"Las campañas de lecturas son hipócritas. Cualquier gobierno prefiere un pueblo estúpido a uno inteligente."Alberto Manguel
Me encontré hace ya tiempo con un amigo, que por aquel entonces, tenía veintisiete años. Había dejado sus estudios en su adolescencia para incorporarse en el mundo laboral por propia decisión, es decir, no lo hizo por la imperante necesidad económica razonable, sino porque le atraía las maravillas del consumo. Todos damos por hecho que "la escandalosa agonía de los valores morales, basados en el afán de alcanzar una sociedad solidaria, más justa y libre, se inició, con el desnortado aplauso general, a finales de los años setenta y, sobre todo, en el decenio de los ochenta con la entronización, en los países occidentales, del individualismo a ultranza y el poder del dinero". Manifiesto personal, de Ana María Moix. Pero sigamos con mi amigo. Tras unos años de descalabros laborales: trabajos duros en fábricas, despidos, contratos basura, salarios miserables y malos tratos psicológicos, decidió volver a estudiar de nuevo, sin ganas y sin ningún interés especial y personal hacia una rama en concreto. Solo le motivaba hacerse con unos títulos baladíes para poder acceder a trabajos de mejor calidad y mejor remunerados. Pues bien, fue en ese momento cuando se produjo nuestro encuentro. Vi que llevaba bajo el brazo un libro. Me dijo un tanto desairado que en clase le habían obligado a leer una novela, y acto seguido, una redacción de su lectura. ¿Te ha gustado la novela? le pregunté y él me respondió que la había abandonado a las pocas páginas porque no entendía nada. La encontraba "ilegible".
Era muy significativo que la novela llevara por título Fahrenheit 451, de Ray Bradbury, una historia donde denunciaba un estado totalitario en donde la lectura estaba prohibida y se quemaban los libros. Cuando leí la novela en mis años de adolescente creí ver en la historia de Bradbury que hablaba más del pasado que del futuro. Y creo que no me equivoqué del todo. Los estados totalitarios, al fin y al cabo, también evolucionan con el progreso y Bradbury no pudo llegar a imaginar hasta donde sería capaz de llegar el totalitarismo más sutil. En tiempos pretéritos los dictadores al prohibir la lectura o, ciertos libros, daban a entender que todavía tenían un alto concepto de la peligrosa capacidad que podía desarrollar el pueblo. Solo con el hecho de prohibir demostraban que el pueblo era capaz de leer esas obras y se pusiera a pensar por sí mismo. Hoy tenemos un acceso a los libros como no se ha dado nunca en la historia. Librerías de grandes superficies. Librerías especializadas en todos los géneros. Librerías de viejo y nuevas e incesantes ediciones de bolsillo de clásicos a precios más que asequibles. Bibliotecas públicas e internet. Puedo imaginar todos estos millones de libros a nuestro alcance y, que para la mayoría de la gente, le resulte ilegibles, incapaz de entender todo lo que se dice en ellos. Hoy ya existe el iletrado políglota. Los del poder saben que pueden estar tranquilos.
Os dejo con un fragmento de Ana María Moix de su excelente Manifiesto personal.
"Lo primero, no saber leer, sería un problema subsanable; lo segundo, que lean y no entiendan lo que leen, es un problema impensable hasta ahora para una mente lógica y para el que, por el momento, nadie tiene solución. Se trata de un sector de la población para cuyos integrantes los franceses acuñaron hace ya años, en cuanto detectaron el problema-no es un problema sólo español-, la calificación de iletrados, distinguiéndola de los analfabetos. Es decir, no estamos hablando de analfabetos, sino de iletrados, de individuos que saben leer pero que no comprenden lo que leen. Si a una persona analfabeta se le enseña a leer, a lo mejor, cuando esté en disposición de hacerlo, llega a comprender el sentido de las palabras y de las frases que lee. Con una persona iletrada, en el sentido que los franceses han dado al término, ya no hay remedio: al cabo de unos minutos de leer, de intentar infructuosamente descifrar signos impresos, se ha perdido en el vacío mental. Eso sí, puede utilizar correctamente un ordenador, incluso ser un buen informático; puede aprender a hablar en inglés, en francés, en alemán y en cuantos idiomas se imponga dominar oralmente; pero no podrá comprender un texto largo en la pantalla del ordenador ni en un libro escrito en francés ni en italiano ni en alemán ni en el suyo propio. Estamos, pues, frente a iletrados en varias lenguas, frente a ciberiletrados multilingües y analfabetos en varios idiomas. Estamos frente a iletrados políglotas."
5 comentarios:
Paradoja.
Con tu texto me has dejado sin palabras...
Buena reflexión para este lunes.
... Es cierto, nunca hubo más libros a disposición de todos...
Besos
Hildy
Tan certera es tu reflexión y la que viene haciendo Moix en ese libro, cuyo fragmento transcribes, que no sé si echarme a llorar ante tan dramática obviedad.
No podría estar más de acuerdo contigo en esta estupenda reflexión que nos brindas. Contigo y con Ana Mª Moix, por supuesto (iletrado políglota: me recuerda una discusión reciente que tuve sobre la importancia de los colegios bilingües...; me apunto el adjetivo: con derecho a cita, claro).
Saludos.
La Moix deja unas perlas muy nutritivas a la que tiene ocasión: no se corta un pelo y bien que hace.
Tus pensamientos respecto a ese concepto se acumulan a los míos: hace muy poco pillé un verdadero cabreo cuando, hablando con mi ahijado, que cuenta ya catorce años, me explicaba lo aburridos que eran los libros que le obligaban a leer: ni un sólo clásico: libros que parecen escritos por gentes cercanas a alguien con poder en el sistema educativo, malos de remate: así no se crean lectores capaces luego de sostener la atención sobre un texto prolongado; únicamente gentes capaces de recordar fragmentos para aprobar el examen, dispuestos a olvidar rápidamente.
Y lo peor, amigo Francisco, no es que no sepan leer: es que tampoco son capaces de escribir, con lo que la comunicación de ideas, paradójicamente, vuelve al terreno oral aunque sustituído el encuentro físico por la tecnología: el triunfo del sms y de la brevedad del twiter es buena prueba de ello.
Un abrazo.
Me descubro las calvas; siempre me ocurre cuando leo textos de gente que es capaz de decir de manera sintética y acertada cosas que me bullen por la cabeza y no sé expresar. Traslademos este discurso al cine y entenderemos por qué triunfan en taquilla las bazofias que todos conocemos, y por qué el cine como tal, sus esencias, sus caracteres, están en crisis permanente, si no terminal.
Abrazos
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