Siento que ya no me queda mucho por escribir. Siento que mis ideas se agotan y, aquí estoy, a altas horas de la noche sin saber qué decir. Sinceramente me aburre escribir reseñas literarias y cinematográficas. Me aburre tanto. Quisiera volver al placer del texto. Estoy harto de que escribir se parezca cada vez a hacer los deberes del colegio. Vuelvo simplemente al placer solitario de la lectura sin compromiso. ¿Por qué se leen libros? Hay algo que falta en la vida de las personas que leen, y esto es lo que se busca en un libro. El sentido es evidente, el sentido de la vida, de esa vida que para todo el mundo está mal hecha, mal vivida, explotada, alienada, engañada, mistificada, pero acerca de la cual, al mismo tiempo, quienes la viven saben que podría ser otra cosa. Leer nos proporciona satisfacciones que nada puede sustituir pero también limitaciones no menos duraderas. Un verdadero lector es un lisiado feliz. Y aquí me encuentro en mi pequeña celda enladrillada de libros. Los libros son el muro de la vergüenza que vamos alzando y engrosando contra las inversiones del exterior, contra los ollajes de la vida. Ya no me satisface las imágenes frescas del día de hoy, las luces inesperadas del ahora, que deberían ser más importantes que todos los libros. Lo que puedo imaginar ya no existe en otra escala, en otro tiempo, nítido y lejano, igual que en un sueño.

No, no estoy seguro de nada. No puedo decir que, por ejemplo, que el asunto de Dios sea más importante que el asunto del electricista, ni que la muerte merezca más consideración que una cancioncilla, ni que el más allá quede muy lejos de unos calzoncillos, ni que el psicoanálisis no pueda ser contemplado a la vez que la ensalada, ni que... es decir, no puedo decir nada. Eso es todo lo que puedo decir. Estoy haciendo tiempo para intentar escribir, para "actualizar" este blog y no repetirme. Me viene a la memoria lo que aprendí hace mucho tiempo del viejo Woody Allen, que ante los grandes asuntos, sólo cabe el silencio o, su equivalente: la paráfrasis chistosa. En este aspecto, creo que Woody es uno de los grandes pensadores de la posmodernidad, a la que anticipa y acompaña. Pensador que piensa para decir que nada puede ser pensado, ni dicho, en términos que arrojen certezas o convicciones de ningún tipo: ni religiosas, ni políticas, ni morales, ni de ninguna clase. Y si no podemos decir apenas nada, ¿qué podemos hacer? Todo va conectado. En Recuerdos (1980), dice un personaje: "¿Quieres de verdad ayudar a la humanidad? Haz chistes mejores". Creo que este planteamiento ha conectado extraordinariamente con el estado de ánimo y el universo de valores e ideas de la humanidad-tras la caída del marxismo y el hundimiento sostenido de las religiones-, con la encrucijada del hombre del último tercio del siglo XX. De ahí, al menos una, ni la mayor ni la menor, de las razones del gran éxito de Woody, el profeta y uno de los artífices-tras el surrealismo y el absurdo-del fin de las creencias y de las fes, cualquiera que éstas fuesen, de derechas o de izquierdas, religiosas o laicas. Desde Freud, no ha existido mejor psiquiatra que Woody. Él es quien psicoanaliza.
Woody reflexiona ante la estatua del Pensador de Rodin: "Se han escrito millones de libros sobre todos los temas inconcebibles por todos los grandes genios y al final, ninguno de ellos saben más que yo sobre las cuestiones trascendentales de la vida". También en el final de uno de sus monólogos decía con toda la amarga ironía que suele esconderse tras sus palabras, lo siguiente: "En suma, me gustaría tener algún tipo de mensaje positivo que dejarles. Pero no lo tengo. ¿Aceptarían dos mensajes negativos?". Pero, para llevarle la contraria a Woody y para demostrar que, como no podía ser de otro modo, Woody también lleva la contraria a Woody.
Hace mucho tiempo, cuando vi Hannah y sus hermanas (1986) sentí, al mismo tiempo, una enorme felicidad y un agradecimiento. Es la escena, casi al final, en la que Mickey, su personaje, después de haber sufrido tanto con su cáncer y con sus males de amores, entra en un cine y ve Sopa de ganso (1933). Los Hermanos Marx disparan maravillosamente en la pantalla en un alocado frenesí una alegría primaria e irrebatible. Mientras él contempla y nosotros contemplamos esas imágenes que nos inundan de ganas de vivir, Michey dice en off lo que sigue:
"...Y empecé a reflexionar. ¿Cómo es posible que pienses en matarte? Vamos, ¿no te parece estúpido? Vamos, fíjate en todos esos ahí en la pantalla. Vamos, tienen mucha gracia, y si lo peor es verdad, ¿qué importa? Y si no existe Dios y sólo vives una vez y se acabó, ¿qué importa? Vamos, ¿no quieres pasar por esta experiencia? Vamos, no todo es una porquería, qué demonios. Y he de pensar en mí mismo, diantre, no amargarse más la vida haciéndome preguntas que jamás podré contestar, he de disfrutarla mientras dure. Y...bueno..., después de todo, ¿quién sabe? Quiero decir, vamos, quizás exista algo. Nadie sabe con certeza. Ya sé, ya sé que la palabra, quizas, es una percha muy débil para colgar de ella tu vida entera, pero es lo mejor que tenemos...Y, entonces, me puse cómodo en la butaca, y empecé a divertirme de veras".
No sé si este post tiene sentido, pero me ha salvado la vida o, esta noche, que ya es mucho. Mañana ya veremos
Buenas noches.