martes, 27 de septiembre de 2011

Arena y estrellas



El piloto tuvo un aterrizaje forzoso en el corazón del Sahara por motivos de una avería en uno de los motores de su avión. El lugar del aterrizaje no era precisamente el más idóneo para estos casos, y él, lo sabía. Allí se encontró perdido en pleno desierto. Ante semejante desesperación no tuvo otro remedio que enfrentarse con la perspectiva de vida o muerte. Se planteó la pregunta más honda en cuantas se hacen en la vida, que no es otra cosa que una fábula: la pregunta por la propia vida y por cómo plantearla. Es entonces cuando se produce el encuentro del adulto con el ser de su propia infancia sobre el telón de fondo de la emergencia humana, y su naturaleza se formula como un cuestionamiento apremiante, la inimitable manera de preguntar de un niño, el Principito, que plantea cantidad de preguntas a su mentor adulto. El diálogo entre el piloto y el niño es una forma de apelación a uno mismo: el adulto se compromete con el ser de su propia infancia a través de las imágenes libres de trabas y las exigencias de un niño pequeño. El Principito y el piloto inician este proceso a través del dibujo, cuando aquel plantea su primera exigencia: "Dibújame una oveja, por favor." La fábula de la vida es surrealista, en el sentido de que desafía las convenciones de la realidad y entra en un paisaje onírico, en el que la imaginación puede desbordarse. Poco a poco el piloto se ve reconducido al descubrimiento de su capacidad de imaginación. Y así es cómo los papeles se invierten y el niño guía al adulto por el sagrado arte de la admiración. Todo un manifiesto acerca de cómo puede y debería ser vivida la existencia del adulto. Todos tenemos una herida secreta y combatimos para redimirla contra el contagio humillante del tiempo y el flagelo de la realidad adulta. El aviador, en este caso, se salvó por primera vez.



El piloto tras esta aventura no dejará de volar. Con el tiempo los adultos le dicen que ya no es apto para pilotar aviones, debido a sus feas heridas ocasionadas por varios accidentes. Pero el aviador persiste en su empeño. Es el mejor piloto de todos los tiempos. Es matemático, sabio, prestidigitador, visionario, marinero, el que considera no haber vuelto a vivir después de la infancia. El que escribió: "Todas las personas han empezado siendo niños pero pocas lo recuerdan." Principito nostálgico de un pasado perdido, el que fuera a la vez nómada, aventurero narrador infatigable, humanista, el que domestica, el hombre responsable, el que nos enseña el camino. El que ha escrito una de las más grandes obras literarias del siglo XX. Nadie es capaz de comprender que el piloto necesita escribir, volar, para contar sus viajes y después volver a volar con miras de conseguir inspiraciones para sus escritos, y como resultado, que escribe para tener ocasión de seguir volando. Todos se lo advierten: "Deja de volar".

El piloto va a emprender otro vuelo. Es 30 de julio de 1944. Por la noche deja dos cartas en la mesa de su cuarto. En una de ellas dice: "Si me derriban, no lamentaré absolutamente nada. El futuro me espanta. Y aborrezco esas virtudes de robots. Yo nací para ser jardinero." Al día siguiente sobrevuela el Mediterráneo a lo largo de las costas provenzales. Un par de cazas alemanes van tras él empecinadamente. Ellos no saben que no pueden ganar. El piloto no se deja amedrentar y de súbito cobra conciencia y deja de abrumarle el futuro. Siempre hay un momento en la infancia en el que se abre una puerta y deja entrar el porvenir. No es el último vuelo. No es el último sueño. El reino de la infancia y cuyo soberano, el Principito, lleva su nombre.


domingo, 25 de septiembre de 2011

Green persiguiendo a Harry



Puede que Graham Greene escribiera el relato de El tercer hombre porque era incapaz de crear directamente sobre la opaca taquigrafía de un guión, pues el objetivo último era una película, pero en cualquier caso su historia es una de las que más recordamos y sus imágenes han contribuido decisivamente, y por supuesto mucho más que cualquiera de las malas películas inspiradas en sus libros, que él siempre despreció, a la atmósfera Greene, que forma parte de nuestro paisaje. Es cierto también que nunca sabremos en qué medida ello se debe a la visión del productor Alexander Korda, que quiso y propuso una película sobre la Viena ocupada de la posguerra; al sobrio talento de Carol Reed, no sólo en la dirección, sino también en su contribucion al guión (algo diferente del relato), y a la formidable actuación de Orson Welles, en la cima de un talento a la altura del reto que suponía el personaje de Harry Lime. (Ver reseña de la película). Porque Harry Lime es el verdadero protagonista, aunque sea ésa una discusión académica, sin importancia. Sobre su ausencia y su presencia, sobre su imagen, que gira ciento ochenta grados, sobre los sentimientos que inspira se mueve la novela, que corre en función de sus movimientos. Rollo Martins (excelentemente interpretado por el eficaz Joseph Cotten) es en realidad el motor que permite la libertad de movimientos de Lime, la punta del iceberg bajo la que se esconde una realidad más rica; permite el dato escondido que constituye la verdadera historia. El tercer hombre es así una obra maestra de la sugerencia, de la narración por omisión.


Green cuenta en Vías de escape que, como muchas aventuras amorosas, el argumento de El tercer hombre comenzó en una cena y siguió con dolores de cabeza en muchos lugares: Viena, Venecia, Ravello, Londres, Santa Mónica. Como todos los escritores, él poseía una cierta cantidad de historias apuntadas en la cabeza cuando Korda le llamó para escribir el guión de una película ambientada en la Viena cuadriculada por los ocupantes tras la guerra, pero sólo una anotación en el dorso de un sobre para proponerle: "Había dado mi último adiós a Harry hacía una semana cuando depositaban su ataúd en la helada tierra de febrero, de manera que no me lo creí cuando le vi pasar por el Strand, sin un gesto de reconocimiento, entre una muchedumbre de desconocidos". Green no había escrito más porque no sabía más. Korda estuvo de acuerdo en que Green persiguiera a Harry Lime, siempre y cuando lo hiciera en la Viena, en la Viena gris, melancólica y en ruinas que sucedía a la guerra y precedía a la pulcra ciudad de ancianos que es hoy. De modo que allí marchó el escritor.


Tardó algo en encontrar su historia, es decir, a Harry. Faltaba muy poco para que se cumplieran las dos semanas que se había marcado de plazo cuando sus contactos con el servicio de inteligencia británico le permitieron conocer la existencia de una policía subterránea, que no tenía nada que ver con los espías sino, literalmente, con las cloacas de Viena, un mundo al margen de las fronteras que sofocaban la vida sobre la superficie. Ese simple contraste lanzó el relato. Aunque en realidad Greene ya llevaba dentro la historia, como siempre, porque la historia no es otra que la de la doble lealtad, encrucijada que siempre le atormentó desde que tuvo que estudiar en un colegio del que su padre era rector. Rollo Martins se debate entre la lealtad a su amigo, el héroe de su infancia y el único ser parecido a los héroes de sus novelas en blanco y negro, y la lealtad al Bien, cuando al fin se convence que la relidad no es ésa. El territorio del conflicto es mucho más sutil que los de sus otras novelas: se trata de un mercado negro que todo el mundo practica en la posguerra hambrienta, y ya se sabe que los contrabandistas no son en realidad delincuentes sino simpáticos anarquistas que se ríen de las fronteras. Pero ocurre que el tráfico es de penicilina, lo que no tendría mayores consecuencias que la repugnancia, de no se porque también eso termina por regirse por una de las tres o cuatro fuerzas que mueven el mundo, la codicia, y entonces se acaba la ambigüedad y el romanticismo.



Con independencia del talento de la historia, es notable una vez más la capacidad visionaria de Greene, a menudo involuntaria, pues su descripción del mercado de la penicilina y de sus traficantes no es otra que la del contrabando de droga de nuestros días, sólo que éste se desarrolla a escala planetaria. Todo está ahí: desde los mecanismos técnicos del contrabando hasta las insidiosas justificaciones de los traficantes, ciegos a los desastres que la ambición les ha roído en el alma.


martes, 20 de septiembre de 2011

Carta a Corto Maltés


Estimado amigo: 

Como ya te he escrito en otras cartas, sigo agradeciéndote tus aventuras y tu moral incorruptible que tanto han contribuido a lo largo de mi vida. Quizá me repita pero poco puedo añadir que tú ya no sepas. Sinceramente me siento un poco mal y sólo puedo recurrir a tus historias, y a las de Stevenson, Conrad, Melville, Kipling, London, Verne, Salgari, etc. Mi tiempo; el que me ha tocado malvivir es una lucha constante contra lo individual, elemento al que cada vez se le está quitando terreno. No sé qué va a quedar con todos nosotros cuando se termine de racionalizar la vida. Quizá nada, pero puede ser que, una vez descartada la falsa interpretación que damos ahora a la personalidad, nos enfrentemos entonces con otra, con la más entretenida aventura.
Como ya te he escrito en otras ocasiones, este siglo se niega a reconocer a la gente el derecho a no estar de acuerdo con el mundo. No veas cómo te ponen cuando empiezas a cuestionar las cosas, pero tú me entiendes, amigo. La generación a la que pertenezco, y, que poco tengo que ver con ella, todo sea dicho, no tiene tiempo de construirse un drama interior; ha encontrado el drama exterior perfectamente construido. Somos una generación de quiere un empleo, una nómina segura, una familia y una vida tranquila. Los partidarios del sobre a fin de mes...


 ... es más intensa la nostalgia de la individualidad perdida, de la intimidad avasallada, del yo violado. Cada vez nos parecemos más a lo que no queremos ser. Creo, mi queridísimo colega, que para llegar a ser lo que uno debería ser, hay que renunciar a lo que soy. Solamente cuando nos perdemos por los musicales senderos de la selva panida podemos oír los pasos y evocar la sombra del desconocido que va con nosotros. En cierto modo hemos perdido el privilegio de ser "distintos": es una lástima. Cualquier ser humano es un espejo del mundo entero, y la sociedad reposa sobre un crimen del que todos somos responsables. Conquistar la individualidad en medio de las fuerzas atenuantes que se desbordan es el principio de la inteligencia. Sí, amigo, el hombre es un ser incompleto. Apenas nace y se fuga de sí mismo.

El otro día, leyendo una de tus aventuras por quincuagésima vez, leí que decías: "No creo en los dogmas ni en las banderas". Estamos rodeados por un mutismo siempre creciente de lo abstracto, aunque el hombre, expulsado a la nada, expulsado del yo, sea presa de la más fría de las violencias, lo que azota el mundo es el aliento de lo absoluto.


Vivo, como ya sabes, en un mundo en el que la presión de las circunstancias concretas, las relaciones sociales enajenadas y los códigos anónimos es tan fuerte que priva al individualismo de la libre elección de sus actos, disuelve su individualidad e impide en embrión sus intentos de comprender a los demás y comprenderse a sí mismo. Es un contrasentido confundir individualismo y egoísmo: el segundo es un rasgo eterno de la naturaleza humana, el primero una formación más o menos reciente en la historia de las culturas...




... allí donde el número triunfa, la moral capitula. En el mundo administrativo y organizado a escala planetaria, la aventura y el misterio del viaje parecen acabados. Quizá el siglo XVIII fue el último siglo europeo en el que la aventura era posible, el XIX tiene la inquieta conciencia de su precariedad. En tus aventuras de principios del XX hay un cierto estado de ánimo que te lleva siempre a tomarte las cosas con filosofía. Estás de vuelta de todo y no pierdes la ocasión de encender un cigarrillo, ya sea tumbado en una hamaca a orillas de una isla remota, o en una callejuela donde desembocan todos los sueños frustrados de una civilización marchita. A veces caes del cielo y a veces hablas con los gatos o las cosas inertes. Los seres humanos no son nunca claros. Eres un marinero en tierra firme, pero siempre con un ojo mirando hacia la mar, tu verdadera patria. La pasión es la exaltación de la individualidad. Hay travesías de cuyo destino eres tú. La nuestra: levantarse, vestirse, alimentarse, ir al trabajo: para llevar a cabo estos sencillos gestos hace falta un valor sobre humano. Vivimos de principios, somos menesterosos de principios, de orígenes, de amaneceres, de deslumbrantes comienzos. Somos unos primitivos con ordenador. Cada amanecer tiene algo de rectificación de toda la historia anterior de la humanidad y del planeta. Pero luego nada. La pesadilla de la sociedad moderna, prisionera de sí misma, que finalmente expresa tan sólo su necesidad de dormir.

El hombre verdadero, amigo, es sólo aquel que cuando se encuentra suscita la necesidad de buscar otro aún más verdadero, y así sucesivamente. Es una suerte, por mi parte, que pueda contar con tu amistad, porque en mi tiempo una persona interesante es muy difícil de encontrar. "Bien pocos seres que admirar me quedan", decía un poeta. "Lo que los demás rechazan de ti, eso eres tú. Cultívalo", decía otro. La impostura empieza cuando se considera al individuo como algo hecho cuando todavía está por hacer. Tú me enseñaste que no se puede salir de la sombra, ni siquiera un poco, sin exaltar el odio de muchos.Te mando un fuerte abrazo.

PD: No te olvides de enviarme un cartón de esos cigarrillos que fumas. Tomo una copa a tu salud, Corto Maltés. Nos vemos en El mar de oro.


"En el mundo donde todo es electrónico, donde todo se encuentra calculado e industrializado, no hay lugar para un tipo como Corto Maltés".
Hugo Pratt

Las dos primeras imágenes han sido dibujadas por un servidor

A la memoria de Hugo Pratt


                           

viernes, 16 de septiembre de 2011

Horizontes lejanos en Cinemascope



Me interesa, personalmente, el año 50, donde marca la transición de Anthony Mann desde el cine negro al western. Con Las furias (1950) y La puerta del diablo, a la que siguió Winchester 73, el primer título del ciclo con James Stewart, formado por Horizontes lejanos (1952), Colorado Jim (1953), Tierras lejanas (1954) y El hombre de Laramie. Todas ellas, junto con El hombre del Oeste, interpretada por Gary Cooper, son obras maestras del género. Tras un prolongado periodo de atonía durante la década de los 40, el western estaba volviendo a recuperar su anterior categoría y los primeros westerns de Mann, con sus conflictos internos y violentos, su vigoroso sentido del Oeste, resultan plenamente representativas de esa nueva oleada de westerns producida en los años 50. En Border Incident (1949), Mann había demostrado ya que era capaz de manejar tan dramáticamente el paisaje como los escenarios urbanos, habilidad que trasladó a sus películas del Oeste, en las que ofreció un retrato de los aspectos más trágicos y sombríos, precisamente los que esquivaba John Ford.


Como corresponde a la visión esencialmente pesimista y dramática de Mann, su primer western, La puerta del diablo, es un sentido epitafio a la figura del indio, una película mucho más dura y comprometida en su defensa de los pieles rojas que la tan conocida y alabada Flecha Rota (1950), de Delmes Daves, y, en la que demostraba con implacable lógica que la razón de ser de la ley es la represión y la explotación y que el poder político nace realmente del cañón de un arma de fuego. Con Las furias, Mann abordó el primero de sus westerns centrados en intensos conflictos familiares. Detrás de la historia de Barbara Stanwyck intentando demostrarse a sí misma que era digna de un duro ranchero se encuentra oculto un desarrollo complejo de Electra, por lo que la película recuerda mucho al más famoso western psicológico de los 40, Pursued (1947), de Raoul Walsh. Ambas películas estaban basadas en novelas de Niven Busch y exploraban áreas tradicionalmente desdeñadas por el cine del Oeste. Como indica su propio título, Las furias remite al mundo de la tragedia griega. Al igual que ocurre en otros westerns de Mann, los conflictos familiares alcanzan un paroxismo que los aproxima a los dramas shakesperianos, por lo que no tiene nada sorprendente que uno de los proyectos más queridos de Mann, que no llegó a realizar nunca, fuera una versión de El rey Lear, ambientada en el Oeste y protagonizada por John Wayne.


Winchester 73 (como las restantes películas con James Stewart) esencialmente una historia de venganza ambientada en los grandiosos paisajes del Oeste, que adquiere condición de verdadero protagonismo y que contribuyen a modificar y explicar el comportamiento de sus personajes. En estas películas se encuentra en estado casi puro el héroe típico del cine de Mann, un hombre solitario, resentido, casi una figura esquizofrénica, impulsado a la vez por violentas fuerzas internas y por el deseo de paz y tranquilidad. El modelo más claro lo constituye Colorado Jim, en la que el protagonista se convierte en cazador de recompensas fundamentalmente para vengarse de sí mismo por haber sido demasiado humano y vulnerable en el pasado. Con frecuencia, como ocurre en Horizontes lejanos, el encantador "malo", actúa como contrapunto y reflejo del héroe, como su alter ego más o menos equilibrado. Y eso es lo que dota a sus enfrentamientos de tanto vigor y grandiosidad épicos.


Como ocurre con todas las leyendas, los westerns de Mann giran en torno a la familia; en Winchester 73, Lin McAdam persigue implacablemente a su hermano, que ha asesinado a su padre. En El hombre de Laramie, el drama edípico se desarrolla en el seno de la familia Waggoman, mientras que en El hombre del Oeste un forajido reformado mata a su padre adoptivo y a su grotesca familia con el fin de poder iniciar una nueva vida. En todas estas obras aparece el tema de la suplantación, de la muerte del padre. Bajo esos conflictos dinásticos, con sus implicaciones de tragedia clásica, bajo los ciclos de muerte y resurrección del héroe, se encuentran las fuerzas del subconsciente sobre las que trata la obra de Sigmund Freud. Las películas de Anthony Mann son un verdadero placer para la vista, espectaculares. Tuve la suerte de verlas todas ellas en el cine y en cinemascope. Mann fue uno de los directores que mejor supo abordar este difícil formato. Es una lástima que las nuevas generaciones ya no tengan la posibilidad de ver estas películas en su estado original. Jean-Luc Godard dijo una vez de Anthony Mann: "una admirable lección de cine, de cine moderno".

jueves, 8 de septiembre de 2011

Yesterday



Ayer la vi en un tren de cercanías. Dudé por un momento si era ella. Ella me miró y se puso de inmediato a buscar algo en el interior de su bolso. Sí, era ella y me había reconocido.

Es bien cierto que la infancia es el lugar en donde habitamos el resto de nuestras vidas. Desde la última vez que nos vimos habían pasado treinta y tres años. Nos sentimos exactamente igual que por aquel entonces. Dios, qué fea estaba. Había envejecido de mala manera. Tenía el pelo lacio y canoso. Una nariz afilada, antaño graciosamente respingona. Su rostro estaba marcado por un tiempo que se había ensañado con ella cruelmente. No pude apreciar sus ojos ocultos tras unas gafas de cristal grueso. Miré a través de la ventana del tren un paisaje deprimente de naves industriales y edificios en ruinas. Un persistente recuerdo sepultado en mi memoria luchaba por salir a la superficie. Cada vez con más nitidez las imágenes de mi interior se superponían a las del paisaje exterior. La escenografía de la memoria flotaba en el aire por extraños hilos.



Se inició el nuevo y último curso de EGB. El verano de 1978 había quedado atrás para siempre dejándonos como vestigio la tez morena, las rodillas peladas, un tono en la voz que vaticinaba el fin de la infancia, y un vago recuerdo de un amor que se había esfumado con las primeras nubes de septiembre. La clase, esa clase tan fatigada, se me antojaba irreal, aséptica e inhóspita. Tenía un aire monacal que me llenaba de tristeza tras un corto verano de tantas promesas. La luz de septiembre era el cadáver de agosto que penetraba por las ventanas con un tono mortecino que iluminaba con precaución los espacios de nuestra educación: una pizarra de signos todavía visibles de una extraña ecuación no resuelta; paredes descoloridas por la lepra del tiempo y pupitres de madera en la penumbra, aguardando en su empecinada rutina, las nuevas marcas de mil deseos y mil decepciones en el silencio de una guerra siempre perdida de antemano. Todos estábamos allí de pie, sin saber cuál sería nuestro pupitre, extraños los unos de los otros, incluso de los que ya nos conocíamos desde los primeros cursos. Lo que más me entristecía era la ausencia de antiguos compañeros. Por razones inexplicables los profesores no nos informaban de los motivos de dichas ausencias. Allí, también estaban los que se incorporaban por primera vez, venidos de otros lugares; tímidos y desorientados; ellos, a la vez, ausentes de sus escuelas pretéritas. Eran éstos los que más me atraían, sobre todo las chicas. Y allí estaba ella.



Ojos verdes y rasgados con tintes arabescos. Media melena de negro azabache. Su cuerpo desprendía un aromas de exótica brisa del sur. Acento graciosamente marcado con una  voz perfectamente modulada y de expresión refinada y no acorde con su edad que le daba un toque de feminidad emancipada que acentuaba un cierto erotismo difícil de describir. Toda su exquisita presencia desentonaba en aquella clase anclada en un tiempo imposible, ella allí, sutilmente vinculada a unos preceptos familiares de señoritos arrendatarios de Andalucía, que por aquel entonces, era para nosotros tan remota como la Tierra Media de Tolkien. En fin, que todos los alumnos nos enamoramos de ella. Al poco tiempo, descubrimos que sabía tocar la guitarra española y que cantaba como los ángeles. Además, hablaba inglés.

Me quitó el sueño. Me pasaba todas las noches en vela pensando en ella. Mi maldita timidez acentuó mi malestar durante meses. Tenía que hacérselo saber, pero no sabía cómo. Al fin decidí enviarle un poema de puño y letra para el día de San Valentín, que por otro lado, estaba próximo. Lo redacté en mis noches de febril insomnio y lo terminé un día antes del día señalado. Tenía el corazón en la boca, allí, en plena clase de literatura y lengua. Hice una bolita de papel y se la arrojé con sumo cuidado para llamarle la atención. Ella se giró y yo le mostré la hoja doblada. Sus ojos expresaron desconcierto. Miré al profesor y en ese preciso instante estaba absorto corrigiendo ejercicios. Le pasé por debajo del pupitre mi poema y ella un tanto atemorizada me arrebató automáticamente la hoja sin comprender absolutamente nada y volvió a adquirir su pose inicial. Desdobló con disimulo la cuartilla al mismo tiempo que echaba miradas furtivas al profesor. En aquel poema estaba toda mi alma, todos mis sentimientos, toda una declaración de amor, toda mi sensibilidad a flor de piel. Creo que no le dio tiempo ni de leer la primera frase.



-Entrégame ese papel - le exigió el profesor de lengua adoptando un tono exageradamente infantil y extendiendo la mano con un gesto amanerado y teatral.

Era de una crueldad extrema por su parte; aquella preparación del terreno para entrar en la ruin complicidad con los demás alumnos. Él necesitaba risas de fondo para llevar a cabo la injusta, innecesaria y gratuita humillación. El colegio, como pude comprobar con los años es una buena representación del mundo. Todo lo que nos pasó allí continúa sucediéndonos ahora; todos los modelos de autoridad que allí sufrimos se reproducen con asombrosa fidelidad. Como en el colegio, también se valora más en nuestra vida adulta la sumisión que nuestros más nobles sentimientos. Ella se levantó muy ruborizada y le entregó la hoja. Volvió a su asiento temblando como un flan. Los alumnos no paraban de reír, incluso los que estaban enamorados. Con gesto triunfal el profesor desdobló el papel.

-Aquí tenemos a dos tortolitos enamorados.



Risas y más risas. ¡No! Gritaba desde mi interior. ¡Ella no sabe nada! Me sentía mareado, aturdido. Se puso a leer mi poema en voz alta sin perder comba con aquella voz que emulaba a un niño discapacitado. Mis ojos se empañaron de lágrimas. Una acumulación de sensaciones contradictorias se adueñaron de mí. La miré y ella me miró con odio. La había puesto en ridículo. Todas sus virtudes, todo su estatus escolar se estaban viniendo abajo. Supe que ella me odiaría para siempre. Me sentí estúpido, culpable, me odié a mí mismo. El profesor acabó con la farsa entre una gran ovación de risas. Dobló la hoja y la introdujo en una carpeta.



Ella no volvió a dirigirme la palabra en lo que quedaba de curso. Los alumnos hampones y aventajados "los sobresalientes perpetuos" como yo los denominaba, se reían de mí, y ella empezó a congraciarse con ellos para recuperar su prestigio de chica ejemplar. Los últimos meses falté a clase uniéndome a un grupo de golfillos que no tenían nada que ver conmigo. Delinquíamos por los arrabales del espejo roto de la vida.



El curso tocaba a su fin y el colegio estaba ultimando los preparativos del festival de fin de curso. Cada alumno debía actuar según el tema elegido por él mismo. A mí me excluyeron del tal evento debido a la larga lista de faltas que ostentaba mi historial. Sinceramente, me daba igual. Yo solo quería que todo terminara de una vez y abandonar el colegio para siempre. Asistí al espectáculo, nunca mejor dicho. Todos los padres estaban allí, excepto los míos. Todos los profesores se sentían orgullosos de sus alumnos y los alumnos representaron sus papeles, inconscientes de que el espectáculo ya no tendría fin. Ella cerró el festival. Hizo su entrada en el escenario con su guitarra. Dios, que guapa estaba. Se sentó en una silla, afinó el instrumento y ajustó el micro. Se puso a cantar como un ángel Yesterday de Paul McCartney. Yo estaba sentado en la última fila de butacas, solo en el ángulo oscuro. Con esta intervención también se cerraba una época de nuestras vidas, y se abría una nueva herida. Parece que fue ayer.