lunes, 28 de febrero de 2011

Fantasmas errantes


La tristeza nos hace bellos. La soledad, únicos.
F. M. E

Cabalga solo, aparece en la película poco después de los títulos de crédito y (si sobrevive), desaparece coincidiendo con el principio. La película le pertenece a él: el mundo que hemos contemplado habría permanecido inédito de un ser por su llegada, y su paso por él deja una huella profunda e indeleble. Sin embargo, no puede quedarse, ya que no pertenece a ese mundo. Alguien puede mostrarse agradecido por lo que ha hecho, mostrarle su afecto, rogarle que se quede. Pero no puede. Ha visto cosas, quizá ha hecho cosas, que no le permiten vivir tranquilo. Aunque puede haber contribuido a defenderla, la civilización no tiene sitio para él. En realidad, no hay sitio para él en ninguna parte.


Esa nueva tendencia de los héroes del Oeste puede apreciarse más claramente comparando dos grandes westerns de los 50 y sus respectivos protagonistas: Raíces profundas (1953), con Alan Ladd, como Shane, el pistolero que huye de su pasado, y Centauros del desierto (1956), con John Wayne, como Ethan, el hombre que busca incansablemente a su sobrina para darle muerte, por considerarla deshonrada por los indios. Tanto Shane como Ethan surgen de la nada y se presentan en un lugar aislado amenazado de ataque. Cada uno de ellos arrastra un pasado de violencia, cuyos detalles precisos siguen siendo un misterio tanto para los otros personajes como para el propio público. De manera indirecta, ambos expresan un amor imposible hacia una mujer que no podrá ser nunca suya (Jean Arthur, en Raíces profundas y Dorothy Jordan en Centauros del desierto). En las dos películas, los protagonistas adoptan de manera más o menos oficial a un joven discípulo (Brandon de Wilde en la primera y Jeffrey Hunter en la segunda). Finalmente, ambos intervienen decisivamente en la vida de una pequeña comunidad, enfrentándose a un siniestro adversario, Shane al pistolero a sueldo Wilson (Jack Palance), Ethan al salvaje jefe indio Scar (Henry Brandon), que es, en cierta medida, su complementario. Los dos salen vencedores y, al final de la película, prosiguen su solitario camino, alejándose de esa civilización que ellos mismos han contribuido a consolidar, pero en la que se sienten incapaces de integrarse.

Las modificaciones introducidas en los 50 se perpetuarían en los westerns de posteriores décadas y, según el género se fue haciendo cada vez más esotérico, la figura del vaquero solitario fue transformándose en un ingrediente crecientemente estilizado del western. Los valientes andan solos (1962) tiene como protagonista a un cowboy (Kirk Douglas), que se aferra a normas y valores anacrónicos en una sociedad moderna, cada vez más impersonal y mecanizada. Los westerns del poeta Sam Pekinpah, Duelo en la alta sierra (1962), La balada de Cable Hogue (1970), o Junior Bonner (1972), ejemplifican mejor que cualquier otro título esta nueva tendencia del Oeste crepuscular.



En los westerns italianos de Sergio Leone, el vaquero solitario se transforma en una figura deshumanizada y casi grotesca. El hombre sin Nombre (Clint Eastwood) de Por un puñado de dólares (1964), La muerte tenía un precio (1966) y El bueno, el feo y el malo (1967) es un cazador de recompensas que mata sin el menor remordimiento de conciencia (aunque no indiscriminadamente). El misterioso hombre de la armónica (Charles Bronson), de Érase una vez en el Oeste (1968) y el Clint Eastwood de posteriores películas llevan esta figura del pistolero vengador hasta extremos delirantes. En casi todos los casos, los personajes que interpretan no son ya ni siquiera humanos, sino fantasmas vueltos de ultratumba para ajustar cuentas con los vivos; El jinete pálido (1985), remake genial de Raíces profundas. Mientras que el de las películas interpretadas por Bronson contribuye a consolidar la leyenda del Oeste, abriendo caminos para una visión épica del progreso, el de las interpretadas y dirigidas por Eastwood es todavía más perverso y no se queda satisfecho hasta haberlo puesto todo patas arriba y convertido el mundo en un verdadero infierno. Una vez logrado se marcha también a lomos de su caballo: pero ¿a dónde?


jueves, 24 de febrero de 2011

Fuga de luz



Hay una lentísima fuga de la luz que va resbalando por las hojas del membrillero, y al pie del árbol, como un cazador, está Antonio López con un lienzo en el caballete que parece una trampa tendida para atraparla. Esa luz es otro río de Heráclito, en el cual nadie podría bañarse nunca dos veces. Ella fluyendo transforma la sustancia de todos los seres, y el tiempo no es sino la copa de cristal donde la luz se teje y se desteje siempre a sí misma. Intentar captarla en un lienzo es el trabajo imposible de este pintor que en la película convierte su propia impotencia en una obra de arte. Es una tarde de otoño, y los membrilleros ya están dorados. Se oyen pitidos de trenes que parten hacia su destino o llegan a la ciudad desde lugares desconocidos. La vida pasa. En la superficie de las cosas, la vida va dejando minuciosas heridas, una memoria amarilla, imágenes de una fotografía de juventud que ya se ha perdido. La cámara de Víctor Erice analiza los ojos del artista apostado junto al membrillero cuando en sus ramas se posa la luz en forma de ave que nunca se dejará cazar. Mientras espera el momento de fijarla en el lienzo también se escucha la ciudad respirando a través del sonido de las ambulancias, y el sol rueda por la tapia camino ya del invierno, que trae aguaceros sobre el cobre de todos los árboles, pero cada membrillo es el mundo y también el alma entera del pintor. La pasión, según Víctor Erice, consiste en que el pintor desee la luz hasta el fondo de la materia; que la imposibilidad de poseerla se convierta en amor o tal vez en melancolía; que al final esa impotencia se transforme en un sueño; que sólo dentro del sueño el artista sea capaz de soñarla, la fusión del sol con el membrillero equivale a un tiempo capturado; ese que te destruye después de haberte hecho inmortal un instante, el que te permite exhalar el mejor perfume un momento antes de que se inicie tu putrefacción.



                      

miércoles, 23 de febrero de 2011

Los sobornados



Los sobornados (1953), es una de las típicas películas de gangster de los 50 y, al mismo tiempo, la mejor película realizada por Fritz Lang durante dicha década. Típica de la época en la preocupación por la delincuencia organizada y sus relaciones con la policía y la corrupción judicial. Las investigaciones del Comité Kefauver había revelado la existencia de verdaderos imperios del hampa, que pagaban a los policías, y el tema reapareció a todo lo largo de los 50.

Los principales protagonistas de Los sobornados, Mike Lagana y Dave Bannion, son ambos tipos representativos del cine de gángster. Lagana es, en apariencia, un italoamericano próspero y respetable. Pero, debajo de esa fachada se oculta un implacable rey del hampa, dispuesto a eliminar a cualquiera que se interponga en su camino. Tiene al Comisario de policía en el bolsillo y puede incluso utilizar las fuerzas policiales para obstruir las investigaciones de Bannion.


Bannion (Glenn Ford) es el típico policía honesto y amargado, que decide hacer justicia por su cuenta. En un determinado momento recibe la ayuda de lo que no es de hecho sino un ejército privado, un grupo de amigos del servicio militar de su cuñado, que aparecen armados hasta los dientes para montar guardia y proteger a la hija de Bannion, dispuestos a enfrentarse a los gángsters en caso necesario.

El suicidio del sargento Tom Duncan, con el que se inicia la película, fija ya la atmósfera de violencia en la que se desarrollará toda ella. Aunque algunos de los incidentes no son mostrados, sino sólo comentados por los personajes, el estado de ánimo reinante en Los sobornados es el de brutalidad sin paliativos, como queda claro en el café hirviendo que Vince (gran Lee Marvin) arroja al rostro de Debbie (Gloria Grahame), la bomba en el coche y varias palizas y peleas a punta de pistola que la película contiene. Los sobornados marca el paso gradual de la violencia implícita o sugerida de las películas de los 30 y los 40 a la violencia mucho más gráfica y explícita de los 60 y los 70.



Los tensos diálogos de Los sobornados fueron escritos por Sidney Boehm, que había trabajado anteriormente como periodista especializado en el mundo de la delincuencia. La labor de dirección es vigorosa y directa; el ritmo de la película, rápido y sin descanso. Lang resumió su forma de enfocar Los sobornados cuando dijo: "Hay que mostrar al protagonista de manera que el público pueda sentirse identificado con él. En primer lugar, utilizo la cámara para mostrar las cosas desde el punto de vista del protagonista (siempre que sea posible). De ese modo, los espectadores se ponen en su lugar y piensan junto a él." Lang construyó la película de tal manera que la tensión fuese el argumento. Por ejemplo: Glenn Ford está sentado, junto con su hija; la mujer sale para meter el coche en el garaje. Se oye una explosión. Al no mostrarla, se logra primero el efecto de shock y sorpresa. ¿Qué ha sido eso? Ford sale corriendo. Ni tan siquiera puede abrir el coche. Ve sólo la catástrofe. Inmediatamente el público siente lo mismo que él.


La interpretación es espléndida. Glenn Ford combina su tenacidad e integridad como policía, con la profunda sensibilidad y vulnerabilidad del hombre que intenta mantener intactos sus ideales en un mundo corrompido y dominado por el crimen. Gloria Grahame está perfecta como la amiguita de un gangster, que al final provoca la caída de ese imperio del hampa; sus mordaces comentarios reflejan el conflicto interno entre el amor al lujo y al dinero y el desprecio que siente hacia el hombre que le proporciona ambas cosas. El elegante y omnipotente rey del hampa, interpretado por Alexander Scourby, el sádico sicario encarnado por Lee Marvin y la fría y corrompida viuda, interpretada por Jeanette Nolas, son tres vigorosos estudios sobre el mal y la depravación.

En las películas de Fritz Lang, Los sobornados, Mientras Nueva York duerme, nos enseña, a través de la crisis de sus personajes masculinos que soportan la posguerra, un mundo esquizoide, pesimista, incómodo, que conduce al crimen, al soborno, a la mentira, a una confusa sexualidad. Las mujeres de Lang siempre están prisioneras del deseo, del dinero, de la ansiedad, del destino; o de una existencia gris, vulnerable; se sienten desplazadas por su propia cotidianidad, sin un sitio real. La ciudad se ha transformado en un lugar extraño, duro, inhóspito, que te trata mal, que no te proporciona un buen empleo ni una casa agradable para vivir. En las grandes ciudades el amor siempre declina, y el lado oscuro, y oculto, de las personas se abre y enturbia la atmósfera.

Corren unos tiempos ideales para volver al cine de Fritz Lang.


lunes, 21 de febrero de 2011

El silente



Era conocido en la provincia gris con el apodo de El silente. No se relacionaba con nadie y llevaba trabajando toda la vida reducido a una angosta oficina bastante destartalada que le condenaba de una manera tácita, precisamente por lo inocuo de su alma. Es la mate y grisácea humanidad, de la que forma parte como miembro estupefacto. Es el emblema programático de ese silencio, mantenido con una dignidad de la que muy pocos han tomado ejemplo. En él se encuentra la más precisa y desolada imagen de la derrota; la derrota en un empeño de nadie sabe qué procedencia y que atiene cualquier mirada interrogante con el índice sobre los labios, celando con el silencio todo rastro de historia previa.

El silente era mayormente conocido por su puntual presencia ante todo moribundo que yacía en su cama. Los habitantes de la provincia habían integrado dicha costumbre como un hecho fehaciente más dentro de todas las costumbres que conlleva una ciudad pequeña, aislada y recelosa por todo lo que pueda amenazar lo ya establecido. Nadie le decía nada. Él, no decía nada. Se limitaba a observar al moribundo y después se iba por donde había venido. El silente recordaba a la perfección todas aquellas visitas a lo largo de su vida. Recordaba al primer moribundo: su abuelo. Él era un adolescente hambriento de conocimientos existenciales. Su abuelo yacía en su lecho de muerte. Hijo mío, le dijo, tienes que trabajar duro y ser obediente. Toda una vida, se dijo El silente, para omitir unas últimas palabras que no me servirán para nada. La edad no trae aparejada necesariamente la sabiduría u otros valores a menudo no trae nada más que la edad.

El silente se encontraría con situaciones similares en donde familiares y conocidos no sentían el menor apego, hablando en habitaciones anexas a la del moribundo, sobre temas baladíes, ajenos al padecimiento de una vida que se apagaba para siempre. En otras ocasiones, llegó a percibir casos de algunos moribundos con la pavorosa y tardía toma de conciencia de una vida mal vivida. Éstos no se atrevieron a decir ni una sola palabra, quizá, porque sus familiares no lo merecían. El silente visitó una vez a un moribundo que se encontraba solo en una habitación de una residencia. La habitación estaba ligeramente iluminada por los rayos de sol que penetraban a través de las persianas. Mirar un rayo de sol en una habitación oscura, pensó, está lleno de polvo. No hay nada más sucio que un rayo de sol. El moribundo creyó que era uno de sus hijos, que por otro lado, nunca iban a visitarlo. El silente no dijo nada. Se limitó a estar allí, simplemente. El intolerable dolor físico y la espeluznante intuición de la muerte cercana, empujó al moribundo a un inmisericorde examen de conciencia, a revisar en un gradual regreso mental a su infancia las diversas etapas de su vida. Tal revisión le persuadió de que, de hecho, su vida había sido mal vivida como, a decir verdad, lo ha sido también la de sus familiares y colegas, y que lo que tanto ahínco y apremio había deseado alcanzar en sus diversas funciones laborales, marido, padre de familia y ente social había sido un espejismo o una voluntaria y falsa percepción de la realidad, peor aún, una fruslería.Envejecer es vivir de prólogos y epílogos, se dijo El silente. La vejez no es una batalla, es una masacre. Resulta cruel descubrir la mediocridad propia cuando ya es demasiado tarde. La vejez en definitiva, no es más que el castigo por haber vivido. Ni siquiera mi muerte será sorprendente: vendrá a su hora.



El silente llega todos los días a la misma hora a su casa no muy diferente a la angosta y destartalada oficina. Se pone a escribir en hojas sueltas que campan por doquier. Son miles. Todas ellas escritas por una obsesión: un ensayo interminable del relato de Herman Melville, Bartleby, el escribiente. En su casa solo hay dos libros: Bartleby y Ivan Ilich, de Lev Tolstói. Se pone a escribir:

"El misterio que rodea a Bartleby, que su imagen y su actitud alcanzan por momentos resonancias no humanas. Tal como advierte el autor al comienzo del relato, cualquier intento de rastrear su identidad o procedencia está condenado al fracaso. Solo al finalizar la narración, sabremos que un empleo que ejerciera en el "Departamento de Cartas Muertas", es decir, sin destinatario posible o real y sin remitente al alcance, un dato que cierra la noche con un brochazo pálido e inquietante, y que deja en el espíritu la sospecha de haber asistido a la visita de una presencia espectral del reino de lo prohibido, de lo oculto, cuya entidad no se agota con cualquier posible aproximación, pues las encierra todas, remitiéndolas a una mucho más profunda."

viernes, 18 de febrero de 2011

El espíritu censor



Leo en un artículo de Javier Marías:

Un editor estadounidense ha decidido reeditar Huckleberry Finn, de Mark Twain, sustituyendo la palabra despectiva "nigger", que los personajes del siglo XIX emplean, por "esclavo", y la más bien humorística "inju" (Transcripción de una determinada pronunciación de "indian") por no sé bien, seguramente por "americano nativo", que es como ahora exige el espíritu censor que se denomine a comanche, siux, cheyenes y demás. Lo peor de todas estas iniciativas no es su ridiculez intrínseca, sino el ánimo que subyace a ellas, y que no es otro que el de mentir, falsear, ocultar, tergiversar, adulterar y censurar el pasado, la historia y la literatura. Ya que el pasado no fue como debería haber sido ni como el presente que aspiramos a instaurar, vamos a falsificarlo sin más." Leer el artículo completo aquí.

Olé por el editor americano. No voy a tener la presunción de pensar que soy yo el que está en lo cierto. Pero sí digo lo de la imbecilidad reinante es de que muchas de las cosas que suceden ahora son agresivas, como la creciente incapacidad de mucha gente para razonar, para argumentar, para incluso entender una argumentación. Cada vez hay menos permisividad para muchas cosas. Eso llamado políticamente correcto. Los problemas de libertad se resuelven con más libertad; no con menos. Incluso en la propia percepción de la sociedad se detectan mermas de libertad. Y luego, hoy, cualquier imbecilidad que se diga o se haga prospera. Quizá por ese falso respeto que existe por el cual todo está bien, toda opinión es respetable. No confundamos. Es respetable que alguien emita su opinión, su derecho a opinar. Pero hay opiniones despreciables. Hoy, se da una especie de exacerbación del democratismo, pero mal entendido. Porque una cosa es que todo el mundo sea inicialmente igual y otra que, después de que cada uno haga lo que hace, también siga siendo igual. Todos somos iguales en principio, pero al final no lo somos.

El editor estadounidense ha dado la señal de salida. Luego vendrán todos los demás: editores afiliados a La Sociedad Protectora de Animales. Reeditarán, por ejemplo, Moby Dick, sustituyendo la mala baba del capitán Ahab por un hombre concienciado que acaricia la cabeza de la gran ballena blanca. Reeditarán Colmillo blanco, sustituyendo al hermoso lobo por un perro atado a una correa con todos lo papeles en regla, seguido de su amo con un guante de plástico a la espera de que el perrito se cage. Vendrán los editores de gimnasio antitabaco y sustituirán la bebida y los cigarrillos en las novelas de Dashiell Hammett y Raymond Chandler, por zumo de piña y chupa chups. Las prostitutas de Bukowski por buenas samaritanas...

No quiero dar ideas porque siempre he mantenido que las cosas irreales han determinado nuestras vidas más que las reales, y no quiero acabar con la sensación de que me he convertido en una especie de fantoche justiciero con la obligación de fabricar la catarsis a cualquier majadero que te exige el culto de su manía. Por favor.


jueves, 17 de febrero de 2011

Movimiento descendente



"Acababa de bajar de la luna y ya se había instalado como en la luna."
Robert Musil, El hombre sin atributos


El otro día me vino a la cabeza esas palabras de Paul Bowles en las que se lamenta del limitado número de oportunidades que nos concede la vida para hacer o contemplar las cosas que nos gustan. "¿Cuántas veces verás la luna llena levantándose? ¿Quizá otras veinte veces?". Y se lamenta luego de la fragilidad, de la tacañería con que nos ofrece aquello que, en nuestra inconsciencia, juzgamos como ilimitado.

Una de las misteriosas leyes de la vida es que descubrimos siempre tarde sus auténticos y más esenciales valores: la juventud, cuando desaparece; la salud, tan pronto como nos abandona, y la libertad, esa esencia preciosísima de nuestra alma, sólo cuando está a punto de sernos arrebatada o ya nos ha sido arrebatada. Sí, han pasado los años. El ingreso en el bachillerato, el pantalón largo, la universidad, el primer amor, el trabajo, la boda, los hijos, la muerte de un familiar, el éxito de la empresa y así sucesivamente hasta llegar a una edad en que se vuelve la vista atrás para analizar las cosas que habíamos vivido y comprobar que nuestra biografía no era sino una crónica de sucesos sujeta a una serie de fechas, que se habían transformado en un collar de perro a nuestras gargantas.

No nos hacemos más fuertes con el paso de los años. La acumulación de penas y sufrimientos va mermando nuestra capacidad de soportar el dolor, y como el padecimiento y la tristeza son inevitables, incluso un pequeño revés en la edad tardía puede repercutir con la misma fuerza que una tragedia cuando éramos jóvenes.

Nos vemos obligados a tomar decisiones demasiado pronto, basándonos prácticamente en nada, y luego acabamos viviendo estas vidas distintas en que nos vemos apresados. Una vez encerrados, no vemos el modo de salir.


De joven también miraba la luna, como Bowles, pero dejé de hacerlo cuando supe que nuestro satélite se está cayendo siempre. Tiene un movimiento lateral propio que equilibra su movimiento descendente. Por tanto, permanece en una órbita cerrada de la tierra, sin caer y sin escapar.


                            

miércoles, 16 de febrero de 2011

Del infierno al cielo



Keith Richards, músico salvaje a quien ni siquiera ha acabado por el momento de domar a sus tres nietos, iracundo, directo, transparente, de vuelta de todo, poniéndose el mundo por montera cuando habla de su turbia relación con las drogas, de su amistad con Mick Jagger o de sus sentidos de culpa. Se pregunta si vale la pena gastarse 100 euros para escuchar a unos tíos que de mala manera controlan el riff de Brown Sugar. Su fular estampado de calaveras, haciendo gala últimamente de su imagen corsaria que le ha valido el papel de padre de Jack Sparrow en Piratas del Caribe, elegante sobrero beis y sus anillos dignos de un legendario adepto al vudú en los dedos. Recientemente le digeron que no tenía mal aspecto. Keith se ha metido en el cuerpo de todo y él respondió que no estaba tan seguro de que las drogas afectasen tanto como dicen. Joder, y yo que con un par de cañas y medio porro ya me subo por las paredes.



La promoción de un libro poco tiene que ver con el circo del rock. Sus editores lo han padecido. Viaja en jet privado, se aloja en hoteles de cinco estrellas acompañado de una copa de vodka con naranja en la mano y despreciando el agua servida a los periodistas que le entrevistan.

Vida es un libro que no decepciona. Cuando uno lee esta descarnada y abundante autobiografía escrita a medias con su amigo James Fox, por la que dicen que ha cobrado casi cinco millones de euros espera encontrar la crudeza de Keith en relación a sus constantes bajadas al infierno. Pero también le ve subir a la Tierra y a veces tocar el cielo. Sobre todo cuando se trata de la familia: su madre, sus hijos, sus mujeres y sus nietos. En Vida, aparte del crápula, además del confeso adicto a la heroína, a la cocaína y los ácidos, camello de John Lennon, uno encuentra el autorretrato de un padrazo orgulloso que presume de haber criado una prole de descendientes muy sana.



El repaso es hondo, sincero, violento, hosco, radical y entrañable con los seres a los que admira y adora, que son muchos. No engaña a nadie, y menos a sí mismo. Igual entona un dramático mea culpa por la muerte de su hijo Tara cuando este apenas contaba dos meses, que acusa a Mick Jagger de intentar traicionar al grupo. Fue cuando el cantante intentó negociar, aparte de un nuevo contrato para los Stones, uno paralelo que le permitiera lanzar su carrera en solitario. No les dijo ni mu. "Fue una puñalada por la espalda", escribe Keith. En esa época se ganó el apelativo de la "puta de Brenda", o "su majestad", además de ridiculizar el delirio egomaniaco en el que su amigo del alma había caído. Al parecer, Jagger ha leído el libro. Pero no se ha quejado especialmente. Esas supuestas declaraciones en las que contestaba que nadie puede imaginarse lo que es viajar con un yonqui fueron un bulo que circuló por Internet y que Jagger desmintió más tarde.



Aquí paz y después gloria. Todo sea por preservar el negocio del rock and roll unos cuantos años más. Al fin y al cabo, estos chicos malos londinenses nunca se metieron en esto para cambiar el mundo, como mucho pueden llamarse a engaño, sino para hacerse millonarios.

Y lo consiguieron.



                                  

lunes, 14 de febrero de 2011

Locos por el western



Cada vez que Hollywood apuesta por un western cubrimos de grandes alabanzas a esas viejas y eternas historias que tanto nos conmueven desde lo más recóndito del alma. Cuando al final de todas estas películas el solitario se pierde tras el horizonte después de haber cumplido con su misión moral, volvemos a olvidar y seguimos creyendo que el género está en desuso.

Bailando con lobos (1990). Sin perdón (1992), que es al género lo que El Quijote al libro de caballería, una coda, una clausura colosal que reúne todo, todo lo resuelve y todo lo sublima. Open range (2003). Océanos de fuego (2004), filme peculiar. Brokeback Mountain (2005). El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford (2007) o Appaloosa (2008). El western es el único género que nos queda de la épica perdida en nuestra sin par civilización contemporánea. Peter Hyams lo sabía y convirtió Solo ante el peligro en una película de ciencia ficción titulada Atmósfera cero (1981), quizá la primera que alumbró la categoría de western espacial en la que muchos encajan Avatar (2009), de James Cameron, por aquello del cowboy bueno enamorado de la india y convertido en agente doble, lo que le vincula con Pocahontas (1995), El último mohicano (1992) y Bailando con lobos y, sobre todo, Yuma (1957), todas ellas adscritas al western.



No obstante, es muy raro que el cine actual se ocupe del western, un género "agotado" y sin tirón para el público, según los criterios ejecutivos de ese Hollywood enamorado de los efectos especiales, las tres dimensiones y la banalidad ruidosa. Es una suerte que la personalidad y el talento de los hermanos Coen hayan decidido ocuparse de este género en aparente defunción que logren algo que ya no está de moda pero que mantiene intactas sus posibilidades expresivas para hacer gran cine. Sí, los antiguos y traviesos experimentadores siguen siendo desasosegante, pero su estilo narrativo, su retrato de personajes, situaciones y sentimientos está ya más cerca del clasicismo que de la vanguardia. Debo reconocer que las primeras andanzas y desventuras de los Coen me molestaban un pelín por esa manía de situarse siempre por encima de su material, como si fueran los más listos de la clase. Por eso no me gusta tanto Fargo (1996) como Barton Fink (1991) donde este juego con su tradición se transformara en una implicación real, tangible. Pues bien, primero No es país para viejos (2007) y ahora Valor de ley confirman que van por el buen camino, que han dejado de ser los cinéfilos y algo petulantes que todavía sacaban la nariz en Quemar después de leer (2008) para devenir cineastas verdaderos, con una fuerza y sentimiento trágico que dice muchas cosas sobre su país, una Norteamérica profunda, donde impera la ley del más fuerte y el resentimiento y sobre el estado del cine.


Valor de ley es un filme bien trabajado y mejor dirigido, que tiene su antecedente en Valor de ley (1969), de Henry Hathaway e interpretada por John Wayne. Los Coen recupera la novela True Grit, del enigmático y antiguo periodista Charles Portis, cuyos personajes también habían transitado por una telemovie de 1978, con Warren Oates en el personaje encarnado primero por Wayne y ahora por Jeff Bridges. Valor de ley es la historia de una venganza. Quien la planea es una adolescente, gran debut en el cine de Hailee Steinfeld, que en el viejo Oeste de 1870, y para vengar el asesinato de su padre, contrata a un veterano y alcoholizado sheriff (Bridges), que ejercerá de padre sustituto. Tan dramática experiencia ha transformado a esta niña en un ser que se debate entre una madurez precoz y el dolor del recuerdo.

Por azares del cine, esa joven debía ser interpretada en la primera versión de Valor de ley por Mia Farrow, pero Robert Mitchum le aconsejó que rechazara la oferta, tildando a Hathaway de tirano intratable. Mitchum había sido el enloquecido predicador de La noche del cazador (1955) la tenebrosa y única película dirigida por Charles Laughton, cuyo influjo se percibe en esta obra de los Coen. A modo más personal, uno echa a faltar en el filme, sea o no un remake, la capacidad de trascender la aventura y ganar en densidad humana. Ahí están los espacios abiertos, los hombres enfrentados a una naturaleza hostil. Un universo propio, el del western, que los Coen explotan sin riesgos, sin emociones añadidas. Y luego Mattie, la niña, tan seria y determinada que por momentos parece su caricatura. Como a veces todo el filme con respecto al western. Falta humor, aunque esté repleto de ocurrencias. El tono general es elegíaco, casi bíblico. Pero, para ser inolvidable, le falta grandeza. No obstante, es un filme excelente.

Más azares del cine: durante el rodaje en 1961 de Dos cabalgan juntos, John Ford ordenó repetir una escena mientras gritaba, aludiendo a James Stewart y Richard Widmark, ambos con peluquín y duros de oído: "¡Cincuenta años en este negocio para acabar dirigiendo a un par de calvos que están sordos!". En 1969, sin embargo, Ford felicitó a un ya sexagenario John Wayne, por haber interpretado Valor de ley y su Oscar como recompensa.

Bridges luce un parche en el ojo derecho y Wayne en el izquierdo.

viernes, 11 de febrero de 2011

El largo viaje



Con frecuencia, se cita a Moby Dick como la más grande novela americana, un hito de la imaginación del siglo XIX. Creación enorme, monstruosa y, sin embargo exquisitamente refinada, continúa confundiendo, cautivando (y con frecuencia derrotando) a generaciones de lectores en todo el mundo. Narrada por Ismael, maestro de Massachusetts, que ha cambiado su vieja vida por el romanticismo de alta mar. La novela es la crónica del largo viaje del Pequod, un ballenero mandado por el demoníaco capitán Ahab. Este va a la caza de la ballena blanca que le ha arrebatado una pierna. Todas las demás consideraciones (incluyendo la seguridad de la tripulación) son secundarias ante su monomaníaca búsqueda. No obstante, ningún resumen puede hacer justicia a la amplitud y complejidad de la novela de Herman Melville. Casi se puede sentir cómo el libro lucha consigo mismo, buscando el equilibrio entre las ganas de impulsar la narración y las de demorarse, analizar y filosofar. Moby Dick es un turbulento mar de ideas, una de las grandes meditaciones sobre la forma y la posición de Estados Unidos, sobre la democracia, el liderazgo, el poder, el industrialismo, el trabajo, la expansión y la naturaleza. El Perquod, con su diversa tripulación, se convierte en un microcosmos de la sociedad americana. Esta revolucionaria novela bebió de muchas tradiciones y muchos estilos literarios, cambiando con una increíble facilidad entre diferentes cuerpos del saber. Nadie en la literatura estadounidense había escrito con tanta intensidad y ambición. En Moby Dick se puede encontrar abstrusas metafísicas, detalles técnicos para diseccionar el prepucio de una ballena y virulentos pasajes de tragedia empapada en agua de mar.



Leviatán o la ballena, de Philip Hoare, es otra obra genial. Dice su autor: "Moby Dick supera a todos los demás libros porque es totalmente distinto a cualquier otro". Las claves de esta declaración, es su obra. El autor construye una narración en base a sus recuerdos y andaduras, y hurga con inteligencia en la literatura, la historia y las ciencias naturales. Con estos cuatro apartados Hoare, de la mano de Ismael, desarrolla una urdimbre de relatos que se van entrelazando a la vez que avanza imparable hasta cerrar el círculo con el que se iniciaba su peripecia al encuentro, literal, con el Leviatán.

Entre el comienzo y el final, el objetivo es explicar la historia de una relación sangrienta y cruel: la de cómo los hombres convirtieron a los cetáceos en una mercancía. De cómo la caza se convirtió en una industria. Y los viejos balleneros vistos como héroes, se convierten en seres indiferentes ante una cadena de producción de muerte durante el siglo XX. Pero también leemos como la ballena es una metáfora de la vida americana (al igual que la conquista del Oeste) hasta devenir un símbolo que anuncia el futuro nuevo orden mundial. Son magníficas, impagables, las páginas dedicadas a Nueva Inglaterra, al Cape Cod de Thoreau, Nantucket, New Bedford, los encuentros de Hawthorme y Melville... No lo son menos las dedicadas a los pioneros de la cetología. O las observaciones de campo del autor.

Las cifras que arroja la industria ballenera son desoladoras. Tanto que mucho antes del ecologísmo ya se intenta frenar la extinción de los cetáceos en una gran lección de hipocresía. Lo que hoy nos dice la ciencia acerca de la complejidad cerebral de estos animales si nos conmueve es porque también es una acusación que se nos dirige. Por esa hendidura se agranda la dimensión del libro de Melville y adquiere sentido la frase de Hoare. Y recordamos a Darwin cuando advertía que los seres humanos estamos emparentados con todos los seres vivos del planeta. ¿Se imaginan un planeta sin otro habitante que nuestra penada y melancólica especie? Menudo asco.


jueves, 10 de febrero de 2011

La balada de la chica triste (huida final)


"El carácter fugitivo del amor es también el de la muerte."
Robert Desnos


Ella solo era una pobre chica que a los 19 años ya estaba cansada de todo y él, otro delincuente más, víctima del desolador mapa social que trazó la Gran Depresión estadounidense. Aunque nunca dieron un gran golpe, porque lo suyo eran las chapuzas más o menos sangrientas. Bonnie Parker y Clyde Barrow quedaron como la pareja de convictos más legendaria de la historia. Al mito contribuyó la prensa, los tristes poemas que ella escribía y, sobre todo, los disparos de una vieja cámara que llevaba consigo un miembro de la banda de Los Barrow, y con la que jugaron a inmortalizar la fotogenia de su romántico desastre.

Bonnie y Clyde estaban enamorados. Un mes después de conocerse en casa de una amiga común, él fue detenido y conducido a la terrible penitenciaría de Eastham Farm, una de las de peor fama del país. Bonnie y Clyde empezaron entonces su cruce de cartas de amor. La primera que se conserva es del 14 de febrero de 1930: "Hola precioso: sólo unas líneas esta noche. ¿Cómo le va a mi niño? Hoy ha sido un día más, como otro cualquiera, pero duro... Precioso, cuando por fin te dejen salir a la calle, quiero que empieces a trabajar y, por Dios, no te metas en más problemas. Me preocupas tanto que esto es un sinvivir. Cuando estés limpio y no tengas que seguir huyendo, podremos salir a divertirnos un rato. Cómo odio escribirte cuando me siento tan triste como esta noche."

Bonnie, que desde niña había tenido afición por la escritura, solía acabar con un "tu chica triste y solitaria" mientras que Clyde evolucionó del "querida niña" o "mi amiga" al "mi hermosa y dulce esposa". Siempre sin renunciar a ese cariñoso "niña" que intentaba aplacar el inestable carácter de la melancólica Bonnie. "Cariño, ¿qué te hizo pensar que no iba a contestar a tus cartas? Pero si ya sabes que te quiero más que a nadie en el mundo y además no me has hecho nada malo."

La prisión cambiaría definitivamente a Clyde. Salió cojo (se rebanó dos dedos para evitar los trabajos forzosos),fue sistemáticamente violado y cometió uno de sus primeros crímenes salvajes al ensañarse hasta la muerte con el preso que abusaba habitualmente de él. El día en que salió de la cárcel ya no volvieron a escribirse más. Tampoco se separaron nunca. Comenzaron los robos, los asesinatos y la huida final.

El 23 de mayo de 1934 fueron brutalmente acribillados por la policía que desde hacía meses les perseguía. Apenas tenían 25 años y cada uno de ellos recibió más de cincuenta balazos. Una pausa de amor entre la fuga de las cosas. El sistema sale victorioso cuando consigue que amemos nuestra prisión. Todo ser humano es un héroe al que la existencia le da plantón constantemente.

Arthur Penn dirigió una película sobre ellos, sin duda, un retrato más cercano al ideario beatnik que a la cruda realidad. El filme distorsionó en cierto modo la imagen fidedigna de los dos criminales enamorados atribuyéndoles un halo de sofisticación y glamour a la recreación pop.
Su mito traspasó fronteras.



                                  

viernes, 4 de febrero de 2011

La República de Platón



En La República, Platón comparaba nuestra vida terrenal como una cueva llena de prisioneros que, encadenados al suelo, sólo ven sombras reflejadas en la pared a la luz de una hoguera. Cuando uno de sus prisioneros escapa y sale a la superficie, descubre que el mundo en que había vivido era una pura ilusión. Regresa a la cueva para dar la buena nueva a sus compañeros, pero éstos siguen enzarzados en sus mezquinas discusiones. Desconcertado, al recién liberado le resulta difícil tomarse en serio todos estos tejemanejes políticos.

Tras un enclaustramiento de varias semanas en su casa, acompañado de su mujer y sus cuatro hijos (todos en paro) y tras el sopor de la televisión, la lucha por el sofá y el mando a distancia, el hombre decide salir a la calle para airearse. Deja la cueva atrás. Piensa: la familia no es ya una cárcel, es un manicomio. La familia es un compuesto de oscuras alimañas un criadero de alacranes. Ya no se tiene hijos para transmitirles unos valores o una herencia espiritual, sino para multiplicar el número de personas realizadas en el mundo. Millones de hogares sobreendeudados, objeto de alguna acción judicial y en millones de familias en situación de sobreendeudamiento. Los menos favorecidos viven de manera particularmente cruda el hecho de estar ahogados en la precariedad económica, de tener que privarse de todo, de estar a merced de cualquier casualidad, sin esperanza de salir de la miseria, preguntándose continuamente cómo ahorrar gastos, obligados a hacer cualquier cosa para asegurarse lo más elemental, viven millones de personas en la extrema incertidumbre del día siguiente, con la angustia de no poder pagar la hipoteca o los servicios, de no poder devolver los préstamos, de caer sin parar. Para unos tener cada vez más y vivir más, para los desfavorecidos crea, en cambio, la convicción de vivir menos y de ser menos. El simple hecho de estar en movimiento y la vaharada de aire compuesto por monóxido de carbono, le reactiva la mente, tanto tiempo abotargada. Es un hombre con estudios, de intereses particulares, curioso e inquieto por las cosas más trascendentales de la vida, y es ahora, en estos momentos, cuando su ser original y olvidado le viene de repente. ¿Cómo has llegado a semejante situación?, se pregunta. No tiene trabajo y los títulos ya no le garantizan la obtención de un empleo de calidad. Así, pues, piensa, en el corazón del planeta bienestar crece la sensación de ser inútil al mundo, de haber sido utilizado y después expulsado, de haber fracasado totalmente. Toda la vida es una causa perdida. Existen sobrados motivos para el escepticismo. No dejamos de malograr nuestra vida consumando otra cosa, una singular aventura que nunca se decide hasta el último minuto. Recuerda que el infierno, en su versión terrorífica e incandescente, es un invento del Renacimiento y no de la Edad Media. Recuerda que con la Ilustración, el placer y el bienestar se vieron por fin rehabilitados y se dio de lado al sufrimiento, considerado como un arcaísmo. Se pasó una página en la Historia. Al contrario. Ahí empezaron las dificultades. La socialización no transforma la esencia de la naturaleza humana; simplemente capacita para controlar nuestros impulsos primarios. Lo que ha desaparecido no es el sufrimiento, se ha prohibido su manifestación pública. Hoy nadie se atrevería a confesar que a veces no es feliz por miedo a rebajarse socialmente. Somos culpables de no estar bien, un mal del que tenemos que responder ante todos los demas y ante nuestra juridicción íntima. Por otro lado, el sentimentalismo ha sufrido también el mismo destino que la muerte: resulta incómodo exhibir las pasiones, declarar ardientemente el amor, llorar, manifestar con demasiado énfasis los impulsos emocionales. Ya no estamos aquí: la nuestra es la época del desencanto ante la posmodernidad misma, la época de la desmitificación de la vida, enfrentada hoy al hecho de estar en una escala de inseguridades. Somos parias, tenemos que arrastrarnos pegados a las paredes y ocultarle a todo el mundo la cara nublada.

A él le fascina la idea de alienación. Piensa que la gente es pasiva, que está confundida, manipulada, hipnotizada, que es incapaz de pensar objetivamente, de entender lo que sucede. Reducidos a dejar pasar los días y las horas sin tomar parte en ellos. Pero, a fin de cuentas, ¿por qué tienen que ir las cosas? Obligados a justificarnos todos los días, a veces cambiamos de lógica. Y somos tan opacos para nostros mismos que la respuesta ya no tiene sentido, ni siquiera como formalidad. La personalización posmoderna cierra al individuo sobre sí mismo, hace desertar no sólo la vida pública sino finalmente la esfera privada, abandonada como está a los trastornos proliferantes de la depresión y de la neurosis narcisista; el proceso de personalización tiene por término el individuo zombiesco, ya cool y apático, ya vacío del sentimiento de existir. El hombre sonríe como un loco. Así, se dice, que la idea de que vivimos en un mundo ilusorio no es nueva, y, recuerda cuando en sus años de estudiante leía La República de Platón.

Embotellamientos, paisajes desfigurados por las inmobiliarias, hacinamiento en los transportes públicos, ruido, quejas acerca de los profesores, la mala calidad de la asistencia técnica en Internet, la falta de interés humano de los médicos, etc., todo ello encontrado en cada paso que da. Disneylandia está aquí y ahora, en las revistas, en los muros de la ciudad y del metro, le rodea un tenue surrealismo desprovisto de cualquier misterio, de cualquier profundidad, entregándole a la embriaguez desencantada de la vacuidad y de la inocuidad. Todo ser vivo se precipita, piensa, así hacia un horizonte deshumanizado y nihilista, habitado por rebaños humanos estandarizados, tan amorfos como sedientos de satisfacción. Recuerda a Sartre que decía que el hombre no es lo que es y es lo que no es. La sociedad moderna está demasiado ávida de novedades como para rechazar cualquier cosa.

Vuelve tarde a la cueva para dar la nueva buena, pero su familia está enzarzada en sus mezquinas discusiones. El hombre ve sombras reflejadas en el televisor. Uno ve repetirse el mismo sin par, se dice. No es ésta la primera batalla que el sentido común tiene que resignarse a perder.

miércoles, 2 de febrero de 2011

1.700 horas



No tengo coche ni tampoco me gusta conducir. Es cierto que una vez lo tuve, pero me deshice de él por motivos que ahora os cuento. Una vez me encontré atrapado en un atasco digno del relato de Julio Cortázar, La autopista del sur. No tenía aire acondicionado y hacía un calor de mil demonios. Mi estado era próximo al personaje que interpretó Michael Douglas en la primera escena de la película Un día de furia. La radio no paraba de transmitir noticias apocalípticas, intercaladas de anuncios publicitarios de nuevos modelos de coches y estrenos de películas. Me dije, aún en mi estado, que la edad del siglo XX está en los viejos automóviles y en el cine. El rápido envejecimiento de una película o de un coche nos da la medida de la velocidad a que vivimos, paradójicamente atascados. A nuestra época le cuenta el tiempo en celuloide, que es fungible materia. Hemos corrido en un siglo más que en los diecinueve anteriores. Después me puse a pensar sobre otras cosas: la letra del coche, el seguro, la gasolina, el garaje, el impuesto de circulación, las reparaciones, las multas, los parquímetros, los peajes, la grúa y la ITV. Sumé todos estos gastos producidos al año. Después, calculé todos los kilómetros realizados en ese año y lo dividí entre el dinero invertido. Fue una tragedia al comprobar a cuánto me salía el kilómetro, pero lo más indignante fue cuando reflexioné cuál era el destino de esos mil metros: el trabajo, ese lugar alienante que me permitía ganar el dinero para sufragar dichos gastos. Llevo más de doce años sin coche. Y todo debo decirlo, nunca he llegado a viajar tanto con el dinero ahorrado.



Hace menos de cincuenta años cada propietario de un vehículo era capaz de emplear hasta una docena de años de su vida en el coche, entre el coste del vehículo y tantos otros emolumentos. A mediados de los setenta, por ejemplo, un norteamericano común pasaba un cuarto de su vida, directa o indirectamente, movilizándose. Cada año invertía unas 1.700 horas en ganar dinero para comprar su coche, mantenerlo, pagar el seguro y las multas por infracciones, y recorrer, con él, la cantidad de 12.000 kilómetros. Una distancia que suponía, promediando las horas invertidas en él, no recorrer mucho más de 6 kilómetros por hora.



El mundo tiende a verse y parecer otra cosa con el desmoronamiento del automóvil, y de hecho, la suprema estampa de la crisis actual, la primera foto que se ha alzado como amenaza estampada, ha sido la imagen de los extensos stocks de autos sin vender en los parques logísticos. El automóvil y los pormenores de su historia lo atan a un pretérito ni distante ni abolido pero decadente.

Por otro lado, con qué facilidad se inflaman los combustibles fósiles. Pues sí, y ahora mismo estamos quemando como quien dice los últimos efluvios, gotas y pedazos. Todas las luces están a punto de apagarse. Se acabó la electricidad. Todos los medios de transportes están a punto de detenerse y el planeta pronto tendrá una corteza de calaveras y huesos y máquinas muertas a lo Mad Max 2. El final de un mundo físico y ruidoso en beneficio de lo intangible y sigiloso. El declive del petróleo y la victoria del litio. El litio de la pila y el farmacológico. ¿Cabe imaginar mayor signo de depresión? Todo lo que el hombre hace acaba así. Todo acaba bloqueado. Eso es la humanidad, el aspecto trágico de la historia. Todo lo que el hombre emprende acaba en lo opuesto de lo que había concebido. Toda la historia tiene un sentido irónico y llegará un momento en que el hombre habrá realizado exactamente lo contrario a todo lo que ha querido.



Este planeta vuela por el espacio a 30 kilómetros por segundo y a esa misma velocidad van cabalgando juntos los sabios y los idiotas. Las grandes catástrofes son desternillantes como bien demostró Voltaire.

Por mí, que se vaya al carajo la evolución. Menudo error estamos hechos.


                              

martes, 1 de febrero de 2011

El blues de la encrucijada



Yo no creo que el demonio exista. Quizá usted sí crea en su existencia. Acerquemos posiciones: si alguien me convenciera de que hay demonio, apostaría lo que más quiero a que Robert Johnson le conoció personalmente. No por la leyenda, sino por los hechos. La leyenda, muy conocida, dice que Robert Johnson vendió su alma al diablo en el cruce de carreteras de Clarksdale, Misisipi, a cambio de convertirse en el mejor guitarrista del mundo. ¿Los hechos? Casi no hay.

Robert Johnson pasó por la vida como una sombra. Se desconoce su fecha de nacimiento (parece probable un asesinato con veneno), y quienes le trataron le recordaban como alguien fugaz, huidizo, sonriente, carente de amigos, en un continuo viaje. En palabras de Martin Scorsese, uno de sus devotos: "Robert Johnson sólo existió en sus discos, fue pura leyenda". Muchos biógrafos y musicólogos han trabajado durante años para desenterrar algunos datos. La hermanastra Carrie creía recordar que su madre le había dicho que Robert nació el 8 de mayo de 1911 en Hazlehurst, Misisipi. Es posible, pero no existen registros. Dicen que el padre de Robert abondonó a la familia porque un grupo de terratenientes blancos le perseguían para lincharlo. Sí se sabe que en 1929, con 18 años, se casó con Virginia Travis, y que Virginia murió al año siguiente mientras paría.

El músico de blues Son House trató a Robert Johson en esa época desgraciada, y le recordaba como un guitarrista pésimo, carente del más mínimo talento. Son House contaba que Robert desapareció durante unos meses, y que volvió convertido en un maestro supremo de la guitarra. Ahí comenzó la leyenda del diablo, de la que el propio Robert habló alguna vez. Decía que, en efecto, había vendido su alma. Seis de sus canciones hablaban del diablo.
Investigaciones posteriores indican que House no tardó unos meses, sino casi dos años, en rencontrarse con Robert. En cualquier caso, Robert aprendió a tocar, cantar y componer ya adulto y en muy poco tiempo. Atención, no estamos hablando de niveles normales. Hablamos del mejor bluesman de todos los tiempos. Hablamos del compositor de Love in vain. Hablamos de un hombre que sólo dejó dos sesiones de grabación y hoy es considerado uno de los mejores guitarristas de la historia. Cuando los Rolling Stones hicieron una versión de Love in vain para el disco Let it bleed, Keith Richards se negó a interpretarla como blues para no incurrir en sacrilegio.



En noviembre de 1936, Robert grabó varias canciones en San Antonio (Tejas). Entre ellas, Crossroad blues (El blues de la encrucijada). Si la escuchan ("Fui a la encrucijada y caí de rodillas, pedí al Señor, ten piedad, salva, por favor, al pobre Bob") creerán que, en efecto, Robert sufrió una experiencia terrible en un cruce de caminos, porque en su voz se percibe un terror absoluto. Parece verosímil, y menos sobrenatural, que en una encrucijada hubiera corrido un serio peligro de linchamiento. Al año siguiente, en Dallas (Tejas), grabó otro puñado de canciones. Una de ellas era Love in vain, maravillosa, inmensamente triste.

Robert murió en 16 de agosto de 1938, a los 27 años, en un cruce de caminos, cerca de Greenwood (Misisipi). Todo hace pensar que fue envenenado. El músico Sonny Boy Williamson, que tocaba con él aquellos días, explicó que alguien puso estricnina en el whisky de Robert por un lío de faldas. Hay tres lápidas en Greenwood dedicadas a Robert, sobre tres supuestas tumbas. No parece que ninguna sea auténtica. Se cree (al menos lo cree Sonny, que edita sus grabaciones) que el guitarrista fue enterrado bajo un árbol, sin lápida ni cruz, al lado del cruce de caminos.

En su canción Yo y el diablo, Robert decía: "Enterrad mi cuerpo junto a la carretera, para que mi viejo y malvado espíritu pueda subirse a un autobús de la Greyhound y viajar".

El cruce de las carreteras 61 y 49 en Clarksdale (Misisipi), donde se supone que el diablo afinó la guitarra de Robert, se ha convertido en lugar de peregrinación.