"Alguien debía haber calumniado a Josef K., puesto que, sin haber hecho nada malo, una mañana fueron a arrestarlo". Como en el extenso relato de Franz Kafka La metamorfosis, que empieza con la frase: "Al despertar Gregorio Samsa una mañana, tras un sueño intranquilo, se encontró en su cama convertido en un monstruoso insecto", toda la narración de El proceso surge de la situación anunciada en la frase inicial. El protagonista, Josef K., nunca descubre de qué se le acusa, ni logra comprender los principios que rigen el sistema judicial en el que se encuentra atrapado. La narración sigue al personaje en su agotador empeño de entender su situación y de declararse inocente una y otra vez, frente a la total ausencia de una doctrina capaz de explicarle qué significa ser culpable o de qué se le acusa en realidad. Al seguir a Josef K. en sus esfuerzos por lograr la absolución, el libro nos ofrece un relato increíblemente conmovedor de lo que significa venir desnudo e indefenso a un mundo absolutamente incomprensible, armado tan solo con la sincera convicción de ser inocente. La lectura atenta de esta novela tiene su peculiar efecto. Aunque nuestra primera reacción frente a los forcejeos de K. con las autoridades es una sensación de familiaridad y de reconocimiento, pronto se produce un extraño vuelco. Empieza a parecernos que nuestro mundo solo se parece al de Kafka, que nuestra lucha tiene solo un leve parecido con esa lucha esencial que nos revelan los apuros inacabables de K. Por este motivo, El proceso, en su misma falta de conclusión, en su imposibilidad y dificultad, es un libro extraordinariamente estimulante que nos traslada al corazón mismo, pero es corazón vacío, de la experiencia de estar vivo en un mundo de juicios cotidianos llevados hasta sus últimas consecuencias. La vida se vislumbra como un mero tránsito por distintas instancias de un proceso sin fin.
A diferencia de lo que ocurre en El proceso y en La metamorfosis, la primera frase de El castillo no contiene literalmente la historia completa; no nos es posible saber si ello se debe al carácter inacabado de la novela, pero, en todo caso, El castillo es indudablemente una obra incluso más asfixiante e indefinible que aquellas. En este sentido, casi parece justo que carezca de desenlace, que los hechos narrados parezcan formar parte de una serie infinita de la cual tan solo un pequeño segmento habría llegado a las páginas de una novela. La llegada del agrimensor Karl al pueblo que rodea el castillo, y el descubrimiento de que no es bien recibido y de que no puede quedarse allí, constituyen la narración propiamente dicha; pero la progresión a través de esas fases relativamente sencillas tiene todas las características de una pesadilla. La combinación de realismo y absurdo típica de Kafka alcanza aquí su máxima sutileza; los hechos no se apartan nunca de su aparente literalidad, pero de algún modo continúan resultando completamente extraños. Pese a la aparente rigidez de los personajes, la sensación de distanciamiento, de que cada cual está interpretando deliberadamente un papel, es ineludible. Más que contar una historia, El castillo evoca una atmósfera, que es de perpetuo malestar. Hay una sensación de que algo temible está acechando desde algún punto oculto; todo lo demás queda oscurecido por los obstáculos interminables de la burocracia. La novela entera se asemeja a ese momento final de un sueño en el que tratas de hablar y no te llega la voz por falta de aire, mientras el tiempo se arrastra con infinita lentitud. Tanto El proceso como El castillo, no explica el intento del hombre por acceder al poder, sino el intento del poder por absorber y anular al hombre. Dos situaciones inversas, un poder que se esconde, un poder del cual el hombre no se puede esconder, que muestran un mismo sentimiento pesimista sobre la existencia. El paradigma kafkiano de la aventura laberíntica constituye una forma de anunciación contemporánea del no-sentido, la pérdida no tanto de los valores como de la dirección hacia adónde apunta los valores. Leída así, la historia de K, es el reverso del periplo de Ulises en la Odisea, que recupera la identidad a través de la memoria y reconquista el hogar. K. en cambio, es la imposibilidad de realizar ninguna acción heroica, mesiánica o de abasto metafísico, descubre la patética inutilidad de su empresa. Como los dos vagabundos de Beckett de Esperando a Godot, ni pueden huir ni pueden permanecer.

Con solo dieciséis años, Karl Rossman se encuentra exiliado y enviado al Nuevo Mundo por haber llevado la vergüenza a su familia dejando embarazada a una criada. Pese a estar solo y totalmente expuesto en una tierra extraña, todavía cuenta con su optimismo juvenil y con un buen humor a flor de piel. Karl se propone hacer fortuna y encuentra trabajo como encargado de ascensor en un hotel. Pero lo despiden y vuelve a ir a la deriva, lo que le dará ocasión de conocer a una serie de extraños personajes. La novela América ofrece una visión perturbadora y desconcertante de América. A su llegada, Karl observa la estatua de la libertad sosteniendo en alto una gran espada. Este y otros detalles sorprendentes contribuyen a crear un mundo paradójico que resulta siniestro y fascinante, ilimitadamente abierto y al mismo tiempo amenazadoramente claustrofóbico. En este lugar donde el éxito puede generar inmensas riquezas y bellas mansiones, donde el fracaso puede conducir a la miseria y al desarraigo. Al final Karl se dirige hacia el oeste en tren a través de un paisaje espectacular, es un canto al Sueño Americano que concluye a donde hemos ido a parar todos; al gran teatro de Oklahoma. A Karl le resulta atractivo un cartel que dice: "Todo el mundo es bienvenido". Todo el mundo, es decir, también yo, piensa él. El gran teatro no es para él una solución personal, sino un gran show. "América es sobre todo una gran payasada", escribió Walter Benjamin, una perspectiva y un final para todos. Este último capítulo de América es el verdadero puerto de llegada a un refugio sobrecogedor para todos los náufragos de la tierra. Karl contempla una única vista del gran teatro de Oklahoma y ve solo un palco que parece en realidad el escenario: un escenario con una balaustrada que avanza en amplia curva hacia el vacío. Y allí, en efecto, no hay salida, no hay salida alguna. Quizá Kafka, como nadie, haya tematizado ese gran tema del siglo XX: el obstáculo.
3 comentarios:
Magnífica conclusión: la vida moderna no es sino una carrera de obstáculos. Actualmente, a la culpa (gran invento judeocristiano al que las instancias político-religiosas han sacado rentabilidad durante dos mil años largos...) hay que sumar el miedo, que no es sino una extensión de la misma idea. Kafka puso una espada en manos de la Libertad: qué lucidez la suya.
Abrazos.
Recuerdo la angustiosa lectura de El Proceso, ese momento en que Josef K. se da cuenta de que su nombre se ha convertido en una pesada carga, en que lo conocen personas a las que nunca había visto, y añora los tiempos en que él mismo lo pronunciaba con despreocupación. “¡Qué hermoso era tener que presentarse a uno y que sólo entonces le conocieran”. Nada tan kafkiano, tan opresivo, como el hecho de que un laberinto de arbitrariedades pudiera destruir tu anónima rutina, y ése es otro obstáculo al que nos vemos conducidos en una escalofriante conjunción de Kafka y Orwell. Un abrazo.
Acabo de recordar que sigo teniendo pendiente la lectura de "El Castillo". "El proceso" me encantó. Me dejó con la mirada perdida un buen tiempo...
Abrazos.
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