
En La República, Platón comparaba nuestra vida terrenal como una cueva llena de prisioneros que, encadenados al suelo, sólo ven sombras reflejadas en la pared a la luz de una hoguera. Cuando uno de sus prisioneros escapa y sale a la superficie, descubre que el mundo en que había vivido era una pura ilusión. Regresa a la cueva para dar la buena nueva a sus compañeros, pero éstos siguen enzarzados en sus mezquinas discusiones. Desconcertado, al recién liberado le resulta difícil tomarse en serio todos estos tejemanejes políticos.
Tras un enclaustramiento de varias semanas en su casa, acompañado de su mujer y sus cuatro hijos (todos en paro) y tras el sopor de la televisión, la lucha por el sofá y el mando a distancia, el hombre decide salir a la calle para airearse. Deja la cueva atrás. Piensa: la familia no es ya una cárcel, es un manicomio. La familia es un compuesto de oscuras alimañas un criadero de alacranes. Ya no se tiene hijos para transmitirles unos valores o una herencia espiritual, sino para multiplicar el número de personas realizadas en el mundo. Millones de hogares sobreendeudados, objeto de alguna acción judicial y en millones de familias en situación de sobreendeudamiento. Los menos favorecidos viven de manera particularmente cruda el hecho de estar ahogados en la precariedad económica, de tener que privarse de todo, de estar a merced de cualquier casualidad, sin esperanza de salir de la miseria, preguntándose continuamente cómo ahorrar gastos, obligados a hacer cualquier cosa para asegurarse lo más elemental, viven millones de personas en la extrema incertidumbre del día siguiente, con la angustia de no poder pagar la hipoteca o los servicios, de no poder devolver los préstamos, de caer sin parar. Para unos tener cada vez más y vivir más, para los desfavorecidos crea, en cambio, la convicción de vivir menos y de ser menos. El simple hecho de estar en movimiento y la vaharada de aire compuesto por monóxido de carbono, le reactiva la mente, tanto tiempo abotargada. Es un hombre con estudios, de intereses particulares, curioso e inquieto por las cosas más trascendentales de la vida, y es ahora, en estos momentos, cuando su ser original y olvidado le viene de repente. ¿Cómo has llegado a semejante situación?, se pregunta. No tiene trabajo y los títulos ya no le garantizan la obtención de un empleo de calidad. Así, pues, piensa, en el corazón del planeta bienestar crece la sensación de ser inútil al mundo, de haber sido utilizado y después expulsado, de haber fracasado totalmente. Toda la vida es una causa perdida. Existen sobrados motivos para el escepticismo. No dejamos de malograr nuestra vida consumando otra cosa, una singular aventura que nunca se decide hasta el último minuto. Recuerda que el infierno, en su versión terrorífica e incandescente, es un invento del Renacimiento y no de la Edad Media. Recuerda que con la Ilustración, el placer y el bienestar se vieron por fin rehabilitados y se dio de lado al sufrimiento, considerado como un arcaísmo. Se pasó una página en la Historia. Al contrario. Ahí empezaron las dificultades. La socialización no transforma la esencia de la naturaleza humana; simplemente capacita para controlar nuestros impulsos primarios. Lo que ha desaparecido no es el sufrimiento, se ha prohibido su manifestación pública. Hoy nadie se atrevería a confesar que a veces no es feliz por miedo a rebajarse socialmente. Somos culpables de no estar bien, un mal del que tenemos que responder ante todos los demas y ante nuestra juridicción íntima. Por otro lado, el sentimentalismo ha sufrido también el mismo destino que la muerte: resulta incómodo exhibir las pasiones, declarar ardientemente el amor, llorar, manifestar con demasiado énfasis los impulsos emocionales. Ya no estamos aquí: la nuestra es la época del desencanto ante la posmodernidad misma, la época de la desmitificación de la vida, enfrentada hoy al hecho de estar en una escala de inseguridades. Somos parias, tenemos que arrastrarnos pegados a las paredes y ocultarle a todo el mundo la cara nublada.
A él le fascina la idea de alienación. Piensa que la gente es pasiva, que está confundida, manipulada, hipnotizada, que es incapaz de pensar objetivamente, de entender lo que sucede. Reducidos a dejar pasar los días y las horas sin tomar parte en ellos. Pero, a fin de cuentas, ¿por qué tienen que ir las cosas? Obligados a justificarnos todos los días, a veces cambiamos de lógica. Y somos tan opacos para nostros mismos que la respuesta ya no tiene sentido, ni siquiera como formalidad. La personalización posmoderna cierra al individuo sobre sí mismo, hace desertar no sólo la vida pública sino finalmente la esfera privada, abandonada como está a los trastornos proliferantes de la depresión y de la neurosis narcisista; el proceso de personalización tiene por término el individuo zombiesco, ya cool y apático, ya vacío del sentimiento de existir. El hombre sonríe como un loco. Así, se dice, que la idea de que vivimos en un mundo ilusorio no es nueva, y, recuerda cuando en sus años de estudiante leía La República de Platón.
Embotellamientos, paisajes desfigurados por las inmobiliarias, hacinamiento en los transportes públicos, ruido, quejas acerca de los profesores, la mala calidad de la asistencia técnica en Internet, la falta de interés humano de los médicos, etc., todo ello encontrado en cada paso que da. Disneylandia está aquí y ahora, en las revistas, en los muros de la ciudad y del metro, le rodea un tenue surrealismo desprovisto de cualquier misterio, de cualquier profundidad, entregándole a la embriaguez desencantada de la vacuidad y de la inocuidad. Todo ser vivo se precipita, piensa, así hacia un horizonte deshumanizado y nihilista, habitado por rebaños humanos estandarizados, tan amorfos como sedientos de satisfacción. Recuerda a Sartre que decía que el hombre no es lo que es y es lo que no es. La sociedad moderna está demasiado ávida de novedades como para rechazar cualquier cosa.
Vuelve tarde a la cueva para dar la nueva buena, pero su familia está enzarzada en sus mezquinas discusiones. El hombre ve sombras reflejadas en el televisor. Uno ve repetirse el mismo sin par, se dice. No es ésta la primera batalla que el sentido común tiene que resignarse a perder.