martes, 31 de mayo de 2011

Moscas



"Tú mira la mosca. Observa. Piensa".

Augusto Monterroso, Movimiento perpetuo

Leo un artículo en La Vanguardia de José Antonio Marina titulado Las moscas. Dice: "No me parece que las moscas sean un objeto de meditación interesante". Luego acaba escribiendo un artículo muy interesante sobre ellas. Augusto Monterroso en su obra Movimiento perpetuo, pone citas de autores diversos en cada uno de sus brillantes textos, haciendo referencia a las moscas. Salvador Dalí era un gran apasionado de este insecto díptero. Dice en Diario de un genio: "YO, DALÍ: Adoro las moscas. Sólo soy feliz tomando el sol y cubierto de moscas". Luis Buñuel hace una mención especial a ellas en Mi último suspiro: "Imaginariamente, la vida humana no tiene para mí más valor que la vida de una mosca. Prácticamente, respeto toda vida, incluso la de la mosca, animal tan enigmático y admirable como una hada". En La edad de oro (1930), Buñuel coloca unas cuantas moscas en el rostro de un individuo mientras suelta un discurso trascendental. Y para hablar de un ser menor como yo, nada identifica mejor las horas de estío y hastío que pasé en el colegio, que las moscas. Los profesores franquistas daban sus clases con odio y trascendencia hasta que una incordiante mosca venía a posarse sobre sus rostros. Todo se desmoronaba. Los profesores pasaban el odio que sentían hacia sus alumnos a la impertinente mosca que no se dejaba atrapar; persistente, anarquista y democrática a la vez. Las moscas hacían tabla rasa. Para ellas era lo mismo un excremento de perro que las naricillas fascistas de aquellos mediocres y energúmenos profesores.

Recuerdo un año que la profesora de ciencias naturales se puso enferma y la asignatura nos la tuvo que dar, durante seis meses, el director del colegio: enano, calvo, incompetente, frustrado y con mucha mala leche. Cada viernes a primera hora de la mañana iniciaba la clase de la misma manera. Todos sabíamos a lo que nos enfrentábamos; a la repetición eterna de lo mismo: "¿Qué es materia? Todo lo que ocupa y pesa un lugar en el espacio. ¿Una mosca, pesa?", nadie respondía, no porque desconocíamos la respuesta, sino por miedo. "No. Pero algo pesa". Todo esto tiene que ser visualizado en su contexto: clase vieja, mohosa, rancia, oscura y decorada con una foto de Franco y un crucifijo y una mosca revoloteando sobre la calva del director.

Por más que no queramos reconocerlo las moscas son una terrible metáfora de nuestras vidas, de nuestra ridícula existencia. Una mosca entra por las ventanas abiertas, y sale sin que nadie haya aprendido qué noticias nos traía. Debemos pensar que todo tiene una causa: es como la araña que teje la tela para apresar a la mosca. Lo hace aun antes de saber que en el mundo existen las moscas. Total para "muerta entre sus moscas muertas un soplo de aire acuna a la araña", Samuel Beckett. Existe una estupenda greguería de Ramón Gómez de la Serna que dice: "Hay momentos en que las moscas hacen gestos de quererse arrancar la cabeza como desesperadas de ser moscas". También me gusta mucho lo que dice Borges en Historia universal de la infamia: "Tanta soberbia el hombre, y no sirve más que para ajuntar moscas". ¿Qué escritor no le ha hablado a su mosca? ¿A quién no reconozco en su mosca? ¿Quién no tiene una mosca trapaleando para él?. Una mosca se pasa por la pantalla de mi ordenador, lee lo que estoy escribiendo y se va como despreciando lo que ha leído. ¡Es el más exigente crítico literario! Sigo mirando la mosca. Observando. Pensando, y, añadiría también; recordando, como bien recomendó el bueno de Augusto Monterroso. El aburrimiento de Dios sin nosotros, moscas.

Ay, mi querido don Antonio Machado...


                           

lunes, 30 de mayo de 2011

Diario de lecturas



Miércoles

Voy a leer Un mundo feliz (1932), de Aldous Huxley y 1984 (1948), de George Orwell. Debo acabar sendas lecturas antes de que llegue el lunes.

Viernes

Huxley lo predijo todo: la clonación, los niños-probeta, el totalitarismo, la globalización materialista, el nuevo fascismo de la felicidad artificial y obligatoria, la ideología light. La novela de Huxley es una distopía. Lee nuestro futuro, es decir, nuestro presente. Hoy, con las manipulaciones genéticas, la clonación de una oveja o de una vaca, la fecundación in vitro y la secuenciación del genoma humano, sabemos que la era de la poshumanidad se acerca. El libro se inicia con la visita guiada a un "Centro de incubación" en el que se producen bebés-probeta. El Estado Mundial fabrica humanos en cadena, siguiendo criterios de selección eugenistas (el esperma de los guapos se une a los óvulos de las guapas, el de los feos a los de las feas) antes de condicionarlos mediante hipnosis durante el sueño para el empleo que les ha sido asignado. Sobre la tierra, ya no hay ni familias, ni razas, ni países. La libertad sexual es absoluta (pero Shakespeare está prohibido). "La vida es una historia llena de ruido y furia contada por un idiota, que no significa nada." Quizá sea este mi caso. Todo el mundo se tira a todo el mundo o toma "soma", una droga gratuita muy enforizante. Qué mundo más maravilloso: ¡una orgía permanente de yonquis! Pues no, nada es tan bonito como parece. 


En Cándido de Voltaire, cuando Panglos repite: "Todo va bien en el mejor de los mundos posibles", no olvidemos que es tuerto y que sólo ve la mitad de la realidad. Al poder le interesa que los ciudadanos gocen lo más posible con tal que no piensen. El protagonista de la novela, Bernard Marx (¿Carlos Marx?), como consecuencia de un error de manipulación en el laboratorio, dispone de conciencia e incluso puede enamorarse de Lenina (¿Lenin?). Le seguimos en su intento de revuelta junto a John, un Salvaje, quien, a su vez, ha sido educado en una reserva primitiva, en Nuevo México, al margen del Mundo Feliz. No hace falta que desvele el desenlace, es fácil de adivinar que la rebelión acabará mal. Pobres indignados de las plazas. Pobre de mí. Novela de anticipación profética, fundamentada en un conocimiento científico y político muy realista. Un mundo feliz no ha envejecido nada, al contrario. Creo que Huxley tenía razón al tener tanto miedo. Lo sabremos si vivimos en los próximos años.



Sábado, nueve de la noche

Me preparo para salir a tomar unas copas. No sé en el fondo por qué las tomos, si para divertirme o por no descubrir que no me divierto nada. Tampoco conseguiré a la mujer que me trae de cabeza. Ella pertenece al esperma de las guapas y yo al de los feos. "El mundo se va a volver tremendamente imbécil. Durante los próximos años, la cosa va a resultar muy aburrida." Flaubert. "El futuro será aburrido." J.G.Ballard. ¡Dios, no debería leer tanto!

Domingo por la mañana

Resaca. No recuerdo nada. Café muy negro y espeso. Un cigarrillo y el libro de Orwell. Tengo todo el día para leerlo.


Domingo, medianoche

Vivimos en el mundo que describe Orwell: un mundo totalitario cuyos habitantes son vigilados por una pantalla vídeo-world. (Seguro que ya está colgada en la red mi imagen ridícula de ayer por la noche grabada con un móvil por un conocido ocasional y olvidado). En la sociedad de Orwell el pasado se reescribe constantemente. Los cerebros son sometidos a un lavado, en la que la vida sexual está reglamentada, en la que se oprime a los ciudadanos con la excusa del amor, de la paz y de la tolerancia. Todo está organizado para impedir que piensen. Pienso en la red, las webcams retransmitiendo el mundo entero la vida privada de personas; estamos fichados, pueden rastrear nuestros movimientos, localizarnos a través de las tarjetas de crédito, de los teléfonos, los satélites de espionaje y conducción. Tenga la sensació de que la mayor parte de la gente ya le horroriza palpar el tiempo y por eso lo tiene que llenar, por ejemplo, llamando por el móvil a ochocientas personas para decir que van por la calle Aragón, camino de Plaza Cataluña. ¿Qué importancia tiene esto y para qué llaman a nadie para contárselo? Pienso en el fenómeno facebook. La gente está conectada todo el día en su blackberry. Es como si la gente tuviera una especia de pavor a que no haya testigos de su cotidianidad, de su existencia. Por otra parte, la publicidad manipula nuestros deseos. Los revisionistas borran millones de muertes. El programa "Gran Hermano", de éxito mundial vigilan las veinticuatro horas del día la vida de diez candidatos recluidos en un apartamento trufado de cámaras. 


George Orwell no se equivocó: su novela premonitoria, por más influencia que tuviera de los totalitarismos de su época, nazismo y estalinismo, y de Un mundo feliz, no hacía sino describir con todo lujo de detalles la evolución del mundo Occidental del futuro. 1984 sigue leyéndose con temor y avidez. No son únicamente sus dotes de videncia lo que nos atenaza, sino también su visión del porvenir, que ha tenido una tremenda influencia sobre todas las artes, especialmente el cine y la literatura ciberpunk. Antes de Orwell, el futuro tenía mejor aspecto, era puro Flash Gordon, con sus marcianos y platillos volantes. Después de Orwell, el futuro no volverá a ser el mismo: un mundo penitenciario, angustiosamente sombrío: Brazil, Blade Runner, etc. Orwell creó esta estética; el futuro como un inmenso gulag del cual el protagonista, Winston Smith, nunca logrará escapar. De hecho, 1984 termina con esta frase: "Él amaba a El Gran Hermano." Smith, acaba de ser reeducado, está, como todos nosotros, sometido e intoxicado. El sistema sale victorioso cuando consigue que amemos nuestra prisión. Todo ser humano es un héroe al que la existencia le da plantón constantemente. Pobres indignados. Pobre de mí.

Lunes, seis de la mañana

Vuelvo al trabajo cabizbajo.


viernes, 27 de mayo de 2011

Sueños venecianos


"El viajero es un anarquista conservador; un conservador que descubre el caos del mundo porque lo mide con un metro absoluto que revela la fragilidad, la provisionalidad, la ambigüedad y la miseria".

Claudio Magris


Mi Venecia sigue siendo la de Casanova, la de Lord Byron y los Shelleys, allí Mari Shelley creó a su inmortal Frankestein. Shakespeare puso a su mercader en Venecia. Me gusta la Venecia de J.L. Borges, Vicente Aleixandre, Alberto Moravia, Juan Carlos Onetti, Octavio Paz, Salvador Espríu, entre otros. Me gusta la Venecia de Thomas Mann y su Gustave von Aschenbach que fue a morir allí, pero no sin antes descubrir la belleza del ideal griego del joven Tadzio, que sigue a través de las callejuelas y los canales de la ciudad más bella del mundo, asolada por una epidemia de cólera. El poeta Ezra Pound también murió allí. Me gusta Anónimo veneciano (1970), de Enrico Maria Salermo con una de las bandas sonoras más bellas de la historia del cine, compuesta por Stelvio Cipriani. Enrico, el protagonista, también tiene los días contados. Encuentra las fuerzas que necesita para afrontar los compromisos profesionales que tiene pendiente. Recibir el pasado es con frecuencia más útil de lo que se cree. Emociona el paralelismo que se establece entre la muerte larga, lenta e irremediable de Venecia y la de Enrico, como hicieron, antes y después, otras películas. Ay, los ochenta mundos de mi vuelta al día. Leo en el excelente libro de Predrag Matuejevic, La otra Venecia:

"La mala reputación que habitualmente acompaña a los textos sobre Venecia se puede explicar de distintos modos. Casi todo el mundo que ha estado en ella y que tiene la más mínima relación con la literatura considera su deber anotar lo que ha descubierto, una frivolidad de este tipo, se paga cara. Otra cuestión es saber si la propia Venecia es culpable de la copiosa literatura que se ha consagrada. ¿Qué podría haber hecho para evitarlo?"



Razón no le falta. Pero existe un tema más peliagudo. Venecia se ha convertido en una esfumada receta. El seno de cada canal es un enorme limón podrido donde navegan gondoleros de cartón; en la plaza de San Marcos los violinistas tocan valses adornando el café capuccino. La estética se hunde en la ciénaga. Venecia posee un esplendor fenecido. Es una ciudad de turistas servidos por pequeños comerciantes. Cuando éstos cierran la tienda, el antiguo casco queda muerto y por sus vericuetos de exquisita putrefacción deambulan los cazadores de cabezas en busca de muchachas rubias. El resto son ancianos sonámbulos de California.



Ya en mi primera madurez el viajar no puede decirme nada. Lo que me dice es la identificación de mi espíritu con la realidad oculta del mundo. Y para llegar a esta identidad, a ver y sentir los matices de las cosas, necesito sentirme dueño de mi mismo, no hacer nada, no prodigar mi personalidad en andanzas, en movimientos vanos, en gestos exteriores, en el trato inútil y cansado de las gentes. En todas partes del mundo los turistas son idénticos y hacen las mismas cosas. Visten igual, comen platos semejantes, ríen, hablan, caminan de forma parecida, ruedan en autocares homogéneos, vacían el cuerpo en las paradas establecidas, se echan fotos mutuamente dando la espalda al monumento consabido. Uno comienza a pensar sino constituyen una estirpe de mutantes que está engendrando una raza uniforme con el propósito de poblar la tierra. El hombre es una larga, tardía aventura. Hastiadas almas desorientadas en el vano deseo de los viajes.



Hoy, viajar a los lugares imprescindibles no distingue, sino que vulgariza. Viajar en dirección a un sueño es la más hermosa de las emociones, pero encierra el peligro de una inmensa decepción. El mundo ha cambiado mucho, nada es como fue ni como lo imaginábamos. Viajar consiste en poner el alma en el camino para recordar después los sueños que hayas vivido si has conseguido encontrarla en algún bello lugar, muy lejos de tu propia vida. Se viaja no solo a través del espacio, sino también del tiempo y contra el tiempo. El viajero no es un simple curioso ni un mero testigo sino también un crítico que ha roto amarras con la serenidad de todos los puertos y sabe afrontar sin escándalo pero también sin plena resignación las lecciones del desencanto. Si viajo ahora, en todo caso, es para seguir una idea que alenté, o para sentirme que piso el lugar que he soñado ver. Siempre acabamos llegando a donde nos esperan: los sueños. Quizá vuelva a Venecia para morir, como Enrico, como Aschenbach o Pound, y, reconciliarme con la Venecia que tanto escritores como pintores o cineastas dejaron de lado: las hierbecillas que crecen entre las piedras de las fachadas, los pilotes de amarre de las embarcaciones, las esculturas murales, los pozos de las pequeñas plazas, los crepúsculos, la herrumbre y la pátina. La cara oculta de Venecia, más allá de los fastos, la invisibilidad y el silencio constituyen su esencia secreta. Es cierto que regresamos siempre de los viajes, pero no se debe viajar con la intención de hacerlo. Viajar tiene también algo de nacimiento. Sea inútil este viaje. Inútil y esencial.


                               

martes, 24 de mayo de 2011

Filitrastofosfonik


En uno de los capítulos de la novela de mi admirada Astrid Lindgren, Pippi Calzaslargas, Pippi inventa una palabra nueva: Spunk. Ahora sólo le falta saber qué es eso. Podría ser un caramelo o tal vez un aspirador, pero ¿y si es un monstruo? Por si acaso, con la ayuda de sus amigos Tommy y Annika, prepara una trampa al temible Spunk. Sin embargo, éste no parece dispuesto a dejarse ver. Así que los tres amigos recorren el pueblo buscándolo, aunque hay tantas cosas que podrían ser un Spunk. Me niego a revelar el final.



Humpty Dumpty: la más pura representación de la condición humana. ¿Qué es un huevo? Es lo que todavía no ha dado una paradoja, ¿no es cierto? Porque ¿cómo puede Humpty Dumpty estar vivo si no ha nacido? Y, sin embargo, está vivo. Lo sabemos porque puede hablar. Más aún, es un filósofo del lenguaje. "Cuando yo uso una palabra, dijo Humpty Dumpty en un tono bastante despectivo, significa exactamente lo que yo quiero que signifique, ni más ni menos. La cuestión es, dijo Alicia, si puede hacer que las palabras signifiquen tantas cosas diferentes. La cuestión es, dijo Humpty Dumpty, quién es el amo, eso es todo." Todos los seres humanos son huevos en cierto modo. Existimos, pero aún no hemos alcanzado la forma que es nuestro destino. Somos puro potencial, un ejemplo de lo porvenir. Porque el hombre es un ser caído, los sabemos por el Génesis. Humpty Dumpty también es un ser caído. Se cae del muro y nadie puede volver a juntar los pedazos, ni el rey, ni sus caballos, ni sus hombres.

Nuestra civilización ha perdido reverencia y respeto por la magia de la palabra. El enorme esfuerzo de nuestra cultura por estructurar conceptualmente la realidad según unas leyes lógicas, universalmente definidas y aplicables, ha cortado de raíz el flujo mágico que tenía la realidad objetiva para el hombre primitivo. La causalidad lo explica todo, lo inventa si no existe bajo el principio estricto del raciocinio y del dominio de las pasiones. En su asombrosa voluntad de comprender y de construir, la civilización occidental ha cerrado sus ojos a las dimensiones incomprensibles de la realidad, condenadas al limbo-a veces inquietante- de lo inaceptable. Ha perdido su infancia. Solo el arte ofrece al hombre civilizado la arcana intuición de su existencia y solo en momentos de grave crisis surgen del fondo primitivo del hombre civilizado los ramalazos mágicos del mundo perdido, el terror de la noche, la angustia del infinito, el misterio del otro, la fuerza incontrolable, destructora y suicida de la emoción desatada.

Acabo de inventar la palabra Filitrastofosfonik. Ahora sólo me falta saber qué es eso. Esta misma noche me pongo a buscarlo.

lunes, 23 de mayo de 2011

Intervalos



Vivimos en la época del fragmento. Nada es entero, consciente, estructurado en sus elementos. Nada garantiza un soporte que aguante con seguridad. Nada tiene razón de ser. Un viento de desolación lo ha arrasado todo, y han quedado restos dispersos de su paso. Y tenemos muchísima prisa por irnos a no sabemos dónde, por volver otra vez a donde no habíamos partido. Comemos en la barra de nuestro frenesí, corremos con el entusiasmo de nuestro ser febril, dormimos en los intervalos en los que vamos en el autobús de nuestra velocidad. Y leemos en el intervalo de ese sueño. Pero toda nuestra vida está hecha de harapos, de pedazos, de dos bocadillos comidos en el bar. Y leemos en ese momento, para ir más deprisa. No leemos del todo, no pensamos del todo, no somos nunca del todo. Por eso siempre nos falta lo que no tuvimos tiempo de ser, y eso que nos falta es lo que era todo. Así, ni la muerte nos será entera por lo mucho que dejamos de vivir y que, por tanto, no podremos morir. Nos vale que el sepulturero no lo sepa. Y que muramos del todo para él.

viernes, 20 de mayo de 2011

Los indignados



La realidad es muy extraña, extraña e inesperada. La historia es una frágil prenda que la hoja afilada de un cuchillo llamado Ahora rasga con la mayor facilidad. Mientras haya una historia, todo marcha bien. Dicen que incluso en sus últimos momentos, en la fracción de segundo de la fatal caída - o cuando está a punto de ahogarse - el ser humano ve pasar velocísimamente ante sus ojos la historia completa de su vida. ¿Hacia dónde nos encaminamos? ¿Avanzamos hacia delante para ir hacia atrás? ¿Avanzamos hacia atrás para ir hacia delante? ¿Qué es el progreso? ¿Acaso no demuestran los fantasmas-e incluso los rumores, los chismorreos, las historias de fantasmas-que el pasado no se desprende de nosotros con facilidad, que siempre estamos regresando?

La historia empieza solamente a partir del momento en que las cosas empiezan a ir mal; la historia nace sólo con los problemas, la perplejidad, el arrepentimiento. La historia es un imposible que consiste en el intento de, partiendo de unos conocimientos incompletos, explicar unas acciones que a su vez fueron llevadas a cabo partiendo de conocimientos incompletos.

Hay quienes hacen la historia y quienes la contemplan; hay los que hacen que las cosas ocurran y quienes se preguntan por qué ocurren. Y entre estos últimos se encuentran los que ven las actividades de los primeros como un simple impedimento para la consecución de sus fines; los que, efectivamente, dejando la historia a un lado, volviendo la espalda a sus efímeros impulsos, se embarcan en legendarias búsquedas de lo intemporalmente desconocido. El mundo está organizado de tal manera que sólo cuando lo sepamos todo, cuando se agote la curiosidad, llegue el momento en que se acabe el mundo. Pero, aun en el supuesto de que lleguemos a saber cómo, y qué y dónde y cuándo, ¿llegaremos algún día a saber por qué? ¿Por qué, por qué? No hay nada peor que el día en que cesa la curiosidad. No hay nada más represivo que la represión de la curiosidad. La curiosidad engendra el amor. Nos ata al mundo. Forma parte de nuestro perverso y atolondrado amor por este planeta imposible en el que habitamos. Cuando se acaba la curiosidad, la gente se muere. Las personas tenemos que averiguar, tenemos que saber. ¿Cómo puede haber una revolución verdadera si no sabemos todavía de qué estamos hechos?

¿Qué significa implícitamente la palabra "revolución"? Dar la vuelta, completar un círculo. Popularmente revolución equivale a cambio categórico, a transformación absoluta-a dar un salto progresista hacia el futuro-, todas las revoluciones conllevan, sin embargo, una tendencia opuesta y no por ello menos evidente: la idea de regreso. Redención, restauración. Reafirmación de lo puro y esencial frente a lo decadente y lo falso. El regreso a un nuevo comienzo. Hay mitos del progreso y mitos de la decadencia.



Eso a lo que llamamos civilización, eso que llevamos construyendo desde hace tres mil años, tantos que de vez en cuando nos hartamos de ella. ¿Y dónde está el principio? ¿Hasta dónde hay que remontarse? Recuerdo que cuando los niños de La Revolución francesa derribaron a su titánico padre, Luis XVI, y a su malvada madrastra, María Antonieta (que, según resultó luego, no eran más que personajes de su teatro de títeres, a los que se les podía quitar la cabeza tan tranquilamente), creyeron que ya eran libres. Pero al cabo de un tiempo descubrieron que eran huérfanos, y que el mundo que creían suyo era un lugar desnudo e incómodo. De modo que corrieron al lado de su padre adoptivo, Napoleón Bonaparte, que esperaba junto al viejo teatro de títeres, que soñó para ellos una nueva representación escénica basada en viejos temas, y que les prometió un imperio, una finalidad, un destino..., un futuro. La civilización está hecha de esperanzas y sueños. No es más que una idea. No es real, sino artificial. Nadie ha dicho nunca que fuera real. No es natural, ni nadie ha dicho nunca que fuera natural. Está hecha a base del largo proceso del aprendizaje, de la experimentación y el error. Se rompe fácilmente. Nadie ha dicho nunca que no pudiera romperse en pedazos. Ni nadie ha dicho nunca que tuviera que durar eternamente.

Hay una cosa a la que llamamos progreso. Pero que no progresa. No va a ninguna parte. Porque mientras el progreso progresa el mundo puede escabullirse sin que nadie se entere. Estamos ahora en un periodo que incluso históricamente hablando es reciente y que, en la ilimitada de un río constituye apenas un ayer.

jueves, 19 de mayo de 2011

Panópticos



El proceso de Kafka contiene, con sorprendente frecuencia, expresiones como mirar, ver, ser visto, alzar la vista, examinar, mirar alrededor, observar, atraer la mirada, seguir con la vista y otras análogas. K. se sabe expuesto por todas partes. El Ojo de Dios se ha multiplicado. El Ojo de la Ley envía sus agentes por las calles, y en el régimen totalitario de Kafka se exhorta a todos a vigilar a sus conciudadanos. Con ellos, el sistema de poder no es sólo un sistema de jerarquización sino también de contigüidad. Prolifera hacia abajo, conquista la base y se extiende lateralmente, de forma que al final no hay escapatoria en ninguna parte.


En la negra utopía de George Orwell, 1984, el tiránico Gran Hermano que vigila la sociedad con su ojo omnipresente, es la feliz pesadilla de una época que quiere conocer los detalles íntimos no sólo de gente destacada, sino de seres anónimos dispuestos al descaro. La sociedad de la información determina el inconsciente como la basura genética el genoma humano.


Michel Foucault usó el diseño del panóptico, del pensador inglés del siglo XIX, Jeremy Bentham como archimetáfora del poder moderno. En el panóptico, los internos están inmovilizados e impedidos de cualquier movimiento, confinados dentro de gruesos muros y murallas custodiados, y atados a sus puestos de trabajo. No pueden moverse porque están vigilados; deben permanecer en todo momento en sus sitios asignados porque no saben, ni tienen manera de saber, dónde se encuentran sus vigilantes, que tienen libertad de movimiento. La facilidad y la disponibilidad de movimiento de los guardias son garantía de dominación; la "inmovilidad" de los internos son muy segura, la más difícil de romper entre todas las ataduras que condicionan su subordinación. El dominio del tiempo es el secreto del poder de los jefes, y, tanto la inmovilización de subordinados en el espacio del ritmo temporal impuesto son las principales estrategias del ejercicio del poder. La pirámide de poder está construida sobre la base de la velocidad, el acceso a los medios de transportes y la subsiguiente libertad de movimientos.


El panóptico es un modelo de confrontación entre los dos lados de la relación de poder. Las estrategias de los jefes-salvaguardar la propia volatidad y rutinizar el flujo del tiempo de sus subordinados-se fusionaron. Los "rutinizadores" no tienen una verdadera y plena libertad de movimientos: es imposible considerar la opción de que pudiera haber "amos ausentes".

La huida del ser humano, al no tener ya enemigos naturales, sólo puede ser siempre una huida de sí mismo y de otros representantes de su especie, y por ello tiene ya de antemano un carácter ilusorio.


domingo, 15 de mayo de 2011

Después de la medianoche



¿Quién no ha fantaseado alguna vez con el encuentro de un artista admirado? En estos tiempos que corren uno se siente tentado a idealizar otras épocas, que cualquier pasado fue mejor que nuestro presente, tan huérfano de referentes culturales. El presente es un vasto desierto carente de indicios; no tiene nada que ofrecernos. Creo que estos sentimientos han recorrido todas la épocas, quizá con la excepción de los surrealistas que tenían como lema la frase del conde de Lautréamont en Los cantos de Maldoror: "tan bello como el encuentro casual entre un paraguas y una máquina de coser sobre una mesa de disecciones". Woody Allen, en su última película, Midnight in Paris, reflexiona de manera profunda e irónica sobre dicho tema. Pero no debemos llevarnos a engaño; Woody no es un mitómano ni idealiza nada. En la película se cita a Faulkner: "El pasado no sólo no está muerto; es que ni siquiera es pasado". A Woody Allen sólo le interesa la ficción, que le da la oportunidad de reunir, no máquinas de coser con paraguas, sino a una serie de personajes históricos muy atractivos, para permitirle ponerlos en situaciones con las que tendría que lidiar en el momento real. Woody en su juventud idealizaba (y quién no) a Groucho Marx y cuando lo conoció en persona le pareció un tío más de su familia. Uno de esos tíos que cuentan chistes y a los que sólo ves cuando vas a una boda. Después de la experiencia nunca quiso volver a conocer a nadie. Es mejor tener una imagen agigantada de los artistas. También pudo conocer a Louis Armstrong en un par de ocasiones, pero prefirió evitarlo. Según Woody, le atraía más pensarlo como un ser sobrehumano y así es como ha quedado en su recuerdo. Y, respecto a viajar al pasado, lo deja muy claro el personaje principal de la película cuando dice que siempre que pensamos en el pasado lo idealizamos, pensando sólo en lo bueno. Se imagina viviendo en el París de los años veinte y en la consulta del dentista sin anestesia, pillando una infección y sin antibióticos.



Midnight in Paris es un aperitivo de buen humor e ingenio a raudales. Cuenta la historia de un escritor, interpretado por Owen Wilson, que, en París, donde está de visita con futura novia y los padres de esta, descubre varias cosas acerca de sí mismo. En la capital parisina se encuentra con héroes culturales de toda una época, los americanos que poblaban París en los años veinte. De la mano de una modelo (Marion Cotillard) que ha vivido con Modigliani, se topa con los Fitzgerald, Zelda y Scott; con Ernest Hemingway, con Cole Porter, con Gertrude Stein, con T.S.Elliot. Y también con Pablo Picasso, con Luis Buñuel, con Man Ray, y, ¡atención! un Adrien Brody fenomenal interpretando a un divertido Salvador Dalí. Uno de los muchos momentos memorables de la película es cuando el personaje principal sugiere a Buñuel que haga una película sobre un grupo de comensales convidados a una mansión que, por razones inexplicables, no pueden salir de ella. Buñuel rodó El ángel exterminador en 1962, . Con ellos, y luego, en otro salto temporal inesperado, con los pintores de la Belle Epoque-Toulouse Lautrec, Paul Gauguin-,el escritor descubrirá la belleza de París después de la medianoche y reflexionará sobre el paso del tiempo y la nostalgia: ¿En qué época nos gustaría vivir en realidad?

En Midnight in Paris interviene en un papel brevísimo Carla Bruni-Sarkozy, la mujer del presidente francés, que tan sólo quería participar en el filme para decirle a sus nietos en un futuro que intervino en una película de Woody. Soñamos, siempre soñamos. Si no tenemos más remedio que quedarnos en el presente solo cabe esperar ese bello encuentro causal entre un paraguas y una máquina de coser.

miércoles, 11 de mayo de 2011

Escribir de cine


Gran parte de mis pensamientos sobre la escritura se formaron en la juventud que pasé viendo el extraordinario desarrollo del cine mundial de los años sesenta y setenta. Creo que aprendí tanto de Buñuel, Ingmar Bergman, Godard y Fellini como de los libros. Ahora resulta difícil de explicar lo que sentía cuando por aquellos tiempos las nuevas películas de la semana era Fellini y su Ocho y medio, cuando a la semana siguiente era la nueva de Bergman, y luego la nueva de Satyajit Ray y luego la de Kurosawa, etc. Esos cineastas elaboraban conscientemente obras que tenían una coherencia, y en las que los temas se explotaban hasta que se agotaban. Se estaba desarrollando un proyecto artístico serio. Ahora, tanto si se trata de películas como de libros, nos hemos convertido en una cultura mucho más vaga. Los cineastas tienen éxito fácilmente. Hacen una película interesante y ya estás en Dinerolandia. La idea de elaborar un conjunto de obras que tenga coherencia artística e intelectual ha desaparecido. No le interesa a nadie.



Cine y literatura. Literatura y cine. Si nos fijamos bien, en el principio de Eugenia Grandet de Balzac, veremos que utiliza una técnica que es como un lento zoom cinematográfico. Empieza con un enfoque muy amplio: "Aquí está esta ciudad, aquí están los edificios, ésta es la situación económica", y gradualmente se va centrando en un barrio, y dentro del barrio en una casa bastante imponente, y dentro de la casa en una habitación, y dentro de la habitación en una mujer sentada en una silla. Para cuando averiguamos su nombre, ya se encuentra aprisionada en su clase, su situación social, su comunidad y su ciudad. Para cuando su propia historia empieza a desarrollarse, te das cuenta de que va a chocar con todas esas cosas. Es como un pájaro en una jaula.

Me interesa mucho algunos aspectos técnicos cinematográficos. Por ejemplo, de la libertad técnica de la Nouvelle Vague, una liberación del lenguaje. La forma clásica de montaje cinematográfico es plano largo, plano medio, primer plano, plano medio, plano largo, plano medio, primer plano, plano medio, plano largo, como una especie de baile. Dos pasos adelante, dos pasos atrás, dos pasos adelante, dos pasos atrás. Puede resultar increíblemente tedioso si nos fijamos en la mayoría de las películas de los años cincuenta que están montadas de esa manera, parece como si las hubieran montado matemáticamente. Así que el uso intensivo que utiliza, por ejemplo, Godard del salto entre plano hacía que saltaras. Te hacía ir de una escena general, ¡bang!, al rostro de la bella Anna Karina, a veces el personaje se dirigía directamente a la cámara.



Me gusta la idea de romper el marco, el hecho de que muchas de esas películas eran divertidas y serias al mismo tiempo. En Alphaville, que es un filme muy oscuro, hay una escena maravillosa en la que Lemmy Caution, el detective venido a menos, llega al albergue de vagabundos en el que descubre que todos los superhéroes están muertos. "Et Batman" "Mort". "Superman" "Mort". "Flash Gordon" "Mort". Es hilarante. Y me encanta el uso que hace Luis Buñuel del surrealismo, que no evita que sus grandes películas resulten reales. En El fantasma de la libertad la gente se sienta alrededor de la mesa en váteres, pero se dirigen en silencio a una habitación privada para comer. Y me gustan los dos Bergman: el Bergman místico de El séptimo sello y el Bergman psicológico e intimista. Y Kurosawa, que nos transporta a una cultura completamente cerrada, el mundo del samurái. No pienso como los samuráis, pero Toshiro Mifune rascándose resulta irresistible, en seguida te pones de su parte. Es una de las cosas que quieres que haga una obra de arte, que te transporte a un mundo en el que no has estado, y que pase a formar parte de tu mundo. Esa gran etapa del cine tenía mucho que enseñar a los novelistas. Dice un genio del cine que es difícil reflejar un ambiente y una atmósfera en las películas, que habría que tener una cámara en el corazón. Yo creo que es posible teclear a veinticuatro imágenes por segundo, pero no con los dedos, sino con el corazón.

Siempre pienso que me eduqué en el cine.

martes, 10 de mayo de 2011

Café Gijón


A la memoria de Manuel Alexandre

"A mí lo que más me gusta es levantarme tarde y después ir al café"
Rafael Azcona

Cada vez que vengo a Madrid tengo una cita obligada en el Café Gijón. Me gusta sentarme en una de sus sillas de terciopelo rojo, pedir un café y recrearme un poco. Abro mi libreta de viaje y me pongo a escribir, aunque nunca he sido escritor de café, porque me distraigo con cualquier cosa. Vivo la consecuencia de la vacuidad de mi vida. Aprender a vivir es ir aprendiendo pequeños detalles, pequeñas cosas. Las grandes cosas que habría que saber, no las sabremos nunca, quizá por la sencilla razón de que no hay grandes cosas. La transformación del mundo se hace por enriquecimiento de todos los factores, no por empobrecimiento y ascetismo, pero creo que me estoy desviando del asunto.

Hace muchísimos años que el escritor perdió su grandeza social. El romanticismo fue el último intento exasperado por recuperarla. Y en España el 98. Sabían que en la calle no eran nadie y venían al Café Gijón para sentirse algo. Alguien. El Gijón era un invento literario y nostálgico, sobre todo para la gente de provincias: se venían al Gijón por el recuerdo de tiempos no vividos, por el eco o por el humo del tiempo de la República y luego de la primera posguerra y de los años cincuenta; una niebla, un telón de mediocridad siniestra. Todo era gris, amorfo, sin luz ni color, una vida en la que no pasaba nada. No había futuro, era un presente continuo. Estoy escribiendo aquí, en el Café Gijón, y una extraña sensación se apodera de mí, similar a otro tiempo. Por aquellos años, había en las vidas de café mucho dolor, mucho cansancio, mucho refugio, mucha muerte. El café no dejaba de ser como un pabellón de reposo para los convalecientes de la derrota, hospital secreto con espejos golfos, sanatorio de humo para curarse las heridas incurables de la guerra y la cultura. El café era, entre otras muchas cosas, el hondón de Madrid adonde habían venido a parar los desclasados, los frustrados, los vencidos, los humillados. El Café Gijón, en el último de sus fondos (donde yo me encuentro ahora), era la cárcel voluntaria y conservadora de los voluntarios de la libertad.



Hago balance literario: muy magro. Del Gijón no ha salido nada de valor, o muy poco. Parecía que con la muerte de Franco aparecería los cientos de novelas maravillosas que todo el mundo estaba escribiendo o iba a escribir cuando se acabara la censura, pero nadie ha leído nada.

El Gijón era el espejismo que los protegía de la realidad. Los pocos que destacaron enseguida ahuecaron el ala, y volvían muy de tarde en tarde y aparatosamente, para lucirse. No recuerdo una sola obra verdaderamente audaz u original escrita por un gijonero, salvo La familia de Pascual Duarte, que tenía algo de lo primero y casi nada de lo segundo.

Por otro lado, hoy, las tertulias han pasado a la historia, devoradas por la velocidad presente. Los jóvenes no han cogido el testigo de las tertulias. Será por los ordenadores y por la vida moderna. Aún me sorprende que haya cafés donde los camareros no conocen los nombres de los clientes. O que haya cafés a secas, porque al paso que vamos... La sociedad de consumo ha ganado la partida creando infinitas necesidades a los jóvenes, para que trabajen, para que ganen dinero y así poder quitárselo cuanto antes, al compás de las modas. Ha sido una jugada maestra, porque la juventud nunca ha estado tan manipulada y ha sido menos libre que ahora.

A veces me preguntan cómo se hace una tertulia. Yo creo que nadie decide "hacer" una tertulia. Empiezas saludando a uno o a otro en el café, percibes una corriente de simpatía, unas ciertas afinidades, y un día, no sabes muy bien por qué, en vez de sentarte a una mesa te sientas a otra, y luego llega alguien más, y ese alguien a otro... Una tertulia ha de ser algo vivo, orgánico, siempre abierto, que crece y se subdivide y atrapa o suelta, mitad pulpo mitad ameba. He podido presenciar a algunas y cada vez son más anacrónicas porque mucha gente ha perdido el gusto por la conversación y las ganas de aprender.

Recorro con la mirada el Café Gijón. Está repleto de personajes disparatados y atrabiliarios. Como antaño, no hay futuro, es un presente continuo. Todos aquí en el Café Gijón como un barco a la deriva, aunque quizá sea el último barco.



Café Gijón, Madrid, 7 de marzo de 2011


lunes, 9 de mayo de 2011

El gran ferroviario



Trenes rigurosamente vigilados (1966), de Jirí Menzel


Cada 1 de mayo a principios de los años cincuenta, en la pequeña ciudad de Nymburk (ciudad de la República Checa), con todos los pueblos y todas las ciudades de aquella parte de Europa que, pocos años atrás, se había convertido al comunismo, celebra la Fiesta del Trabajo. Los obreros de las fábricas, los empleados de las empresas estatales, todos endomingados, marchan por las calles adornadas por la fiesta con flores de papel y banderas checoslovacas y soviéticas. Los escolares y estudiantes cierran la procesión, todos mudados con uniformes de la juventud comunista: camisas azules o blancas y pañuelos rojos de tres puntas anudados al cuello. La marcha pasa por la avenida principal, después gira hacia la derecha, y, entonces, de repente, una caos extraño perturba el orden estricto de las filas, las multitudes murmuran, señalan alguna cosa con el dedo, sonríen, los niños y los estudiantes empiezan a reír y a saltar para ver mejor: de uno de los callejones acaba de salir un hombre de mediana edad, con una camisa de cuadros, una rana sucia y una gorra de obrero; en el extremo de un palo largo, que lleva colgado a la espalda, le cuelga un cubo del cual se desprende un insoportable hedor: el hombre está limpiando el pozo de su comuna y transporta los excrementos hacia el estercolero más próximo. Con paso lento, el cubo va al encuentro de los ciudadanos elegantemente vestidos, y los participantes de la procesión se olvidan de agitar las banderas y las flores de papel, boquiabiertos y los ojos como unas naranjas miran el origen de aquel hedor y, marcados, hurgan en sus bolsillos buscando un pañuelo. Como si estuviera solo en el mundo, el hombre con el cubo gira por una esquina y se aleja, majestuosamente, llevando su carga hacia los campos. Tal como la cola arrastra detrás de los vestidos suntuosos de un rey. Un velo pudente sigue al hombre del cubo. Él también celebra su fiesta personal: limpia la comuna y llevarse los excrementos representa para él una manera de misa filosófica; él es el sacerdote que rinde homenaje anual al ciclo de la vida, llevarse aquello humano allí donde ha salido. Se deleita con la belleza de su rito, y en aquellos instantes incluso la condición humana con su metamorfosis le parece sublime. Se lleva al campo cubo tras cubo y sin prisa, ceremoniosamente, vacía su contenido sobre la tierra como abono. Este hombre se llamaba Bohumil Hrabal.



Hrabal, mientras asistía al curso de ferroviario ataviado con su impecable uniforme de deslumbrantes botones dorados y gorra ornada de cintas, emprendió un paseo por la ciudad descalzo. Después, al llegar el día del examen, se presentó ante el tribunal examinador en la estación de Kostomlaty, la cual debía ser su destino. El inspector preguntó al alumno: "¿Cómo averiguaría usted cuándo llega un tren si los semáforos estuvieran estropeados?". Hrabal replicó: "Con los ojos". "Muy bien. ¿Y si estuviera nublado?". El alumno, que vestía un uniforme limpio y planchado, extrayendo del bolsillo un pañuelo blanco y colocándolo al lado de un raíl, se arrodilló, acercó el oído al raíl, estuvo escuchando y al final se incorporó para comunicar al inspector: "El tren número ochocientos cuatro acaba de pasar por la población de Kamenné Zbozi". El inspector se quedó anonadado: "¿En qué manual ha leído esto?". "Lo he visto en una película del oeste protagonizada por Gary Cooper; éste era su método para distinguir si se acercaban los indios con sus caballos o bien una manada de búfalos". El inspector lo aprobó con todos los honores y comunicó al tribunal que aquel mozo sería un excelente ferroviario. De ello surgió una de sus mejores novelas, Trenes rigurosamente vigilados y una espléndida versión cinematográfica de Jirí Menzel y el Oscar a la mejor película extranjera en 1967.


Hrabal pasó su vida por una serie de trabajos rocambolescos y difíciles que daría buena cuenta en su obra: su etapa como ferroviario, en una fábrica metalúrgica, prensador de papel viejo en un centro de reciclaje, y, encargado de la tramoya de un teatro. Bebedor infatigable de cerveza, fumador y asiduo de bares de obreros. Hrabal, en un día soleado de febrero de 1997, antes de partir hacia lo desconocido, se vistió solemnemente con sus viejos pantalones tejanos, que tanto apreciaba. Pero, ¿quién fue realmente Bohumil Hrabal? Uno de los más importantes escritores europeos del siglo XX, el que convirtió sus relatos y novelas en un regalo para la inteligencia.

El primer dato que recojo para este post es del maravilloso libro de Monika Zgustová, Els fruits amargs del jardí de les delicies (Los frutos amargos del jardín de las delicias, una biografía de Bohumil Hrabal), todavía no traducido al castellano. La traducción e interpretación de la anécdota en mía.

sábado, 7 de mayo de 2011

El tonel de Diógenes



Si tuviera que elegir a un personaje de la historia elegiría, sin ninguna duda, a Diógenes el Perro. Siempre vuelvo a él en los momentos más bajos de mi estado de ánimo. Sinceramente me ayuda, me hace pensar y reír al mismo tiempo. Todos sabemos que el cinismo surge en Atenas y allí se gestó un buen puñado de filósofos que sustituían como testigos tardíos de un peregrino empeño por mantener la libertad individual en un mundo sumiso y represivo, desilusionado y retórico. Por aquellos tiempos ya se les antojaba un mundo bestial. Para ellos lo civilizado era un producto de la pólis, como también lo era la ley. No confiaban en la utilidad de las ciencias para el progreso moral. El bullicio urbano era para el cínico un curioso espectáculo, un tanto grotesco y sin sentido. En ellos se acomodaban como espectadores marginados y bufones ocasionales. Los cínicos griegos descubrieron los cuerpos humanos animalizados y sus gustos como argumentos; desarrollaban un materialismo pantomímico. Los cínicos, y, sobre todo Diógenes, respondían al lenguaje de los filósofos con el de un clown.

Centrémonos, pues, en el genial Diógenes el Perro. Diógenes vino a ser una figura literaria arquetípica: un mordaz comentador de todo, un audaz denunciador de todas las convenciones, un ingenio burlón sin el menor reparo en sus improperios. Diógenes predicaba, más con gestos y una actitud constante que con discursos y arengas, el rechazo de las normas convencionales de civilidad. Postulaba un retorno a lo natural y espontáneo, desligándose de las obligaciones cívicas. Exiliado en Atenas y en Corinto, asistía como espectador irónico al tráfago de las calles sin gozar de derechos de ciudadanía. No practicaba ningún oficio, ni se preocupaba de honras y derechos, no tenía familia y no votaba ni contribuía al quehacer comunitario. Deambulaba por la ciudad como un espectador irónico y sin compromisos, sonriente y mordaz. Mendigaba para sustentarse, aunque se contentaba con poco. Su cobijo más famoso fue una gran tinaja, su ajuar un burdo manto y un bastón de peregrino. Diógenes llevaba una ociosa vida de perro en medio de la ciudad atribulada y bulliciosa.



La falta de vergüenza de Diógenes, que en tal respecto se expresa en su escandalosa indecencia, en cuanto realiza en público todo cuanto la gente suele dejar para los lugares más recatados. No tiene sentido de la obscenidad y desafía las convenciones apoyándose en lo natural de tales actos. Todas las funciones corporales, tanto los actos de Démeter como los de Afrodita, los realiza en público, y en cualquier lugar, sea la asamblea o el templo, sin el menor sonrojo, puesto que son naturales. El cínico practica como un reto a los hábitos de la urbanidad. Al masturbarse en medio de la plaza, Diógenes no siente ningún escrúpulo; acude a un remedio natural para una urgencia, como podría haber recurrido, con mayores gastos, a los servicios de una prostituta. Desconocía el amor y otras pasiones. Sin duda era un pacifista, aunque, como buen observador de la naturaleza humana, no debió de hacerse muchas ilusiones sobre la marcha del progreso social, si es que tal idea se le ocurrió.

Diógenes el Perro solía entrar en el teatro topándose con los que salían. Cuando le preguntaron que por qué lo hacía, contestó: "es lo mismo que trato de hacer a lo largo de toda mi vida". Con ese gesto Diógenes expresa su desinterés por el drama representado, que él no ha ido a ver, y, en contraste, su afán por dejarse ver a la salida, entorpeciendo el paso de los asistentes. Va siempre a contracorriente, entre codazos y empellones, a contrapelo de lo normativo. No le interesa el teatro, que era uno de los centros de la educación ciudadana en Atenas, ni la lección trágica ni la evocación mítica. "Eso es lo que hago a lo largo de mi vida", decía, advirtiendo el simbolismo de su actuación.




La anécdota más famosa de Diógenes es la del encuentro de Alejandro en Corinto. A la pregunta del joven Alejandro: "¿Qué quieres de mí?", responde el indolente Diógenes, sentado junto a su tinaja, en tono tranquilo: "Que te apartes un poco y no me quites el sol."

Otra anécdota es la que cuenta que al anunciar Filipo que iba a atacar Corinto, y al estar todos dedicados a los trabajos y corriendo de un lado a otro, él empuja haciéndola rodar la tinaja en que vivía. Como uno le preguntara: "¿Por qué lo haces, Diógenes?", respondió: "Porque, estando todos tan apurados, sería absurdo que yo no hiciera nada. Así que echo a rodar mi tinaja, no teniendo otra cosa en que ocuparme". El cínico no hace nada por el bien común, tan sólo parodia la agitación ajena, en un gesto burlón.

Diógenes consideraba rico al que se basta a sí mismo. A los que se apoderan de muchas y grandes cosas los llamaba "los pobres grandes". Al rico ineducado lo llamaba "borrego de doradas lanas", y consideraba que "el amor al dinero es la metrópolis de todos los males".

En este contexto se entiende que Diógenes mendigara sin mala conciencia, puesto que todo era de todos, aunque los más rapaces se habían adueñado de más bienes. Por eso al pedir dinero a los amigos, decía que no pedía, sino que lo reclamaba. Nada más ridículo que la avaricia o el afán de ostentación. Para él hasta Sócrates vivía en el lujo, teniendo casa y algún esclavo. La anécdota que cuenta que Diógenes perdió el suyo, prófugo, sin lamentarlo, es significativa. Se jactaba de no vivir peor que el gran rey de Persia: como aquél cambiaba su residencia pasando el invierno en Babilonia y el verano en Susa, así Diógenes inventaba en Atenas y veraneaba en Corinto.

"Sin ciudad y sin casa, privado de patria, mendigo errante, busco ni sustento día a día."

Os recomiendo que busquéis en las librerías de viejo y en las bibliotecas todo lo referente a la vida de Diógenes el Perro, es verdaderamente purificador en un mundo que ya nos llega la mierda hasta los dientes.


                                         

viernes, 6 de mayo de 2011

La fortaleza (un poema)



Cuando el oficial Giovanni Drogo parte de la ciudad una mañana de septiembre para dirigirse a la fortaleza Bastiani, está lejos de saber que, treinta años más tarde, le dolerá tener que abandonarla para regresar a morir a la ciudad. La parte más importante de su vida se va a desarrollar allí, entre los muros de la fortaleza, acechando la llegada de un enemigo al que sólo al final vislumbra en la raya oscura y móvil del horizonte. Desde lo alto de la cuesta, Drogo se vuelve para mirar la ciudad a contraluz: "Vio de lejos su casa. Indentificó las ventanas de su cuarto. Probablemente, las hojas estabas abiertas, las mujeres estaban ordenando. Habían deshecho la cama, encerrado en un armario los objetos, y después atrancado las contraventanas. Durante meses y meses, nadie estaría allí, salvo el paciente polvo y, en los días de sol, tenues franjas de luz. El pequeño mundo de su niñez quedaba encerrado en la oscuridad. Su madre lo conservaba así para que él, al regresar, volviera a encontrarse de nuevo, para que pudiera allí dentro seguir siendo un muchacho, incluso tras su larga ausencia."

Éste es el punto de partida de El desierto de los tártaros. Dino Buzzati crea para su personaje la ilusión de un destino en un escenario cerrado, la imaginaria fortaleza, la prisión kafkiana, que poco a poco se va imponiendo sobre Drogo. Encerrada la infancia en la oscuridad, Drogo se despoja de todo recuerdo y vive, como los demás, pendiente de cualquier señal de la aventura para la que se preparan, con el "presentimiento de que su destino estaba en puertas, una suerte feliz que lo pondría por encima de los demás hombres". La incertidumbre de esta espera le confiere seguridad, identidad, y cuando en una ocasión vuelve a la ciudad y visita a la mujer que había sido su novia, siente extrañeza: "La franja de sol, tras recorrer toda la alfombra, subía ahora progresivamente a lo largo de la taracea de un escritorio. La tarde ya moría, la voz del piano se había vuelto débil, fuera del jardín un pajarillo aislado volvía a cantar. Drogo contemplaba los morillos de la chimenea, exactamente iguales a un par que había en la Fortaleza; la coincidencia le daba un sutil consuelo, como si demostrase que, después de todo, fortaleza y ciudad eran un solo mundo, con iguales hábitos de vida."



Mientras los días y los años pasan, dejando siempre su marca en la móvil franja de sol sobre el pavimento de madera, Drogo, siempre a la espera del enemigo, va enfermando y envejeciendo, consciente de haber tirado ya los años buenos y dispuesto a esperar hasta el último minuto. Y es entonces cuando viene el enemigo. En aquel momento, Drogo, ya al borde de la muerte, hubiera preferido no vislumbrarlo: "Miró con el anteojo el triángulo visible del desierto, esperó no divisar nada, que la carretera estuviera desierta, que no hubiera ninguna señal de vida; Drogo deseaba eso, tras haber consumido toda su vida en la espera del enemigo."

Expulsado de la Fortaleza como un miembro inútil del ejército, que además, ocupa demasiado sitio, vuelve a la ciudad, al mundo desconocido, donde, finalmente, nada ha quedado guardado para él. Hasta que repentinamente descubre que ése era el verdadero enemigo y el acto de valor para él reservado: "Todo ocurría en la estancia de una desconocida posada, a la luz de una vela, en la más desnuda soledad. No se combate para regresar coronado de flores, en una mañana de sol, entre sonrisas de mujeres jóvenes. No hay nadie que mire, nadie que le llame valiente." "Nada más difícil que morir en tierra extraña y desconocida, en el ambiguo lecho de una posada, viejo y afeado, sin dejar a nadie en el mundo." Sin embargo, Drogo lo hace, y muere en la oscuridad, con una leve sonrisa en los labios, sin que nadie le vea.

La metáfora de la Fortaleza se ha evaporado, y el destino ha vuelto a ser lo que es para todos los hombres sin misiones seguras y heróicas. ¡Con qué impresionante seguridad nos ha introducido el gran Buzzati a Drogo y a nosotros en la Fortaleza, y nos ha mantenido allí, con el absurdo cometido de vigilar siempre el horizonte! Ni un solo momento, durante los largos días y noches pasados en la vigilancia y el hastío, duda Drogo de su destino. Tampoco nosotros, mientras nos preguntábamos en qué consistía ese destino, antes de saber que sólo podría deshacerse.



¿Qué hay en esta metáfora construida con tanta convicción, con tanta nostalgia? Tal vez esto: nostalgia, añoranza de la vida perdida entre fines seguros y enemigos que acechan. Añoranza de la vida que huye mientras la franja de sol se desplaza lentamente por los pavimentos y Drogo sólo piensa en huir, en buscar un refugio, un lugar conocido donde su misión y su puesto sean claros, indiscutibles, a pesar de que el objetivo parezca lejano. Buzzati, al fin, en el mismo momento en que el enemigo entra en escena, nos arranca del escenario irreal, y, con el mismo paso firme con el que nos había alejado de ella nos devuelve a la ciudad abandonada, allí donde quedó encerrado el mundo de la infancia. Paso firme con el que guía al débil y desorientado Drogo y le hace al fin realizar el único acto de valor de su vida, al sonreír a la muerte en la oscuridad.

En El desierto de los tártaros impresiona no tanto la metáfora, sino la convicción que se ha puesto en ella, de tal modo que, dentro de la Fortaleza, empiezan a confundirse la nostalgia de la vida que queda fuera y la batalla que se librará desde allí, y a la que Drogo no asistirá. A lo largo de las páginas de esta obra maestra de la literatura universal, nos va invadiendo la sensación de que vengan los enemigos o no Drogo a combatirlos, siempre se nos escapará algo y tal vez por eso deberíamos prestar más atención al lento desplazamiento de la franja de sol en el pavimento de madera, la vida que se nos va.


Imágenes de M.C.Escher

miércoles, 4 de mayo de 2011

Deseos

No estoy triste, estoy cansado de todo lo que siempre deseé.
Dowson



Tengo el hábito de ponerme a recordar un relato leído hace tiempo antes de ir a dormir. Hoy recuerdo un relato interrumpido por la muerte de Italo Svevo en donde describe a un hombre de cierta edad que antes de acostarse se pregunta qué ocurriría si el diablo se presentara a proponerle el consabido pacto. El cansancio lo inclina a entregar su alma, pero no sabe qué pedir a cambio. No desea volver a la juventud, terreno de la insensatez y los impulsos sin rumbo; tampoco desea la eternidad porque la vida es dolorosa y agotadora y monótona. Por lo demás, teme a la muerte. El hombre sonríe ante el irónico vacío en el que ha desembocado su vida. En ese momento su mujer despierta y le dice: "Dichoso de ti que todavía tienes ganas de reír a esta hora". La frase sella el drama de un modo magistral: la sonrisa del hombre sin alternativas no significa afrenta ni resignación; es el gesto de quien encara la gran broma del mundo, el punto sin retorno donde la esperanza es ya imposible. Svevo registra el ocaso del deseo.

El deseo jamás alcanza su auténtico objeto: conduce al olvido, a la decadencia y a la muerte. Se puede desear mucho y siempre será demasiado poco. Pero lo que deseamos poseer siempre es demasiado. Estoy a punto de acostarme y no tengo ningún deseo. De un tiempo a esta parte practico a diario un rito de supervivencia: pienso que todo el pasado se reduce a la hora inmediata que acabo de vivir y todo el futuro se concentra en la hora siguiente que voy a gozar todavía. La eternidad son dos horas entre dos vacíos donde se ahogan los fracasos y los sueños. Pensando en estas cosas se me presenta el mismísimo diablo, y, de sopetón, me propone un pacto. Yo que creía que a la vuelta de la esquina acecha siempre lo que no queremos ver y, henos aquí, en mi habitación con mi pierna medio alzada para introducirme en la cama y este tipo bíblico inundando la habitación de olor a azufre. Me propone si quiero ser un gran escritor, ser reconocido ahora y para la eternidad. Amigo mío, le digo, lo más difícil es encontrar un agujero por el que salir de la propia obra. El diablo desaparece de repente. Uno se salva de estos enredos gracias a la gran demanda por parte de la mayoría de los escritores activos que reclaman su servicio para vender sus almas.



Todo escritor nace con vocación de olvido. En muchos casos, sin embargo, las plurales formas del pecado van torciendo esa vocación y adornándolas con los oropeles de la fama, la gloria y hasta la inmortalidad. Casi todos los escritores devienen traidores a su vocación, que no es otra que la de ir languideciendo entre noches insomnes y amaneceres más o menos inútiles.

Pocos escritores saben que la meta, como dijo Borges, es el olvido, ese animal que todo lo devora, esa enfermedad que nos iguala y reconcilia con el polvo del que procedemos. ¿Quién llegará antes a la meta?


Descubro que todavía tengo la pierna ridículamente alzada con el pijama de rayas subido hasta la rodilla.

martes, 3 de mayo de 2011

Elegía para melancólicos



"En un mundo sin melancolía el ruiseñor se pondría a eructar."
E.M.Cioran


"Hay carcajadas que te hacen cerrar los ojos". Con esta frase contundente, el poeta Luis García Montero intentaba explicar la batalla que el profesor Eric G. Wilson ha decidido emprender en contra de la joya de la corona. La que todos quieren abrazar. La que los empresarios se empeñan en vender. La que los padres quieren para sus hijos. La que los políticos incluyen en sus discursos: la utópica y sobrestimada felicidad. "Fue el cavernícola melancólico y retraído que se quedaba atrás y meditaba mientras sus felices y musculosos compañeros cazaban la cena, quien hizo avanzar la cultura", afirma Wilson en su libro Contra la felicidad. En defensa de la melancolía (Taurus).

"Según una encuesta reciente del Pew Research Center, casi el 85% de los estadounidenses cree que son muy felices o, por lo menos, felices". Wilson menciona el culto a la belleza, la obsesión por acumular riquezas y las cómodas pastillas para la felicidad, y se pregunta, casi con desespero, en la introducción de su ensayo: "¿Qué podemos hacer con esa obsesión por la felicidad, obsesión que podría conducir a la extinción súbita del impulso creativo?". Sólo podemos considerarnos ciudadanos en la medida en que nos distanciemos de esa felicidad impuesta, falsa.

No es esta elegía a la melancolía de Wilson el discurso huraño del señor Scrooge, de Dickens, sino una voz rebelde contra la imposición deliberada de la idea de felicidad que la sociedad estadounidense (y otras) ha empeñado en acuñar y una reafirmación de la melancolía como motor de la creatividad. El estado de melancolía permite ser dueño de tu opinión, y, sobre todo, instalarte en el territorio incómodo de la conciencia individual. El mismo Wilson confiesa en su libro que sólo cuando se tomó en serio su melancolía, "mi familia me conoció a fondo y desarrollamos una relación más estrecha".

El debate sobre la relevancia de la melancolía como motor creativo no es reciente. Jorge Luis Borges elogiaba con frecuencia el monumental libro de Robert Burton Anatomía de la melancolía, aparecido en 1921, que también han celebrado en su momento Samuel Beckett, Anthony Burgess y John Keats, quien compuso también su famosa Oda a la melancolía. Burton afirmaba que sólo son inmunes a la "bilis negra" los tontos y los estoicos. Tiempo después el genial Gustave Flaubert reformularía la idea con una frase más incisiva: "Ser estúpido, egoísta y estar bien de salud, he aquí las tres condiciones que se requieren para ser feliz. Pero si os falta la primera, estáis perdidos".

En 1932, Aldous Huxley en Un mundo feliz adelantó un retrato de la sociedad contemporánea. Una sociedad sin problemas, con tecnología punta, producción en serie, prosperidad y paz a costa de los valores familiares, la cultura y los sentimientos. Algo parecido a la sociedad estadounidense (y otras) que critica Wilson y a la cual pertenece el profesor. Wilson se pregunta: "¿Tiene la ignorancia que ver con la felicidad, la cual nos crea mundos planos, sin complejidades intelectuales?". Un cuestionamiento que Ray Bradbury hizo ya en 1953 en su Fahrenheit 451, en el que millones de libros eran quemados porque leer confundía la mente y causaba preocupaciones, por lo tanto impedía que la gente fuera feliz.

No hay protagonistas felices en la literatura porque la infelicidad genera conflicto dramático. Recuerdo las primeras líneas de Ana Karenina, de Tolstoi: "Todas las familias dichosas se parecen, pero las infelices lo son cada una a su manera". Con ella explicó que instalarse en la infelicidad es imposible y que conviene disfrutar de los momentos felices, aunque también abrazar el éxtasis melancólico para hacer estallar la creatividad.

Wilson cierra su ensayo con una reflexión perturbadora: "Promover la sociedad de la felicidad absoluta es fabricar una cultura del miedo". Y remata con una invitación cálida: "Debemos encontrar el camino, por difícil que sea, para ser quienes somos, hosquedad incluida".