
Puede que Graham Greene escribiera el relato de El tercer hombre porque era incapaz de crear directamente sobre la opaca taquigrafía de un guión, pues el objetivo último era una película, pero en cualquier caso su historia es una de las que más recordamos y sus imágenes han contribuido decisivamente, y por supuesto mucho más que cualquiera de las malas películas inspiradas en sus libros, que él siempre despreció, a la atmósfera Greene, que forma parte de nuestro paisaje. Es cierto también que nunca sabremos en qué medida ello se debe a la visión del productor Alexander Korda, que quiso y propuso una película sobre la Viena ocupada de la posguerra; al sobrio talento de Carol Reed, no sólo en la dirección, sino también en su contribucion al guión (algo diferente del relato), y a la formidable actuación de Orson Welles, en la cima de un talento a la altura del reto que suponía el personaje de Harry Lime. (Ver reseña de la película). Porque Harry Lime es el verdadero protagonista, aunque sea ésa una discusión académica, sin importancia. Sobre su ausencia y su presencia, sobre su imagen, que gira ciento ochenta grados, sobre los sentimientos que inspira se mueve la novela, que corre en función de sus movimientos. Rollo Martins (excelentemente interpretado por el eficaz Joseph Cotten) es en realidad el motor que permite la libertad de movimientos de Lime, la punta del iceberg bajo la que se esconde una realidad más rica; permite el dato escondido que constituye la verdadera historia. El tercer hombre es así una obra maestra de la sugerencia, de la narración por omisión.
Green cuenta en Vías de escape que, como muchas aventuras amorosas, el argumento de El tercer hombre comenzó en una cena y siguió con dolores de cabeza en muchos lugares: Viena, Venecia, Ravello, Londres, Santa Mónica. Como todos los escritores, él poseía una cierta cantidad de historias apuntadas en la cabeza cuando Korda le llamó para escribir el guión de una película ambientada en la Viena cuadriculada por los ocupantes tras la guerra, pero sólo una anotación en el dorso de un sobre para proponerle: "Había dado mi último adiós a Harry hacía una semana cuando depositaban su ataúd en la helada tierra de febrero, de manera que no me lo creí cuando le vi pasar por el Strand, sin un gesto de reconocimiento, entre una muchedumbre de desconocidos". Green no había escrito más porque no sabía más. Korda estuvo de acuerdo en que Green persiguiera a Harry Lime, siempre y cuando lo hiciera en la Viena, en la Viena gris, melancólica y en ruinas que sucedía a la guerra y precedía a la pulcra ciudad de ancianos que es hoy. De modo que allí marchó el escritor.Tardó algo en encontrar su hirstoria, es decir, a Harry. Faltaba muy poco para que se cumplieran las dos semanas que se había marcado de plazo cuando sus contactos con el servicio de inteligencia británico le permitieron conocer la existencia de una policía subterránea, que no tenía nada que ver con los espías sino, literalmente, con las cloacas de Viena, un mundo al margen de las fronteras que sofocaban la vida sobre la superficie. Ese simple contraste lanzó el relato. Aunque en realidad Greene ya llevaba dentro la historia, como siempre, porque la historia no es otra que la de la doble lealtad, encrucijada que siempre le atormentó desde que tuvo que estudiar en un colegio del que su padre era rector. Rollo Martins se debate entre la leantad a su amigo, el héroe de su infancia y el único ser parecido a los héroes de sus novelas en blanco y negro, y la lealtad al Bien, cuando al fin se convence que la ralidad no es ésa. El territorio del conflicto es mucho más sutil que los de sus otras novelas: se trata de un mercado negro que todo el mundo practica en la posguerra hambrienta, y ya se sabe que los contrabandistas no son en realidad delincuentes sino simpáticos anarquistas que se ríen de las fronteras. Pero ocurre que el tráfico es de penicilina, lo que no tendría mayores consecuencias que la repugnancia, de no se porque también eso termina por regirse por una de las tres o cuatro fuerzas que mueven el mundo, la codicia, y entonces se acaba la ambigüedad y el romanticismo.

Con independencia del talento de la historia, es notable una vez más la capacidad visionaria de Greene, a menudo involuntaria, pues su descripción del mercado de la penicilina y de sus traficantes no es otra que la del contrabando de droga de nuestros días, sólo que éste se desarrolla a escala planetaria. Todo está ahí: desde los mecanismos técnicos del contrabando hasta las insidiosas justificaciones de los traficantes, ciegos a los desastres que la ambición les ha roído en el alma.
4 comentarios:
La mugre que se barre para ocultarla bajo la alfombra. Una de las más grandes historias jamás contada en esto del cinematógrafo, repleta de detalles, de rincones, con esa Viena entre occidental e impregnada de aires balcánicos, puerta del Este. Por muchas razones, esta historia respira magia, blanca o negra, según el caso, pero siempre producto de una Humanidad gris.
Abrazos, amigo.
¡Peliculón! e interesantísimo el proceso de creación por parte de Green de EL TERCER HOMBRE. Una novela que nació para ser película.
Qué buena la primera aparición de Harry Lime con cara de Orson Welles.
Suena a tópico... pero nunca olvido la última escena de esa película (pese a que tiene más fama la secuencia en el subterráneo... que es otra maravilla)donde Rollo Martins espera que la mujer a la que ama se pare a hablar con él... y ella pasa de largo sin mirarle ni una sola vez y éste la deja marchar por un largo camino... y de fondo esa música...
El triángulo amoroso narrado es de los que enganchan siempre.
Besos
Hildy
Sí que es una de las inolvidables actuaciones de Orson Welles pero ¿cuál no lo es? Ese truhán regordete, esa melodía de imperecedera.
Saludos.
Visionario Green. Es una obra maestra que tuve la suerte de volver a ver hace muy poquito. La primera aparición de Welles es culminante, magistral. No dejo de sorprenderme cada vez que la vuelvo a ver. Un abrazo, Paco y enhorabuena por un texto estupendo.
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