martes, 3 de mayo de 2011

Elegía para melancólicos



"En un mundo sin melancolía el ruiseñor se pondría a eructar."

E.M.Cioran


"Hay carcajadas que te hacen cerrar los ojos". Con esta frase contundente, el poeta Luis García Montero intentaba explicar la batalla que el profesor Eric G. Wilson ha decidido emprender en contra de la joya de la corona. La que todos quieren abrazar. La que los empresarios se empeñan en vender. La que los padres quieren para sus hijos. La que los políticos incluyen en sus discursos: la utópica y sobrestimada felicidad. "Fue el cavernícola melancólico y retraído que se quedaba atrás y meditaba mientras sus felices y musculosos compañeros cazaban la cena, quien hizo avanzar la cultura", afirma Wilson en su libro Contra la felicidad. En defensa de la melancolía (Taurus).


"Según una encuesta reciente del Pew Research Center, casi el 85% de los estadounidenses cree que son muy felices o, por lo menos, felices". Wilson menciona el culto a la belleza, la obsesión por acumular riquezas y las cómodas pastillas para la felicidad, y se pregunta, casi con desespero, en la introducción de su ensayo: "¿Qué podemos hacer con esa obsesión por la felicidad, obsesión que podría conducir a la extinción súbita del impulso creativo?". Sólo podemos considerarnos ciudadanos en la medida en que nos distanciemos de esa felicidad impuesta, falsa.


No es esta elegía a la melancolía de Wilson el discurso huraño del señor Scrooge, de Dickens, sino una voz rebelde contra la imposición deliberada de la idea de felicidad que la sociedad estadounidense (y otras) ha empeñado en acuñar y una reafirmación de la melancolía como motor de la creatividad. El estado de melancolía permite ser dueño de tu opinión, y, sobre todo, instalarte en el territorio incómodo de la conciencia individual. El mismo Wilson confiesa en su libro que sólo cuando se tomó en serio su melancolía, "mi familia me conoció a fondo y desarrollamos una relación más estrecha".


El debate sobre la relevancia de la melancolía como motor creativo no es reciente. Jorge Luis Borges elogiaba con frecuencia el monumental libro de Robert Burton Anatomía de la melancolía, aparecido en 1921, que también han celebrado en su momento Samuel Beckett, Anthony Burgess y John Keats, quien compuso también su famosa Oda a la melancolía. Burton afirmaba que sólo son inmunes a la "bilis negra" los tontos y los estoicos. Tiempo después el genial Gustave Flaubert reformularía la idea con una frase más incisiva: "Ser estúpido, egoísta y estar bien de salud, he aquí las tres condiciones que se requieren para ser feliz. Pero si os falta la primera, estáis perdidos".


En 1932, Aldous Huxley en Un mundo feliz adelantó un retrato de la sociedad contemporánea. Una sociedad sin problemas, con tecnología punta, producción en serie, prosperidad y paz a costa de los valores familiares, la cultura y los sentimientos. Algo parecido a la sociedad estadounidense (y otras) que critica Wilson y a la cual pertenece el profesor. Wilson se pregunta: "¿Tiene la ignorancia que ver con la felicidad, la cual nos crea mundos planos, sin complejidades intelectuales?". Un cuestionamiento que Ray Bradbury hizo ya en 1953 en su Fahrenheit 451, en el que millones de libros eran quemados porque leer confundía la mente y causaba preocupaciones, por lo tanto impedía que la gente fuera feliz.


No hay protagonistas felices en la literatura porque la infelicidad genera conflicto dramático. Recuerdo las primeras líneas de Ana Karenina, de Tolstoi: "Todas las familias dichosas se parecen, pero las infelices lo son cada una a su manera". Con ella explicó que instalarse en la infelicidad es imposible y que conviene disfrutar de los momentos felices, aunque también abrazar el éxtasis melancólico para hacer estallar la creatividad.


Wilson cierra su ensayo con una reflexión perturbadora: "Promover la sociedad de la felicidad absoluta es fabricar una cultura del miedo". Y remata con una invitación cálida: "Debemos encontrar el camino, por difícil que sea, para ser quienes somos, hosquedad incluida".

6 comentarios:

Joselu dijo...

Hace unas semanas veía un documental de una hora sobre la vida en un pueblo costero de un país africano, Sierra Leona, centrándose en algunos personajes que representaban la reflexión sobre la pobreza. Sierra Leona, para resumir, es el país más pobre del mundo. Habitualmente decimos que África es rica en humanidad y alegría (lo he dicho yo), pero en aquel documental se mostraba una tristeza profunda en todos los personajes que habían de luchar por el día a día, sin ninguna expectativa, sin ningún futuro. No había nada. Sierra Leona ha salido de una guerra (que impulsó, por cierto Gadafi) que tuvieron a los malditos diamantes de sangre como eje desencadenante. Quiero decir con esto que si el elevado porcentaje de americanos que creen que son felices lo piensa así, así será. No me cabe duda de que en Sierra Leona, la inmensa mayor parte de la población está triste y no se considera feliz. Dicen que el dinero no da la felicidad pero produce una sensación tan semejante que no se distingue de ella. Para que una vida sea digna ha de tener expectativas, y tal vez algunas reflexiones de algunos pensadores (bien alimentados y con elevadas expectativas) son fruto de un cierto bienestar que se recrea en el pesimismo. Cuando se está abajo del todo, lo único que puede sacarnos del agujero (si tenemos suerte) es la fe en la vida. Los melancólicos perecían en Auschwitz en seguida. Los liantes, farsantes, vividores, vitalistas, estafadores, folladores, creyentes... tenían más posibilidades de sobrevivir. Para hacerlo era necesaria mucha fortuna pero también fe en la vida.

El pesimismo es un lujo en el que yo he caído muchas veces hasta que la industria de la felicidad química vino a ayudarme. Desde entonces soy estúpido pero sufro menos.

Un abrazo.

Licantropunk dijo...

Las musas escapan de los felices, no cabe duda. Eso sí, lo del ruiseñor me parece excesivo.
Muy buen artículo.
Saludos.

Marcos Callau dijo...

La melancolía es vital. Las mejores creaciones nacen del dolor, según dicen y creo que aciertan quienes lo afirman. Trasladando este análisis tan acertado que nos ofreces, Paco, al mundo de la música, por ejemplo, tenemos que las mejores composiciones son las que se construyen sobre una base de tristeza. Por hablar de nuestro amigo Sinatra (y así no perder nuestra buena costumbre) podríamos decir que, efectivamente, fue insuperable cantando "New York, New York" o "Come fly with me" pero lo que también es cierto es que donde realmente brilló fue en "One for my baby" y las canciones que nacía de la soledad, de su propia experiencia con el desamor, de la melancolía y el recuerdo. Un fuerte abrazo, amigo. Un gran texto para esta noche tan negra. Gracias.

Luis Recuenco dijo...

No creo que la infelicidad sea un motor creativo, me parece una falacia heredada del romanticismo. La fertilidad creativa solo precisa del aliento vital, vaya este cargado de pesimismo u optimismo.

Un abrazo.

39escalones dijo...

En algo hemos ganado, no obstante, al reconocer que la felicidad no pasa de ser una palabra, un eslogan publicitario, un reclamo mercadotécnico, una anestesia para la conciencia: ya nadie se cree que la felicidad nos esté aguardando en otra vida.
Abrazos.

Mita dijo...

Pero cuando el acceso de atroz melancolía
se cierna repentino, cual nube desde el cielo
que cuida de las flores combadas por el sol
y que la verde colina desdibuja en su lluvia,
enjuga tu tristeza en una rosa temprana
o en el salino arco iris de la ola marina
o en la hermosura esférica de las peonías;
o, si tu amada expresa el motivo de su enfado,
toma firme su mano, deja que en tanto truene
y contempla, constante, sus ojos sin igual.
***
Gracias por el artículo Fran!
Besos