jueves, 8 de septiembre de 2011

Yesterday


Ayer la vi en un tren de cercanías. Dudé por un momento si era ella. Ella me miró y se puso de inmediato a buscar en el interior de su bolso. Sí, era ella y me había reconocido. Es bien cierto que la infancia es el lugar en donde habitamos el resto de nuestras vidas. Desde la última vez que nos vimos habían pasado treinta y tres años. Nos sentimos exactamente igual que por aquel entonces. Dios, qué fea estaba. Había envejecido de mala manera. Tenía el pelo lacio y canoso. Una nariz afilada, antaño graciosamente respingona. Su rostro estaba marcado por un tiempo que se había ensañado con ella cruelmente. No pude apreciar sus ojos ocultos tras unas gafas de cristal grueso. Miré a través de la ventana del tren un paisaje deprimente de naves industriales y edificios en ruinas. Un persistente recuerdo sepultado en mi memoria luchaba por salir a la superficie. Cada vez con más nitidez las imágenes de mi interior se superponían a las del paisaje exterior. La escenografía de la memoria flotaba en el aire por extraños hilos.

Se inició el nuevo y último curso de EGB. El verano de 1978 había quedado atrás para siempre dejándonos como vestigio la tez morena, las rodillas peladas, un tono en la voz que vaticinaba el fin de la infancia, y un vago recuerdo de un amor que se había esfumado con las primeras nubes de septiembre. La clase, esa clase tan fatigada, se me antojaba irreal, aséptica e inhóspita. Tenía un aire monacal que me llenaba de tristeza tras un corto verano de tantas promesas. La luz de septiembre era el cadáver de agosto que penetraba por las ventanas con un tono mortecino que iluminaba con precaución los espacios de nuestra educación: una pizarra de signos todavía visibles de una extraña ecuación no resuelta; paredes descoloridas por la lepra del tiempo y pupitres de madera en la semipenumbra, aguardando en su empecinada rutina, las nuevas marcas de mil deseos y mil decepciones en el silencio de una guerra siempre perdida de antemano. Todos estábamo allí de pie, sin saber cuál sería nuestro pupitre, extraños los unos de los otros, incluso de los que ya nos conocíamos desde los primeros cursos. Lo que más me entristecía era la ausencia de antiguos compañeros. Por razones inexplicables los profesores no nos informaban de los motivos de dichas ausencias. Allí, también estaban los que se incorporaban por primera vez, venidos de otros lugares; tímidos y desorientados; ellos, a la vez, ausentes de sus escuelas pretéritas. Eran éstos los que más me atraían, sobre todo las chicas. Y allí estaba ella.

Ojos verdes y rasgados con tintes arabescos. Media melena de negro azabache. Su cuerpo desprendía aromas de exóticas brisas del Sur. Acento graciosamente marcado de voz perfectamente modulada y de expresión refinada y no acorde con su edad que le daba un toque de feminidad emancipada que acentuaba un cierto erotismo difícil de describir. Toda su exquisita presencia desentonaba en aquella clase anclada en un tiempo imposible, ella allí, sutilmente vinculada a unos preceptos familiares de señoritos arrendatarios de Andalucía, que por aquel entonces, era para nosotros tan remota como la Tierra Media. En fin, que todos los alumnos nos enamoramos de ella. Al poco tiempo, descubrimos que sabía tocar la guitarra española y que cantaba como los ángeles. Además, hablaba inglés.

Me quitó el sueño. Me pasaba todas las noches en vela pensando en ella. Mi maldita timidez acentuó mi malestar durante meses. Tenía que hacérselo saber, pero no sabía cómo. Al fin decidí enviarle un poema de puño y letra para el día de San Valentín, que por otro lado, estaba próximo. Lo redacté en mis noches de febril insomnio y lo terminé un día antes del día señalado. Tenía el corazón en la boca. Estábamos en clase de literatura y lengua. Hice una bolita de papel y se la arrojé con sumo cuidado para llamarle la atención. Ella se giró y yo le mostré la hoja doblada. Sus ojos expresaron descorcierto. Miré al profesor y en ese preciso instante estaba absorto corrigiendo ejercicios. Le pasé por debajo del pupitre mi poema y ella un tanto atemorizada me arrebató automaticamente la hoja sin comprender absolutamente nada y volvió a adquirir su pose inicial. Desdobló con disimulo la cuartilla echándo miradas furtivas al profesor. En aquel poema estaba toda mi alma, todos mis sentimientos, toda una declaración de amor, toda mi sensibilidad a flor de piel. Creo que no le dio tiempo ni de leer la primera frase.
-Entrégame ese papel-le exigió el profe de lengua adoptando un tono exageradamente infantil y extendiendo la mano con un gesto amanerado y teatral.
Era de una crueldad extrema por su parte; aquella preparación del terreno para entrar en la ruin complicidad con los demás alumnos. Él necesitaba risas de fondo para llevar a cabo la injusta, innecesaria y gratuita humillación. El colegio, como pude comprobar con los años es una buena representación del mundo. Todo lo que nos pasó allí continúa sucediéndonos ahora; todos los modelos de autoridad que allí sufrimos se reproducen con asombrosa fidelidad. Como en el colegio, también se valora más en nuestra vida adulta la sumisión que nuestros más nobles sentimientos. Ella se levantó muy ruborizada y le entregó la hoja. Volvió a su asiento temblando como un flan. Los alumnos no paraban de reír, incluso los que estaban enamorados. Con gesto triunfal el profesor desdobló el papel.
-Aquí tenemos a dos tortolitos enamorados.
Rísas y más rísas. ¡No! Gritaba desde mi interior. ¡Ella no sabe nada! Me sentía mareado, aturdido. Se puso a leer mi poema en voz alta sin perder comba con aquella voz que emulaba a un niño discapacitado. Mis ojos se empañaron de lágrimas. Una acumulación de sensaciones contradictorias se adueñaron de mí. La miré y ella me miró con odio. La había puesto en ridículo. Todas sus virtudes, todo su estatus escolar se estaban vieniendo abajo. Supe que ella me odiaría para siempre. Me sentí estúpido, culpable. Me odié a mí mismo. El profesor acabó con la farsa entre una gran ovación de risas. Dobló la hoja y la introdujo en una carpeta.

Ella no volvió a dirigirme la palabra en lo que quedaba de curso. Los alumnos hampones y aventajados "los sobresalientes perpetuos" como yo los denominaba, se reían de mí, y ella empezó a congraciarse con ellos para recuperar su prestigio de chica ejemplar. Los últimos meses falté a clase uniéndome a un grupo de golfillos que no tenían nada que ver conmigo. Delinquíamos por los arrabales del espejo roto de la otra vida.

El curso tocaba a su fin y el colegio estaba ultimando los preparativos del festival de fin de curso. Cada alumno debía actuar según el tema elegido por él mismo. A mí me excluyeron del tal evento debido a la larga lista de faltas que ostentaba mi historial. Sinceramente, me daba igual. Yo sólo quería que todo terminara de una vez y abandonar el colegio para siempre. Asistí al espectáculo, nunca mejor dicho. Todos los padres estaban allí, excepto los míos. Todos los profesores se sentían orgullosos de sus alumnos y los alumnos representaron sus papeles, inconscientes de que el espectáculo ya no tendría fin. Ella cerró el festival. Hizo su entrada en el escenario con su guitarra. Dios, que guapa estaba. Se sentó en una silla, afinó el instrumento y ajustó el micro. Se puso a cantar como un ángel Yesterday de The Beatles. Yo estaba sentado en la última fila de butacas, solo en el ángulo oscuro. Con esta intervención también se cerraba una época de nuestras vidas. Se abría una herida. Parece que fue ayer.


19 comentarios:

Raúl dijo...

Muy bueno.
Yo la hubiera perdonado, por su falta de compromiso y de osadía, pero el tiempo nunca ha sido tan compasivo y magnánimo como yo.

Emilio Calvo de Mora dijo...

Qué feliz fuiste y qué feliz eres al verterlo ahora.

Beatriz dijo...

Ha sido un verdadero placer leerte
El ayer siempre presente. Un obsequio de ese tiempo que todos recordamos.
Enhorabuena por estas palabras -

El dinosaurio dijo...

Paso para decirte que me alegra mucho que te haya gustado el libro. Lo recomiendo a todo el mundo porque es una pasada. Eloy es un prometedor escritor con mucho futuro. Saludos.

Tesa dijo...

No sé si es autobiográfico, pero sí que es un magnífico relato. Qué bien escribes, Paco.


A los románticos los trata mejor el paso del tiempo. Seguro que él conserva unos ojos soñadores y esa encantadora torpeza de los tímidos que tratan de disimularlo.

Soy más de Rollings, pero Yesterday es mi canción favorita de los Beatles.

Así que ha sido un momento redondo.

Me animan un montón tus comentarios, porque suelo pensar que lo que hago no le interesa a mucha gente, aunque a mí me divierta.


Muchos besos, Paco.

Luis Recuenco dijo...

Parece que fue ayer pero las heridas son para siempre.

Un abrazo.

39escalones dijo...

Amor y humillación, pareja estelar... Un mundo se acaba. En estas líneas no desentonaría el discurso elegíaco de Ben Johnson junto al río que nunca es el mismo río de "La última película".
Abrazos, amigo.

s a n d r a dijo...

http://www.youtube.com/watch?v=NHxS8wlDngI&feature=relmfu
Así podía haber sido...

Demasiado sencillo

Un petó

abril en paris dijo...

El tiempo se cobra los réditos..tu atrevimiento y el doloroso recuerdo permiten que ahora escribas ésta historia..
El Yesterday evocador y nostálgico..
Me gusta Paul pero prefiero la versión de L.Armstrong.

Un saludo cómplice de recuerdos..

abril en paris dijo...

En realidad me referia a Ray Charles..sorry !

Marcela dijo...

Ella debe haber recordado de una forma muy diferente ese suceso, a como lo sintió en el momento. Hace falta tiempo para que cada detalle tome su lugar. La vergüenza (provocada por un tercero, no por los dos protagonistas) no era tan importante como el valor de escribir el poema y entregarlo. Hace falta crecer para aprender a apreciar ese gesto. Probablemente haya lamentado su reacción.
Como todos tus relatos, hermoso.
Un beso.

Anónimo dijo...

... Amor, rebeldía contra la autoridad rancia, yesterday, colegio, nostalgia, finales años setenta, desencanto, vergüenza, el paso a otra etapa, apertura de heridas, recuerdos, despecho, momentos fugaces, unos ojos verdes, las pellas, la felicidad que se esconde o se escapa, recuerdos, evocación...

Besos

Hildy Johnson

abril en paris dijo...

Ésto traspasa...:-)

Juan Herrezuelo dijo...

All “our” troubles seemed so far away, ¿verdad?... Qué maravilloso texto, Francisco, qué manera de meternos el recuerdo de toda una época en el cuerpo, para lo bueno y para lo malo (“los arrabales del espejo roto de la otra vida…” ¡Uf!).
En mi caso, el (in)docente pretendió perpetrar su humillación no con la expresión “tortolitos”, sino con la de “pelar la pava”, pero no hubo una sola risa en el aula: incluso aquel pobre diablo se dio cuenta inmediatamente que él no era más que un personaje muy secundario en aquella historia, historia que aún continúa, ya en otros pupitres.
Para administrarme el “Yesterday” siempre he preferido la muy melancólica de Sinatra, tan leeenta.
Gracias miles por este relato. Un abrazo desde la última fila.

Licantropunk dijo...

¡Vaya! Tanto tiempo y aún se la guardas. Claro, ayer, ya lo mencionas.
La venganza se sirve fría, canosa y lacia.
Saludos.

Vicente dijo...

Paco: Tengo la afición de leer tus relatos pero a veces, como tu último escrito, Yesterday, se convierten en celebración. ¡Y cómo me llegan al alma esa parte de la vida infantil o de chiquillo!... Pero yo no falté ni llegué nunca atrasado a clases. Es probable que mis maestros españoles hayan sido más estrictos. Era el perfecto sumiso a que tú aludiste. Pero en fin, lo único que he querido decirte que he disfrutado con tu post. Abrazos.

chanclas dijo...

¡Que magnifico relato!
Fantastico. Me entusiasman tus historias.
Chapó

Marcos Callau dijo...

Qu

Halcón Peregrino dijo...

Me encantó el relato, que bien contado. Marcas que va dejando el tiempo.

Saludos.