"¡Oh desgraciada humanidad!, ¡a qué grado de extravagancia te ha hecho llegar tu amor propio!"
Marqués de Sade, Juliette
Descubrí la obra del Marqués de Sade a través de los surrealistas, las películas de Buñuel y en sus admirables memorias Mi último suspiro. Debo confesar que me impresionaron mucho las lecturas de Las ciento veinte jornadas de Sodoma, La filosofía en el tocador, Aline y Valcourd, Juliette, Justine o las desventuras de la virtud, etc., todos ellos hoy asequibles en cualquier librería. El Marqués de Sade es uno de los escritores menos conocidos y peor leídos de la historia de la literatura cuya imagen y nombre han quedado erróneamente marcados y asociados a lo sádico. Él no lo era y su obra merece una mayor atención.
El ateísmo constituye uno de los ejes constantes de su pensamiento. Ya en su Viaje a Italia (1773), perseguía con sus burlas la devoción y el fetichismo y se reía de las santas boberías y de las memeces sagradas que la superstición osa ofrecer sin ruborizarse a la credulidad de los débiles. La gran figura de Sade domina, junto a la de Pierre Choderlos de Laclos (Las amistades peligrosas), obra epistolar en donde se desarrolla en los círculos aristocráticos de la Francia prerrevolucionaria y narra las intrigas del disoluto y encantador libertino Valmont y de su antigua amante, rival y cómplice criminal, Menteuil. Sade y Laclos fueron los verdaderos cronistas de los últimos veinte años de su siglo. Las razones de esta abrumadora superioridad hay que buscarlos primero en un concepto filosófico, sistemáticamente pesimista que estos dos escritores han basado en un serio conocimiento del mundo y del ser humano. Para Sade, toda ternura es falsa, un engaño, una trampa; el lecho matrimonial es un refugio del mundo particularmente engañoso porque necesariamente todos los casados mantienen relaciones sexuales por contrato. Decía D.H.Lawrence que el ideal inconfesado del hombre era la prostituta. A las prostitutas, por lo menos, se les paga decentemente al momento, y expresan menos ilusiones acerca de un estatus mercenario que no tiene ninguna apariencia de aceptabilidad social.
Cuando un ateo como Sade lanza una fría mirada sobre el mundo, siempre encuentra que como hipótesis de principio redentor, es más apropiado Satán que un Salvador. La criminalidad puede presentarse como una especie de santo autodominio, un absoluto rechazo de la hipocresía. Sade influenció directamente a Charles Baudelaire, el primer poeta urbano de la literatura; también es el antepasado espiritual de Jean Genet. Jonathan Swift vio a la Humanidad revolcándose en un cenegal de inmundicia, igual que Sade, pero la sátira de Sade sobre la Humanidad es mucho más negra y más infernal que la de Swift; para Sade, la Humanidad no se revuelca en el cieno porque la Humanidad sea repugnante, sino porque tiene arrogantes aspiraciones por lo sobrehumano. Justine o las desventuras de la virtud, no deja de ser una de las creaciones más fuertes y singulares de la literatura universal. Encarna la reivindicación exasperada de la libertad, la profecía de una vida prohibida, el ejercicio constante del rechazo, el espíritu de la negación de una vida hasta el furor: todo lo que hace de él el hombre de la revelión absoluta. En Las ciento veinte jornadas de Sodoma, que fue escrita mientras se hallaba confiscado en la Bastilla (prisión del estado), la intención manifiesta del libro es horrorizar la propiedad, la moralidad y la ley. La historia se desarrolla a finales del reinado de Luis XIV, una época en la que los especuladores de la guerra acumularon inmensas fortunas de forma rápida y clandestina. Un grupo de ricos libertinos deciden hacer un fondo común con las mujeres de sus familias para utilizarlas como objetos sexuales y trazan minuciosamente un plan para organizar una orgía inmensa y prolongada.
Solo en su celda, el divino marqués ideó una economía masturbatoria de gratificación gradual, meticulosa y puramente imaginativa. Allí lo encerraron como encerrando al vecino en el manicomio es como nos convencemos a nosotros mismos de nuestro sentido común. La imaginación no conduce a la locura. Lo que conduce a la locura es la razón. Para algunos filósofos modernos, especialmente para los existencialistas, Sade fue el primer filósofo que articuló una visión racional del ser humano.
Sade fue trasladado de la Bastilla al Asilo de Charenton, un hospital para locos y epilépticos, lugar al que volvería, para evitar que siguiera incitando a las multitudes a tomar la Bastilla por asalto. La tomaron por su cuenta el 14 de julio de 1789, día en que comienza la Historia Moderna.