Cuando era niño la amenaza nuclear se expandía por todo el mundo civilizado moderno. El miedo exacerbado a una catástrofe de consecuencias incalculables llenaron mi imaginación a través de las novelas de ciencia ficción y películas de serie B que ponían en la televisión, como ¿El principio o el final? (1947), de Norman Taurog. El niño atómico (1954), de Leslie H. Martinson. La hora final (1960), de Stanley Kramer. Five (1951), de Arch Obder. El mundo, el demonio y la carne (1959), de Ronald MacDougall o Pánico infinito (1962), de Ray Milland. Y ya no hablo de títulos de novelas, que fueron muchas. Por aquel entonces no dejaba de fascinarme la idea de que en cualquier momento todo lo que yo conocía podía dejar de existir. No sabía que igualmente dejaría de existir por otra catástrofe: el tiempo. Lo máximo que se podía percibir en el cielo en aquella provincia estancada, era la estela plateada de un avión, las nubes pasajeras, las golondrinas que volaban al atardecer para decirnos que el día declinaba, y, los cohetes que lanzaban los payeses hacia las nubes oscuras, que vaticinaban el granizo de septiembre, para dispersarlas en época de vendimia. Muy poco sabíamos de los bombardeos por parte de los americanos a Hiroshima y Nagasaki realizados en 1945. Veinticinco años después de la catástrofe, los payeses de la comarca del Alt Penedès, seguían manipulando el vino a su manera. Todavía quedaba por venir lo que ellos considerarían una catástrofe: la Denominación de Origen. Ay, es lo que tiene la memoria, tan dada a las digresiones. Pido disculpas.Hoy dudo sobre si las películas acerca del peligro nuclear constituyen un género. Está claro que muchas de ellas pueden considerarse como ciencia ficción o de terror, mientras que algunas encajan dentro de la sátira o la parodia, como las mencionadas más arriba. Las películas de este grupo incluyen, evidentemente, no sólo todas las relativas a los mutantes, sino también títulos de carácter apocalíptico, como Al rojo vivo (1949), de Raoul Walsh, y, 20.000 leguas de viaje submarino (1945), de Richard Fleisher. Paradójicamente, estas películas que tocan el tema sólo de refilón resultaban ideológicamente más reveladoras, y cinematográficamente, más interesantes que sus hermanas más serias y prestigiosas, como por ejemplo, la ya mencionada La hora final.
Ahora, parece ser, que ha dejado de estar de moda la amenaza nuclear y las nuevas catástrofes que nos atenazan son de otro origen: ser despedidos del trabajo. No llegar a final de mes. Que la conexión a internet no nos funcione. No estar al corriente de los nuevos fetiches tecnológicos. Quedarnos solos, etc. Ante esta situación me puse el otro día tres películas sobre la amenaza nuclear que todavía no he mencionado.
Punto límite (1964), de Sidney Lumet. Se centra en una catástrofe provocada "por error": un fallo de funcionamiento desencadena un ataque nuclear americano sobre Moscú, y el presidente de los Estados Unidos acepta que se bombardee Nueva York a cambio. Al igual que La hora final, Punto límite sugiere de manera clara, aunque no demasiado convincente, que en materia de política internacional, dos equivocaciones equivalen, de hecho, a un acierto. Aunque la película aborda con honestidad algunos aspectos del pensamiento nuclear, el piloto del bombardero americano hace caso omiso de todas las órdenes que le dan de volver a su base, simplemente, porque eso es lo que se le ha enseñado. Al final acepta la noción fácil y evasiva de que, en el fondo, nadie tiene la culpa, como si las decisiones relacionadas con la guerra atómica tuviesen un origen místico, y estuviesen más allá de la capacidad de comprensión o control humanos.
¿Teléfono rojo?, volamos hacia Moscú (1964), de Stanlely Kubrick. Muy parecida a Punto límite, con la diferencia de que en ella es un enloquecido general americano, que ordena a sus hombres la destrucción nuclear de la Unión Soviética. No obstante, el enfoque de Kubrick es totalmente opuesto al de Lumet, y la seriedad se ve sustituida por un humor negro, que adquiere caracteres de verdadera pesadilla, llega más a fondo de la cuestión que los tratamientos serios y solemnes. El general, convencido de que los comunistas están envenenando los fluidos vitales de Occidente, el aviador texano que monta sobre su bomba como si fuese un caballo salvaje en un rodeo, el ex nazi doctor Strangelove, con un brazo metálico, calculando que con diez mujeres por cada hombre, los supervivientes lograrán repoblar la tierra al cabo de unos cuantos siglos, son todos personajes que parecen salidos de una novela de Jonathan Swift, mediante los cuales, y recurriendo al exceso, la parodia y la caricatura, Kubrick logra ilustrar el tipo de mentalidad que hace posible un holocausto neclear. Nadie se atrevería a decir que su análisis sea verdaderamente profundo; en lugar de ello, transmite sus puntos de vista a través de la fábula, la alegoría y la imaginación. Aunque ¿Teléfono rojo?, volamos hacia Moscú aborde el tema con menor gravedad que sus predecesoras, resulta, sin embargo, mucho más perturbadora, incisiva y convincente.

Pero hubo que esperar a El juego de la guerra (1965), de Peter Walkins para encontrar un análisis político serio de cómo se llega y de cuáles son las consecuencias de una guerra atómica, unido a una descripción verdaderamente terrorífica de sus efectos sobre la población. La negativa de la película a rehuir los temas políticos incómodos, y sus horripilantes imágenes, hicieron que El juego de la guerra estuviese prohibida en algunos países durante mucho tiempo, y que su exhibición se haya visto limitada en otros por toda una serie de trabas y dificultades.
Todos estos directores intentaron abordar el tema más dramático de todos, el del fin del mundo. Pero los resultados conseguidos no lograron mostrar todo el horror de una guerra nuclear. Creo que yo tampoco he logrado nunca retratar el horror de la escuela, por eso, cuando me encaminaba hacia ella, con la cabeza llena de historias de catástrofes nucleares, imaginaba un hongo atómico detrás del fracturado horizonte de mi provincia que parecía un encefalograma zigzagueante de una crisis mental irresuelta.
6 comentarios:
¡Qué grande, Gardel! Le encantaba a mi abuelo que tuvo la suerte de escucharlo en directo, en Buenos Aires, durante su estancia de un año en Argentina. Cuando he empezado a leer el texto no sé si por que haces mención de las películas de "serie B" he recordado "El increíble hombre menguante" porque creo que también nombran el tema, aunque desde otra perspectiva. De las que nombras me la she anotado todas porque solo he visto "Al rojo vivo". Me encanta esta película. Un abrazo.
Soy de esa generación que creció bajo el temor a una hecatombe absoluta que se simbolizaba en “un botón”: alguien, “un loco”, se decía, que pudiera apretarlo. Antes que nosotros fue la psicosis de los estadounidenses en los sesenta, cuando la crisis de los misiles. Para nosotros el cénit de todo eso fue una película de comienzos de los 80 titulada “El día después”, que se vendió como la más fidedigna narración de lo que ocurriría tras una explosión nuclear. Hoy, como dices, no parece estar entre los temores más extendidos, cuando la sensación de una inminente gran catástrofe está en el aire pero de una forma vaga, suma de muchas causas posibles, y ahí está “La carretera”, basada en la estremecedora novela de Cormac McCarthy. La mención de “Al rojo vivo” me confunde, porque la identifico más con el género gansteril al que has dedicado una trilogía. Un abrazo, amigo.
Lo nuclear volverá a estar de moda cuando con los miedos cotidianos no baste para controlar al los seres humanos. Pero además desde una doble vertiente: la primera, la política, con esos terroristas islámicos a punto de hacerse con el arsenal nuclear de Pakistán, sus amenazas a Israel y compañía (la compañía es USA, claro), incluidos nosotros (aunque el ex embajador israelí nos tache de antisemitas, hay que ser gilipollas, paranoico pero gilipollas al fin y al cabo...); la segunda, la ecológico-social, más cierta y amenazadora probablemente (no olvidemos que buena parte del temible arsenal soviético de los desfiles eran canutos de cartón-piedra), la de las centrales nucleares en pleno desguace, los residuos y demás. Lo nuclear no ha dejado de estar ahí; simplemente, los miedos, como las modas, van por temporadas.
Abrazos.
Relacionar el vino del Penedés y la explosión de Hiroshima no es una digresión: se trata sin duda de un recuerdo latente, suprimido: algo entre una borrachera y armarla gorda.
Buen repaso al que añadiría "Cuando el viento sopla" de Jimmy Murakami y que por su fecha, 1986, ya es de las últimas en este tema: poco antes de que cayera el Muro y todos fuéramos inmensamente felices en un mundo lleno de paz y de bondad.
Saludos.
Olvidadas, sí, pero ¿han dejado de ser amenazas?
Parece que ahora sólo interesa el cambio climático.
Un abrazo, amigo. Se os echa de menos este verano.
Anoche vi una peliculita excelente, Matinee. Habla del cine de palomitas, mañanero, de la hecatombe nuclear, de la guerra fria, del negocio montado alrededor del miedo apocalíptico. Curiosamente.
Opino como Juan: no tenemos ese miedo ahora. Hay otro. La hambruna, extendiéndose, da más miedo. Es otra historia. Los bancos son los misiles armados del ahora. Les lloramos, les tememos: la nueva religión post-apocalíptica.
Un abrazo, amigo.
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