
La tiranía del capitalismo, piedra angular de la caducidad de nuestra historia hasta ahora conocida. La sórdida civilización, mancillada con todas las concupiscencias de guerra y dolor, no sienten la vergüenza de su historia, no silencian sus crímenes, no repugnan sus rapiñas sangrientas. La historia lleva la deshonestidad a través de los siglos. Y esta degradación se la muestran como timbre de gloria a los coros juveniles de sus escuelas. Frente a nuestros ideales, la voz indignada de todos los pueblos es la crítica del romano frente a la doctrina del Justo. Aquel obeso patricio, encorvado sobre su vomitorio, razonaba con las mismas bascas. Dueño de esclavos, defendía su propiedad. Manchado con las heces de la gula y del hartazgo, estructuraba la vida social y el goce de sus riquezas sobre el postulado de la servidumbre: cuadrillas de esclavos bajaban al fondo de la mina: cuadrillas de esclavos remaban en el trirreme. La agricultura, la explotación de los metales, el comercio del mar, no podrían existir sin el esclavo, razonaba el patricio de la antigua Roma. Y el hierro del amo en la carne del esclavo se convertía en un precepto ético, inherente al bien público y a la salud del Imperio.
La historia es la ironía en marcha, la risotada del espíritu a través de los hombres y los acontecimientos. Hoy triunfa tan creencia; mañana, vencida, será maldita y reemplazada: los que creyeron la seguirán en su derrota. Después, viene otra generación: la antigua creencia entra de nuevo en vigor; sus demolidos monumentos son reedificados de nuevo en espera de que perezcan otra vez.
Las máquinas están dejando de funcionar. Siglo XX: día y noche se escuchaba el ruido de las máquinas, sus estallidos y sacudidas hacían estremecer el barco a la deriva; le infundía vida. Era el sonido trepidante que se filtraba en la carne y el cerebro. Los cuerpos vibraban con el mismo ritmo. Se hablaba, se comía, se escuchaba, se miraba, se pensaba, se despertaba y se vivía con ese ritmo. De repente, inesperadamente, la máquina se va deteniendo. Se siente un verdadero dolor en el cuerpo y la mente. Se siente el vacío, como si se cayera en un ascensor que descendiera a toda velocidad. Parece que la tierra se hunde a nuestros pies y, a bordo, se tiene la sensación de que el barco se va a pique, y de que todo, incluído uno mismo, se dirige al otro extremo del globo. ¿Ha despertado el esclavo al repentino silencio de las máquinas?
Franz Kafka hizo de la incomprensibilidad en El proceso y de la inaccesibilidad del poder abstracto en El castillo, ocultas tras la fachada habitual de la burocracia moderna, uno de los temas centrales de sus novelas. Hasta 1914 podía parecer posible huir de este poder en el ámbito intocable de lo privado; la guerra mundial, la revolución y el totalitarismo político pusieron al hombre europeo ante el hecho de que no hay escapatoria del poder total. Kafka fue el primero de los novelistas modernos que trató la desaparición de la intimidad del hombre y la absurda casualidad de las intervenciones del poder en el destino del hombre, convertido en un "caso", en un fascículo de los legajos que circulan entre la maquinaria burocrática. Contra Josef K. se abre un proceso, pero hasta la brutal ejecución de la pena de muerte no se entera de cuáles son las causas.
la forma en que caminaba el viejo perro
moteado y despeluchado
por el callejón de nadie
el perro de nadie...
entre botellas de vodka vacías
entre botes de crema de cacahuete,
entre cables cargados de electricidad
y los pájaros durmiendo en cualquier parte,
callejón abajo iba él.
el perro de nadie
sorteando todo aquello,
valiente como un ejército.
Charles Bukowski, Anoche vi a un vagabundo
6 comentarios:
La Historia no es sino un largo proceso de fabricación del sistema más perfecto, por más invisible, del sometimiento de los seres humanos por unos pocos. Este proceso ha llevado sucesivamente a aumentar ese círculo de "unos pocos" (con cada cambio social, con cada revolución, que no hacen sino sumar la casta dirigente de la misma a los privilegiados del régimen anterior), y a cortar todas las salidas a todos los demás. El capitalismo ha conseguido, tras incoporar a su esencia buena parte del corpus fascista (la II GM la perdieron Alemania, Italia y Japón, pero no el fascismo, que se inoculó en los vencedores de manera brutal y pervive hasta hoy), la perfección: en contra de otros momentos históricos, nos ha llenado de cosas que tememos perder. Ha conseguido el inmovilismo del esclavo: que no sueñe, que no piense, que no se agite, que no luche, por temor a dejar de ser esclavo.
Abrazos, amigo.
Un retrato terrible y lúcido en tu mejor estilo.
Aute, siempre Aute en mis listas diarias de reproducción.
Un abrazo.
Una viñeta que vi/leí hace poco de Zapatero llevándole un obrero a un millonario y el ricachón diciendo que él para qué quería eso: para hacerse millonario no hay que fundar una fábrica, basta con comprar intereses que no se ven, futuros que nunca se serán. Y todo sentado cómodamente, utilizando un ordenador como el que empleo yo para escribir estas líneas: el capitalismo ficción que decía Vicente Verdú.
Saludos.
Un texto durísimo, certero, que te golpea en la boca del estómago, que despierta la rabia y el asco hacia toda esa suciedad que la historia viene empujando bajo la alfombra de un futuro cada vez más incierto. Tiranía, capitalismo, vergüenza, crímenes, deshonestidad… Si el esclavo ha despertado, inquieto por ese repentino silencio de las máquinas, no será sino para advertir la dimensión del abismo al que nos conducen los cantos de sirenas y la atracción fatal por el fuego. Ay Penélope, téjeme a tu esperanza. Un abrazo fuerte, amigo.
Si lo observamos fríamente tampoco ha cambiado tanto el mundo desde aquellos romanos que comentas. La historia se repite y el ser humano cae en los mismos errores.
Pues sí, la historia se repite una y otra vez.
Suenan sirenas mientras escucho a Aute. Y no son las del vídeo...
Un abrazo.
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