El piloto tuvo un aterrizaje forzoso en el corazón del Sahara por motivos de una avería en uno de los motores de su avión. El lugar del aterrizaje no era precisamente el más idóneo para estos casos, y él, lo sabía. Allí se encontró perdido en pleno desierto. Ante semejante desesperación no tuvo otro remedio que enfrentarse con la perspectiva de vida o muerte. Se planteó la pregunta más honda en cuantas se hacen en la vida, que no es otra cosa que una fábula: la pregunta por la propia vida y por cómo plantearla. Es entonces cuando se produce el encuentro del adulto con el ser de su propia infancia sobre el telón de fondo de la emergencia humana, y su naturaleza se formula como un cuestionamiento apremiante, la inimitable manera de preguntar de un niño, el Principito, que plantea cantidad de preguntas a su mentor adulto. El diálogo entre el piloto y el niño es una forma de apelación a uno mismo: el adulto se compromete con el ser de su propia infancia a través de las imágenes libres de trabas y las exigencias de un niño pequeño. El Principito y el piloto inician este proceso a través del dibujo, cuando aquel plantea su primera exigencia: "Dibújame una oveja, por favor." La fábula de la vida es surrealista, en el sentido de que desafía las convenciones de la realidad y entra en un paisaje onírico, en el que la imaginación puede desbordarse. Poco a poco el piloto se ve reconducido al descubrimiento de su capacidad de imaginación. Y así es cómo los papeles se invierten y el niño guía al adulto por el sagrado arte de la admiración. Todo un manifiesto acerca de cómo puede y debería ser vivida la existencia del adulto. Todos tenemos una herida secreta y combatimos para redimirla contra el contagio humillante del tiempo y el flagelo de la realidad adulta. El aviador, en este caso, se salvó por primera vez.
El piloto tras esta aventura no dejará de volar. Con el tiempo los adultos le dicen que ya no es apto para pilotar aviones, debido a sus feas heridas ocasionadas por varios accidentes. Pero el aviador persiste en su empeño. Es el mejor piloto de todos los tiempos. Es matemático, sabio, prestidigitador, visionario, marinero, el que considera no haber vuelto a vivir después de la infancia. El que escribió: "Todas las personas han empezado siendo niños pero pocas lo recuerdan." Principito nostálgico de un pasado perdido, el que fuera a la vez nómada, aventurero narrador infatigable, humanista, el que domestica, el hombre responsable, el que nos enseña el camino. El que ha escrito una de las más grandes obras literarias del siglo XX. Nadie es capaz de comprender que el piloto necesita escribir, volar, para contar sus viajes y después volver a volar con miras de conseguir inspiraciones para sus escritos, y como resultado, que escribe para tener ocasión de seguir volando. Todos se lo advierten: "Deja de volar".El piloto va a emprender otro vuelo. Es 30 de julio de 1944. Por la noche deja dos cartas en la mesa de su cuarto. En una de ellas dice: "Si me derriban, no lamentaré absolutamente nada. El futuro me espanta. Y aborrezco esas virtudes de robots. Yo nací para ser jardinero." Al día siguiente sobrevuela el Mediterráneo a lo largo de las costas provenzales. Un par de cazas alemanes van tras él empecinadamente. Ellos no saben que no pueden ganar. El piloto no se deja amedrentar y de súbito cobra conciencia y deja de abrumarle el futuro. Siempre hay un momento en la infancia en el que se abre una puerta y deja entrar el porvenir. No es el último vuelo. No es el último sueño. El reino de la infancia y cuyo soberano, el Principito, lleva su nombre.










