Para Tesa, ella sí sabe de miradas.

Hay tardes de primavera en esta ciudad, soleada, dorada, que no se viven, sino que se desgajan. Y para ello nada mejor que una terraza de café, un dejar que nuestra mirada en reposo reciba y archive las imágenes del mundo. Ser solamente el cristal a través del cual nos penetra intacta la vida. Lo que veo es el rasgo ridículamente anodino en la faz de la calle y del día. Un policía que cree ser la única cesura en la confusión del acontecer y el pilar de no sé qué poder regulador. Enemigo de la calle y puesto allí para vigilarla y cobrar el debido tributo a su sentido del orden. Veo a una muchacha en el marco de una ventana abierta, que es parte de la pared y anhela liberarse de su abrazo, que es su mundo. Un vagabundo que, confinado a las sombras de un anguloso lugar, recoge cartón y colillas. En lo alto de la calle, como lema de la misma, un soporte publicitario en forma de columna, encima una pequeña veleta que cambia de opinión según el viento. Un hombre grueso, con un puro y una americana clara, que parece la encarnación de una mancha de grasa en un día de primavera. El ademán de un camarero en la terraza vecina que quiere matar una mosca es más trascendental que los destinos de todos los clientes de la terraza. La mosca ha logrado escapar, y el camarero se lleva una desilusión. ¿Por qué, oh camarero, tanta hostilidad con una mosca? Un perro que se apresura tras la pelota que unos niños hacen volar y se detiene ante el objeto que descansa inerte en el suelo, sin alcanzar a comprender cómo un chisme de goma tan absurdo y descabellado es capaz de dar botes de manera tan graciosa y animada, es el héroe de un drama pasajero. Solo son importantes las pequeñas cosas de la vida. En vista de los acontecimientos microscópicos, todo pathos es en vano, se pierde sin sentido. Lo diminuto de las partes impresiona más que la monumentalidad del conjunto. Ya no necesito los gestos ampulosos, que intentan abarcarlo todo, del héroe del teatro universal. Yo soy simplemente un observador con un rayo de sol de primavera.

Al soporte publicitario en el que se anuncia con grandes caracteres cosas como, por ejemplo, una marca de calzoncillos, como si de un ultimátum o de un memento mori se tratara, le pierdo todo el respeto. De alguna manera, creo, el valor ilusorio de un ultimátum y de unos calzoncillos se revela aquí en la manera en que ambos hallan expresión. Lo que se anuncia con letras tan grandes es pobre en importancia y contenido. Y me parece que en esta época no hay nada que no se anuncie con grandes caracteres. En eso consiste su grandeza. No hay nada en este mundo que se sustraiga a nuestro pensamiento. Nos desplazamos: cada cosa entra en nuestra mirada. Más lejos que la mirada calculamos una inmensa extensión donde se ordenan mundos que una lenta fotografía revela. Veo el vaivén inesperado, repentino, sin ningún fundamento, de un enjambre de mosquitos alrededor del tronco de un árbol. La figura delicada de una rama de jazmín que descansa sobre el muro del vergel. La vibración de una voz infantil, desconocida, perdiéndose en el aire. La melodía inaudible, durmiente, de una vida lejana, tal vez incluso irreal.
Decía Antoine de Saint-Exupéry que lo esencial es invisible a los ojos; no se ve bien sino con el corazón. Lo peor de nuestra época es la falta de atención, la dispersión, ir de un lado a otro sin ver nada. ¿Es que nadie mira y ve? Lo más difícil de ver es lo que tenemos alrededor. Sueño de nadie bajo tantos párpados, que no es otra cosa en el universo.

8 comentarios:
Comparto plenamente tu reflexión. Tengo para mí que es el oído el que determina la capacidad de observación: si se satura de estridencias, la mirada se vuelve huidiza, las partes un todo amorfo y sin detalles, como amalgamado por el ruido. Si ese ruido desaparece o si se consigue aislar, como tal vez en esa tarde de primavera que describes, la vida se nos presenta tal cual es: una suma de instantes simultáneos, de matices, de gestos, de sonidos. Al final todo es una confusión de los sentidos: los ojos no escuchan si el oído no puede ver, de ahí que la vida sea a veces tan amarga al tacto.
Qué sorpresa, Paco, y qué texto tan bello. Me emociona la dedicación. Con tu permiso voy a hacer un corta-pega, para imprimirlo y guardarlo.
Muchísimas gracias.
Ausencias importantes en la infancia agudizaron mi faceta de mirona, nada aparente me impresiona hasta que no lo observo fragmentado.
El cura bondadoso que quiere que le bese la mano y yo rechazo con vehemencia, porque se le ven los pantalones, es fruto de esa minuciosidad: en mi compresión de niña de cinco años un cura con pantalones es un hombre del saco disfrazado.
¡Qué maravilla! La terraza de un café se puebla de pequeñas historias si sabes mirar, y tú no sólo sabes mirar sino que lo sabes contar. Deberías publicar y compartir tu talento literario con más gente.
Me encanta el camarero con su trascendente misión, la reflexión del perro ante la pelota, la veleta díscola, el hombre mancha, la chica enmarcada que quiere escapar…
Los pequeños placeres son mi refugio, las pequeñas cosas mantienen mi curiosidad intacta, como la de un niño.
“Sólo los niños saben lo que buscan” – dijo el principito.
Un abrazo, Paco.
Vengo por aquí a raíz de ver tu relato dedicado a Tesa a la que admiro por la gran artista que lleva dentro.
Quiero decirte que tus reflexiones, esas que nos presentas, pudieran ser las mías...¿Cómo no he sido tan observadora como tú, si el encanto cotidiano radica en ese mirar alrededor? El ir y venir de todo lo que nos envuelve; la vida con sus cuadros reales, a veces imaginarios pero que asoman y están ahí; los problemas dibujados en los rostros de los transeúntes...La primavera que envuelve con su calidez cualquier cuadro...
Bueno, pues que me ha encantado: lo dicho y cómo lo has dicho. Enhorabuena, y hasta otra si me permites.-Carmen
Miraré el día con los ojos de tu texto. Bueno el tuyo, Paco. Un abrazo sin asma.
Chapeau, amigo. Una ventana de lo más indiscreta...
Abrazos.
Cómo me ha gustado este último párrafo. Con tu permiso, me lo pongo en mi blog.
Besitos
Querido Francisco: No es difícil saber que los seres humanos somos muy diferentes pero al mismo tiempo en mucho nos parecemos. Tu reflexión es tremendamente válida. Pero es sólo de aquellos -creo yo- que un día se han detenido a mirarse y mirar su circunstancia. Y en vez de llorar y detenerse dan a su modo testimonio de su riqueza. Un abrazo.
A veces me gustaría serlo, así aparecería y desaparecería a mi propio antojo; así disfrutaría de los mejores momentos imaginando que son reales y bloquearía los peores convirtiéndolos en las enemigas pesadillas pasajeras. Pero realmente, no quiero ser un sueño, porque los sueños no pueden soñar ni aprender...Están detenidos sobre la ilusión del día y de la noche, enjaulados en su propia locura, SANA dependiendo del estado y del momento. De modo que a veces prefiero elegir cuándo soñar y en la mayoría de ocasiones, dejarme llevar por sus cuerdas-brazos que me aprietan y acarician al mismo tiempo...Me llevan hacia mi Mundo Real, el fantástico que me traslada a la felicidad permanente.
Disculpa la extensión, simplemente me inspiras.
Tu escrito me ha encantado (no quiero pecar de original...), pero deduzco en las descripciones que haces que no sólo "Tesa sabe de miradas" :) . Has conseguido que al leer cada renglón, te viera en una terraza con el Sol apuntándote sin herirte (cargando energía), también a la chica, al policía creador-de-desconfianza-en-lugar-de-seguridad, al camarero aburrido con la mosca víctima, al tierno perro...
Gracias por compartirlo con nosotros, esos momentos lo merecen (al menos tras vivirlos para uno solo).
Lo mejor de captar cada detalle es que podemos formar grandes reflexiones. Por otra parte, ¿para qué vamos a ver y a mirar al mismo tiempo? Demasiadas ocupaciones y ajetreos como para permitirnos vislumbrar con el alma. Demasiados vestidos que comprar y rimmel que probar. Innumerables programas de televisión que escuchar mientras se abre la puerta a los martillos que apalean neuronas y estrechan cerebros unidireccionales.
¿Cómo abandonar el camino hacia la perdición? Primero hay que querer, y también creo que debe haber cierta predisposición nata...Nada que no pueda "curar" la educación.
Un abracito soñado.
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