
A diferencia de sus películas anteriores, El último tango en París (1972), de Bernardo Bertolucci, está ambientada en el presente y no es explícitamente política. A pesar del escándalo de que se vio rodeada como película de sexo y de su persecución en Italia, no se trata de una película erótica, sino simplemente sobre el erotismo. Aunque El último tango en París es, sobre todo memorable por su retrato de la relación sexual básica entre Jeanne (Maria Schneider), de diecinueve años, y Paul (Marlon Brando), de 45, presenta también relaciones complementarias que proporcionan un impactante contrapunto al tema central. Jeanne es la prometida de Tom (Jean-Pierre Léaud), un joven cineasta. Están enamorados y se imaginan un futuro perfecto juntos, como una pareja burguesa convenional. Jeanne se refiere a su matrimonio "pop" que sonríe feliz en los anuncios del Metro. Rosa, la mujer de Paul, acaba de suicidarse, y el examen que él realiza sobre el fracaso de su unión constituye otro de los elementos clave de la película. A través de esas tres relaciones amorosas, que se entrecruzan, Bertolucci lleva a cabo un vigoroso análisis de la familia y de la sexualidad, un firme alegato en contra de la visión romántica del amor y un estudio sobre la naturaleza de la ilusión, la realidad y la verdad cinematográfica.
Ya en los títulos de crédito, Bertolucci anticipa a través de los cuadros de Francis Bacon la estética de la película y el magnífico director de fotografía Vittorio Storaro, pinta el filme sobre el lienzo de la pantalla. Después vemos a Paul bajo un puente de ferrocarril emitiendo todo un grito de desesperación que nos traslada a El grito de Edvard Munch. El filme comienza con Paul y Jeanne caminando por separados por las calles de París, en dirección de un mismo apartamento que los dos quieren alquilar. Jeanne es joven, atractiva y llena de vida y esperanzas. Paul es un hombre con pasado. Es de edad madura y está apenado por la reciente muerte de su esposa. Su futuro es incierto. Poco a poco, la película va revelando que Paul fracasó en la única relación estable de su vida, pues no consiguió satisfacer ni sexual ni emocionalmente a su esposa, debido a que no la aceptaba tal como era. En realidad nunca la conoció.


Al principio parece como si la relación entre Paul y Jeanne pudiese ofrecer una alternativa. Paul busca en el sexo la forma de calmar su angustia y sus remordimientos, y Jeanne se siente sexualmente excitada por el magnetismo animal de Paul, a pesar de buscar el amor. Encerrados en el apartamento grande y vacío, aislados del mundo exterior, acuerdan no contarse nada el uno sobre el otro. De ese modo, el sexo se convierte en un método nuevo, mucho más básico y elemental, de comunicación. En su condición de hombre experimentado y decidido, es Paul quien fija las reglas, y hace caso omiso de todas las convenciones escandalizando, humillando y excitando a Jeanne. Las ocasionales muestras de ternura de que hace gala ella le impulsan a variaciones cada vez más degradantes del acto sexual. Su oposición al matrimonio se expresa violentamente cuando sodomiza a Jeanne, al tiempo que la obliga a repetir frases huecas sobre la santidad de la familia.
Cuando Paul la ha conducido por fin a los abismos de la humillación sexual, cree haber encontrado alguien que le ama tal y como realmente es. Una vez fuera del apartamento, le cuenta a Jeanne quiés es, de dónde viene y todos los sórdidos detalles de su vida como propietario de un hotelucho barato. El conocimiento de la realidad mata en Jeanne el amor que sentía hacia esa especie de héroe romántico por el que le había tomado; la única opción que le queda es de matarle.
7 comentarios:
Alberto Q.
http://traslaspuertas.wordpress.com
Brutalmente bien resumido, Francisco.
Bertolucci y sus pasiones quedan al descubierto con un gran Brando a la cabeza.
La escena del puente es brutal.
No me gusta mucho eso de que sean ellos los que fijen las reglas.
Quitándole hierro al asunto, cuando fuimos un grupo de amigos a ver la película -hace ya...- dijo Miguel:
¿Podrían pasárselo un poco bien,no?
Qué falta de espíritu lúdico, menos mal que ya no hay cine de culto
Besos
¡Qué trilogía de textos, Francisco! Es de esas trilogías que necesitan de una lectura concentrada, a ritmo lento, con un buen café al lado.
A mí El último tango en París siempre me provoca una gran tristeza.
Besos
Hildy
Ya no he probado la mantequilla desde que la vi...
Creo que, además, como Bertolucci insistía en esa época, la película tiene, como "Novecento", una lectura acerca del "entendimiento" o el "desencuentro" ideológico entre los bloques políticos de entonces. Qué cosas...
Abrazos
Es uno de los desencuentros cinematográficos más míticos, desde luego.
Cierto es, que a mí la peli (me pasa con todo bertolucci) se me espesa más de lo necesario, pero aún así, como retrato de todo lo que sabiamente has dicho, no tiene precio.
Me resistí a atravesar la frontera para ver esta película como hicieron algunos colegas, a pesar de mi adoración por Brando.
Así que cuando por fin se pudo ver en España, tenía muchas versiones de ella y ninguna coincidió con lo que yo experimenté, ahora sí con el comentario a tu post de Hildy: me pareció una película muy triste.
Para mí por encima de todo, es una película que habla de la soledad.
La soledad y el desamor nos hacen muy vulnerables y a veces la manera de conjurar la desazón que producen nos lleva al hastío y otras a la decepción más absoluta.
Un texto brillante, como siempre, Paco.
Un beso,
Tengo que volver a verla. Ya casi que ni la recuerdo más allá de las escenas que todo el mundo conoce...
Un abrazo.
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