viernes, 23 de diciembre de 2011

Recuerdos de la prima Angélica


"Los muertos... los que hay en el fondo del puerto. Están ahí desde no se sabe cuándo... el mundo lo ha olvidado... Por eso los buzos, cuando los ven, no dicen nada. Total, para qué... Hay historias que no se dejan contar".

Víctor Erice, La promesa de Shanghai

La memoria es un instrumento falaz, y los recuerdos de la niñez suelen estar desfigurados por influencias que en el momento uno es incapaz de discernir. El niño no tiene una perspectiva del mundo, sus horizontes son limitados, sus intereses egocéntricos. Mucho de lo que experimenta es interpretado para él por los padres. No discrimina entre las cosas que ve.


Una vida escrita no es lo mismo que una vida real. Vivir no es un arte, pero sí lo es escribir sobre la vida. La vida es una sucesión de accidentes y desengaños, mal recordados y peor comprendidos, con enseñanzas sólo vagamente aprendidas. La vida es desorganizada, no tiene una forma, no es una historia.
A lo largo de la infancia aparecen misterios en el mundo que nos rodea. Son misterios sólo porque no se da de ellos una explicación adecuada, o por nuestra inexperiencia, pero persisten en la memoria por la simple razón de que son tan intrigantes. Las explicaciones suelen presentarse en la edad adulta, pero llegan demasiado tarde: para entonces, ya no tienen la fascinación imaginativa de un misterio.
¿Qué es más verdadero, sin embargo: el recuerdo o la realidad?


Nunca he estado de acuerdo, tal vez a causa de mi experiencia personal, con esta afirmación comunmente extendida de que la infancia es un poco la época dorada de la vida. Me parece por el contrario, que la infancia es una época particularmente insegura, porque entre otras cosas, es vivida enteramente por un interpuesto, que se desarrolla a través de grandes miedos, de carencias de todo tipo. Y todo esto deja una huella, imborrable, sobre todo cuando se ha vivido en el seno de un medio hostil.

Todas estas reflexiones vienen a mi encuentro cada vez que veo La prima Angélica (1974), de Carlos Saura una película maravillosa y conmovedora interpretada por el inolvidable José Luis López Vázquez en el papel de Luisito. Luisito vuelve a la pequeña ciudad castellana que le vio crecer, la prima Angélica es una mujer casada. El encuentro de Luis con el amor de su infancia hace presentes los recuerdos de aquel verano de 1936, las inocentes correrías y los primeros descubrimientos asombrosos. Y también el estallido de una violencia que el paso del tiempo no ha sido capaz de someter. El regreso al pasado, al odio de 1936, llena el reencuentro con el primer amor de paseos de provincia, el cara a cara con la violencia contenida que plagó una generación. Saura utiliza inteligentemente el hallazgo de Igmar Bergman en Fresas salvajes (1957), haciendo que el propio personaje de José Luis López Vázquez niño, sea incorporado por el actor adulto, al igual que Liktor Sjostrom hacía con el doctor Borg. Woody Allen emplearía la misma técnica en varias de sus mejores películas.


2 comentarios:

Raúl dijo...

¡Grandioso JLPV!
He de volverla a ver.

39escalones dijo...

Que conste que lo he leído todo todo, ¿eh? Me parece el mejor Saura. Luego ves cosas como "Taxi" y te preguntas qué le ha pasado al cine español para que se produzcan derivas como la suya. En fin, lo que hablamos.
Abrazos, amigo.