miércoles, 31 de agosto de 2011

Fantasmas de cine


Son muchos los cines que han desaparecido del mundo, de nuestro mundo de la infancia, y han sido pocos los escritores que han escrito sobre ello. A decir verdad, nuestro cine es el cine de aquella época. "El cine de los sábados", como lo llamaba mi admirado Terenci Moix. El cine como generador de mitos, como estimulante de nuestra imaginación o nuestra capacidad de soñar. Cuando el cine se puso a explicar la vida, cuando se convirtió en una ventana abierta a la realidad. La suerte que tuvieron todos aquellos ateridos espectadores de la época fue la de gozar de las películas que no pudieron verse en España por culpa de la guerra civil. Tenían a un joven Gary Cooper frente a ellos cuando Hollywood ya estaba envejecido. El cine pasaba a ser de ese modo una huida fantástica sólo equiparable a los sueños de infancia, que son los que cuentan cuando se llega a adulto. Vivencias acontecidas en un sueño o tal vez en la pantalla en la sesión de tarde de un sábado. Pronto el público no tendría nada que ver con el que se arremolinaba con fascinación en las salas de barriada, cuya representación suprema era, por ejemplo, el cine Roxy de Barcelona, convertido luego en sede bancaria, más tarde en cuento y nuevamente en arte, en la nostálgica canción de Joan Manuel Serrat y, escrita por Juan Marsé. Tampoco Marsé escondió nunca el motivo que le indujo a escribir el relato El fantasma del cine Roxy, recopilado en Teniente Bravo (Debolsillo). Marsé quería ajustar cuentas con los fantasmas del cine, con los peliculeros, con esa fábrica de sueños infantiles. Cuando escribió el cuento no quedaba ninguno de los cines de su infancia.


El fantasma del cine Roxy narra de forma poliédrica las peripecias de un grupo de espectrales personajes que han de convivir con la realidad que ha impuesto el avance de los años-no el progreso-, formalizada en un banco construido sobre sus ruinas de un antiguo cine de barrio, cuyos héroes de materia celuloide se resisten a desaparecer. Las permutaciones entre el sueño y vigilia, esto es, entre la nostalgia del futuro y la sórdida realidad diaria, sedada por el cine clásico, se acomoda en el cuento, perpetuándose como uno de los principales motivos literarios de Juan Marsé. Los artífices de llevar a cabo la ficción son un guionista desencantado y un obnubilado director de cine que asiste incrédulo a las andanzas de los míticos héroes de la pantalla (Clark Gable o George Raft, Tyrone Power o Gene Tierney), generadas por la imaginación enfebrecida y tierna de su colaborador. La mirada irónica que despide el cuento expresa de algún modo las tensas relaciones que se establecen entre dos tipos de narración, la literaria y la fílmica, o lo que es igual, dos niveles de percepción distintos.



Una mirada difícil de observar, por cierto, en estos tiempos de infantilización desmedida del discurso cinematográfico en las latitudes opuestas a las que apadrinaron el invento y fomentaron su crecimiento. Quienes conocieron la desorbitada grandeza del fenómeno artístico que fue el cine hasta el relajo actual de sus formas deben tenerse por supervivientes. Superviviente como Marsé, que no duda él mismo en equipararse a los fantasmas de su ficción. En ella conjuga con divertida destreza la relación entre dos mundos artísticos muy afines, al tiempo que rinde homenaje a los héroes fílmicos y modos narrativos que alumbraron con aquella luz inextinguible la época que habría de alimentar con años venideros. El cine Roxy se desploma como si hubiera sido azotado por el terremoto de San Francisco, y con él cae también un mundo mítico.

Al otro lado del Atlántico, Robert Coover parecía intuir la sensación que hubo de envolver a Marsé en el momento de la demolición de la sala de sus sueños, cuando en su cuento El fantasma del palacio del cinema, recopilado en Sesión de cine, el narrador imaginado por el gran norteamericano dice que "también él se siente como si estuviera atrapado en la tierra de nadie colgando de un elevado trapecio y con un tartazo en la cara, pero no puede escapar". El símil no es ocioso en un autor que, como Juan Marsé, ha compuesto excelentemente relatos desde la absoluta certeza de que el cine es reflejo de la vida, el destello incuestionable de su arte imperfecto. Curiosamente, fue otro amante del cine y de la literatura, el perpetuo cubano Guillermo Cabrera Infante, quien plasmó en El fantasma del cine Essoldo, recopilado en Cuentos del reino secreto (Alfaguara), el lema que iluminaron la carrera de estos tres maestros de la ficción breve: "Escribir bien es la mejor venganza".


                               

lunes, 29 de agosto de 2011

Cuadernos venecianos (fragmentos)



Salgo del aeropuerto de Venecia y cojo un autobús que me conducirá a la Plaza de Roma. Estos autobuses tienen las ventanas cubiertas de propaganda turística que impiden ver durante el recorrido el paisaje y la entrada a una de las ciudades más bellas del mundo.

Llegada a la Plaza de Roma

Enorme caos. Me espanto. Aglomeración de autobuses en un desorden colosal con sus motores a ralentí. Los tubos de escape hace que sea el aire irrespirable. Turistas de todo el mundo campan por doquier; desorientados como yo. Bolsas, maletas, cochecitos de niños, niños llorando, ancianos en sillas de ruedas, grupos de japoneses fotografiandolo todo. Creo por unos momentos que toda Venecia será esto y me deprimo mucho. Anticipo en breves segundos toda mi estancia en la ciudad. Me produce una angustia que debo dejarla de inmediato. Aligero el paso y huyo de todo aquello. Doy con los vaporettos y me subo a uno de ellos que recorre el Gran Canal hacia Santa Elena, última parada del arrabal paradisíaco donde me espera una humilde habitación. Cuando recorres el Gran Canal por primera vez es una experiencia que no se olvida nunca.

El Gran Canal

Bajo el sol brillante se me ponen los ojos como platos, comienzo a temblar ligeramente y siento una emoción y un desasosiego físico ante tanta belleza, una exaltación que es una especie de miedo. Venecia es mágica, la ciudad más maravillosa del mundo, porque ha engrandecido sus islas con palacios, edificios e iglesias. Está hecha por el hombre, pero es obra de un genio, rutilante en su propia laguna, flotando sobre su maravilloso reflejo, con los puentes más hermosos y la última y perfecta línea del cielo en la tierra: solo cúpulas, agujas y tejados. Tiene un solo color, el de la piedra más suave. No hay señales de tierra, ninguna en absoluto: tan solo tráfico acuático y canales. Todo el mundo lo sabe, y sin embargo nadie está preparado para esto, y por eso su encanto te abruma. El temor que uno siente es el temor a quedar embrujado e indefenso. Cuesta creer que unas piedras tan sucias despidan tanto esplendor. Las palabras no le hacen justicia a Venecia y nada puede desmerecer su belleza.

El Lido

La palabra Lido quiere decir "playa". El mar está picado y bate contra la playa el elegante Hôtel des Bains, donde Von Aschenbach lanzaba miradas lascivas al encantador Tadzio y meditaba sobre el sentido de la vida en Muerte en Venecia, de Thomas Mann, la suprema narrativa de la temporada baja. Aunque tal vez esta obra maestra debió titularse Muerte en el Lido, teniendo en cuenta que esta isla larga y estrecha no tiene nada que ver con Venecia.

Caminando por Venecia

Mal día para expresar los sentimientos. Me puede faltar lucidez para interpretar correctamente qué pasa. Evito ejercicios precipitados. Lo que más se siente es lo que menos se ve. Aceptamos unos hechos inexistentes en defensa de lo que no queremos ver. Los hechos no dejan de existir porque lo ignoremos. Viajar consiste en buscarse en alguna encrucijada secreta. Morir solo es haberse encontrado.

El Adriático no es azul como el Mediterráneo. Sus aguas de alabastro se distingue del cielo demarcando la línea del horizonte en un perfil que secuestra la mirada hacia sus aguas con destellos de millones de joyas. El ojo sumiso a la resignación del bípedo siempre soñador, siempre cautivo en su triste condición de eterna penitencia de lejanía y de corto vuelo.



El turista no para de fotografiarlo todo. Mira la ciudad a través del objetivo de la cámara. No quiere perderse nada perdiéndolo todo. Esos niños que viajan con sus padres no recordarán los lugares visitados. A lo sumo, quedarán en sus memorias relámpagos de impresiones que no pueden registrar el objetivo de las cámaras de sus padres.

En Venecia no existe mejor metáfora que esa botella de cerveza vacía que navega por un canal; botella vacía de un náufrago que olvidó introducir su grito de socorro. Estas botellas solitarias arrojadas, quizá, por un europeo en busca de una respuesta a su propia decadencia que no encontrará nunca; una botella vacía que no será jamás recogida y que seguirá su rumbo hacia el Adriático por donde antaño pasaron embarcaciones que hicieron de esta ciudad, desde el siglo V, el núcleo del comercio y el turismo. Somos el desperdicio de siglos enteros, el desperdicio de la nada que ha medrado.

Vida de terraza

Lo que tiene la vida de terraza es que no hay vida de terraza. Las parejas no hablan y los grupos se entretienen cada uno en mirar a través de sus cámaras las fotografías que han realizado durante el día. Pido un café y una botella de agua: 12 euros.

Gondoleros

El gondolero ha perdido por completo la compostura. Su silueta silente perfilada en el cielo crepuscular, su perfil de tinta china por los canales, ha dejado de existir. Hay aglomeración de góndolas. El exceso produce atascos, que vistos desde cualquier puente, produce risa. El gondolero actual vocea sus servicios descaradamente, ávido por capturar al turista. 25 minutos de paseo en góndola: 85 euros. He visto a gondoleros en medio del Gran Canal adoptando poses ridículas para hacer la fotografía que le ha exigido su obesa tripulación americana.

Venecia se inunda a menudo; sus mármoles están estropeados, las pinturas se pudren, hay rincones que huelen mal, los canales están verdes, hay partes que parecen envenenadas, está llena de basura, está repleta de ratas y no pueden con ellas ni siquiera el ejército de gatos venecianos. Su hundimiento no es debido a un aumento del nivel del mar ni a los cambios en las placas tectónicas ni a la presión de los edificios sobre los sedimentos blandos. Es el desgate que el oleaje produce en los edificios por el aumento de tráfico de embarcaciones de motor. Las olas que originan erosionan los cimientos de los edificios de las orillas, y, evidentemente, por el peso turístico. Me gustaría saber cuántas toneladas de pizzas se comen en Venecia en un día. Y ya ni hablo de los excrementos.

Otra vez el Gran Canal

El Gran Canal visto desde el Puente de Rialto (suerte si encuentras un hueco), es una carretera infernal de un tráfico constante de todo tipo de embarcación. He visto a gondoleros sortear peligrosamente a los vaporettos que bajan y suben por el canal atestados de turistas comprimidos como sardinas en lata. He visto a unos obesos dentro de una góndola tomándose estos peligros como si de una atracción se tratase. 



¿Venecia romántica?

Venecia no es romántica. La masificación de turistas impide todo romance durante el día, y la soledad nocturna de la ciudad es más bien para el paseante solitario que se cruza constantemente con los figurantes de la ciudad que vuelven tras una larga y agotadora jornada (ya sea un gondolero o, un camarero de terraza o, un vigilante de museo) a sus casas con el disfraz puesto, que no les queda ya tan bien cuando los vemos fuera de contexto. Durante el día Venecia huele a pizza y a sudor de multitudes y rara vez se ve a una pareja besarse sobre los puentes abarrotados o en los rincones más solitarios repletos de basura. Venecia es cara para los amantes pobres. He visto a muchas parejas comiendo trozos de pizza sentados en escalones muy transitados. Por otro lado, Venecia es un perfecto decorado para los amantes millonarios y envejecidos. He visto a estas parejas descorchar botellas de champán en una góndola. Otras con guitarristas tocando temas como El padrino, Sole mío y Volaré atascados en un canal por otras góndolas repletas de americanos realizándoles, a la vez, fotografías y bebiendo Coca-Cola en lata, al mismo tiempo que cruzan por los puentes parejas con mochilas pesadísimas sobre sus espaldas. Por otra parte, creo que la patología de la cámara digital ha suplantado al romanticismo. Las parejas caminan por la ciudad separadas en busca de la foto.


Último día en Venecia




Hoy abandono Venecia. Escribo estas notas a las siete de la mañana en la habitación que me acoge. El día ha despuntado fresco con un cielo de nubes que se dispersan plácidamente. Veo las ventanas de los edificios que me rodean con balcones de geranios. Un barrendero barre la última brisa y una paloma alza el vuelo en un batir de alas esporádico desde un punto incierto. Un hombre en camiseta riega el alba. Todo parece plácido, concreto en su orden natural. Esta mañana es una mañana atemporal. Suena unas campanas a lo lejos. Unos pasos de tacones realza la piedra milenaria de esta magnífica ciudad mil veces caminada y mil veces soñada que nos acoge y despide como una infiel amante que nunca llegaremos a conocer del todo. Venecia ya es un recuerdo antes de dejarla. Venecia ya no es la ciudad turística sino el olvido de lo que ha sido y la memoria de lo que es; una ciudad donde van a parar todos nuestros sueños de piedra y agua que desemboca en cualquier canal a medianoche; el palacio de la imaginación abandonado; la máscara carnavalesca de nuestros sentimientos; las iglesias cerradas de nuestras creencias; las paredes viejas y húmedas de nuestra alma; el gondolero convertido en Caronte que nos transporta por las aguas de la Estigia; las callejuelas laberínticas de nuestra psicología; el anhelo fútil por descubrir un recoveco para reposar nuestros cansados huesos; el delta de toda esperanza acribillado de embarcaciones repletas de sombras en un éxodo sin destino y universal.

Me despierta la voz impersonal del piloto para informarnos que ya sobrevolamos el cielo de Barcelona.


                                      

miércoles, 24 de agosto de 2011

Ruinas y desiertos

Como todos sabemos, hoy ocupan su puesto los "imagólogos", que es como denomina Milan Kundera a los manipuladores de la opinión pública, en la convicción de que sólo existe aquello que los medios de comunicación de masas, la televisión, el cine, la radio y la prensa, ofrecen al público. En el mundo de la "imagología" no existe el ser en sí sino, únicamente, la imagen del ser, mil veces retocada, recortada, deformada, simplificadora en eslóganes publicitarios, pero a cambio difundida en millones de ejemplares. Vivir para la inmortalidad significa ocuparse de la propia imagen, del propio aspecto ante los ojos del público. El deseo de dejar impresa la propia imagen en la conciencia de las generaciones venideras conduce paradójicamente a la pérdida de la autenticidad del ser humano, que vive exclusivamente para la mirada de los otros.

Federico Fellini realizó en 1985 un eslógan que retrata muy bien todo lo dicho. Hay que mirarlo con atención.


                                             

La colocación de la botella delante de monumentos antiguos claramente italianos, fetiches ellos también, es una fábula moderna, un emblema de la modernidad, presentado en su marco: el de la televisión, que, irónicamente, en un mundo en ruinas sería lo único que vendría a satisfacer imaginariamente la necesidad fantasmal de colmar el vacío . Y ésta es la sensación que queda: la fascinación y el guiño como aperturas a la incredulidad, la necesidad del fetichismo y de los objetos de deseo y de consumo imaginarios creados por la publicidad televisiva, y la verdad del desierto y del aburrimiento actual, del devenir resto arqueológico de lo real, un paisaje frío y desolado, una mineralización lunar. Ruinas y desiertos, imágenes de la nada moderna.

lunes, 22 de agosto de 2011

El viajero del tiempo



Viejos sueños de infancia me vienen a la memoria en estos días de estío a través de las relecturas de viejas novelas de ciencia ficción. Recuerdo que me fascinaban los viajes a través del tiempo. Estas novelas leídas hoy y revestidas por mi afición a la astronomía y la física siguen ejerciendo en mí una fascinación no exenta de mis primeros vuelos intergalácticos en pantalón corto. La máquina del tiempo (1895), de H. G. Wells fue verdaderamente profética por considerar el tiempo como una cuarta dimensión. Einstein utilizaría el tiempo en su teoría de la relatividad de 1905, la cual describe cómo un observador estático y otro en movimiento miden el tiempo de forma diferente. La teoría de Einstein, desarrollada por su profesor de matemáticas Hermann Minkowski, demuestra que el tiempo, en efecto, puede ser tratado matemáticamente como una cuarta dimensión. Nuestro universo es, por tanto, tetradimensional. Decimos que la superficie de la tierra es bidimensional porque todo punto perteneciente a ella puede ser especificado mediante dos coordenadas, longitud y latitud. Para localizar un suceso en el universo hace falta cuatro coordenadas.



Actualmente, el tema de los viajes en el tiempo ha saltado de las páginas de la ciencia ficción a las revistas científicas, a medida que los físicos exploran si las leyes físicas lo permiten e, incluso, si en ello se hallaría la clave de cuál fue el origen del cosmos. En el universo de Newton, el viaje a través del tiempo era inconcebible; sin embargo, en el de Eisntein se ha convertido en una posibilidad real. Ay, mi querido Marti McFly y mi viejo loco Doc. Tú, Marti si que sabes de estas cosas, pero cuando observas que actúas erróneamente, las imágenes de ti mismo y de tus hermanos, plasmadas en una fotografía que llevas en la cartera y se desvanecen, no es del todo real. Una mano se puede desvanecer en una historia de ficción, en el mundo físico, los átomos no se desmaterializan de esa forma.


Cronopaisaje y la teoría de los universos múltiples.


Examinemos en primer lugar la alternativa radical. Tiene que ver con la mecánica cuántica, esa rama de la física desarrollada a principios del siglo XX para explicar el comportamiento de los átomos y las moléculas. La mecánica cuántica señala que las partículas tienen naturaleza ondulatoria y que las ondas tienen naturaleza corpuscular. Su tópico más destacado es el principio de incertidumbre de Heisenberg, por el cual no podemos establecer simultáneamente la posición y la velocidad de una partícula con precisión arbitraria. Esta indeterminación, aunque despreciable en el mundo macroscópico, es trascendental a escala atómica. La mecánica cuántica explica el modo en que los átomos emiten o absorben luz en ciertas longitudes de onda cuando los electrones saltan de un nivel de energía a otro. La naturaleza ondulatoria de las partículas da lugar a fenómenos inusuales, tales como el denominado efecto túnel cuántico, por el cual un núcleo de helio puede saltar de repente desde un núcleo de uranio y causar su desintegración radiactiva. La resolución de las ecuaciones cuánticas de onda permite establecer la probabilidad de encontrar una partícula en distintos lugares. En una de las interpretaciones, esta línea argumental conduce a la teoría de los universos múltiples de la mecánica cuántica, según la cual existe un mundo paralelo por cada uno de esos lugares en los que la partícula es detectada. Algunos científicos que trabajan en las fronteras de la teoría cuántica se toman en serio la idea de los universos múltiples y sus consecuencias.

En este marco, el universo no contendría una única historia del mundo, sino muchas en paralelo. Experimentar una de esas historias, como en la práctica hacemos, es similar a viajar cuesta abajo en un tren que va del pasado al futuro. A modo de pasajeros, contemplamos la sucesión de los acontecimientos como si fueran estaciones situadas a lo largo de la vía, dejamos atrás el Imperio romano, la Segunda Guerra Mundial o a unos hombres pisando la Luna. Pero el universo podría ser como un gigantesco patio de maniobras, con muchas vías estrelazadas. Junto a la nuestra hay una vía en la que la Segunda Guerra Mundial nunca tuvo lugar. El tren está encontrando constantemente cambios de vía en los que puede tomar cualquiera de las bifurcaciones. Antes de la Segunda Guerra Mundial pudo haber existido un momento en el que Hitler estuviera a punto de ser asesinado, lo que conduciría el tren a la vía en la que dicha guerra no ocurrió. Según la teoría de los universos múltiples, cada vez que se registra una observación o se toma una decisión se produce una bifurcación en la vía. No tiene por qué tratarse de una observación o de visión humana; hasta un electrón en un átomo, al cambiar de un nivel de energía a otro, puede dar origen a una ramificación. Siempre en ese escenario, y según el físico David Deutsch, de la Universidad de Oxford, un viajero del tiempo podría volver al pasado y matar a su abuela cuando todavía era joven. Esto haría que el universo se desviara hacia una rama diferente, en la que habría un viajero del tiempo y una rama diferente, en la que habría un viajero del tiempo y una abuela muerta. El universo en el que la abuela vive y da a luz a una mujer que, a su vez, alumbra al viajero del tiempo - el universo que recordamos - existiría aún: sería el universo de procedencia del viajero. Éste simplemente se habría movido a un universo distinto, donde participaría en una historia diferente.



Todas estas ideas se hallan muy bien ilustradas en la novela de ciencia ficción de Gregory Benford, Cronopaisaje (1980). La historia sucede en el año 1998; su protagonista emplea un haz de taquiones - una partícula hipotética cuya velocidad es superior a la de la luz - para enviar una señal a 1963 y advertir a los científicos sobre una catástrofe ecológica que hará que el mundo quede sumergido en 1998. La alarma es recibida a finales de 1963 y los científicos comienzan a actuar conforme a ella. Conocen la teoría de los universos múltiples de la mecánica cuántica y, al exponer públicamente su advertencia sobre el futuro desastre ecológico, contribuyen a evitarlo haciendo que el universo transcurra por un camino alternativo. Incidentalmente, en ese universo paralelo el presidente Kennedy solo resulta herido, en lugar de asesinado, en el atentado de Dallas.

A todo el que espere hallar algún día una máquina del tiempo que le permita volver al pasado y rescatar a un ser querido, lo más consolador que puedo decirle es que, hasta donde hoy se sabe, sólo sería posible si la teoría de los universos múltiples fuera correcta. En caso de ser así, entonces existe un universo paralelo en el que su ser querido se encuentra bien el la actualidad. Simplemente nosotros estamos en el universo equivocado.

jueves, 18 de agosto de 2011

Entre las olas de Homero



Es inútil buscar el recodo
donde la noche olvida su viaje
y acechar un silencio que no tenga
trajes rotos, y cáscaras, y llanto...
Federico García Lorca

De niño solía jugar por estas playas. Sinceramente era feliz. El Mediterráneo que juega con los hombres al olvido entre sus olas de Homero. El Mediterráneo se ha convertido en un mar agonizante que ya no es corazón de casi nada; un sentimiento que luego me ha acompañado en tantas ocasiones: la añoranza de pertenecer a alguna parte. En medio de la desolación de estos paisajes duros que la desidia, y la rapiña urbanística han ido convirtiendo en aún más inhóspito. ¿Por qué no pensar en el Mediterráneo como en un gran paquidermo cuya espalda se ha llenado de parásitos de los que librarse con sólo dar un coletazo? A principios de este nueve milenio no parece invitar a las bellas metáforas. Dijo una vez un poeta que el Mediterráneo le ponía al verano un zócalo profundo y vivo. El mar era la gran negación, el "no" sucesivo de cada golpe de agua a nuestras alegrías y nuestras prisas, a nuestras fiestas y nuestro ocio, a todo aquel pavoneo soleado de las vacaciones elegantes. El mar debiera ser esa cosa elemental y salvaje, grande y pura, que borrase de un manotazo tanta vanidad de un día. Esto, si nosotros hubiésemos sido menos vanos, si nos hubiéramos detenido alguna vez frente al infinito del agua, no para posar con una mujer o para una fotografía, sino realmente enfrentados con la verdad reiterada y enorme del mar. Porque el mar está ahí como en el primer día de la creación, es el absoluto con que medir nuestra ambición siempre corta y mediocre.

El Mediterráneo, el mar color de vino de Homero, como una sofocante bañera, como un paquidermo lleno de pulgas. Aquí, mirando sus orillas, siento hoy el aliento de siglos de maldad y desilusión; cuántas civilizaciones habían entrado en decadencia sobre este brillante mar. Los estériles fenicios, los griegos con su mentalidad comercial, los árabes destructivos, los catalanes, los genoveses, los rusos histéricos, los ingleses decadentes, los borrachos estadounidenses se habían combinado con los gangsteres autóctonos; aquí se había unido lo que tiene el capitalismo de vulgar, adquisitivo, pirata y decadente. Durante veinticinco siglos, sinvergüenzas, gigolós, buscadores de oro y capitanes de la industria habían esparcido su codicia y su mal gusto. A medida que el enorme sol rojo se hunde en el mar púrpura, el gran váter, la cloaca sin mareas del mundo antiguo, lo patético del materialismo acumulado, casi parece levantarse y golpearlo. Las olas rompen imperceptiblemente sobre las rocas color guano.



El Mediterráneo juega con los hombres al olvido entre sus olas de Homero. Descubrí a Homero cuando ya no era tan feliz en la playa. Buena parte de la geografía mediterránea de la Odisea es engañosa o imaginaria. Una vez pasé junto a las islas de los Cíclopes, cerca de Catania, pero no las reconocí; sin embargo, de vez en cuando, como ocurría en Benifacio, la descripción topográfica era tan precisa que me emocionaba hacerla coincidir con el texto. El arte de los versos de Homero reflejaba la naturaleza con total precisión. Experimentaba una satisfacción personal en las formas en que Ulises se las ingeniaba para pasárselo mal. La epopeya de Homero no puede rendir homenaje a la satisfacción de navegar ni a la de recalar en sitios maravillosos. Trata de retrasos, obstáculos y muertes complicadas. La tripulación de Ulises casi siempre se queja o tiene miedo, y al propio capitán más bien le disgustaban el mar gris y los vientos caprichosos, el esfuerzo de la vida a bordo, las distancias, las incomodidades, los peligros. Entre muchas otras cosas, la Odisea es un poema sobre las frustraciones y las miserias de los viajes y sobre la larga travesía de vuelta a casa; en una palabra, una epopeya de la añoranza. Aquí, frente al mar, hoy me falta tristeza para ser melancólico y me sobra añoranza para ser feliz.

viernes, 12 de agosto de 2011

Réquiem por un peso pesado



TEMPERATURA:
espectral, extraordinariamente fría.

VISIBILIDAD:

ilimitada, hasta los límites más lejanos del universo.

VIENTOS:

brisas frescas de locura horrible, que aumenta hasta el punto en que se hacen absolutamente intolerables.

PREVISIONES:

el delirio, un placer sobrecogedor de lo extraño, lo maravilloso y lo inesperado.


LA CÁMARA INICIA UN MOVIMIENTO LENTO, se introduce a través de una ventana iluminada en mitad de la noche. Vemos un hombre solitario que escribe en su portátil. La cámara se detiene sobre la pantalla del ordenador.

VOZ DEL NARRADOR (Rod Serling)


La barrera de la soledad. La necesidad palpable y desesperada que tiene el animal humano de estar con sus congéneres.


El hombre escribe: ¿Quién no se ha quedado alguna vez pasmado ante una situación de nuestra vida incomprensible? ¿Quién no ha tenido alguna vez la sensación de que el mundo se ha convertido en un episodio de The Twilight Zone? Ninguna otra explicación tiene el más mínimo sentido. Es más, para los que amamos esta mítica serie televisiva esperamos oír la voz de Rod Serling de un momento a otro. Serling sabía cómo contar una historia fantástica. The Twilight Zone constituye una brillante serie de situaciones inquietantes, una voz y un estilo ampliamente imitado y una galería de extraños personajes que han quedado para siempre en nuestras retinas. Inolvidable la historia de aquel cansado ejecutivo de mediana edad que escapa de sus presiones diarias hacia el pueblo de su niñez o, aquel convicto condenado a años de aislamiento en un planetoide remoto, cuya única compañía es un robot o, aquel charlatán compulsivo que remueve sus cuerdas vocales con el propósito de ganar una apuesta y después no es capaz de callarse la boca por un año o, aquella bella mujer despreciada como abominable por un mundo de seres monstruosos o, aquel hombre que maltrataba a las máquinas hasta que un día ellas se rebelan o, aquel vendedor callejero que engaña a la muerte, o aquel hombre confundido que se encuentra de repente transportado a un escenario urbano desierto o, aquel personaje hipocondríaco y desagradable, temeroso de la enfermedad y la muerte, y hace un pacto con el Diablo a cambio de la vida eterna, o esa extrañísima historia de un hombre que escribe sobre dicha serie y no es consciente de que pertenece a un capítulo de ella. Joder, esto me suena.

Uno de los capítulos que mejor recuerdo es el que interpreta mi admirado Buster Keaton. Buster vive en el siglo XIX y camina malhumorado echando pestes de todo lo que ve a su alrededor. Viste el tradicional traje de sus películas mudas con su sombrero Stapleton plano. De hecho, estamos en una película muda con rótulos explicativos. Soñando con un mundo mejor se encuentra un casco que puede viajar al futuro pero le funciona en un momento inoportuno, ya que cuando está en calzoncillos le transporta al año 1962. Pero, ¡oh! sorpresa, en esta época nos encontramos con el cine sonoro y el pobre Buster aparece en medio de la calle con una facha completamente ridícula. Un policía se irrita al verle de aquella manera y le persigue por exhibicionista. Un magnífico gag de Buster: desconociendo los avances tecnológicos del mundo actual, ve un noticiario que dan en la televisión y se cree que es una persona que le habla a través de la ventana, siguiéndole la conversación. Hace amistad con un obeso que detesta el siglo XX y le ayuda a robar unos pantalones y tratan de reparar el casco para que el viajero del tiempo vuelva a su época. Confusión y problemas. Finalmente se arregla el casco y nuestro Buster y su amigo regresan al pasado, otra vez el cine mudo, pero como su amigo no se adapta a la vida del siglo XIX no le queda otro remedio que iniciar un nuevo viaje hacia su verdadera época. Buster Keaton luce una de sus mejores interpretaciones de sus últimos años. La excelente idea de combinar el cine mudo con el sonoro a través del tiempo para definir las dos épocas, y algunos hallazgos keatonianos de buena ley hacen inolvidables este episodio de la gran serie de Rod Serling.



Serlin fue un superdotado para imaginar historias. Antes de dedicarse a escribir, nuestro autor fue boxeador profesional. En una pelea, el contrincante le rompió la nariz y lo noqueó en el tercer round y abandonó para siempre el ring, "¡dejé bastante de mi sangre en varios rings!". Nos dejó una magnífica novela de sus experiencias en el cuadrilátero, Réquiem por un peso pesado. Serling tenía esa rara cualidad de estar capacitado de aferrarse a las cosas que usualmente nos pasa desapercibidas. Ese fue su costado suave, una tierna intensidad. Tenía una caja llena de viejas cartas de sus amigos de la infancia, sus padres y hermanos, la que miraba con un estado de ánimo siempre nostálgico. Esto se evidencia en muchas de sus historias que tratan sobre el tema del regreso.

LA CÁMARA SE ALEJA DEL HOMBRE QUE ESCRIBE, saliendo por la ventana que se va empequeñeciendo y el objetivo mira hacia el cielo estrellado.

VOZ DEL NARRADOR (Rod Serling)

Allá arriba..., allá arriba, en la enorme extensión del espacio, en el vacío que es el cielo..., allá arriba hay un enemigo conocido como aislamiento. Está allí, en las estrellas, esperando..., esperando con la paciencia de eones..., esperando eternamente... en la Dimensión desconocida.

                                 

martes, 9 de agosto de 2011

Licencia para matar


"James Bond es lo que todo hombre querría ser, y lo que toda mujer querría tener entre las sábanas."
Raymond Chandler


Me han decepcionado mucho las películas de James Bond realizadas por Cubby Broccoli. Quizá Sean Connery se hubiera contagiado de la frialdad inmutable de Ian Fleming, pero desde la primera cinta, se negaba a tomarse las cosas demasiado en serio y las maliciosas réplicas de Connery encontraron la culminación de su afectación en la ceja arqueada de Roger Moore. Si los productores hubieran sido sensatos, convertirían Casino Royale, la primera historia Bond en una obra maestra. La primera fue realizada en 1967, rodada como una parodia con David Niven en el papel del agente secreto, y, la segunda en 2006, con un Daniel Craig que se aproxima un poco más a todos los demás al modelo Fleming. Cuando vi a Craig salir de las aguas de una playa enseñando un cuerpo de gimnasio, pensé en la película Contra el Dr. No, en donde Ursula Andress conmocionó al mundo entero al salir de entre las olas con el primer biquini de la historia del cine. Pero no me complace escribir sobre las películas Bond, sino de la escritura de Fleming.



En la novela Casino Royale, todo, desde el ahora anticuado blanco y negro de la ideología de la guerra fría, hasta la imposible y exótica elección de aguacate a la vinagreta de Bond como primera plato en las apagadas ciudades con casino del norte de Francia, tiene la fragancia de principios de la década de 1950, cuando fue escrita. El argumento es sencillo, casi elemental. El villano es Le Chiffre, un espía ruso que trabaja en Francia y que se ha apropiado de los fondos de la KGB y se dedica a jugar para compensar las pérdidas. Bond, por ser jugador más experto del Servicio Secreto, en enviado a Royales-Eaux para derrotar a Le Chiffre en las mesas de juego, destruyéndolo a él y a su red francesa. Hay un atentado contra la vida de Bond, una partida de baccarat que dura veinticinco páginas, una persecución en coche, una escena detalladamente descrita de una tortura grotesca y un rescate. Los últimos capítulos son un relato curiosamente distendido de la convalecencia de Bond con Vesper Lynd, la primera "chica Bond"; la novela acaba en un estallido gratuito de traición y misoginia. La prosa es dura e implacable, los detalles minuciosamente fetichistas (aprendemos a preparar el martini de la firma Bond). ¿Ha probado alguien dicho martini? Es toda una experiencia, sobre todo si se toma en un lugar glaumuroso a altas horas de la noche repleto de chicas Bond.



Solo en las descripciones del juego y la flagelación - dos de los intereses más atesorados por Fleming - la escritura se aparta de ella misma. En todo lo demás, el libro adopta el mismo aspecto que la cara de su héroe: "Taciturno, brutal, irónico y frío". Ian Fleming usó su experiencia en el servicio de inteligencia naval británica como fondo de sus fantasías de espías. Fleming escribió doce novelas y nueve cuentos del agente 007.

domingo, 7 de agosto de 2011

Pálido fuego



¿Jackie Kennedy? "La odio". ¿John Updike? "Le odio". Jane Fonda: "Fuaf, es una cosa vomitiva". Joyce Carol Oates: "Es la escritora más repugnante de Estados Unidos. Es tan... ¡ogggg!". En cuanto a Georgia O' Keeffe: "Yo no pagaría ni veinticinco centavos por escupir en un cuadro suyo. Y creo que es una persona horrible, además". Mientras que el gentil y centelleante Robert Frost es "un cabrón maligno y egoísta, un sádico traidor y egomaníaco". Ante una caterva tal, a los camaradas literarios les va bastante bien si sólo son "horribles" (Thomas Pynchon), "ilegibles" (Bernard Malamud), "aburridos" y "fraudulentos" (Donald Barthelme) o "increíblemente malo" (Gore Vidal).

Truman Capote vivió la vida de un novelista estadounidense de una forma condensada y acelerada. A los ocho años de edad era un escritor, a los doce, un borracho; a los dieciséis, una celebridad; a los cuarenta, un millonario; y a los cincuenta y nueve estaba muerto. Todo el exceso, el solipsismo, la enemistad, la paranoia y la ambición de las letras estadounidenses estuvieron amontonados en esos años, y, de refilón, en Conversaciones íntimas con Truman Capote. Uno esperaría en estas páginas que proporcionase cierto entretenimiento escandaloso; pero el libro, semiaccidentalmente, va más allá y nos proporciona un atractivo retrato del hombre. Lawrence Grobel, al que la revista Playboy (su frecuente patrón) denomina "entrevistador del entrevistador", es displicente, persistente, concienzudo y estúpido. No llega a ser tan estúpido como James A. Michener, que aporta una introducción maravillosamente torpona, pero no es, ni mucho menos, tan listo y tan elegante como Truman Capote. Así que resulta completamente insensible al personaje entrevistador habitual de Capote, que es el del Provocador Burlón. Frunciendo el ceño a su grabadora o bien a su lista de preguntas, Grobel procesa sin una sonrisa la mala uva desvergonzada y la jactancia que Capote le echa encima.



Hay aquí comedia oculta, en los vínculos narrativos, Grobel está siempre telefoneando, incordiando, llegando de pronto al avión desde Los Ángeles; con un cierto sobrecogimiento y un efecto cauteloso, pero sin la menor inhibición ni pudor, incita repentinamente a Capote a otra sesión más con el Sony. Y hay también patetismo, porque por entonces Capote tiene que arrastrarse fuera de su lecho enfermo para enfrentarse con el atroz californiano. En realidad todo el libro brilla con el pálido fuego de la enfermedad, y uno sospecha que no hubo un solo día de la vida de Capote que no estuviese descolorido por él. "Este hombrecillo brillante", como le califica Grobel, tenía todos los elementos del bagaje estadounidense, todo salvo buena salud. Su historial médico está salpicado de ataques, adicciones, curas de desintoxicación; como si Capote bebiese y se drogase principalmente para enjugar el dolor. Hacia el final de su vida parecía ser una lúgubre alternancia entre intervenciones quirúrgicas mayores y Lawrence Grobel. Uno admira más a Capote por dar una versión tan vigorosa de sí mismo. Autor genial. En su obra narrativa y en su periodismo, es un catalogador de hábitats, mobiliario, superficies, ropas, olores. Desayuno en Tiffany's demostró que era capaz de escuchar a Nueva York con tanta agudeza como había escuchado a Nueva Orleans, su lugar de nacimiento y lugar donde situó sus primeros cuentos. A sangre fría fue, a lo que se refiere en técnica, muy influyente y muy imitada. Música para camaleones, su mejor libro de cuentos. "Soy un alcohólico. Soy un drogadicto. Soy homosexual. Soy un genio". Otras voces, otros ámbitos; Capote tenía veintitrés años, recibió tanta atención por la foto de niño bonito de la cubierta del libro como por la precocidad de su contenido. "¡Yo ni siquiera elegí aquella foto!", protesta. Irónicamente, él es ahora el escandalizado. "¡Ni siquiera había posado! Estaba simplemente allí sentado después de comer en el sofá! Ni siquiera la escogí yo, yo dije sólo coge cualquier foto vieja del cajón!". Plegarias atendidas.



Dejemos a Capote, por ahora, en uno de sus momentos más triunfales, desplegando una mezcla característica de audacia, maldad y, sin duda, ornamentación autohalagodora:

Yo estaba sentado allí con Tennessee Williams. Y se acercó aquella mujer a nuestra mesa...y se levantó la camisa y me entregó un lápiz de ojos. Y dijo: "Quiero un autógrafo tuyo en el ombligo"... Así que escribí mi nombre: T-R-U-M-A-N C-A-P-O-T-E. Alrededor del ombligo, como un reloj... El marido se puso furioso. Estaba muy borracho... Me miró con aquel odio infinito, me pasó el lápiz de labios, se bajó la cremallera de la bragueta y sacó su equipo... todo el mundo estaba mirando. Y dijo: "Ya que andas poniendo autógrafos en todas partes, ¿querrías poner uno aquí?". Hubo una pausa... y yo dije: "Bueno, no sé si podré ponerlo entero ahí, pero tal vez pueda poner las iniciales".