viernes, 28 de enero de 2011

La última frontera



La historia que sigue es de origen persa y está entre mis cuentos favoritos. Es un relato que ha ido evolucionando a lo largo de los tiempos, pero en su esencia, sigue siendo el mismo. Encierra cierta virtud, algún singular principio de permanencia. Solemos ser personas que intentamos correr más que nuestras propias sombras. Huimos del tiempo que nos persigue solo para dirigirnos ciegamente hacia la última frontera.
Esta es mi interpretación personal del cuento.

Una mañana, el director de una multinacional vio que su mejor ejecutivo agresivo se presentaba ante él en un estado de gran agitación. El director le preguntó por la razón de aquella aparente inquietud y el ejecutivo agresivo le dijo:

-Se lo suplico, deje que me vaya de la ciudad hoy mismo.

-¿Por qué?

-Esta mañana, en el centro comercial, he notado un golpe en el hombro. Me he vuelto y he visto a la muerte mirándome fijamente.

-¿La muerte?

-Sí, la muerte. La he reconocido, toda vestida de negro con un chal rojo. Allí estaba y me miraba para asustarme. Porque me busca, estoy seguro. Deje que me vaya de la ciudad ahora mismo. Présteme uno de sus mejores coches deportivos y esta noche puedo llegar a La Olivilla, uno de los pueblos más remotos de Andalucía.

-¿De verdad que era la muerte? ¿Estás seguro?

-Totalmente. La he visto como le veo a usted. Estoy seguro. Deje que me vaya, se lo ruego.


El director, que sentía un gran afecto por el ejecutivo que tantos ingresos y beneficios había proporcionado a la empresa, le prestó el mejor coche deportivo de su colección particular (Ferrari F250) y lo dejó partir, pero con cierta reticencia. El ejecutivo se dirigió al estacionamiento privado del gran jefe y se subió en un flamante Ferrari F250 y partió hacia La Olivilla.

Un instante más tarde el director, a quien atormentaba un pensamiento secreto, salió del edificio deprimente de la multinacional camino del centro comercial. Buscó a la muerte con la mirada inquisitiva y la vio, la reconoció. El ejecutivo no se había equivocado lo más mínimo. Ciertamente era la muerte, alta y delgada, vestida de negro, el rostro cubierto por un chal rojo de algodón. Iba por el centro comercial de grupo en grupo sin que nadie se fijase en ella, rozando con un dedo el hombro de un anciano (que estaba comprando en la sección de deportes una bicicleta estática), tocando el brazo de una mujer que estaba comprando unas cremas antiarrugas, esquivando a un niño que corría hacia ella con un nuevo videojuego en la mano.


El director se dirigió hacia la muerte. Ésta lo reconoció al instante y se inclinó en señal de respeto.

-Tengo que hacerte una pregunta - le dijo el director en voz baja.

-Te escucho.

-Uno de mis mejores ejecutivos es todavía un hombre joven, saludable, eficaz y probablemente honrado. Entonces, ¿por qué esta mañana, en este mismo lugar, lo has tocado y asustado? ¿Por qué lo has mirado con aire amenazante?

La muerte pareció ligeramente sorprendida y contestó.

-No quería asustarlo. No lo he mirado con aire amenazante. Sencillamente, cuando por casualidad hemos chocado y lo he reconocido, no he podido ocultar mi sorpresa, que él ha debido tomar como una amenaza.

-¿Por qué sorpresa? - preguntó el director.

-Porque no esperaba verlo aquí. Tengo una cita con él esta noche en La Olivilla.


miércoles, 26 de enero de 2011

Buscando soluciones



A veces uno se desespera ante semejante suma de problemas que se van acumulando en el mundo, y nuestra incapacidad a la hora de encontrar nuevas soluciones. A mí me da la sensación de que no estamos avanzando como antes. Es como si hubiéramos acabado con todas las opciones, como si ya no supiéramos hacer las cosas. Somos ya demasiado miserables e iracundos y monotemáticos. La superficialidad de nuestra cultura, la mentalidad cerrada y uniforme de la gente, el propio sentimiento de aislamiento. ¿Qué podríamos hacer para salvarnos? Una vez le preguntaron a Roberto Bolaño si el mundo tiene remedio, y él respondió que el mundo está vivo y nada vivo tiene remedio y ésa es nuestra suerte.

Voy a un café en donde suelo coincidir cada mañana con un político, y ayer, no pude evitar acercarme a él para proponerle una idea que posiblemente podría sacarnos de semejante berenjenal. Disculpe, tengo una solución para... Oh, venga, pringao, me dijo, ¿se puede solucionar la pobreza? ¿Se puede solucionar el crimen? ¿Se pueden solucionar las enfermedades, el desempleo, el calentamiento global, las pensiones, el recorte sanitario, el declive de la educación, la vivienda o cualquier otro herpes social? Claro que no. Solo se puede intentar que sean lo bastante manejables para que la gente siga con su vida de cualquier manera. No es cinismo, es madurez; no se puede detener la lluvia, sólo construir tejados y esperar que no tenga goteras o, al menos, que no gotee sobre la gente que va a votarnos. Disculpe, le dije, será sólo un momento. Está bien. Verá usted, durante la Segunda Guerra Mundial fue bombardeado un barco de carga japonés. Se hundió en el puerto de Tokio con un gran agujero en el buque. Reunieron un grupo de ingenieros para resolver el problema y devolverlo a la superficie. Uno de los ingenieros dijo que recordaba haber visto, cuando era niño, una película de dibujos animados del pato Donald en donde había un barco en el fondo del océano con un agujero en el buque y que llenaban de pelotas de ping-pong y finalmente flotaba. El escéptico grupo se pusieron a reír, pero uno de los expertos estaba dispuesto a intentarlo. Evidentemente, ¿en qué otro país del mundo se podía encontrar veinte millones de pelotas de ping-pong si no en Tokio? Resultó ser la salvación perfecta. Llenaron el buque de pelotas y salió a la superficie. El ingeniero estaba encantado. George Burns, por otro lado, el gran intérprete de vodevil, dijo una vez: "Es una lástima que los únicos que saben como dirigir el país estén demasiado ocupados en pedir limosna por las calles y cortando el pelo". El pato Donald, el genio de vodevil, los vagabundos, el peluquero, etc. Siempre se puede encontrar soluciones morales a los problemas situándose en un nivel totalmente diferente. Además, ante las dificultades irresolubles, hay que creer en uno mismo... Le sugiero, me aseveró el político, que, una vez obtenido el solaz emocional que puede derivarse del lanzamiento de un ladrillo, se abstenga usted de seguir con sus fantasías.

Cada vez son más frecuentes las fases en que me siento así, con ganas de quedarme en casa, de decirle adiós muy buenas a toda esta batahola, y luego pienso que gracias a Dios que se inventaron las cortinas.


viernes, 21 de enero de 2011

Un retrato de la vida cotidiana (julio de 1936)


A la memoria de Fernando Fernán-Gómez (1921-2007)


El carácter autobiográfico de Las bicicletas son para el verano determina que una de las figuras mejor perfiladas sea la de Luisito. A lo largo de la pieza teatral asistiremos a su evolución desde la adolescencia hasta una madurez precipitada por las consecuencias de la guerra. Sus problemas e inclinaciones son los de un chico de su edad: los estudios y su falta de aplicación; sus inquietudes culturales (el cine, la literatura); sus charlas con amigos como Pablo; el despertar del deseo sexual; los proyectos para un futuro que será muy diferente del que imagina. 


Su visión ingenua y despreocupada de la vida se presenta en el prólogo: la guerra sólo se concibe como un juego de imposible traslación a su realidad inmediata, centrada ahora en sus planes para las vacaciones. La conversación del epílogo, en cambio, ya no es con un amigo sino con su padre, quien le desvela el futuro que aguarda a los vencidos republicanos: depuraciones, campos de concentración, cárcel. Ante esa previsible ausencia del padre, el adolescente queda investido por las circunstancias como el cabeza de familia. Y esa responsabilidad se sella con un gesto que la acotación expresa con precisión: "El padre ha sacado un pitillo, lo ha partido y le da la mitad a su hijo. Lo encienden". Fumarse la mitad del cigarro junto a su padre significa para Luis la conquista de su mayoría de edad, su acceso al tiempo de las responsabilidades, a un mundo adulto particularmente difícil a causa de una guerra que comportará drásticas consecuencias en su vida. La bicicleta que se quería "para salir con una chica" se configura, a su vez, como metáfora de una adolescencia truncada en el espacio de un verano que es ya un paraíso irrecuperable.



Don Luis se destaca asimismo por encima de esta composición coral. Sus constantes intervenciones, irónicas y mordaces, son el medio de mantener una clara postura ética a lo largo de la obra. Como tantos protagonistas de películas y obras del gran Fernán-Gómez, don Luis es un antihéroe, un hombre que se ve obligado a renunciar a sus aspiraciones e ilusiones ante las obligaciones que impone la sociedad. Como explica doña Dolores a su hijo, "en una época en que nos iban muy mal las cosas" don Luis guardó sus libros en un baúl de la buhardilla "y se echó a la calle a buscar otro empleo para las horas libres. Y desde entonces empezó a irnos un poco mejor". Doña Dolores tiene una visión más tradicional de las cosas, más realista y pragmática, aunque se muestra capaz de aceptar buena parte de las ideas políticas de su marido, de su hija o de su sobrino Anselmo cuando la ocasión lo requiere. Ella motiva con su actitud que don Luis asuma responsabilidades que no cuadran con su forma de pensar. Pero la integridad moral de don Luis permanece incólume incluso en estos momentos, como en el caso del despido de María, la criada. Su actitud ante la vida se evidencia claramente en dicho episodio y en las palabras que dirige a la muchacha: "A este valle de lágrimas hemos venido a llorar lo menos posible. Y a gozar y a divertirnos lo más que podamos", actitud vitalista que luego matizará ante su hijo: "Hay que hacerse a las circunstancias: Hay que vivir siempre". En este sentido, es el personaje más lúcido de la obra, el que demuestra una posición más comprensiva y tolerante hacia todos porque sabe que lo importante es siempre vivir manteniendo coherencia de su pensamiento dentro de los límites marcados por las circunstancias personales e históricas. Esta derrota en sus aspiraciones se compensaba con la esperanza depositada en sus hijos. Ambos recogen su legado: Luis con su vocación de escritor, Manolita con una moral libertaria ante la vida y su opción por el mundo del teatro. Pero el caso es que todo termina frustrándose, como le había sucedido al padre. El resultado de la guerra dará al traste con sus ilusiones: Luis, convertido en chico de los recados; Manolita, madre soltera y actriz en una sociedad de moral restrictiva como la que sobrevino en la postguerra; y el propio don Luis con el panorama de la detención, la depuración ante un futuro incierto.


Los ideales políticos de don Luis no dejan lugar a dudas: él es de izquierdas, republicano. Su vocación de escritor se aúna con estos ideales al declarar su aspiración a ser como Máximo Gorki, escritor social que apoyó la revolución soviética; pero ello no le impide exclamar: "¡Joder con los leales y con los facciosos y con la madre que los parió!"; o contemplar la guerra como una catástrofe que afecta por igual a las personas, al margen de su inclinación ideológica. Pero al final, cuando se tiene ya la certeza de la derrota del bando republicano, don Luis afirma que él sí sabe quién tenía razón, que siempre ha tenido ideas políticas, aunque "me di tregua hasta que éstos (sus hijos) crecieran". Su mirada sabia, escéptica y siempre comprensiva resume perfectamente lo que sería la situación durante toda la dictadura por venir: "no ha llegado la paz, Luisito: ha llegado la Victoria", una frase en que se traslucen las trágicas consecuencias para los vecinos en la guerra y que condena plenamente el drama futuro.

Sabe Dios cuándo habrá otro verano.


miércoles, 19 de enero de 2011

Una copa para la gran rutina


"Ese es el problema de la bebida, pensé, mientras me servía un trago. Si ocurre algo malo, bebes para olvidarlo; si ocurre algo bueno, bebes para celebrarlo; y si no pasa nada, bebes para que pase algo."

En su narrativa, John Cheever plasmó una visión inmensa de las contradicciones naturales del hombre, capaz de pasar en unos pocos minutos de una vergüenza abrumadora a una fuente de pura autoestima y confianza. Los protagonistas de sus cuentos conocen los ocasionales destellos de certeza, los días sin luz ni humor y la mañana deslumbrante después de la tormenta, la sensación de amor y el sufrimiento de la angustia, el placer que se encuentra en cualquier compañía-amistad, juegos, imaginación, ternura y la cópula más oscura-, a la caza siempre de atisbos de claridad en el confuso torbellino de la vida. Los personajes de Cheever saben combatir las difíciles horas muertas de la tarde y aprenden a escuchar el ruido de la lluvia, pero como si fuera la única manera de encontrar un sentido a cada hora acostumbran a regar con ginebra o whisky su estómago revuelto. La primera frase de El nadador resume con exactitud el escenario de buena parte de su obra: "Era uno de esos domingos de mitad de verano en que todo el mundo repite: Anoche bebí demasiado". Con "todo el mundo" Cheever se refiere a la desconcertada clase media neoyorquina de la década de los cincuenta que no logra adaptarse a los frenéticos cambios del modo de vida urbano que se suceden a su alrededor, y el lugar natural donde se produce su encuentro es en los cócteles inofensivos entre los vecinos de una zona residencial el sábado al atardecer, en una noche de verano en un chalet a la orilla del mar, o en algún evento familiar. Son reuniones donde la gran rutina de beber constituyen la antesala de la pereza, la ira y la susceptibilidad, y donde siempre hay los chascarrillos de un borracho más borracho que los demás, el soliloquio absorto de quien, alzándose sobre sus problemas y preocupaciones, considera que su vida es fascinante, sus chistes graciosos, y el diseño y color de sus digresiones variado y espléndido. Al descubrirse incapaces de enfrentarse al problema del presente, los bebedores de Cheever optan, como si fueran personas adultas que han perdido la razón, con una copa de whisky o ginebra en la mano, por imaginarse una existencia más feliz y sencilla, aunque les pese despertarse cada mañana con una vergüenza abrumadora en lugar de confianza y autoestima y una resaca explosiva y asfixiante les recuerde que anoche bebieron demasiado.


martes, 18 de enero de 2011

Un trago para el camino

"Todo el mundo en América se entrompa por todas partes."

El mes pasado me entretuve en releer algunas de las novelas americanas de Georges Simenon: Tres habitaciones en Manhattan, El fondo de la botella y En los dominios del "coroner", y me puse a pensar sobre la cantidad de whisky o bourbon que corre por ellas. En principio, la cosa no tendría nada de particular. Sabido es que los escritores norteamericanos pueden dividirse en dos mitades: los que beben y los que han dejado de beber. Y Simenon lo sabía muy bien. Antes de abandonar Francia, terminada la Segunda Guerra Mundial, e instalarse primero en Canadá y luego en Estados Unidos (1945-1955), Simenon se había leído, a conciencia, algunos de los grandes escritores norteamericanos: William Faulkner, Raymond Chandler, Dashiell Hammett, Jim Thompson...todos alcohólicos. En las novelas de esos escritores se bebe mucho whisky, algo perfectamente normal en una sociedad alcoholizada, en la que el alcohol se convierte en símbolo de virtud y libertad ciudadanas, sobre todo a raíz de la ley que prohibió la venta y el consumo de esa bebida durante cerca de catorce años, del 18 de octubre de 1919 al 17 de febrero de 1933.

Bebían los escritores, bebían sus personajes y bebía todo el mundo en Estados Unidos. Así pues nada tiene de extraño que la novela Tres habitaciones en Manhattan, todo un homenaje a Nighthawks, el célebre cuadro de Edward Hopper, sea también una guía alcoholizada de los bares nocturnos de Nueva York.



Así pues, como les decía, eso no tendría nada de particular. Pero ¿y Maigret? En En los dominios del "coroner", el comisario apenas abandona la barra del bar de Tucson en el que se cepilla un whisky tras otro mientras se distrae contemplando a la clientela. Sabíamos que el comisario Maigret no era ningún angelito, sabíamos que bebía en horas de servicio (algo normal en la policía francesa de los años treinta), sabíamos que su afición por la cerveza, de que no le hacía ascos a una copita de fine; sabíamos que el calvados le servía de estimulante... pero eso de cepillarse un whisky tras otro...

LLegados a ese punto cabe preguntarse si los hábitos alcohólicos de Simenon cambiaron los de Maigret, a raíz de su llegada a Estados Unidos. Pues, según cuentan sus biógrafos, no fue así. Antes de la guerra, Simenon se bebía una media de tres botellas de vino diarias (Saint-Émilion) y así siguió en Estados Unidos, amén, claro está, de tomarse algún que otro whisky, como ya solía hacer en París.

Si Maigret se cepilla un whisky tras otro es porque es un alcohólico, porque no tiene una fine o un calvados a mano y, muy probablemente, porque el whisky no le desagrada. Leyendo a Simenon periodista, gran reportero para ser exacto, leyendo, por ejemplo, la serie La América en automóvil, relato del recorrido familiar de 5.000 kilómetros que llevó a los Simenon de Canadá a Florida, uno se percata de la extraordinaria capacidad de observación del escritor belga. Algunas de esas instantáneas fotográficas, aparecerán luego en esa barra de bar de Tucson donde se halla Maigret. Y comprendemos que si Maigret bebe whisky tras otro es por seguir aquel sano consejo de donde fueras haz lo que vieras. El whisky de Maigret no es exótico, como no lo es el personaje. Maigret sabe que todos los hombres, sean de donde sean, son iguales y, como Simenon, va a la caza del homme nu, desnudo de whisky, pero para desnudarlo antes hay que bebérselo.

jueves, 13 de enero de 2011

El Quijote del cine



"Y dice más Cide Hamete: que tiene para si ser tan loco los burladores como los burlados."
Don Quijote, 2ª parte, cap. 70.


"¿De qué va la peli?", le preguntaron a Terry Gilliam en el Festival de Toronto, a propósito de El imaginario del doctor Parnassus. "Es la historia de un viejo que padece un castigo por una estupidez que hizo en el pasado", respondió riéndose. No me sorprende que, después de la catástrofe de algunos de sus rodajes, el hombre tenga humor para reírse. Antes de continuar, hago un inciso.

Si tuviera que escoger mi episodio favorito de El Quijote, creo que sería el de Clavileño, cuando a don Quijote y a Sancho se les engaña para que cabalguen, con los ojos vendados, en un caballo de madera que, supuestamente, los llevará por el aire hasta el mago Malambruno. Si de verdad están volando, pregunta Sancho, ¿cómo es que todavía oyen con claridad las voces de los que siguen en tierra? Don Quijote descarta el problema por considerarlo tan sólo otra peculiaridad más del mundo mágico en que viven. Sancho sugiere entonces que al menos miren con disimulo para ver dónde están. Y es entonces cuando don Quijote muestra cuán ambiguo es su supuesto engaño, porque prohíbe a Sancho que se quite la venda.

Cualquiera que piense que hacer cine es fácil tendría que seguir sus memorables experiencias detrás de la cámara. O revisar el documental Lost in La Mancha (2002), realizado por Keith Fulton y Louis Pepe, explicando las aventuras y desventuras de Gilliam para llevar a la pantalla El hombre que mató a Don Quijote.


Igual que el genial personaje de Miguel de Cervantes, el director visionario ve cosas que otros no ven. Luchó contra grandes molinos de viento (los estudios de Hollywood) para tirar adelante proyectos como Brazil, y todavía sueña despierto: "Conseguiré realizar El hombre que mató a Don Quijote". Sí, Gilliam es un fabulador con ínfulas de grandeza, de ideas suicidas y carísimas. Extravagantes y ambiciosas, sus películas están marcadas por los saltos temporales: Los héroes del tiempo y Doce monos, y, de realidades confusas por los sueños, la fantasía y la imaginación: Las aventuras del barón Münchausen, El rey pescador, Miedo y asco en la Vegas o Tideland.

Su filmografía alterna desastres comerciales con éxitos de taquilla. Pero, pase lo que pase, el director norteamericano exiliado en el Reino Unido no pierde el buen humor. Ha seguido viviendo, trabajando y construyendo sus sueños, como en el caso de El imaginario del doctor Parnassus, que resultaron ser una verdadera pesadilla. Una vez dijo: "El Quijote se escribió 300 años antes de que yo naciera, pero es de mí de quien habla. Es mi autobiografía. Ver el mundo de una forma extraordinaria y caer de morros continuamente es lo que hago en todo momento". Esto nos lleva al capítulo de Clavileño. La razón es una leve llamita y el universo una inmensa noche oscura; pero que tengamos sólo esa llama es nuestra única posibilidad de salvación, y precisamente por eso es mucho más valiosa. De nada nos sirve, cuando caemos a un cenagal, salir tirándonos de los pelos, como el barón Münchausen.

Como don Quijote, Gilliam vive el cine como una locura, como un estado febril y como la única realidad posible y válida. Cervantes, Gilliam, convierten la locura en una variante de la libertad antes de "todo es morir, y acabóse la obra". Don Quijote, 2ª parte, cap. 24.

martes, 11 de enero de 2011

La edad de las ilusiones (un recuerdo)



"No, no es posible recoger todos los escombros. Hay demasiados. Y así quedan entre el horror de la luz y una vida cotidiana."
Jorge Guillén

Como metáfora de la vida, la búsqueda de una vida significativa, el recurso del viaje, es el más sencillo que existe. Nuestra vida es un viaje y siempre me había sentido atraído por las historias sobre viajes en las que las cosas evolucionan alrededor de los protagonistas. Es la eterna, la vieja ley de los caminos: las misteriosas y nunca escritas ordenanzas que orientan la brújula loca y espantada que anida en el corazón de los errabundos. El protagonista y el espacio se identifican, se caracterizan mutuamente. El espacio nos ayuda a mostrar lo que ese personaje siente. La pasión de la exaltación de la individualidad. Atrapar la esencia fugitiva de las cosas, las personas y los paisajes. Cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en que el ser humano sabe para siempre quién es. ¿En dónde sino, está el espacio de libertad donde poder decir lo que nos dé la gana? ¿Donde respirar sin cortapisas? Vivimos en un mundo de normas invisibles. Casi cien leguas se pierde cada día en el mundo. Las cosas te definen y te asfixian. La historia de los caminos que nunca tomamos es la más difícil de imaginar.



Recuerdo que cuando cayó en mis manos En el camino, de Jack Kerouac, era ya demasiado tarde. Yo tenía 15 años. Corría los ochenta y España vivía la euforia de un esplendor económico que no tardaría en caer por su propio peso. La expansión económica era una carnaza para el proletariado que confundió la sociedad del bienestar con la acumulación de horas extras, segundas residencias y unas deudas que nunca acabarían de pagar. Los jóvenes se volvieron conservadores. El proceso económico no hace a la gente progresista, sino conservadora. Las universidades se abarrotaron de estudiantes de cuyas carreras escogidas se orientaban a las necesidades de la producción. Las necesidades de subsistir por un sueldo los había obligado a interesarse en el juego sutil, complejo e infinitamente fatigoso de los ascensos.



Como decía, leí En el camino en un momento crucial de mi vida. Trabajaba sólo por dinero debido a la moral de mis padres. Tenía que trabajar mucho y ahorrar para prevenir el futuro. Sí, yo venía de una de esas familias abyectas y rapaces. Un padre dilapidador e irresponsable que me marcó prematuramente, con devastadores sufrimientos y reveses morales. Me sometía forzosamente a una vida, que por otro lado, nunca le funcionó a él. Con mis padres todo quedaba aplazado respecto a lo que era para mí valioso y delicado. Lo primordial para ellos era tener una existencia recoleta y un mundo en el cual todo debía estar organizado. No recuerdo quién dijo que quien desde un principio obedece, ya no puede dejar de obedecer. He despreciado a esa gente que se creen grandes porque trabajan sin descanso, pero esos trabajos eran una prueba de sus debilidades. Estaban condenados a aprender todas esas cosas inútiles al precio de sus sudores: eran esclavos antes de nacer y desgraciados antes de vivir.



Tras finalizar la lectura de la novela de Kerouac, en sólo un día, como un zarpazo brutal, la vida me echó encima todo el peso de una realidad que durante años me habían escamoteado mis padres. Tuve conciencia por primera vez de la eterna traición entre generaciones, el choque de valores entre padres e hijos, porque ven el mundo inevitablemente de otra manera, concepto que hoy ha perdido el verdadero sentido. "Los seres humanos no deben sucederse unos a otros." Goethe. No tenía una idea clara de lo que tenía que hacer en la vida y, sobre todo, de lo que me convenía, pero supe que el colmo de la miseria era la repetición, es decir, hacer siempre las mismas cosas sin esperanza de cambiarlas o de que nos cambien. La indolencia y la apatía. No podía vivir sin una libertad espontánea de movimiento. Intuí que toda negación significaba una búsqueda. Pero como acabo de decir, los tiempos no daban para mucho. Mitifiqué un país (Estados Unidos) como se mitifica todo lo que consideramos inalcanzable.



En la novela corrían los años cincuenta cuando un grupo de artistas rechazaban las convenciones de su tiempo. Situación en la época posterior a la Segunda Guerra Mundial, el relato de Sal Paradise de sus viajes a través de Estados Unidos se convirtió en emblemático de la lucha por retener la libertad del Sueño Americano en un momento histórico más sobrio. El rechazo a la conformidad doméstica y económica en favor de la búsqueda de comunidades libres y abiertas y de experiencias individuales intensificadas fueron constituyentes claves de la emergente cultura beatnik. Luego supe que Kerouac murió de una forma ambigua impropia de él, irónica. Habría sido mucho mejor que hubiera terminado como James Dean o como su amigo Neal Cassaday, que había muerto de frío en una vía de tren. Kerouac murió prácticamente en la casa de su madre. Estaba viendo la televisión. Se levantó del sofá para ir a la cocina en busca de una cerveza. De repente vomitó sangre, y, aquí se acaba la historia. Comprendí que somos unos pobres diablos uncidos de por vida a un destino mediocre. No ignoro lo que significa que el entorno se convierta en extraño y deje de gustarnos, quiero decir que hemos envejecido de golpe, sin apenas percibirlo y entonces nos sumergimos en la melancolía. Jack tenía 47 años cuando murió.



Con el tiempo dejó de interesarme el movimiento de los sesenta, tras la generación beatnik de los cincuenta. Lo consideraba fuegos de artificio, decepcionante, como si un desenlace prometedor hubiera quedado truncado. Los Beatles, por ejemplo, no fueron unos héroes de la contracultura, sino capitalistas que explotaron a los jóvenes con fines comerciales. Hicieron tanto por representar los intereses de los jóvenes de la nación como las Spice Girls de los años noventa. Mayo de 68 empezaron una revolución y acabaron metiéndose en publicidad. Mayo de 68, que debía haber alumbrado una nueva civilización y que no supo, en cambio fue el final de la edad de las ilusiones. Creo que no hubiera sido mi fiesta. Sobraba agresividad y exhibicionismo. Aquello no fue un movimiento de clase social, sino algo más simbólico y plural, En fin, uno es poco adicto a los ideales colectivos. El futuro es solamente un inmenso vacío, la de que el futuro no es más que el tiempo de que el eterno presente se alimenta. El presente intenta dominar un futuro que ya no puede ser vivido. El mañana a expensas del hoy, el hoy que nunca llega a tiempo, que pierde siempre sus apuestas. Hemos aprendido, o no, que en realidad, pocas cosas condicionan más nuestra libertad en el futuro que el uso que hayamos hecho de esa misma libertad en el pasado. Sueños enconados y aviesos. Horrible sueño, desencadenados pensamientos en la vigilia. Llegamos muy cansados y heridos a los lugares más comunes. Se nos rebela lo cercano creyéndolo de siempre lejano. Ese oscuro camino que separa el deseo de la realidad; o mejor, la irreversible pérdida de identidad del hombre contemporáneo, anclado en un mundo que ni controla ni entiende, en el que las voces y los ecos se confunden en medio de una niebla miserable e inquietante. Un mundo peligroso porque está sin control, porque el orden es un nuevo apunte terminológico y porque se ha arruinado la espontaneidad de los individuos. A veces parece que haces cosas en la vida que no van a ninguna parte, pero todo suma. Hemos perdido el norte. Nos sentimos desorientados. Nos engañamos y no somos capaces de encajar nuestros problemas. Cada cual pierde lo que busca, pero además se pierde en lo que busca, un destino común. Llevamos la tristeza en los ojos, espejo del mundo.


Hoy pienso que cada uno opta por las opciones que la vida te permite escoger. Ya no estamos enojados con nuestros padres sino con nosotros mismos. La vida está hecha, desde muchos años atrás, de malentendidos. El tiempo se detiene cuando vemos claramente que toda acción es inútil o dañosa. Nada es de ningún sitio concreto y que el estado más lúcido del ser humano es no tener nada y sentirse extranjero siempre. No hay destino que no supere el desprecio. Frente a la mirada transfiguradora existe la mirada claudicante. El desánimo, la tristeza, el aburrimiento, la desesperanza, sólo permite ver un paisaje desolado e intransitable. La moral, la historia y la experiencia de cada día nos enseña que para alcanzar el equilibrio no hay una infinidad de secretos, no hay más que uno: someterse. Significa, pues, el paisaje de cada uno la esfera, de sus capacidades, todo lo que puede aspirar a ser y, al propio tiempo, el coto cerrado del cual no puede salir jamás. El paisaje es nuestra limitación, nuestro destino.

Ya no estoy en condiciones de rehacer mi vida sino para terminar mis días en condiciones aceptables, y eso ya encierra una gran proeza. Ya no van quedando opciones en el mundo. A mí ahora el afecto me ancla ya la memoria.

                     
                               

miércoles, 5 de enero de 2011

Mitología irracional



A Billy Wilder se le ocurrió una idea genial para hacer una película con mis admirados hermanos Marx. Teniendo en cuenta que esta idea la tuvo cuando estaba en su mejor momento, justo entre Con faldas y a lo loco (1959), y El apartamento (1960), es de suponer que habría podido dar buenos resultados. Wilder tuvo su "ocurrencia marxiana" en el invierno de 1959, cuando se encontraba en Manhattan rodando los exteriores de El apartamento y las crisis diplomáticas con Khrushcheu y Castro estaban en pleno apogeo.

Wilder transmitió esta idea a su colaborador I.A.Diamond en un vuelo de regreso a Los Ángeles, y antes de aterrizar ya tenía el argumento (una historia lúcida creada en las nubes, lejos de las ciudades paranóicas). Groucho sería el cabecilla de una banda que planeaba robar la joyería Tiffany (mal asunto para Audrey Hepburn), mientras la policía estaba preocupada por la seguridad de las Naciones Unidas. Harpo sería el encargado de abrir todo tipo de cerraduras y Chico el tipo duro del grupo. Después de hacerse con los diamantes, intentarían llegar hasta el puerto para coger un barco, pero un piquete anticomunista se lo impediría. La policía los tomaría por la delegación de Latuia y los escoltaría hasta la embajada de este país. Harpo haría un discurso mudo ante la asamblea de la O.N.U., con abundantes bocinazos que cada intérprete traduciría a su modo.

Wilder declaró: "Queremos hacer una sátira sobre el deterioro de las relaciones diplomáticas, la política de la cuerda floja, los chistes salvajes sobre la bomba atómica, este tipo de cosas". Presentó el proyecto de cuarenta páginas a sus promotores, que fue aceptado sin discusión y podría haberse convertido en una Sopa de ganso (1933) de la década de los sesenta, pero cuando Wilder tuvo que descartar a Chico y Harpo, debido a sus problemas de salud, llegó a la conclusión de que la película no funcionaría con nadie más.



Han pasado cincuenta años desde que Wilder ideó su gran película desde las nubes bajo un cielo más azul, y, la historia le ha llevado la razón. Hoy, el ser humano es más historia que naturaleza. ¿Tiene sentido la Historia o es una cadena de casualidades, absurdos y bromas trágicas? El antropocentrismo del siglo XIX ha quedado conmocionado por la serie de catástrofes históricas del siglo XX, empezando por las guerras mundiales y terminando por el totalitarismo. El camino de la civilización a desembocado en una sucesión de masacres que no parece tener fin, y cada idea, cada principio, tiende a transformarse en una mitología irracional. No hay modo de impedir que una generación se tape los ojos; la historia sigue moviéndose por impulsos no dominados por completo, por convicciones parciales y no claras, por decisiones que no son decisiones y por necesidades que no son necesidades. "... la historia, esa obnubilación en marcha", E.M.Cioran. Es mejor no esperar nada de una revolución porque la humanidad ha repetido siempre los mismos errores, la burocracia, la mediocridad extrema de los jefes y, en los períodos algo agitados, cuando la gente se pone nerviosa, el patíbulo. El tono de una civilización lo da la obra media de nuestra época, caracterizada por el proceso técnico, por el olvido del la ética, por los cambios sociales acelerados, por el despegue de nuevas economías y por la rápida evolución de otras, nuestra obra media es kitsch. Estamos en el siglo donde florece la vulgaridad. Es el siglo del hombre común. "Hemos llegado al fin de la Historia", Francis Fukuyama. Wilder lo sabía como lo sabía Michelet: "Hay que faltarle el respeto a la historia para entender la historia." ¿No son las películas de los hermanos Marx las más sensatas de todo el siglo XX? Me maravillo a menudo de que la historia resulte tan pesada porque gran parte de ella es pura invención. Estamos medio hundidos en el pantano y nos salvamos por los pelos; una muestra más de nuestra tenacidad en amargarnos la vida. "Todo se hace pedazos, toda coherencia ha desaparecido", John Donne.

Siempre suelo hacerme una pregunta un tanto inquietante: ¿qué sistemas sociales invisibles se están urdiendo?
"¿Ve usted? Eso es la historia: el devenir de lo irreparable", Cioran.

lunes, 3 de enero de 2011

Principios para el nuevo año



"Estos son mis principios; si no les gustan, tengo otros."
Groucho Marx

Acaba de empezar el año y uno tiene la obligación moral de prepararse unos principios básicos de protección para los embates y varapalos que nos tiene preparado el 2011.

1. Evitar a toda costa a los pedantes.

Dos vacas están pastando cuando una se vuelve y le dice a la otra:
-Aunque pi se suele abreviar con cinco números, en realidad progresa hasta el infinito.
La segunda vaca se da la vuelta y le responde:
-Muuuu.

2. No caer en la tentativa del optimismo.

El optimista piensa que éste es el mejor de los mundos posibles. El pesimista teme que así sea.

3. Evitar las prisas. Tomarse las cosas con mucha calma.

Alguien llama a la puerta, pero cuando la mujer abre, sólo ve un caracol. Lo coge, y lo tira al jardín. Dos semanas después, llaman de nuevo a la puerta. La mujer la abre y se encuentra otra vez con el caracol, que dice:
-¿Por qué has hecho eso?

4. Evitar todo contacto con aquellas personas que programan el futuro de los demás.

Una abuela paseaba por una calle con sus dos nietos. Se encontró con un amigo que le preguntó cuántos años tenían. La señora respondió:
-El médico tiene cinco y el abogado siete.

5. Tener muy en cuenta que la obligación primaria de la inteligencia es desconfiar de ella.

Holmes y Watson se han ido de acampada. En plena noche, Holmes se despierta y le da un codazo a Watson.
-Watson-le dice-, mire y dígame qué ve.
-Veo millones de estrellas, Holmes-responde Watson.
-¿Y qué conclusiones saca, Watson?
-Bueno-dice-. Astronómicamente veo que hay millones de galaxias y, potencialmente, miles de millones de planetas. Astrológicamente, observo que Saturno está en Leo. Por la hora, deduzco que son aproximadamente las tres y cuarto. Meteorológicamente, sospecho que mañana hará un día espléndido. Teológicamente, contemplo la grandeza de Dios y nuestra pequeñez y sinsentido. Esto... ¿y usted qué ve?
-Watson, estúpido, ¡que alguien nos ha robado la tienda!

6. Consumir lo menos posible.

-¿Cuál de las siguientes cosas no pertenece al conjunto: herpes, gonorrea o, una pantalla de plasma 3D?
-Está claro, la pantalla de plasma.
-No, la gonorrea. Es la única cosa de la que te puedes librar.

7. Ya no puedo fumar en mis cafés favoritos, pero no dejaré de fumar.

Los investigadores del Instituto Nacional de Sanidad capturaron un conejo salvaje y se lo llevaron al laboratorio. Cuando llegó, se hizo amigo de un conejo que había nacido en el laboratorio. Una tarde, el conejo salvaje reparó en que no habían cerrado bien su jaula y decidió apostar por la libertad. Invitó al conejo de laboratorio a unirse a la fuga. Pero éste no lo veía claro; no había estado nunca fuera del laboratorio. Finalmente, el conejo salvaje lo convenció de que lo intentara.
-Te enseñaré el tercer campo-le dijo el conejo salvaje una vez que estuvieron los dos en libertad, y llevó al conejo de laboratorio a un huerto de lechugas.
Después de comer hasta hartarse, el conejo salvaje dijo:
-Ahora te enseñaré el segundo mejor campo-y se llevó al conejo de laboratorio a una plantación de zanahorias. Y llevó al conejo a una conejera llena de conejas. Todo un paraíso donde pasaron la noche haciendo el amor como conejos.
Cuando estaba apuntando el alba, el conejo de laboratorio anunció que tenía que volver al laboratorio.
-¿Por qué?-preguntó el conejo salvaje-. Te he enseñado el campo número tres, el de las lechugas; el número dos, el de las zanahorias; y el número uno, el de las chicas. ¿Por qué quieres volver al laboratorio?
-No lo puedo evitar-respondió el conejo de laboratorio-. ¡Me muero por fumarme un cigarrillo!

8. Evitar los gimnasios, la verdura hervida, el footing, los rayos uva, el lifting, etc.

Cuando Julio cumplió los setenta, decidió cambiar completamente su estilo de vida para vivir más años. Se sometió a una dieta muy severa, daba largas caminatas, nadaba y tomaba el sol. En tres meses, Julio perdió cinco kilos, redujo quince centímetros el perímetro de su cintura y aumentó doce centímetros el pecho. Esbelto y bronceado, decidió dar el toque final a su aspecto con un corte de pelo deportivo. A la salida de la peluquería, le atropelló un autobús.
-¡Dios mío!-gritó cuando yacía moribundo-. ¿Cómo has podido hacerme esto?
-A decir verdad, Julio-dijo una voz que procedía del cielo-. ¡No te he reconocido!

9. Tener en cuenta:

Si tengo que coger un avión, debo llevarme una bomba, por cuestión de seguridad. Por un cálculo de probabilidades, es prácticamente imposible que haya dos personas con una bomba en el mismo avión.

10. Evitar a toda costa las tentaciones religiosas. No confiar en la caridad.

Un hombre está rezando:
-Señor-ruega-, me gustaría hacerte una pregunta.
El Señor le responde:
-Ningún problema, tú dirás.
-Señor, ¡es verdad que, para ti, un millón de años no son más que un segundo?
-Sí, es verdad.
-Muy bien, entonces, ¿qué son para ti un millón de euros?
-Para mí, un millón de euros no son más que un céntimo.
-Ajá...-le dice el hombre-. Señor, ¿me concederías un céntimo?
-Claro que sí-dice el Señor-. Espera un segundo.

11. Desconfiar radicalmente de los políticos, y, sobre todo, de los empresarios.

ENTREVISTADOR: Señor, ha amasado usted una fortuna considerable a lo largo de su vida. ¿Cómo hizo el dinero?
MILLONARIO: En el sector de las palomas mensajeras.
ENTREVISTADOR: ¡Palomas mensajeras! ¡Es fascinante! ¿Y cuántas habrá vendido?
MILLONARIO: Sólo una, pero siempre regresa.

12. No caer en la vanidad.

PINTOR: ¿Qué tal van mis ventas?
PROPIETARIO DE LA GALERÍA: Bueno, pues tengo buenas y malas noticias. Vino un hombre y me preguntó si eras un pintor que se revalorizaría al morir. Cuando le dije que pensaba que sí, compró todo lo que tenía tuyo en la galería.
PINTOR: ¡Vaya! ¡Es maravilloso! ¿Y las malas noticias?
PROPIETARIO:El comprador era tu médico.

13. Desear siempre lo mejor a todos los que me rodean.

-Antonio, espero que vivas cien años, y tres meses.
-Gracias, Paco. Pero ¡por qué "y tres meses"?
-Es que no quiero que mueras de repente.

14. Tener muy en cuenta en todo este año la premisa de que la historia del mundo es la suma de aquello que hubiera sido evitable.