



A mi hijo, padres, hermanas y a los amores extraviados
El otro día unos amigos me invitaron a ver una exposición o, una performance. Ahora está muy de moda eso de la performance, aunque no se tenga ni idea de lo que es. El dadaísmo, el surrealismo, el Cabaret Voltaire, Tristan Tzara, y, si me apuran mucho, Andy Warhol, están más que muertos y enterrados. En esa exposición vi que el surrealismo o, la performance estaba más en el ambiente que en lo que se exponía: indescriptible.
El arte, hoy, parece haber sido secuestrado por los banqueros y los publicistas. Nadie se anima a decir que el emperador está desnudo, metáfora del cuento de Hans Christian Andersen El traje del emperador. Se nos acusa de ser demasiado esnobs o demasiado estúpidos para entender el valor de una obra como esos contenedores llenos de la mierda del artista expuestos en el Museo de Arte Moderno de Salzburgo o esa habitación vacía en la que se apaga y se enciende una luz, que hace unos años recibió el Inglaterra el Premio Turner. No tenemos derecho a decir: "Rechazo plegarme a sus instrucciones para reflexionar sobre esa habitación vacía o esos envases de mierda que no tienen ningún valor artístico. Y ustedes no pueden convencerme, con sus larguísimos textos, del valor simbólico, filosófico, ético de lo que presentan. Es una metáfora vacía en la que ustedes creyeron al punto de volverla concreta. Y ese gesto es de una arrogancia tal que me aterra. Cualquiera de nosotros es capaz de lanzar, alrededor de una mesa de café, cuarenta ideas así por minuto." Esas ideas pueden ser más o menos divertidas, pero a la mayoría de nosotros no se nos ocurriría ponerlas en práctica.
Por supuesto, hay grandes artistas que hacen obras valiosas con esos nuevos medios: Andy Goldsworthy o Constanza Piaggio, por citar sólo dos ejemplos. O uno de los más grandes artístas contemporáneos, a mi juicio, Miquel Barceló. Pero la mayoría son simples estafas contra los que no se alza ninguna voz. No significan estrictamente nada. Ni siquiera son interesantes. No son, por decirlo así, más interesantes que una conversación de café. "¿Qué harías si te dejara tu mujer?". "Ah, bueno, yo haría tal o cual cosa, esto o aquello." Perfecto, en la mesa hablemos de eso. Pero desplazarse a escuchar una voz de Sophie Calle en el teléfono... La vida es demasiado corta para perder el tiempo en algo así. Ni siquiera es para reírse. Forma parte de cierta moda infantil que se nos quiere imponer, la de hacernos creer que sólo podemos entretenernos o sentir placer manipulando juguetes y haciendo estupideces. Y es así que nos dan para jugar teléfonos móviles con pantalla de tamaño de una estampilla, para que veamos cómo se mueven unas figuritas o cómo suenan unos refranes musicales imbéciles, o videojuegos que nos convierten en adictos a una actividad estéril desde todo punto de vista, haciéndonos perder el tiempo como si fuéramos inmortales con toda la eternidad por delante. No señor; el emperador está desnudo.
Lo más desarmante de la fantasía de Orfeo (1950) es su irrefutable lógica. Si se sitúa uno delante de un espejo, ¿qué es lo que ve? A sí mismo, por supuesto, pero de manera ligeramente extraña, como si se tratase de otro ser dotado de acceso a un mundo distinto. O también la puerta por la que se llega y se va a la Muerte. Tal como lo explica Heurtebise al asombrado Orfeo: "Si te pasas la vida entera delante de un espejo, verás a la Muerte afanándose, como a las abejas de un panal de cristal."


Cuando era niño la amenaza nuclear se expandía por todo el mundo civilizado moderno. El miedo exacerbado a una catástrofe de consecuencias incalculables llenaron mi imaginación a través de las novelas de ciencia ficción y películas de serie B que ponían en la televisión, como ¿El principio o el final? (1947), de Norman Taurog. El niño atómico (1954), de Leslie H. Martinson. La hora final (1960), de Stanley Kramer. Five (1951), de Arch Obder. El mundo, el demonio y la carne (1959), de Ronald MacDougall o Pánico infinito (1962), de Ray Milland. Y ya no hablo de títulos de novelas, que fueron muchas. Por aquel entonces no dejaba de fascinarme la idea de que en cualquier momento todo lo que yo conocía podía dejar de existir. No sabía que igualmente dejaría de existir por otra catástrofe: el tiempo. Lo máximo que se podía percibir en el cielo en aquella provincia estancada, era la estela plateada de un avión, las nubes pasajeras, las golondrinas que volaban al atardecer para decirnos que el día declinaba, y, los cohetes que lanzaban los payeses hacia las nubes oscuras, que vaticinaban el granizo de septiembre, para dispersarlas en época de vendimia. Muy poco sabíamos de los bombardeos por parte de los americanos a Hiroshima y Nagasaki realizados en 1945. Veinticinco años después de la catástrofe, los payeses de la comarca del Alt Penedès, seguían manipulando el vino a su manera. Todavía quedaba por venir lo que ellos considerarían una catástrofe: la Denominación de Origen. Ay, es lo que tiene la memoria, tan dada a las digresiones. Pido disculpas.
Punto límite (1964), de Sidney Lumet. Se centra en una catástrofe provocada "por error": un fallo de funcionamiento desencadena un ataque nuclear americano sobre Moscú, y el presidente de los Estados Unidos acepta que se bombardee Nueva York a cambio. Al igual que La hora final, Punto límite sugiere de manera clara, aunque no demasiado convincente, que en materia de política internacional, dos equivocaciones equivalen, de hecho, a un acierto. Aunque la película aborda con honestidad algunos aspectos del pensamiento nuclear, el piloto del bombardero americano hace caso omiso de todas las órdenes que le dan de volver a su base, simplemente, porque eso es lo que se le ha enseñado. Al final acepta la noción fácil y evasiva de que, en el fondo, nadie tiene la culpa, como si las decisiones relacionadas con la guerra atómica tuviesen un origen místico, y estuviesen más allá de la capacidad de comprensión o control humanos.

Al año siguiente, Machine Gun Kelly (1958), de Roger Corman, fue todavía más lejos, centrándose casi exclusivamente en la relación amorosa entre el gangster y su amiguita. Se trata de dos personajes esencialmente malvados, y no existe la menor referencia a las presiones socio-económicas que puedan haber conformado su carácter o explicar su conducta. Tampoco se pone demasiado énfasis en el intento de situarles en un contexto histórico concreto: parece existir por un mundo formado por destartalados hoteles, gasolineras abandonadas y sucios bares. Kelly (Charles Bronson) es un asesino con complejo de inferioridad y con una morbosa superstición sobre todo lo relacionado con la muerte. Por ejemplo, en un momento determinado, el atraco a un banco fracasa cuando se queda petrificado ante la vista de un ataúd. El personaje más dominante de los dos es su amiguita Flo (Susan Cabot), que no sólo controla a Kelly, sino que utiliza su atractivo sexual más que Baby Face Nelson. Machine Gun Kelly utiliza los elementos tradicionales del cine de gángsters para crear su propio universo en el que las cuestiones morales no sólo están ausentes, sino que son consideradas como inútiles o innecesarias.
La década terminó con una película igualmente convencional y no demasiado lograda, La ley del hampa (1960), de Budd Boetticher, que se limitaba a narrar lo que anuncia ya su título. El guión, de Joseph Landon, se concentra en la ética de los gángsters, y su relación con la política; sin embargo, pone el acento en el aburrimiento, la inseguridad y la muerte, como los rasgos más pronunciados de la vida de los delincuentes, con lo que evitó verse acusada de ensalzarles. Aunque fue la primera biografía sobre un gangster distribuida por un estudio importante (Warner Brohers), resulta paradójico que no se pareciese en nada a las primitivas películas de gángsters producidas por este estudio, y que caracterizaban por la concisión, el ritmo y la estilización. No está del todo claro por qué los grandes estudios se decidieron finalmente a superar la aversión a estos temas, que durante tanto tiempo fue ignorado, pero resulta indudable que se vieron influenciados por el enorme éxito de la serie televisiva Los intocables. Las aventuras semanales del agente Eliot Ness y sus continuas luchas contra los delincuentes de Chicago de los años 20 estimularon la realización de películas para la gran pantalla. Brian de Palma realizó en 1987 con enorme éxito Los intocables de Eliot Ness. F.B.I. contra el imperio del crimen (1959), dirigida por Mervyn LeRoy, como homenaje a la figura de J. Edgar Hoover. En la película, Dillinger "Babi Face" Nelson y Ma Baker efectuaron su última aparición cinematográfica durante la década de los 50, pero sólo para recibir su merecido en manos de los famosos agentes de Hoover.
Fue triste final para una década que había parecido tan prometedora. Y lo que resulta todavía más lamentable es que pasara casi otra, antes de que Hollywood decidiese tirar por la borda sus anteriores precauciones y abordar nuevamente el cine de gangster. Entonces, los dilemas sociales y morales y las incertidumbres de los 50 se convirtieron en lejanos sueños en blanco y negro, al igual que las propias películas de gángsters, viéndose reemplazadas y enterradas por nuevas pesadillas en Tecnicolor.

El nuevo ciclo de películas de gángsters comenzó en 1957, con Baby Face Nelson, de Don Siegel, y se mantuvo a lo largo de los diez años siguientes. Aunque la película se jactaba de su autenticidad histórica, ésta tenía una importancia secundaria en relación con el principal foco de interés de la misma, el propio George "Baby Face" Nelson, probablemente, el mayor psicópata de los años 30. Escrita en sólo dos semanas, por Daniel Mainwaring, rodada en diecisiete días, la película seguía la trayectoria de Nelson desde víctima de las circunstancias, a la que la sociedad había decepcionado trágicamente, hasta convertirse en "Enemigo público número uno". Al principio de la película se niega a asesinar a un dirigente sindical, proque, según sus propias palabras: "probablemente, ha sido alguna vez golpeado también por la policía", lo que hace que sea juzgado y encarcelado precisamente por un asesinato que se ha negado a cometer. Tras huir de la cárcel, se enfrenta a los que le han enviado a ella, y su consiguiente participación en las actividades de la banda de John Dillinger, le lleva a una serie de atracos y masacres, que van ilustrando su creciente inestabilidad mental. Finalmente, el día de Acción de Gracias de 1934, es herido por el FBI tras traicionar a su propia banda, y su novia, Sue, le da el tiro de gracia en un cementerio.


Pero no todo está perdido. Sería difícil imaginar a Sherlock Holmes o al insperctor Maigret sin sus respectivas pipas. Sería tan difícil como imaginar a Groucho sin su puro. A Philip Marlowe o Sam Spade sin sus cigarrillos. ¿Y qué me dicen de la historia del cine, del film noir? Para más información (aquí). ¿Y qué me dicen de los escritores fumadores? Nunca podremos saber cuántas de las mejores páginas de la literatura se deben a un cigarro o a una pipa fumados cuando se debía. Algunos escritores del siglo XX son inimaginables sin el cigarrillo inspirador de tantas tramas. Apenas recuerdo alguna fotografía de Albert Camus que no exhiba un cigarrillo entre sus labios. Y a su adversario Jean-Paul Sartre que tuvieron que borrárselo en la imagen de portada del catálogo de la exposición que le dedicó el centro Pompidou: por lo visto no había fotografía mejor ni más reveladora del filósofo existencialista, pero en esa precisamente estaba fumando como hacía constantemente. También a Leonardo Sciascia solemos verle siempre con un pitillo liado a mano. A Josep Pla (que solía decir que fumaba para buscar adjetivos, y ya lo creo que los encontraba), Cortázar, Faulkner, Svevo, Onetti, Simenon, Patricia Highsmith, Ortega y Gasset con su boquilla de distinguido señorito, por no hablar de la pipa analítica y pacifista que exhibe en tantos de sus retratos Bertrand Russell.
Ahora que tantos filisteos, con severas razones médicas o simplemente con el resentido afán de fastidiar los deleites ajenos, nos detallan los atroces daños causados por el tabaco a la salud que quien fuma y de quien le ve fumar de cerca, es oportuno recordar que también a ese delicado veneno le debemos, tanto los fumadores como los no fumadores, bastantes cosas buenas: porque es posible que fumar acorte la vida, como muchas otras cosas, pero es seguro también que amplía y estimula el arte, cuyo alcance es más largo y ancho que la vida misma. El espíritu inspirador sopla donde quiere, desde luego, o quizá donde puede, pero a menudo ha llegado y sigue llegando envuelto en ese humo convertido en exquisita prosa.
Ahora bien, todas estas consideraciones y otras por el estilo, por muy lúcidas e irrebatibles que nos parezcan al hacerlas en momentos aislados de rebeldía, revelan su absoluta ineficacia a la hora de luchar en serio contra la servidumbre del tabaco. La prueba está en que ahora mismo, desde que empecé a escribir, ya he tenido que vaciar el cenicero dos veces.
Un periodista estadounidense realizó en Moscú en los setenta un curioso experimento. Se puso en la puerta de un edificio sin nada especial, una puerta al azar. Y, efectivamente, alguien se puso en la cola detrás de él, después dos personas más, y, antes de darse cuenta, la cola le daba la vuelta al bloque. Nadie preguntó para qué era la cola, simplemente supusieron que merecía la pena. Cuento esta anécdota de una manera un tanto gratuita, pero no exenta de sentido, simplemente busco una manera de responder a ciertas preguntas. ¿Entendemos de economía? ¿Entendemos cómo funciona? Yo no, y cualquiera que diga que lo entiende es un punto mentiroso. No existen reglas, ni absolutos científicos; ganas, pierdes, es todo cuestión de suerte. La única regla que entiendo la aprendí de un profesor de Historia, no de uno de Economía. "El miedo-decía-,el miedo es la mercancía más valiosa del mundo.- Esto me dejó pasmado-. Encended la televisión. ¿Qué veis? ¿Gente vendiendo productos? No: gente vendiendo el miedo que tenéis de vivir sin sus productos." Creo que tenía razón. Miedo a envejecer, miedo a la soledad, miedo a la pobreza, miedo al fracaso... El miedo es la emoción más básica que tenemos, es primitiva. El miedo vende. Se usa el miedo para recordar las libertades y ofrecer seguridades falsas. Lo que está sucediendo hoy en el mundo es perverso y las explicaciones que nos suelen ofrecer al respecto son un montón de mentiras.
Las naciones industrializadas proporcionan a sus habitantes (no ciudadanos) una seguridad, una salud y un bienestar sin precedentes. La esperanza de vida ha aumentado en un cincuenta por ciento en el último siglo. Sin embargo la gente vive hoy día inmersa en un miedo cerval. Les asustan los extranjeros, la enfermedad, la delincuencia, el medio ambiente. Les asustan las casas donde viven, los alimentos que ingieren, la tecnología que los rodea. Especialmente les producen pánico las cosas que ni siquiera pueden ver: los gérmenes, las sustancias químicas, los adictivos, los contaminantes. Son tímidos, nerviosos, asustadizos y depresivos. Y, lo que es aún más asombroso, viven convencidos de que se está destruyendo el medio ambiente de todo el planeta. Al igual que la fe en la brujería, una falsa ilusión extraordinaria, una fantasía global digna de la Edad Media.Todo se va al infierno y debemos vivir con miedo. Asombroso. ¿Cómo se ha inculcado en todos nosotros esa visión del mundo? Porque si bien imaginamos que vivimos en naciones distintas... Francia, Alemania, Japón, Estados Unidos... de hecho, habitamos en el mismo estado, el Estado de miedo. ¿Cómo se ha llegado a este punto? Los políticos necesitan los temores para controlar a la población. Los abogados necesitan los peligros para litigar y ganar dinero. Los medios necesitan historias de miedo para capturar al público. Juntos, estos estados son tan persuasivos que pueden desarrollar su labor incluso si el miedo es totalmente infundado, si no tiene la menor base real.

ue como última solución le va a llevar a un médium. Recorre la ciudad, viaja en metro, atraviesa un barrio chino, se encuentra en un cortejo papal; de pronto comprende que ya está muerto y que, por lo tanto, no debe morir: se le quita un peso de encima y se dispone a vivir su muerte de la mejor manera posible; en sucesivas etapas irá a un teatro donde, para obtener un premio, luchará con un gran águila blanca, volverá al lecho infantil con su madre, visitará un aeropuerto de cristal en el que ve una gran nave blanca, visitará el mundo (¿la ciudad?) de las mujeres, el de la cultura, buscará alojamiento en un triste barrio residencial, volverá a la casa paterna en la que le darán una gran fiesta con participación de sus antepasados, verá a su mujer inciar otra vida con otro hombre y acudirá a la "clínica del olvido" para despojarse definitivamente de su memoria de la vida.
Martorna se convertiría en la película más famosa nunca realizada. El dibujante de cómic Milo Manara en colaboración con Fellini, recuperaron la historia para trasladarla al mundo de la viñeta. He podido leer el guión en una extraña edición en castellano que hoy no sería posible adquirir. Me fascina tanto el guión como el cómic. Según se cuenta, los decorados de la película fallida, siguen estando en un plató abandonado de Cinecittá. Quiero creerlo, porque Cinecittá fue realmente donde Fellini materializó sus sueños.
Casanova (1976), es la historia de un hombre que no ha nacido, las aventuras de un zombi, de una fúnebre marioneta sin ideas personales, ni sentimientos, ni puntos de vista; un italiano aprisionado en el vientre de su madre, inventando enterrado allí una vida que jamás ha vivido verdaderamente en un mundo sin emociones, tan sólo poblado por sombras. Una fascinación de acuario, una inmemorialidad de profundidades marinas, en la que todo es igual, desconocido, porque no hay dependencia de lo humano. Una película abstracta e informal sobre la no vida, un ballet mecánico, frenético y sin sentido, como un museo de figuras de cera movidas por electricidad. Casanova-Pinocho. Fellini se aferró con desesperación a este vértigo del vacío como único punto de referencia para contar a Casanova y su vida inexistente. Este ojo vítreo que se deja correr sobre la realidad sin intervenir con un juicio, sin interpretarla con sentimiento. Emblemática y exuberante con que hoy nos dejamos ir viviendo.
"Uno tiene que hacerse poeta. Hay que inventar, para tener algo que decir."


Al día siguiente la morena leía Stieg Larsson con tanta atención que no captó el interés de un hombre triste y solitario que, veinticuatro horas después, empezó a leer la misma novela. Tal era su concentración que una joven con gafas le tuvo envidia y al día siguiente también leía a Larsson. A medida que transcurría el verano del 2009, la fiebre Larsson fue en aumento en el tren, como si fuera una lectura obligatoria.
Cuando la mujer de ojos azules acabó la trilogía, levantó la mirada y lo descubrió a él leyendo con fruición la tercera novela de Larsson. Le gustó tanto que imaginó que podría ser el hombre de su vida, pero él estaba demasiado absorto en la lectura para poder captar el alto voltaje de su mirada azul.

A veces imagino esas escapadas a Las Vegas del Rat Pack, esa Sin City donde los curas, en la primera misa del domingo, al pasar el cepillo, admitían fichas. En Las Vegas no hay diferencia entre noche y día, y hacen muy bien los Martinis. Sí, me gusta imaginar Las Vegas. ¡Viva Las Vegas! cantaba Elvis. En Las Vegas las biblias que hay en las mesillas de noche de los hoteles sólo tienen cinco Mandamientos. Las Vegas es estupenda. El anuncio luminoso de ese vaquero que se mueve, día y noche, haciendo gestos para que vayas a su casino, es una maravilla del Pop. En Las Vegas sale el sol, nunca lo ves salir, y se pone y la gente sigue jugando. Un nuevo arranque para el Eclesiastés. No hay relojes ni vírgenes. En los años cincuenta, casinos como el Riviera, el Sands, el Caesar Palace o el Flamingo, pagaron contratos super millonarios a Elvis, Sinatra, Dean Martin y Jerry Lewis, Carmen Miranda, Chubby Checker, Ella Fitzgerald, Billie Holiday, Liberance, Marlene, contratos con los que ni Hollywood podía competir. Lograron reunir más estrellas que en Broadway. Fíjate, hasta le robaron el boxeo al Madison Square Garden. Me encanta Las Vegas. Allí las chicas siempre parecen estar envueltas en una toalla, apostando billetes de cien pavos bajo las miradas de hielo de los goodfellas del hampa.