martes 22 de marzo de 2011

Fantasmas


Tanto La invasión de los ladrones de cuerpos (1956), de Don Siegel, como la posterior versión de Philip Kaufman en 1978 (donde los ladrones de cuerpos pasan a ser, extrañamente, los "ultracuerpos") han sido considerados por la crítica como filmes con una enorme carga alegórica: ambas cintas nos sumergen en la intrahistoria de una ciudad americana que sufre la intromisión sutil y casi subliminal entre sus habitantes de una suerte de quinta columna. Esta carga alegórica está más presente en la película de Siegel que en la de Kaufman, sin duda por razón de paisaje social y político, cuando ambas cosas eran la misma cosa: bueno, quizás como ahora, que dominaba la época en que fue rodada: un paisaje dominado por la guerra fría entre Estados Unidos y la URSS y la denominada "caza de brujas" promovida por el maccartismo. Si la guerra fría hacía temer la posibilidad de un ataque soviético sobre el continente norteamericano en cualquier momento, la caza de brujas multiplicaba los efectos de ese temor con una grandiosa pirueta final: "vigile a sus vecinos porque cualquiera de ellos puede ser un comunista; cualquiera, incluso usted".

Si bien la película de Kaufman, rodada con posteridad a las revoluciones que agitaron la década de los 60, puede ser más afán a la sensibilidad de un espectador moderno (no en vano el inevitable mensaje del quintacolumnismo tendría aquí resonancias en el poder de la televisión, la manipulación mediática, el ocaso de una civilización que se convierte en masa), es precisamente la película de Siegel, ni siquiera la de Abel Ferrara, sino también el rostro de Kevin McCarhy gritándonos, desesperado, que "¡el siguiente eres tú!". Aunque, ciertamente, tampoco es fácil de olvidar el gesto crispado de un Donald Sutherland demoníaco, alertando con un chillido casi vegetal a los otros de que aún quedaba una mujer, Theodora Belicec, por "robar".


La razón tal vez esté en que Siegel, al contrario que Kaufman, filmó su película con la intención declarada de transformar la historia original de Jack Finney en una parábola anticomunista, de modo que cualquier espectador contemporáneo de Siegel, moderno o no acaba por acoger esa desasosegante sensación que suscitan las historias abiertas, proclives a las interpretaciones, propia de las fábulas y de las moralejas (de hecho el final de la película no es un punto final, una virtud o defecto, según el propio Finney, que comparte con la cinta de Kaufman). Pero también, como las fábulas y las moralejas, La invasión de los ladrones de cuerpos persigue la manipulación del espectador. Siegel quiere manipular, él mismo lo declara, mediante un mensaje político. Sin embargo el mensaje envejece mal con el tiempo, y aunque prevalece su rastro, su huella más o menos distinguible, ésta termina por entreverarse de otro modo a la obra final y contaminar toda la cinta, de forma que el mensaje político deviene, más sólidamente, en un mensaje estético. La paranoia del maccartismo o de la guerra fría ya no está ahí, pero sí su fantasma. Y todos sabemos que si a algo se parece un fantasma es a otro fantasma. Esa cosa espectral, huérfana de rostro, que está presente en el celuloide del filme, es lo que a la postre embarga, y embriaga, al espectador. Éste se ve poseído por él, y años después podrá recordar a todas luces qué forma tenían aquellas vainas tegumentosas, y la cualidad casi jabonosa que envolvía los cuerpos que duplicaban. Un fantasma mermado e inútil, el mensaje político del que hablábamos, ha deparado al espectador, en fin, otro fantasma.

5 comentarios:

Vicente Casas dijo...

Se me figura que uno ama así más al cine si es cine leído y tiene maestros que lo conducen bien para entender lo que a uno se le escapa. Perdona la espesura de expresión. Es sencillamente espesura de pensamiento. Unos valen para escribir. Otros preferimos leer. Gracias por ofrecernos este regalo. Lo del cine japonés, chapeau!!!

39escalones dijo...

¡Magnífico! Recuerdo el cameo de Kevin en la versión de 1978, volcándose en el coche de la pareja protagonista y vomitando su apocalíptico mensaje, como si no hubiera dejado nunca de correr por esa carretera de veintipico años antes.
Con todo, es una idea, esa de la amenaza latente de comunismos y otras contaminaciones ideológico-espirituales varias, que está presente en el cine de serie B mucho antes que en la obra de Siegel (todas las pelis de zombis de los años treinta y de OVNIS y similares de los últimos años cuarenta y primeros cincuenta, por ejemplo) y se prolongan después con el tema de los muertos vivientes, por ejemplo, de George A. Romero en 1968. Un fino hilo que conecta este tipo de historias hasta los infectados, zombis, poseídos, sectarios o extraterrestres de medio pelo de hoy. Eso sí, en el cine actual el mensaje se ha diluido en la nada, casi siempre en la cara de asomado de Nicolas Cage...
Abrazos.

Josep dijo...

Estupendo comentario, Francisco.

Resulta muy curioso que el propio autor de la novela negara cualquier intención de escribir una parábola social, probablemente porque él mismo se hallaba en la época inmerso en el sentir de la sociedad estadounidense.

Esas dos versiones que citas son las mejores para mí, porque la de Ferrara la ví apenas un trozo en la tele y me pareció un estropicio.

La primera, de Siegel, me sigue pareciendo fantástica por la sutilidad de la forma, mientras que la de Kauffman deviene casi en un cuento de terror por encima de la supuesta fábula socio-política.

No sé si habrás leído la novela de Finney: yo lo hice poco antes de comentar ambas películas y me gustó bastante. La tuve que comprar en internet...

Un abrazo.

Pandora dijo...

Hola soy nueva en tu blog,y me parecio excelente.Me gusta mucho la manera en que escribes y piensas,porque lo que piensas lo escribes,verdad.La verdad esta entrada es genial,no tiene desperdicio.Sin palabras

Miguel Sanfeliu dijo...

Excelente texto sobre una historia que me fascina. Creo que he visto todas las versiones que se han rodado, incluso la última y prescindible "Invasión". También tengo el libro de Finney, editado en la colección Bibliópolis fantástica. La versión de Kaufman es también muy interesante, con un gran trabajo del gran Donald Sutherland.
Un abrazo.