






Akira Kurosawa ha sido siempre el más problemático de los grandes directores japoneses. Tras haber logrado el primer gran éxito de su país en Occidente con Rashomon (1950), siguió obteniendo triunfos negados a Kenji Mizoguchi y Yasujiro Ozu. Existen numerosas razones que lo explican: la accesibilidad de la obra de Kurosawa, sus fuentes de inspiración, con frecuencia familiares para el público occidental y la sensibilidad claramente cosmopolita e internacional de sus películas.
De forma similar, aunque Los siete samurais parece una historia tan clara e incluso maniquea como la de muchos westerns, contiene numerosas sutilezas y ambigüedades. Por ejemplo, cuando los emisarios de la aldea ven por primera vez a Kembei contemplan asombrados cómo se hace afeitar la cabeza para fingirse sacerdote y poder atrapar así a un ladrón asesino. Según las tradiciones japonesas, el hecho de que un samurai se afeite la cabeza indica o bien que ha caído en desgracia o bien que está a punto de abandonar el mundo y hacerse sacerdote.
El otro aspecto sorprendente de Historias de Tokio es el de la impecable construcción dramática de la película, reflejada de manera refinada y sutil. La naturaleza cíclica del tema del cambio y la muerte se refleja en la simetría de la película, que no sólo empieza y termina con un plano similar y aparentemente intemporal, sino que está formada por escenas construidas de manera simétrica.
Dado que Historias de Tokio trata en esencia sobre la sociedad contemporánea, a Ozu no le interesa fabricar héroes. "Así son las cosas", parece decir esta gran película.
Próximas entradas:Los siete samurais, de Akira Kurosawa y El intendente Sansho, de Kenji Mizoguchi.
Después me tomo unas vacaciones de reseñas de cine, os lo prometo.




"El hombre acorralado se vuelve elocuente." George Steiner

"Me siento como una pastilla de jabón, siempre menguando".
Resulta asombroso que M. El vampiro de Düsseldorf (1931) la primera película sonora de Fritz Lang, dominase hasta tal punto el nuevo medio que resulta inconcebible como película muda. Al principio de la misma, una sombra gigantesca oscurece un cartel en el que se previene a la población en relación con el asesino, justo cuando una niña arroja su pelota contra él. Se oye únicamente una voz que dice: "¡Qué pelota tan bonita! ¿Cómo te llamas?", y se escucha la amenaza implícita en estas palabras mucho más intensamente que si se estuviese viendo al hombre que las pronuncia. Entonces se pasa a una escena de la madre de la niña preparándole la comida. Con cierta angustia vuelve a meter el plato de carne en el horno para que se conserve caliente. En el plano siguiente se ve por primera vez al inquietante desconocido, pero sólo de espaldas, mientras le compra a un buhonero ciego un globo para la niña. Comienza a silbar unos cuantos compases de una composición de Grieg. La musiquilla silbada se convierte en el letmotiv musical que anuncia la predisposición del asesino a matar. El pánico aumenta en la ciudad amenazada y la Policía efectúa toda una serie de detenciones arbitrarias en el mundo de los bajos fondos. Los gángsters no pueden seguir trabajando tranquilamente, por lo que deciden encontrar ellos mismos al asesino. Lang muestra entonces en paralelo dos conferencias acerca del tema de los asesinatos, la de las autoridades policiales y la de los gángsters, y emplea para ello una técnica sonora nueva y que en su momento provocó verdadero asombro, la de cabalgar frases de una escena sobre la siguiente. Esto pone de relieve el paralelismo de las acciones, al tiempo que resume y acelera su dramatísmo. No desdeña tampoco los efectos visuales y deja a los gángsters en una marcada penumbra. En contraste con las lentas y poco eficaces investigaciones de la Policía, los gángsters organizan una red de mendigos para intentar descubrir al asesino. Paradójicamente es detectado por el buhonero ciego que le vendió el globo, que le reconoce por su peculiar forma de silbar. El ciego le pide que siga al asesino a un muchacho. El asesino le compra al chico unas naranjas y saca una ominosa navaja, pero sólo para pelarla. Alarmado, el muchacho se pinta una "M" en la palma de la mano (de "Mörder", asesino) y, dándole un empujón, consigue grabar sobre su espalda la señal delatora.
Dándose cuenta de que ha sido descubierto, el asesino se aterra y se esconde en el patio de un bloque de oficinas. En ese momento se oyen las sirenas de los bomberos, se ve cómo pasan los coches y, para cuando terminan de hacerlo, el asesino se ha esfumado ya. Alertados por los mendigos, los gángsters entran en el edificio. Y, una vez más, es el sonido el que denuncia al asesino: al quedarse accidentalmente encerrado en un desván intenta forzar una cerradura con un clavo. Sus perseguidores oyen el ruido que hace y le capturan. Envuelto en una alfombra es conducido al lugar en que va a ser juzgado. Ante un jurado compuesto fundamentalmente por delincuentes y prostitutas, el asesino grita su patética confesión.Mientras tanto, la Policía, informada de las actividades de los gángsters, interrumpe el juicio justo cuando los asistentes están pidiendo a gritos la pena capital para el procesado.
Ninguna película muda habría sido capaz de crear el clímax emocional de la confesión. Desde siempre he querido ver que este asesino interpretado por Peter Lorre, vivía en una película muda y que por error se introdujo en una sonora que lo delató.

El cine, como arte, ha desarrollado, a lo largo de su historia, imágenes que se han conservado frescas en la mente de los espectadores de todo el mundo, por su expresividad y riqueza plástica. Mucho después de haberse desvanecido en la pantalla, determinadas imágenes cinematográficas permanecen en nuestra mente y se niegan a abandonarla. Una vez más, la mejor analogía es como el mundo de los sueños; ya que éstos, tan intangibles, irreales y alucinatorios como las imágenes de una película, nos ofrecen experiencias visuales arbitrarias, que se aferran obstinadamente a nuestra memoria; la única diferencia radica en que, mientras que los sueños son involuntarios e inevitables, la gente decide libremente ir o no al cine. También es pertinente la analogía con las pesadillas, sobre todo con las que implican la idea de pérdida, pues el cine es un medio mágico; a diferencia de los actores de teatro, los de cine son simplemente sombras, espíritus de seres de carne y hueso atrapados en celuloide y suspendidos entre la realidad y la nada. Para convencerse de ello bastará recordar que la gran mayoría de las estrellas a las que vemos hoy en día en películas anteriores a 1940 están ya muertas. La idea de que, al menos, podemos ver sus películas una y otra vez no sirve de consuelo; pues, debido a la tendencia humana a idealizar el pasado, una segunda visión significa casi siempre una decepción. Algunas cosas, incluyendo las imágenes cinematográficas preferidas permanecen envueltas en la niebla de la nostalgia; ya que, cuando se las vuelve a ver, nos parecen cambiadas.




Ya de adulta, la Loos fue una mujer de baja estatura y aspecto frágil. Su atuendo habitual consistía en un traje de marinerito, con la falda por encima de las rodillas y un sombrero o casquete sobre la cabeza, cuando no la llevaba descubierta, luciendo su característico pelo corto, peinado del que fue precursora, y que se vio posteriormente imitado por muchísimas mujeres de todo el mundo. Dada su apariencia de niña pequeña e inocente, resultaba casi imposible creer que era la autora de tantas historias osadas y "sexy", y de las frases de doble sentido y las respuestas llenas de picardía que contribuyeron uno de los mayores atractivos de su obra. Pongamos de ejemplo Los caballeros las prefieren rubias. Desde su aparición, en 1925, se han hecho 85 ediciones de la misma, y se ha visto traducida a 14 idiomas, incluyendo el chino. Sin embargo, no debe considerarse como lo único que justifica su fama. Su talento comenzó a resultar visible en 1912, año en que D. W. Griffith dirigió la adaptación cinematográfica de un relato suyo, El sombrero de Nueva York.
Su amistad con el poderoso productor Joseph M. Schenck condujo a cinco años de colaboración con él, durante los cuales la Loos se dedicó a escribir guiones para su esposa, Norma Talmadge, y su cuñada, Constance Talmadge. Tanto el temperamento como en personalidad, el contraste entre las dos hermanas Talmadge era enorme, pero la Loos, tan versátil como siempre, puso a disposición de ambas guiones que las permitía lucirse al máximo como el de The Isle of Conquest (1919), para la seria y romántica Norma, y el de The Virluosus Vamp (1919) para la burbujeante Constance.
Tras el enorme éxito de Los caballeros las prefieren rubias, la Loos se tomó unas largas vacaciones, olvidándose de su máquina de escribir hasta 1933 (con la única excepción de la adaptación al cine de su obra para la versión de 1928). Una oferta de Irving Thalberg para que se integrase en su equipo de guionistas la hizo volver a la palestra. F. Scott Fitzgerald había demostrado ser incapaz de adaptarse a Hollywood y a Thalberg le quedaba un puesto por cubrir. Ademá, el Saturday Evening Post estaba publicando los últimos capítulos del serial La pelirroja, que había causado una gran impresión entre los lectores norteamericanos, y Thalberg deseaba llevar la historia al cine. Decepcionado con lo escrito por Fitzgerald (que no sabía escribir guiones como Faulkner) necesitaba encontrar urgentemente un buen guionista de comedia, y Anita Loos vino en su ayuda. Gracias a la película, la exuberante Jean Harlow se convirtió en una gran estrella, y Anita Loos en una de la guionistas más apreciadas de la Metro.


Max Ophüls falleció en 1957 con la cabeza llena de proyectos. Las películas que nos dejó no pueden ser contadas ni nadie puede hacerse una idea de su complejidad y grandeza viendo fotos fijas de ellas. Tienen que ser visionadas. Su sentido del paso del tiempo y del encuadre son inequívocamente suyos. La grandeza y también la miseria del ser humano es que, mientras ve y avanza como una cámara, no puede evitar sentir. Las películas de Ophüls resultan tan poco mecánicas y su estilo tan natural e innato precisamente porque son como el oleaje o la corriente del tiempo que nos empujan hacia la playa, magníficos nadadores durante unos breves momentos, y agotados desechos al final.
"Ser escritor significa vivir rodeado de pánico percibiendo a tu alrededor bultos que pasan de un compartimiento a otro con los calcetines mojados."
Tonto, muerto, bastardo e invisible, es la historia de un cuarentón, de nombre Jesús. Es cesado de su puesto de ejecutivo de una papelera multinacional. A partir de este hecho, Millás desata una narración que critica la insustancialidad de la vida contemporánea, ya desde el punto de vista laboral, sentimental, familiar, moral, e incluso histórico. Late tras las páginas de esta novela el deseo de ironizar sobre la deshumanización de las sociedades contemporáneas, que anulan al individuo y lo convierten precisamente en una suerte de adjetivos que son los que dan título a la obra: tonto, muerto, bastardo e invisible. Esos cuatro adjetivos resumen cáusticamente la degradación del individuo actual. No obstante, el punto de vista del autor es siempre amable, humorístico y no ajeno a una ternura de fondo, lo que hace que su crítica a esa deshumanización sea benévola y epidérmica. Millás tiene una peculiar manera de envolver el pensamiento por medio del humor, la paradoja o la ironía que acaba por engullir la noticia, lo que puede haber en ellos de comentario sobre la actualidad.
La novela está narrada en primera persona; tal punto de vista convierte todo el texto en un monólogo con algunos toques surrealistas o disparatados: el bigote del narrador es un postizo, que procede del cabello de Beatriz Samaritas, astróloga y quiromántica. Este narrador posee una psicología desquiciada, pero es un desquiciamiento de novela humorística, que a veces recuerda a Gómez de la Serna. El objetivo de criticar las sociedades actuales se pierde en el marasmo de acontecimientos y relaciones delirantes: la relación con su mujer, que es forense, la relación con su amigo "el huelemierdas", o sus visitas al sex-shop donde trabaja la china Gretel.
Millás tiene una lúcida visión crítica de la realidad vertida en la mejor literatura posible hoy en España.