A mi hijo, padres, hermanas y a los amores extraviadosA veces miro viejas fotografías. El tiempo es un abismo, profundo como mis noches. La forma en que nuestros abuelos, por ejemplo, se ponían en pose, la convención según la cual se disponían los grupos, revelaban un significado social, una costumbre, una constante, un gusto, una cultura. Una fotografía oficial o matrimonial o familiar o escolar daba la idea de cuánto de serio e importante tenía cada papel o institución, pero también cuánto tenía de falso y de forzado, de autoritario, de jerárquico. Esta es la cuestión: hacer explícita las relaciones con el mundo que cada uno de nosotros lleva consigo, y que hoy hay tendencias a esconder, a volver inconscientes, creyendo de que este modo desaparecen.
¿Qué se desencadena en nostros para que la emoción permanezca? ¿Qué ocurrió ayer, hace decenas de años, para que sea lo que ha sido? ¿Cómo puedo adivinarlo para mañana? Porque nunca nada ha sido para lo que reconozcamos en lo que fue. Quizás hubo una amargura para que se olvidara. Una ilusión que dolió. Una llaga negra para que no hubiera claridad. Una vergüenza en un pliegue nuestro que se formó para que fuéramos tersos. Pero inserto en eso, algo creció después, se sobrepuso a todo lo demás, se transformó en belleza por la disipación del tiempo. Nadie sabe si una alegría pasada desapareció de la memoria o es la alegría que ha terminado por quedarse en una fotografía. Nadie sabe si un disgusto es lo mismo que floreció después en leyenda capturada en un negativo. Sólo lo irreal permanece, es decir, lo que nunca existió. Es lo irreal que no se ve en todo lo que se ve. ¿Qué hubo en lo que hoy me conmueve? No lo supe entonces de modo que pudiese saberlo hoy. Es decir, su nada de lo que está hecho todo.
Estas viejas fotografías, estas imágenes son como los sueños, cuando una presencia venida de las profundidades de la memoria se adelantan, se dejan reconocer y de pronto se transforma en algo inesperado, en algo que aún antes de la transformación asusta porque no se sabe en qué irá a transformarse. Este mundo es una comedia para los que piensan y una tragedia para los que sienten.
Fíjate en tu hijo, ahora que es niño. Vive intensamente sus cumpleaños, la maravilla de su mundo. Fíjate en esta calle, en esta plaza, en todo lo que te rodee. Fíjate con mucha fuerza porque pronto tu hijo será un hombre y todo será otra cosa con una rapidez de locura. La foto de tu hijo va a mezclarse unas con otras, y hasta lo que no cambia habrá cambiado. Y tu mirada aturdida apenas será mirar sin ver.
7 comentarios:
Pensar, sentir. Las dos cosas, amigo. Al tiempo no creo que se pueda, pero en su momento, en su lugar. Sentir más que pensar. Las fotografías son memoria fiable. Luego uno hace la literatura que le place al ver las imágenes súbitamente recuperadas. Ayer hice acopio de nostalgia y miré con mi mujer las fotos de los hijos, las antiguas, las de las muy tempranas edades, como dice un amigo. Y sentí un vértigo muy dulce. Estuve bien, en serio. Me vi distinto. Los vi distintos. Y si embargo, al verlos disintos, vi de fornma nítido lo que hoy perdura, ciertos rasgos, algunas miradas, gestos. todo eso tan íntimo y domesticado. Un buen verano...
No podía estar más de acuerdo contigo, pues tengo para mí que ésta es la Gran Cuestión, el paso del tiempo y nuestra relación con los signos que lo evidencian. Pocas cosas perturban tanto como esas fotos en que tu padre tiene la edad que tú tienes ahora y a su lado estás tú, apenas un crío, y recuerdas perfectamente ese momento y apenas puedes entender y aceptar que todo haya pasado tan rápido, y miras a tu hija y casi puedes sentirte inútilmente aferrado a las manecillas del reloj, a la estela de una vida huidiza, que, como dijo Woody Allen, está llena de soledad, de tristeza, de sufrimiento y de infelicidad, y pasa todo tan deprisa... Un abrazo, Francisco.
Transformarse en belleza por la disipacion del tiempo... o memoria selectiva como salvavidas...
Un abrazo.
Me ha recordado un poema que traigo acá:
En la fotografía
No existe el pasado. Di
sencillamente, existió. El reloj de mi muñeca
en esta fotografía da las dos (en igual rueca,
y mismo vellón son ahora las dos también). Junto a mí,
tu sonrisa se mantiene desde entonces solo aquí,
en esta descolorida imagen cuyo color
tuvo existencia real aquella vez. Hubo amor
además (nos mantenía unidos) creo, (creí)
a las dos de aquella tarde.
El pasado: eterno aquél
que creemos ver en las sutiles degradaciones
del claroscuro o en unas suaves aberraciones
cromáticas donde hay solo sales de plata y papel
que guardamos en la cartera.
Cierto.
Las dos primeras frases con que comienzas este reflexivo texto son tan estupendas que las he leido un par de veces en alto y las he anotado. Las viejas fotografías habitualmente nos conmueven de una manera que, en la vida real, nunca lo hicieron sus protagonistas. Es el recuerdo que juega. Del mismo modo un discreto pueblo, un paisaje, que guarda nuestros momentos felices de la infancia, suele emocionarnos aunque, al volver a el, poco o nadsa conserve de los viejos tiempos. Curioso. Un abrazo
Por eso yo no dejo que me hagan fotos... Bueno, por eso y porque, como es sabido, si te apuntan con un chisme de esos y te sacan en papel, te roban el espíritu... Me voy, que tengo que pintarme con los colores de guerra y bailar alrededor del fuego...
Abrazos
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