sábado, 30 de abril de 2011

Lo que fue nuestro


"y me pregunto si un
recuerdo es algo que
tienes, o algo
que has perdido."


Woody Allen


Hace poco visité el lugar donde nací y me crie tras una larga ausencia. A pesar de un estado de ánimo apagado y de un vacuo aburrimiento, había sentido todo el día un desasosiego indefinible pero claro. Al fin y al cabo uno es poco más que un magro residuo de las posibilidades infinitas e irrealizadas de nuestras vidas.

Antes que nada, hay que reajustarse a ese lugar. "¿Son éstos los lugares? Son estos pero yo no soy el mismo", dice el poeta. Y eso no sólo se nota cuando se pasa de niño a adulto y las cosas no han crecido como nosotros para que no sintiéramos la diferencia. Porque también es necesario readaptarse si la separación se dio más tarde. ¿Readaptarse a qué? Es tan difícil saberlo. Las dimensiones son ahora las mismas, pero todo ha retrocedido en el tiempo hasta provocarnos extrañeza. Hay un envejecimiento en las cosas, en las calles, como si fueran personas. Se ha desorganizado nuestra armonía con ellas, solo es eso. Y nuestra reacción se traduce en una contemplación muda, nos quedamos estáticos de revelación y asombro. Pero lo que más nos conmociona al regresar a esos lugares es la gente que los habita. No exactamente porque no sea ya extraña, sino por la relación familiar, la oscura complicidad que mantiene con esos lugares. Se llega a producir una apropiación por parte de esa gente de ese lugar que fue nuestro y mantenía con nosotros una íntima unión. Un café, cierto sitio en el que nos deteníamos a mirar, un jardín en el que retardábamos los pasos, ahora todo es usufructo de gente extraña que nos extraña y que se ha instalado con naturalidad en lo nuestro. Hay una traición de lo que existía para nosotros y con lo que teníamos un pacto de fidelidad. Somos intrusos, como si viésemos que nuestra mujer ha rehecho su vida con ese otro.


Recorremos las calles y las plazas de lo que fue el lugar donde estuvimos vivos con otros que también han desaparecido y el impulso que sentimos es el regresar al lugar donde vivimos. A veces encontramos algún superviviente de esa tierra que fue nuestra. Entonces ese alguien nos saluda efusivamente, no exactamente por el recuerdo, sino porque nuestra presencia redime su presencia allí, donde también es ya un extraño. Sin embargo, nos damos cuenta de que ese alguien está unido al lugar, a la gente que ya no conocemos, pero como si se hubiese adaptado y su lenguaje y sus relaciones fuesen diferentes. Hubo una acomodación y oscuramente él siente que también ha traicionado. En la breve conversación del reencuentro nos retorna al tiempo que también fue nuestro, pero sólo por deferencia al protocolo. Dos pasos más adelante ya está hablando con alguien que no conocemos y sabemos definitivamente que ha pasado. Visitar una tierra que dejamos hace mucho. Nunca podremos reencontrarla. Porque la vida es el presente y todo lo demás es ficción. Sí, sentí una sensación de irrealidad: nada parece ser lo que era en otro tiempo. Quizá sea ésa la única experiencia verdadera de nuestro pasado: siempre que volvemos a visitarlo, él (o nuestra memoria) ha cambiado. Tenemos tantas autobiografías como momentos en los que recordamos. 

"Incierto es, en verdad, lo porvenir. ¿Quién sabe lo que va a pasar? Pero incierto es también lo pretérito, ¿quién sabe lo que ha pasado? ". Antonio Machado, Juan de Mairena.

miércoles, 27 de abril de 2011

Días de primavera


Para Tesa, ella sí sabe de miradas.

Hay tardes de primavera en esta ciudad, soleada, dorada, que no se viven, sino que se desgajan. Y para ello nada mejor que una terraza de café, un dejar que nuestra mirada en reposo reciba y archive las imágenes del mundo. Ser solamente el cristal a través del cual nos penetra intacta la vida. Lo que veo es el rasgo ridículamente anodino en la faz de la calle y del día. Un policía que cree ser la única cesura en la confusión del acontecer y el pilar de no sé qué poder regulador. Enemigo de la calle y puesto allí para vigilarla y cobrar el debido tributo a su sentido del orden. Veo a una muchacha en el marco de una ventana abierta, que es parte de la pared y anhela liberarse de su abrazo, que es su mundo. Un vagabundo que, confinado a las sombras de un anguloso lugar, recoge cartón y colillas. En lo alto de la calle, como lema de la misma, un soporte publicitario en forma de columna, encima una pequeña veleta que cambia de opinión según el viento. Un hombre grueso, con un puro y una americana clara, que parece la encarnación de una mancha de grasa en un día de primavera. El ademán de un camarero en la terraza vecina que quiere matar una mosca es más trascendental que los destinos de todos los clientes de la terraza. La mosca ha logrado escapar, y el camarero se lleva una desilusión. ¿Por qué, oh camarero, tanta hostilidad con una mosca? Un perro que se apresura tras la pelota que unos niños hacen volar y se detiene ante el objeto que descansa inerte en el suelo, sin alcanzar a comprender cómo un chisme de goma tan absurdo y descabellado es capaz de dar botes de manera tan graciosa y animada, es el héroe de un drama pasajero. Solo son importantes las pequeñas cosas de la vida. En vista de los acontecimientos microscópicos, todo pathos es en vano, se pierde sin sentido. Lo diminuto de las partes impresiona más que la monumentalidad del conjunto. Ya no necesito los gestos ampulosos, que intentan abarcarlo todo, del héroe del teatro universal. Yo soy simplemente un observador con un rayo de sol de primavera.



Al soporte publicitario en el que se anuncia con grandes caracteres cosas como, por ejemplo, una marca de calzoncillos, como si de un ultimátum o de un memento mori se tratara, le pierdo todo el respeto. De alguna manera, creo, el valor ilusorio de un ultimátum y de unos calzoncillos se revela aquí en la manera en que ambos hallan expresión. Lo que se anuncia con letras tan grandes es pobre en importancia y contenido. Y me parece que en esta época no hay nada que no se anuncie con grandes caracteres. En eso consiste su grandeza. No hay nada en este mundo que se sustraiga a nuestro pensamiento. Nos desplazamos: cada cosa entra en nuestra mirada. Más lejos que la mirada calculamos una inmensa extensión donde se ordenan mundos que una lenta fotografía revela. Veo el vaivén inesperado, repentino, sin ningún fundamento, de un enjambre de mosquitos alrededor del tronco de un árbol. La figura delicada de una rama de jazmín que descansa sobre el muro del vergel. La vibración de una voz infantil, desconocida, perdiéndose en el aire. La melodía inaudible, durmiente, de una vida lejana, tal vez incluso irreal.


Decía Antoine de Saint-Exupéry que lo esencial es invisible a los ojos; no se ve bien sino con el corazón. Lo peor de nuestra época es la falta de atención, la dispersión, ir de un lado a otro sin ver nada. ¿Es que nadie mira y ve? Lo más difícil de ver es lo que tenemos alrededor. Sueño de nadie bajo tantos párpados, que no es otra cosa en el universo.

viernes, 22 de abril de 2011

Almería 66, de Francisco Ortiz




Francisco Ortiz vuelve a sorprendernos después de su estupenda novela Última noche en Granada. Y digo sorprendernos porque Almería 66, Ortiz ha encontrado a través de los 44 relatos que componen la obra, la encarnación perfecta de su propia visión sesgada e inquietante de la vida cotidiana de unos seres desarraigados, personajes que, en algunos casos, intentan comprender por qué le han correspondido semejante maldición. No son capaces de formularse a sí mismos sus propias miserias o sus propias confusiones. En consecuencia, estos relatos suscitan la nostalgia de una certeza moral y de cierta claridad de perspectiva frente a una cultura que se ha vuelto ilegible e impensable. Ese deseo habla de cierta inocencia incluso en medio de la depravación. En el fondo del agujero, no hay nada que te haga salir. Somos incapaces de medir las consecuencias de nuestras acciones. El clima de desesperanza y fracaso, la ignorancia y sus prejuicios. Son seres acostumbrados a resolver con violencia los problemas que se les plantean, faltos de un apoyo cultural y carentes de una madurez humana y mental que les permitiera una solución civilizada, su reacción ante las dificultades es primitiva, pero congruente con su postura vital. Personas que han perdido el norte, que se sienten desorientadas, que se engañan y que no son capaces de encajar sus problemas.



Los modelos populares y el encanto se desvanecen rápidamente para revelar algo más sombrío, innoble e insondable. En el proceso, Francisco Ortiz, señala que el cliché de nuestra sociedad contemporánea, de esa tierra de benevolencia comunal exige una revisión. A lo largo de los 44 relatos acudimos a actos violentos que no pueden, necesariamente, explicarse ni racionalizarse. Es el signo de la habilidad de Ortiz, de nuestra identificación con sus relatos, animada por su narración. En algunos de sus cuentos existen escenas escabrosas y perturbadoras de violencia de género casi nunca reflejadas en la literatura de una manera tan sutil exenta de cualquier maniqueo a la que estamos tan acostumbrados. Ortiz no se conforma con explicaciones fáciles. Muchos de sus personajes no están sencillamente locos; la "enfermedad" que los empujan a una cólera asesina tienen unas complejas historias familiares. De ahí también la enorme intensidad de sus relatos, el logro con maestría inigualable del suspense en todas sus páginas, e incluso en cada una de sus líneas. Ortiz sabe encarnar sus personajes, y lo hace con frecuencia, en padres de familia, en esposas y novias, en niños. Y las reacciones de sus protagonistas son tan reales y humanas, que sólo una penetración y unas experiencias muy próximas pueden haber captado y sabido expresar. La violencia está tan delicadamente entretejida en la textura de la vida contemporánea que ya no es posible de detectarla o describirla, ni sabe dónde termina el capitalismo y empieza el embrutecimiento. Ortiz propone que la enfermedad de muchos de sus personajes no es una manifestación de una disfunción individual, sino de los males de nuestra sociedad. Lo extremado de la violencia, y el modo impasible de describirla, confiere a la escritura una dimensión extraña y etérea, que es lo más aproximado a una ética, o a una estética, que puede permitirse estos relatos.

"Vivir es una aventura y echarle cojones", dice uno de los personajes de la obra. Escribir como lo hace Francisco Ortiz, también.

jueves, 21 de abril de 2011

Las luces inesperadas



Siento que ya no me queda mucho por escribir. Siento que mis ideas se agotan y, aquí estoy, a altas horas de la noche sin saber qué decir. Sinceramente me aburre escribir reseñas literarias y cinematográficas. Me aburre tanto. Quisiera volver al placer del texto. Estoy harto de que escribir se parezca cada vez a hacer los deberes del colegio. Vuelvo simplemente al placer solitario de la lectura sin compromiso. ¿Por qué se leen libros? Hay algo que falta en la vida de las personas que leen, y esto es lo que se busca en un libro. El sentido es evidente, el sentido de la vida, de esa vida que para todo el mundo está mal hecha, mal vivida, explotada, alienada, engañada, mistificada, pero acerca de la cual, al mismo tiempo, quienes la viven saben que podría ser otra cosa. Leer nos proporciona satisfacciones que nada puede sustituir pero también limitaciones no menos duraderas. Un verdadero lector es un lisiado feliz. Y aquí me encuentro en mi pequeña celda enladrillada de libros. Los libros son el muro de la vergüenza que vamos alzando y engrosando contra las inversiones del exterior, contra los ollajes de la vida. Ya no me satisface las imágenes frescas del día de hoy, las luces inesperadas del ahora, que deberían ser más importantes que todos los libros. Lo que puedo imaginar ya no existe en otra escala, en otro tiempo, nítido y lejano, igual que en un sueño.



No, no estoy seguro de nada. No puedo decir que, por ejemplo, que el asunto de Dios sea más importante que el asunto del electricista, ni que la muerte merezca más consideración que una cancioncilla, ni que el más allá quede muy lejos de unos calzoncillos, ni que el psicoanálisis no pueda ser contemplado a la vez que la ensalada, ni que... es decir, no puedo decir nada. Eso es todo lo que puedo decir. Estoy haciendo tiempo para intentar escribir, para "actualizar" este blog y no repetirme. Me viene a la memoria lo que aprendí hace mucho tiempo del viejo Woody Allen, que ante los grandes asuntos, sólo cabe el silencio o, su equivalente: la paráfrasis chistosa. En este aspecto, creo que Woody es uno de los grandes pensadores de la posmodernidad, a la que anticipa y acompaña. Pensador que piensa para decir que nada puede ser pensado, ni dicho, en términos que arrojen certezas o convicciones de ningún tipo: ni religiosas, ni políticas, ni morales, ni de ninguna clase. Y si no podemos decir apenas nada, ¿qué podemos hacer? Todo va conectado. En Recuerdos (1980), dice un personaje: "¿Quieres de verdad ayudar a la humanidad? Haz chistes mejores". Creo que este planteamiento ha conectado extraordinariamente con el estado de ánimo y el universo de valores e ideas de la humanidad-tras la caída del marxismo y el hundimiento sostenido de las religiones-, con la encrucijada del hombre del último tercio del siglo XX. De ahí, al menos una, ni la mayor ni la menor, de las razones del gran éxito de Woody, el profeta y uno de los artífices-tras el surrealismo y el absurdo-del fin de las creencias y de las fes, cualquiera que éstas fuesen, de derechas o de izquierdas, religiosas o laicas. Desde Freud, no ha existido mejor psiquiatra que Woody. Él es quien psicoanaliza.

Woody reflexiona ante la estatua del Pensador de Rodin: "Se han escrito millones de libros sobre todos los temas inconcebibles por todos los grandes genios y al final, ninguno de ellos saben más que yo sobre las cuestiones trascendentales de la vida". También en el final de uno de sus monólogos decía con toda la amarga ironía que suele esconderse tras sus palabras, lo siguiente: "En suma, me gustaría tener algún tipo de mensaje positivo que dejarles. Pero no lo tengo. ¿Aceptarían dos mensajes negativos?". Pero, para llevarle la contraria a Woody y para demostrar que, como no podía ser de otro modo, Woody también lleva la contraria a Woody.

Hace mucho tiempo, cuando vi Hannah y sus hermanas (1986) sentí, al mismo tiempo, una enorme felicidad y un agradecimiento. Es la escena, casi al final, en la que Mickey, su personaje, después de haber sufrido tanto con su cáncer y con sus males de amores, entra en un cine y ve Sopa de ganso (1933). Los Hermanos Marx disparan maravillosamente en la pantalla en un alocado frenesí una alegría primaria e irrebatible. Mientras él contempla y nosotros contemplamos esas imágenes que nos inundan de ganas de vivir, Michey dice en off lo que sigue:

"...Y empecé a reflexionar. ¿Cómo es posible que pienses en matarte? Vamos, ¿no te parece estúpido? Vamos, fíjate en todos esos ahí en la pantalla. Vamos, tienen mucha gracia, y si lo peor es verdad, ¿qué importa? Y si no existe Dios y sólo vives una vez y se acabó, ¿qué importa? Vamos, ¿no quieres pasar por esta experiencia? Vamos, no todo es una porquería, qué demonios. Y he de pensar en mí mismo, diantre, no amargarse más la vida haciéndome preguntas que jamás podré contestar, he de disfrutarla mientras dure. Y...bueno..., después de todo, ¿quién sabe? Quiero decir, vamos, quizás exista algo. Nadie sabe con certeza. Ya sé, ya sé que la palabra, quizás, es una percha muy débil para colgar de ella tu vida entera, pero es lo mejor que tenemos...Y, entonces, me puse cómodo en la butaca, y empecé a divertirme de veras".

No sé si este post tiene sentido, pero me ha salvado la vida o, esta noche, que ya es mucho. Mañana ya veremos

Buenas noches.




                         

miércoles, 20 de abril de 2011

¡Absalón, Absalón!




Me fascina la complejidad de la técnica de William Faulkner que se empareja con una sutil psicología llena de símbolos, que dan a sus historias una atmósfera de intenso pesimismo, de amargura y de tragedia; el escritor no retrocede ante la descripción de ninguna escena, y se singulariza por su tendencia a lo macabro y lo horrible, como rasgos propios de un universo desquiciadamente espantoso, cruel y absurdo, presidido por la fatalidad.

¡Absalón, Absalón! está contada cinco veces entre 1835 y 1910 (mientras Sutpen descansa de su persecución de su arquitecto francés huido con un grupo de esclavos) es la vida de Thomas Sutpen, de campesino a plantador, de su plantación (llamada "Cien") y de Bon, su posible hijo que quizá sea negro y que, si lo es y Sutpon lo reconoce, haría que todo se viniera abajo.


Las lagunas y contradicciones que la narración múltiple deja al descubierto nos plantean la cuestión epistemológica de cómo sabemos lo que sabemos de los sucesos históricos. Pero dado que en ¡Absalón, Absalón! las preguntas surgen de un problema laboral específico de una región-el de un negado cuerpo negro, dentro del blanco, cuyo trabajo forzado da sustancia a la cara, la piel, el sexo y la tierra de la clase blanca propietaria-estas preguntas cambian. "Qué sabe qué y cómo lo sabe?" se formula como "¿Cómo, sabiendo que su cara, piel, sexo y tierra están hechos por la mano de obra afroamericana (el bien dentro de los bienes), pueden seguir negando lo que saben?". La respuesta de Faulkner parecería ser que reconocer lo que saben (o en el caso de Sutpen enfrentarse a Bon como hijo suyo) sería dejar de ser ellos mismos. Que en ¡Absalón, Absalón! Faulkner empezara a tener esas ideas, incluso cuando su región seguía dependiendo para su sustento de los trabajadores negros (obligados por ser peonaje endeudado más que por la esclavitud), puede explicar la estructura de esta narración, una de las novelas modernas más importantes.

miércoles, 13 de abril de 2011

El Tiempo Ganado cumple 4 años.


Para María Borrás

Hace ya cuatro años que mi querida amiga María me introdujo en este loco mundo de los blogs. A ella se debe el diseño y el espíritu de El Tiempo Ganado. Debo reconocer que al principio me mostré escéptico por motivos de absoluto desconocimiento que yo tenía del tema, es más, jamás me había conectado a internet. Todavía, hoy, sigo escribiendo a mano en unas cuartillas y no poseo conexión en mi casa. (Sigo frecuentando locutorios y cibers que tengo más a mano). En mis primeros posteos me sentía muy desorientado porque no sabía qué demonios era un post y creo que hoy sigo sin saberlo.

A lo largo de todo este tiempo he aprendido y gozado, no de mis escritos, sino de todos los amigos que han ido visitando este espacio perdido en un universo inabarcable, un puntito en el firmamento infinito de la noche. Doy las gracias a las personas que he conocido personalmente, a los que no llegaré a conocer nunca y a los que me leen sin dejar comentarios. A todos vosotros un millón de gracias.

Como debo seguir escribiendo para engordar este post o, como se llame, compartamos esta fatídica pregunta: ¿Quién se oculta detrás de El Tiempo Ganado? Terrible pregunta, es como la que le hace la Oruga a Alicia en El país de las Maravillas, siempre difícil de contestar, hoy, en nuestro universo caleidoscópico, ha llegado a ser tan problemática que casi carece de significado: "Quién eres tú?". Todos tenemos que enfrentarnos algún día a la terrible pregunta de la Oruga. (De momento yo le doy largas). Las respuestas que intentamos formular a lo largo de nuestras vidas a la pregunta ¿quiénes somos? nunca son del todo convincentes. Somos el rostro en el espejo, el nombre y la nacionalidad que nos han dado otros, el sexo que nuestras culturas definen implacablemente, el reflejo en la mirada de quienes observamos, la fantasía de quien nos ama y la pesadilla de quien nos odia, el cuerpo incipiente en la primera cuna y el cuerpo inerte bajo la sábana mortuoria. Somos todo eso, y además su contrario, nuestro yo en la sombra. Somos alguien a punto de ser, y también alguien que ya ha sido. Nuestra identidad y el lugar y el momento en el que somos son algo fluido, y pasajero y múltiple, como el agua.



Hay otro momento en la obra de mi admirado Lewis Carroll que ilustra perfectamente la multiplicidad de su protagonista (podría ser yo), pero también la de sus lectores (¿vosotros?). Ocurre en uno de los primeros capítulos del libro. Después de caer en la madriguera, Alicia siente que ya no es ella misma y se pregunta quién puede ser esa otra que ha ocupado su lugar. En lugar de afligirse, decide esperar hasta que la llamen y contestar entonces: "¿Quién soy? Decidme eso primero, y luego, si me gusta ser esa persona, subiré; si no, me quedaré aquí hasta ser alguien distinto".

Mi querida María, te dedico también esta canción que tanto nos gustaba. Por cierto, la chica que sale en este vídeo se parece mucho a ti.



                     

martes, 12 de abril de 2011

Trilogía de la crisis vista por un ratón de biblioteca (Punto y final)



"¡Así alcanzaremos las estrellas!"

Bernard Mudoff, al término de una reunión de accionistas

Recuerdo la película 2001, una odisea del espacio, dirigida por Stanley Kubrick y escrita por Arthur C. Clarke. El mundo al que tratamos de llegar se encuentra, no en las estrellas, sino en Júpiter. Para alcanzar ese objetivo, se ha construido una nave espacial controlada por un superordenador, HAL 9000, al que los cinco miembros de la tripulación llaman simplemente Hal y que ha sido programado para dirigir la nave a su destino. Hal, una máquina dotada de inteligencia artificial, es capaz de hablar e interactuar como un ser humano y hasta puede simular emociones. Sin embargo, a diferencia de los seres humanos, se supone que no puede cometer ningún error.

Al cabo de cierto tiempo, Hal anuncia que algo marcha mal en el sistema de comunicaciones de la nave. Uno de los tripulantes, Bowman, sale para reparar la avería, en la Tierra, los controladores deducen, asombrados, que el ordenador debe de haberse equivocado. Bowman y otro miembro de la tripulación deciden desconectarlo para evitar más problemas, pero, a pesar de sus precauciones, Hal descubre su plan, elimina al compañero de Bowman y corta el suministro de oxígeno a los otros tres miembros de la tripulación. Bowman, el único que puede ahora superar en ingenio al ordenador, se da cuenta que de el "error" de Hal era deliberado. Programado para hacer que la nave llegara a su destino "a toda costa", había llegado a la conclusión de que el mayor obstáculo para el cumplimiento de la misión era la falibilidad de la inteligencia humana, y, dado que los programadores no habían incluido en su mente la prohibición de matar a la tripulación, había decidido eliminar la fuente de todo posible error: los seres humanos.



Hal es una máquina a prueba de fallos, construida para alcanzar la meta deseada "a toda costa". La estructura mercantil que hemos creado como motor de nuestra sociedad es tan perfecta como esas construcciones imaginarias, y (como comprobamos durante la crisis) igualmente letal. Le hemos dado orden de alcanzar un objetivo, de producir un beneficio financiero a toda costa, y hemos olvidado grabar en su memoria esta advertencia: excepto a costa de nuestras vidas. Para la enorme maquinaria que controla todos los aspectos de nuestras sociedades. Hal estéticamente perfecto, nosotros somos los bárbaros. Ésa parece ser la identidad que nos aguarda.

En nuestra búsqueda de estructuras dentro de las cuales podamos convivir, quizá hayamos acabado por crear una sociedades de cuyos beneficios estamos destinados a ser excluidos. Hacer caso omiso del desprecio a los derechos humanos en beneficio de asociaciones económicas, permitir la devastación del planeta con la excusa de conseguir ganancias cada vez mayores, negarnos a adoptar soluciones científicas a causa de creencias supersticiosas: todas estas cosas permiten que esas asociaciones, esas ganancias o esas creencias sean consideradas más importantes que las responsabilidades que tenemos con respecto a los demás, con respecto a nosotros mismos y con respecto al mundo.

lunes, 11 de abril de 2011

Trilogía de la crisis vista por un ratón de biblioteca (2ª parte)



"He conocido a hombres que invocaban el nombre de Jesucristo en sus diatribas contra la guerra y que ponían rifles en las manos de su policía privada para que dispararan a los huelguistas en sus propias fábricas. He conocido a hombres incoherentes que se indignaban ante la brutalidad del boxeo y que, al mismo tiempo, colaboraban en la adulteración de alimentos que mataban cada año a más niños de los que mató Herodes. He hablado en hoteles y clubs, en casas, en vagones de primera clase y en las tumbonas de cubierta de grandes transatlánticos, con magnates de la industria, y me he asombrado ante lo poco que habían viajado en el mundo del intelecto. Por otra parte, descubrí también que su moralidad, en cuanto a los negocios, era nula. Un caballero delicado, de rasgos aristocráticos, era un testaferro y un instrumento de compañía que robaban secretamente a viudas y a huérfanos. Un caballero que coleccionaba hermosas ediciones y protegía la literatura, chantajeaba a un cacique de la maquinaria municipal de negro ceño y mandíbula cuadrada. El director de un periódico que publicaba anuncios de medicamentos y no osaba publicar la verdad sobre ellos por miedo a perder los beneficios de esa publicidad, me llamó sinvergüenza y demagogo porque le dije que su economía política estaba anticuada y su biología era contemporánea de la de Plinio."
Jack London

Con ligeros cambios en el estilo y unos cuantos ejemplos actuales, la diatriba de Jack London sería tan válida hoy como lo fue en 1905. En su descripción de estos grandes hipócritas, ¿cómo no reconocer a figuras como los ministros de Economía que, después de la crisis anunciada a finales de 2008, propusieron verter miles de millones en el sistema bancario corrupto y dejar en la miseria a cientos de miles de ciudadanos "sobrehipotecados"? El desmoronamiento económico mundial como consecuencia de la especulación financiera ha dado lugar, como lo dicho, a finales de 2008, a un pánico y una desazón generalizados que, a su vez, han sido utilizados por los poderes financieros e industriales para tomar un sinnúmero de medidas que en otro momento hubieran sido imposible de adoptar, al menos sin una protesta universal. En este clima de miedo se han tomado decisiones respecto a privilegios fiscales, despidos, desalojos, traslados y cierres de empresas, sin remediar la causa primera de la crisis, una suerte de desorden moral y ético que afecta a la raíz misma del sistema capitalista. En lugar de plantear la sustitución de un sistema caduco y corrupto, los dirigentes políticos y financieros se han propuesto restaurar y fortalecer ese mismo sistema con medidas que, a la larga, serán sin duda estériles si no nefastas.

¿Cómo no pensar en Bernard Madoff, por ejemplo, con su dulce sonrisa, confesando lo mucho que sentía haber robado cincuenta mil millones de dólares? Al enfrentarse a esos personajes, el London lector debió de recordar uno de Charles Dickens, el anodino señor Merdle de La pequeña Dorrit, en quien toda la sociedad inglesa confía para sus transaciones financieras y que se revela al final como un gigantesco estafador. Sólo que el señor Merdle, a diferencia de Madoff y todos los que vendrían después, acaba sintiendo tanta vergüenza por lo que ha hecho que se corta el cuello con una navaja de afeitar.

La ficción suele exigir más moralidad que la vida real.

viernes, 8 de abril de 2011

Trilogía de la crisis vista por un ratón de biblioteca (1ª parte)



Los cuentos de hadas, como ya he dicho en varias ocasiones en este espacio, explican de manera sutil muchos de los oscuros miedos de este mundo. Nuestra naturaleza escéptica ha hecho de esos cuentos sinónimo de falsedades, de sueños ilusorios, pero algo más profundo que nuestra incredulidad nos impide olvidar que cien años de sueños pueden transformar una maldición en esperanza y que algo malvado y dentón se esconde en ocasiones en la cama de la abuela. Así, los recientes manifiestos de pánico provocadas por el repetido anuncio de la crisis económica encuentran su reflejo literario en un cuento de los hermanos Grimm, Elsa la lista.

Elsa la lista cuenta la historia de una muchacha que ve correr el viento y oye toser a las moscas. Un joven llamado Juan viene a solicitar su mano, pero a condición de que Elsa se muestre juiciosa. Durante la cena que los padres de la muchacha ofrecen al futuro marido, Elsa baja al sótano a buscar cerveza. Una vez allí, ve en el techo una piqueta que los albañiles han dejado por descuido y, presa de pánico, se echa a llorar, diciendo: "¡Si me caso con Juan y tenemos un hijo y, cuando sea mayor, lo enviamos al sótano a buscar cerveza, puede caerle la piqueta en la cabeza y matarlo!". Entre tanto los padres, preocupados por su demora, mandan a la criada al sótano para ver qué le ha ocurrido. Elsa cuenta sus temores a la criada y ésta se pone a llorar junto a su ama. Al poco tiempo, los padres mandan al criado para ver qué le ha sucedido a la criada, y éste se une al llanto de las dos mujeres. La madre sigue al criado, y el padre a la madre, y así toda la familia llora y se desespera por lo que podría tal vez suceder algún día. Por fin, Juan baja al sótano y encuentran a todos llorando. Cuando le explican el motivo del pánico, ofrece casarse con Elsa de inmediato. De la cerveza, nadie se acuerda.


La crisis económica ha servido, entre otras cosas, para enviarnos a nosotros al sótano para lamentar algo que podría quizá ocurrir algún día, y para unirnos en un sentimiento de angustia y de pánico intencionadamente fomentado, en lugar de proceder, por ejemplo, a retirar la piqueta que parece amenazar la vida de un niño aún inexistente. Obviamente, hay desastres que sí han ocurrido: miles de personas han perdido su trabajo, su casa o sus medios de subsistencia, pero no a causa de la piqueta que podría alguna vez caer sobre la cabeza de sus hijos, sino debido al pánico creado por políticos demagogos, financieros sin escrúpulos y periodistas apocalípticos.

Para muchos, este pánico ha sido de gran utilidad. Gracias al miedo engendrado por su anuncio, compañías multimillonarias han justificado el despido de miles de empleados, bancos con beneficios propios de la usura han despojado a los compradores más insolventes de sus casas, empresas con rendimientos exorbitantes, y gobiernos que siempre, en todas partes, han asignado una mínima parte de los presupuestos a la educación, la salud o la vivienda, han encontrado milagrosamente fortunas colosales con que respaldar las instituciones financieras y el sueldo de sus directivos (como demuestra otro cuento de hadas, El joven que no sabía temblar de miedo, y permite a nuestros dirigentes tomar medidas que en ningún caso serían aceptadas en tiempos de mayor sosiego.

¿Qué sucederá si, como Elsa, persistimos en nuestra supuesta listeza? ¿Qué nos sucederá si, en lugar de reflexionar con calma e inteligencia sobre nuestras circunstancias, nos dejamos llevar por el pánico artificialmente creado? Nuestro cuento de hadas nos ofrece un final aleccionador. Convencido de la listeza de su mujer, Juan le envía a trabajar al campo. Pero Elsa prefiere comer primero y echarse una siesta después, y cuando Juan va a buscarla, la encuentra dormida en medio del trigo sin segar. Para castigarla, la cubre con una red para cazar pájaros, de la cual cuelgan docenas de pequeños cascabeles. Elsa se despierta, ve que ha oscurecido, y, al escuchar el tintineo de los cascabeles, se espanta y se pregunta si es o no Elsa. "Iré a casa y preguntaré si soy yo o no", se dice. "Así estaré segura." Al llegar, llama a la ventana y grita: "Juan, ¿está Elsa en casa?". "Sí", le contesta Juan. "Si está, entonces yo no soy yo", exclama la pobre Elsa, que después huye del pueblo sin que nadie haya vuelto a saber de ella.

El anunciado empobrecimiento económico resulta, en manos de los manipuladores políticos y financieros, un empobrecimiento tanto de identidad como cultural. Nos induce a desconocer quiénes somos.

jueves, 7 de abril de 2011

El cine no entiende de escritores ni de libros



La importancia del cine como arte narrativo no tiene mucho que ver con la trascendencia total de la vida. La posibilidad de que el ser humano se vea a sí mismo y se vea en movimiento es una alucinación que la Humanidad sólo había experimentado de forma primitiva utilizando las aguas de un río o de una fuente, la magia de un espejo y poco más. Creo que ya ha quedado claro a lo largo de este blog mi amor al cine, pero hoy quiero darle un buen rapapolvo por la manera que ha tratado a los escritores y a los libros. Soy consciente que la mayoría de los escritores son unos frustrados, que es el que todos llevamos dentro. Y digo frustrado porque vivimos más de nuestro proyecto vital que de nuestra realidad existencial.


Amargados, resentidos, frustrados, arrastrados, humillados, cínicos, borrachos, traumatizados, enfadados, etc. Es así como las películas han mostrado hasta nuestros días a los escritores. Desde aquellas que tratan personajes reales hasta las que tienen a protagonistas imaginarios, el cine ha tenido una visión muy negra del escritor y al acto de escribir. En Remando al viento (1988), de Gonzalo Suárez, Lord Byron, Shelley y Mari Shelley aparecen como seres ingenuos hasta la exageración, presos de impulsos de cólera sin fin. Hammett (1982), de Wim Wenders, nos muestra a un Dashiell Hammett entre el delírium trémens y sus dudas sobre su propio talento. Vidas al límite (1995), de Agnieszka Holland, nos muestra a unos atractivos Arthur Rimbaud (Leonardo DiCaprio) y Paul Verlaine (David Thewlis) que por momentos no están muy alejados de La extraña pareja (1968). El resplandor (1980), de Stanley Kubrick, nos muestra a Jack Torrance (Jack Nicholson) que empuña un hacha contra su propia familia. Virginia Wolf, Iris Murdoch, Dylan Thomas, Oscar Wilde, Truman Capote, las hermanas Brontë, James Joyce, Peter Barrie, Franz Kafka, León Tolstói, etc. Todos ellos han sido protagonistas de películas que siempre han recalcado los aspectos más negativos e infelices de estos escritores, aunque precisamente no tuvieron vidas pastorales, estoy convencido que también pasaron muchos buenos momentos. Aquí viene otro de los problemas de la transcripción que sus vidas tiene en la pantalla: los mejores momentos que pasaron, me atrevo a pensar, fueron aquellos que vivieron delante de una mesa con una cuartilla en blanco, un lápiz o una máquina de escribir.



La extrema dificultad que tiene los directores de cine con la cámara para retratar esta felicidad íntima del acto de escribir, quizá, sea una de las razones por las cuales son las innombrables y absurdas elipsis que pueblan estas películas, por ejemplo: en un plano vemos como el escritor se sienta ante su mesa de trabajo mientras la cámara se acerca hasta encuadrar su estilográfica o lápiz y se desliza hasta su mirada concentrada, se produce un corte y en el plano siguiente ya tenemos el libro en las librerías. Los cineastas no han sabido nunca cómo captar este proceso interno que lleva a un ser humano a encadenarse a una mesa durante días y noches hasta conseguir acabar una obra que destila el trayecto vital a otros seres humanos. Los prolegómenos sí, las consecuencias también. Es mucho más fácil mostrar cómo un escritor, plano contra plano, rompe con inicios equivocados (típico de las películas de escritores) y tira la máquina de escribir por la ventana (otro tópico) o filmar la sonrisa autocomplaciente de quien acaba una obra y levanta los brazos (más tópicos).



Por otro lado, es difícil ver en una película el interior de una casa donde aparece una biblioteca familiar. Tampoco a ningún héroe del cine clásico, Cary Grant, John Wayne o Gary Cooper, leyendo un libro en la mecedora del porche después de realizar cualquier hazaña. Nadie será capaz de imaginar una escena con Robert de Niro, Brad Pitt o Tom Hanks enfrascados en la lectura de una novela, o rodeados con estanterías cargadas de volúmenes manoseados.

Es fácil mostrar la infancia normalmente desgraciada de un escritor, su adolescencia turbulenta, los traumas que marcaron su vida y que por una extraña razón lo llevaron a escribir o al manicomio (una cosa no descarta a la otra). Lo que es terriblemente difícil es filmar el inconstante, deslizante y maravilloso milagro de poner una palabra delante de otra y que de estas palabras surja En busca del tiempo perdido.

Los libros se salvarán siempre de las imágenes. Ahora me pregunto qué tiene más fuerza todavía, si la imagen literaria que conservamos en la memoria después de la lectura o la visión de todas estas fantasmagorías de luces y sombras. ¿Qué deja un oro más profundo en el alma; una goleta navegando rumbo a los mares del Sur a través de las páginas de Stevenson o Clint Eastwood soplando la boca del revólver en la pantalla?

martes, 5 de abril de 2011

De la vida y otras ficciones



Para María Biloba

Cuando el luar da en la hierba,
no sé qué cosa me recuerda...
Me recuerda la voz de la criada vieja
contándome cuentos de hadas
y de cómo la Virgen vestida de mendigo
andaba de noche por los caminos
sonriendo a los niños maltratados...

Si ya no puedo creer que eso sea cierto
¿para qué da el luar en la hierba?

Fernando Pessoa

La literatura no nació el día en que un chico llegó corriendo del valle neanderthal gritanto "el lobo, el lobo" con un enorme lobo gris pisándole los talones, enseña Nabokov a sus alumnos; la literatura nació el día en que un chico llegó gritando "el lobo, el lobo", sin que lo persiguiera ningún lobo.

No hay mejor ejemplo que Las mil y una noches para explicar la razón de ser de la ficción en la vida de los seres humanos. La literatura es un permanente desagravio contra los infortunios. La ficción es un sucedáneo transitorio de la vida. Nuestra integridad moral es siempre subjetiva y ambigua, y de que la frontera entre lo que creemos que haríamos y no haríamos es más difusa de lo que pensamos normalmente. La creencia en lo que está escrito en un libro permite sostener y reconstruir lo real que se ha perdido.


Recuerdo que en 1940, dieciséis años después de la muerte de Kafka, Milena, la mujer que tanto le había querido, fue detenida por los nazis y enviada a un campo de concentración. De pronto la vida pareció convertirse en su reverso: no en muerte, que es su conclusión, sino en un estado demencial y sin sentido, un estado de un sufrimiento brutal que no respondía a culpa alguna ni tenía propósito visible. Intentando sobrevivir a esa pesadilla, una amiga de Milena concibió un método: recurrir a los libros que había leído hacía tiempo y que, inconscientemente, almacenaba en la memoria. Entre los textos memorizados figuraba uno de Máximo Gorki, Ha nacido un hombre. El relato de Gorki se convirtió, para la amiga de Milena, en su santuario, un pequeño lugar seguro en el que podía refugiarse del horror cotidiano. La ficción, no la explicaba ni la justificaba; ni siquiera ofrecía esperanza para el incierto futuro. Simplemente existía como un punto de equilibrio recordándole que había una luz en medio de aquella oscuridad y ayudándoles así a sobrevivir. Ése, creo yo, es el poder que tienen las ficciones. "Ver el mundo a través de los libros, el gran lector", Manuel Vicent.


Siempre he huido del celofán encubridor y tenue de un fondo común, terrorífico y alucinado de nuestra "realidad". Encontré en la literatura el aliento medicinal que la vida no me ha insuflado. La ficción, revés de la vida, me descubrió siempre el entramado mediocre de la existencia. Siempre he preferido los rincones donde se guarda el clasicismo de mis primeras lecturas de infancia que los rincones donde se guardan, dicen, el clasicismo del mundo. Aquello que da unidad a mi existencia es la literatura; todo lo vivido, pensado, añorado, imaginado está contenido en ella. Más que un espejo es una radiografía: es el sueño de lo real. El mundo está desencantado y yo lo encanto cada día con mis lecturas. La vida se completa con un sentido que se toma de lo que he leído en una ficción. Lo que podemos imaginar siempre existe, en otra escala, en otro tiempo, nítido y lejano, igual que en un sueño.


El otro día, paseando por la orilla del mar, miré hacia el horizonte y pude ver sobre la superficie del agua el lomo de El Nautilus. Imaginé que el capitán Nemo me invitaba a subir a bordo para navegar a través de las profundidades del océano y mostrarme todas sus maravillas desconocidas u olvidadas. Me dije que si ésto no era posible, ¿para qué existe el mar? ¿para qué estoy aquí?

Schopenhauer definió la vida como un libro leído una sola vez hace mucho tiempo. Quien no desee estar en contacto con la ficción no podrá escapar de ella. Leer es ir también al encuentro de algo que está a punto de ser y aún nadie sabe qué será.

sábado, 2 de abril de 2011

Luces de bohemia



"Siempre habrá la duda de si el hombre es un animal que sirve para pensar o solo para pastar."

Ramón María del Valle-Inclán


Hoy, de vuelta al pensamiento débil, todos trabajamos la bagatela, ya que los grandes temas y los grandes sistemas se van muriendo como las catedrales. El grito de "viva la bagatela" ha perdido hoy toda su fuerza subversiva, pues que la bagatela se ha vuelto muy rentable. Hoy vuelvo a su obra, mi querido don Ramón, más vigente que nunca. Usted nunca ejerció de vanguardista profesional o de nómina, pero lo es más que nadie. Usted se anticipó a Marcel Proust: "las cosas no son como son, sino como las recordamos", a James Joyce y al teatro del absurdo de Beckett e Ionesco. España sigue siendo más esperpéntica que absurda. Sin embargo, no tiene usted demasiados partidarios entre los escritores que si lo citan lo hacen por decoración, no por filiaciones estéticas. Fue el único bohemio de todo el 98. Sus compañeros de generación tenían cátedra, como Unamuno, Machado, o unas rentas, como Baroja. Luego vendría el 27, ya una generación de señoritos, "geniales" si se quiere, pero no bohemios. Su estética es una superación del dolor y de la risa, como deben ser las conversaciones de los muertos, al contarse historias de los vivos. Creo que ésto lo dijo usted, no lo recuerdo. Usted no solo es un estilo, sino un alma noble, ascendente, con muchas horas de recogimiento y que sopesa con absoluto desinterés las miserias y las grandezas del mundo: ermitaño, ausente de todo, "desdeñar a los demás y no amarse a sí mismo".



En su redimidor arte sintió siempre que el mundo en que vivía era un mundo inacabado, y la obra mejor en ciertos tiempos es la que revela el desgano y el ludibrio de vivir en esa época que ha tocado a uno en suerte. Todo desvanecido en el mar de fondo del vivir callado en la hondura, pero nunca naufragó, en medio de todo, porque llevaba el salvavidas de su entusiasmo literario. Usted vivió entre un mundo de pintureros banales, corresponsales que ganaban más que usted, de escritores viviendo de changas, de refritos, de "yo conozco al director", y, sin embargo, no se doblegaba, no cedía, esperaba bajar por la escalera de caracol secreta a la reunión de palabras fascinantes y de amor escondido, con celos hasta de sí mismo: todo lo cual merece la pena de vivir, pues las otras vidas si se desprendiesen de su aturdimiento frívolo tendrían que suicidarse. El que no se toma tiempo para ver llegar lo que a lo mejor no llega nunca, no es artista cabal. El que trapichea mucho, busca cargos de influencia para halagar a los vulgares y entretenidos hombres, es inútil que quiera ser el literato que vivió la delicia inefable, aunque haya muerto en la indigencia. La soportación a la chabacanería grosera de la vida, su tener prisa por cosas a las que lo mismo daría no llegar nunca. Usted me enseñó que no se necesita mucho para continuar esa vida sin vergüenza que practica el género humano en general. Y por eso acepto como usted la escasez y la miseria si es necesario, porque bien sabemos ambos que no enajenando nuestro ser - hay quien cree que no se enajena haciendo ciertas cosas, pero se enajena - no se puede conseguir bastante dinero. Usted fue un pasajero de versos indefectibles frente a todo futuro.



¿Dónde me dijo que los siglos no pasan? ¿Alguien los ha visto pasar? Es el mismo siglo que vuelve a usarse. ¿Dónde me dijo que somos muertos optimistas que puesto que no tiene nada de lo que hay en la vida tienen que inventarlo todo y así somos los únicos que vivimos? Tenía quietismo, poca prisa, y mientras exprimía las horas hablando, viendo venir la muerte, deteniendo el entierro con un solo afán de ganar la centuria viéndose a usted venir por las ventas de los caminos, decía: "Quiero ver el panorama de todos los días... ¡Que nadie me lo perturbe!". Se vestía nada más que para eso y con eso tenía bastante. La ciudad se convertía más en una ciudad tranviaria y nadie dignificaba los faroles, tan dignificados por los perros y los hombres. Se envalentonaba, esperpéntico, atrabiliario como nunca. No calló un solo momento, denunció, maldijo, pronosticó. Usted nunca tuvo despacho ni mesa-escritorio, pues escribía en la cama como un agonizante y llenaba cuartillas y cuartillas en la posición más violenta. Recibía pocos amigos en la intimidad de su casa, pero Unamuno tenía venia especial para entrar, y, en sus cada vez menos entrevistas, sus respuestas eran más tremendas y lacónicas. No podía trabajar a destajo porque los buenos libros se hacen lentos, como sería lento el paso por la clepsidra de una gota de agua que estuviese ya embarazada de diamante.
Época trashumante, en casas menos definitivas, más resueltas, desprendidas de sus muebles, sin vidrieras policromas. Entrando en desidia y lo ha dejado naufragar todo: ese vivir herido siempre de muerte. Usted no tenía dónde caerse muerto, y la rémora de la vida le atosigaba tan sin pausa ni tregua que hubo un momento que no pudo más y sufrió la muerte rápida a esa lenta angustia. Sufrió ese contraste con la vida en que todo parece arte y después no lo es. Roto, desvigorizado, desengañado, era ya usted, como Don Quijote, el señor de los tristes. Todo se había plantado en la vida y por una cosa u otra se había quedado solo. "Los perros ladran al sentirse solos. Nosotros ladraríamos de desconsuelo en una noche como ésta. ¡Figúrese usted un perro! ¡Cómo debe de sentirse de desorientado en las calles de los hombres". Pero usted fue un empedernido y no tenía que ver con los que no escarmientan. Su moral era superior a la que solapan los otros. Usted era un apóstol con derecho a la predicación redimidora, asustando a los hipócritas. Estaba dando adiós a la vida por las callejas y los soportales más impresionantes y más entrañables del mundo, bajo una lluvia que hacía vivir la armonía de los cementerios en plena vida, cruzando la nocturnidad popular, golfante y lupanaria. Sintió el hospital de la vida en plena calle, como en un meandro al que van a parar los seres nocheros. "Solamente cuando nos perdemos por los musicales senderos de la selva panida podemos oír los pasos y evocar la sombra del desconocido que va con nosotros".


Sí, mi querido don Ramón; llegamos a describir bien la vida, pero no nos apoderamos de ella. Eso es lo terrible. Se escapa a nuestro poder y a nuestra férula porque nos escapamos nosotros mismos a nosotros mismos. El arte es presentimiento y supervivencia. De la calle me llega por el balcón la desolación de la vida. Usted dijo a la hora de su muerte: "Cuánto tarda esto".


viernes, 1 de abril de 2011

El encontronazo con la Historia



"La historia no es más que un desfile de falsos Absolutos, una sucesión de templos elevados a pretextos, un envilecimiento del espíritu ante lo Improbable."

E.M.Cioran

"La Historia, esa pesadilla de la que quisiera despertar."

James Joyce

"A la larga, la verdad no importa."

Wallace Stevens


Desde las primera páginas del libro de ensayos de Milan Kundera, Un encuentro, descubro la absoluta libertad desde la que el autor escribe, libre de cualquier imposición, fe o ideología, sin concesiones a nada ni a nadie, desilusionado de todo excepto de los creadores en los que encuentra algo que compartir. Es la libertad que Kundera viene reivindicando desde hace tiempo para el novelista y el escritor en general, la libertad del que ha vivido suficiente como para desenmascarar todas las trampas que le ha tocado vivir. Kundera ha tenido demasiados encontronazos con la Historia como para creer aún en algo ajeno al individuo: primero vivió el brusco despertar de su obnubilación con el comunismo, después la desesperación tras la invasión soviética de Checoslovaquia, que le llevó al exilio y al cambio de lengua literaria, del checo al francés; y, tras el deslumbrante éxito de sus novelas, a sus ochenta y tantos años tuvo que soportar una calumniadora campaña contra su persona, lanzada desde Praga y vociferada frívolamente por la prensa del mundo entero. Esas experiencias, que discretamente deja entrever en Un encuentro, hacen de él un pensador libre que defiende al hombre y su camino hacia la independencia interior y la ilustración. ¿Por qué este título? Porque para hablar de lo que íntimamente le interesa, Kundera convoca en sus páginas a los creadores a los que siente más cercanos. Así desfilan por el libro escritores como Juan Goytisolo, Céline, Philip Roth, Carlos Fuentes, García Márquez o Curzio Malaparte, o músicos como Stravinski, Xenakis o Janácek, referente insoslayable en todos los libros de ensayo de Kundera. En estos encuentros, Kundera aborda los grandes temas que le ocupan al final de su vida: la identidad y el exilio, la falsedad y la traición, la memoria y el olvido, los vivos y los muertos. Siempre desde la peripecia del individuo, el único que para Kundera tiene valor, el hombre ínfimo ante la historia y sus poderes, ante las limitadoras identidades colectivas, ante las religiones y las ideologías.

Kundera cuenta que poco después de su llegada a Francia, en una reunión mencionó el nombre de Anatole France y acto seguido el escritor rumano E.M.Cioran se inclinó hacia él para susurrarle: "¡No pronuncie jamás aquí este nombre en voz alta si no quiere convertirse en la comidilla de la burla general!" ¿Por qué? Pues porque en un país que se enorgullece de su revolución, un escritor que la analiza críticamente es digno de menosprecio.

Para Kundera la desmemoria es un mal, pero la memoria utilizada como arma de castigo, convertida en mítica transparencia obligada, resulta igualmente dañina, pues aboca a una generalizada indiscreción.


En las últimas páginas, Kundera analiza la novela La piel de Malaparte. Su tema es Europa, sometida primero por el nazismo, luego liberada - liberada y ocupada - por EE.UU. y la URSS. La Europa que había considerado su cultura como modelo para el mundo, tras su liberación, empieza a sentirse pequeña ante una América luminosa y omnipresente. En cambio en la propia percepción de los europeos, el europeo cansado y escéptico, vencido y culpabilizado que se dejó cegar por el brillo blanco y virtuoso de la sonrisa americana, interesa tanto a Malaparte como a Kundera.

Si Kundera comienza su libro hablando de los vivos, de su escasa originalidad y su patético parecido físico a los retratos de Bacon, Un encuentro concluye con una reflexión sobre los muertos. En comparación con los vivos, los muertos tienen una absoluta superioridad numérica: "Seguros de su superioridad, se burlan de nosotros, se burlan de esa pequeña isla de tiempo en la que vivimos, de ese minúsculo tiempo de la nueva Europa la cual nos muestran en toda su insignificancia, toda su fugacidad."

Al terminar Un encuentro constato que Milan Kundera, ni francés ni checo, es uno de los mejores ensayistas actuales y que este es su libro de ensayos más bello y más lúcido, más mimado y personal.