pronto como nos abandona, y la libertad, esa esencia preciosísima de nuestra alma, sólo cuando está a punto de sernos arrebatada o ya nos ha sido arrebatada. Sí, han pasado los años. El ingreso en el bachillerato, el pantalón largo, la universidad, el primer amor, el trabajo, la boda, los hijos, la muerte de un familiar, el éxito de la empresa y así sucesivamente hasta llegar a una edad en que se vuelve la vista atrás para analizar las cosas que habíamos vivido y comprobar que nuestra biografía no era sino una crónica de sucesos sujeta a una serie de fechas, que se habían transformado en un collar de perro a nuestras gargantas.

No nos hacemos más fuertes con el paso de los años. La acumulación de penas y sufrimientos va mermando nuestra capacidad de soportar el dolor, y como el padecimiento y la tristeza son inevitables, incluso un pequeño revés en la edad tardía puede repercutir con la misma fuerza que una tragedia cuando éramos jóvenes.
Nos vemos obligados a tomar decisiones demasiado pronto, basándonos prácticamente en nada, y luego acabamos viviendo estas vidas distintas en que nos vemos apresados. Una vez encerrados, no vemos el modo de salir.

De joven también miraba la luna, como Bowles, pero dejé de hacerlo cuando supe que nuestro satélite se está cayendo siempre. Tiene un movimiento lateral propio que equilibra su movimiento descendente. Por tanto, permanece en una órbita cerrada de la tierra, sin caer y sin escapar.


5 comentarios:

Marcos Callau dijo...

Así que somos como la luna, decadentes... siempre descendiendo. Algo mágico entraña la contemplación de nuestro satélite. algo mágico e inalcanzable. Abrazos.

Xevi dijo...

No contentos con tener que dormir entre 6 y ocho horas para no sentirnos como una auténtica mierda, de tener que comer 3 veces al día, de necesitar ropa y techo para no padecer las inclemencias del tiempo, y de que todo lo anterior nos obligue a tener dinero y por lo tanto a realizar una tarea ocho horas al día que, por más que nos gustará de inicio, acaba aburriendo por pura repetición, un buen día nos ponemos a pensar y nos damos cuenta que el determinismo a marcado nuestra vida, nuestra existencia, desde el dia que salimos del vientre de nuestras santas madres.

Sólo nos queda la libertad de pensamiento, una vez nos han programado adecuadamente nuestros padres, la escuela, el televisor, la cultura... Libres, al fin al cabo.

s a n d r a dijo...

http://www.youtube.com/watch?v=aXb2a0WQek4

39escalones dijo...

Entonces somos como la luna, al menos hasta que alguien coge las tijeras y corta el hilo para hacernos caer.
Gran texto, amigo.
Abrazos.

Kinezoe dijo...

Me encantan tus certeras reflexiones sobre la vida. Y si a ésta le añadimos la Luna y Ella Fitzgerald como telón de fondo, ya ni te cuento...

Un fuerte abrazo.