miércoles 30 de noviembre de 2011
Homo narcisus
lunes 28 de noviembre de 2011
Un caso aislado
Richard Stark (Donald E. Westlake), admiraba el estilo directo y antipsicológio de aquellas novelas tan poco prestigiosas, entre las que se encontraban todos los registros de la cultura de masas. The Hunter "El cazador" y traducida en nuestro país con el título A quemarropa (Una aventura de Parker), tuvo el suficiente éxito como para abrir una serie que se prolongó durante una docena de años, hasta que Westlake la interrumpiera por propia voluntad en 1974, y la retomara inopinadamente en fechas recientes. Westlake es considerado uno de los grandes de la novela negra, y con toda probabilidad sea, junto con el magnífico Elmore Leonard, el mejor valor que le queda a este género. De su obra siempre se han destacado tanto su versatilidad como su capacidad para la ironía y el humor. Sin embargo, no hay en A quemarropa ni rastro de humor. Parker no es personaje que lo incentive, y ello se demostrará a lo largo de toda la saga de este delincuente cuyas andanzas encajan a la perfección en la tradición de la novela negra, concretamente en la corriente de las denominadas crook-stories (historias de criminales).A quemarropa es la historia de una venganza, pero también la de una obsesión. Esta obsesión tiene una dimensión y a lo largo del filme va creciendo, hasta revelarse otra muy distinta de la incial. Reese no es el problema, el problema es la traición y, de la misma manera que en la teoría jurídica del árbol envenenado, es necesario retrotraerse al origen de la traición, el dinero, para invalidar los frutos de la misma y satisfacer la necesidad de higiene moral. El eje intelectual de todo el metraje es la idea de la confianza. A quemarropa es también la historia de una amistad decepcionada y de un romance imposible. El romance no es posible porque lo impide la realización de la venganza que no se completa si no se recupera el dinero. La obsesión no se atenúa con la muerte del traidor, sino que va creciendo neuróticamente cuantas más negativas recibe Walker ante su demanda del botín. Walker busca su ganancia porque sólo el botín convierte sus acciones en honorables. Sólo el dinero puede dar sentido a su vida y lavar su honor y su conciencia.
Observando A quemarropa se puede apreciar que algo se ha quebrado en esa vinculación con el cine negro clásico; los diálogos carecen de literatura, e incluso de la rapidez y el ingenio de obras de referencia en este género. Las secuencias no son nada verbales, en ellas ni siquiera se ha buscado la emotividad tan imprescindible en un marco de romanticismo tan exacerbado como es el género negro. Estamos ante los estertores del cine negro académico. La herencia de A quemarropa no existe. Se trata de un caso aislado, con concomitancias con parte del cine de época, y con la particularidad de ser uno de los puentes entre una concepción y otra del cine policíaco y de acción. No existe una consecuencia directa del éxito del filme de Boorman ni siquiera a la hora de establecer una continuidad del personaje en nuevas producciones cinematográficas.
viernes 25 de noviembre de 2011
Se fueron los piratas


miércoles 23 de noviembre de 2011
Que no se quiebre todavía el hilo
Víctor Erice

Ahora tenemos en formato dvd los dos últimos trabajos del cineasta: La morte rouge y Alumbramiento, seguido de una larga entrevista con el autor. En La morte rouge Erice ha representado en una instalación su decisivo encuentro infantil con el cine: un lugar inquietante y mágico, un casino cerrado, y una película con Sherlock Holmes, La garra escarlata (1944), de Roy William Neal, "la primera película que recuerdo haber visto jamás". En aquel momento lo llevó a plantearse, sin obtener respuesta, algunas preguntas esenciales sobre su relación con el mundo, los adultos, la muerte y los actores, es decir, sobre la relación entre la pantalla y la vida. La voz en off (Erice) compone una suerte de soliloquio, sobre las experiencias de un niño como espectador ante su primera película vista en un cine, hoy desaparecido. Cuarenta y tantos años más tarde de aquella experiencia fundacional y primordial, Erice dialoga de nuevo con las luces y sombras de La garra escarlata, que relata con vívida precisión su experiencia como espectador fascinado y aterrado a un tiempo, y rememora minuciosamente pasajes y secuencias de aquel filme sobre unos misteriosos asesinatos que transcurrían en un remoto e imaginario pueblo canadiense llamado La morte rouge. Queda claro que el cine para la gente de su generación era el lugar de la revelación. Era una ventana abierta al mundo en una época en que España era un país siniestro y cerrado. La morte rouge es un prodigio de imágenes necesarias, que nos definen y conforman una especie de destino que nos espera, un conocimiento inquietante puesto que va por delante de nosotros, marcadas por un cincel irremediable que nos permite saber que se refieren a nosotros, aunque no entendamos por qué. Los niños de El espíritu de la colmena y El sur, también descubren el mundo como un enigma cuya clave se encuentra contenida y a la vez oculta en lo visible. Son en primer lugar niños videntes y silenciosos a los cuales Erice trata de recuperar la infancia de su arte y una visión primitiva y mágica de los misterios del mundo, la de los niños que él fue. Caracterizado por la observación minuciosa, la paciencia y la atención a las pequeñas cosas, su cine profundamente poético va inexorablemente unido a la infancia, a la erosión del tiempo y a la memoria. En la película vemos a Erice camiando descalzo por una playa. En el horizonte irrumpe un feo edificio impersonal, lugar donde antaño se encontraba el antiguo casino convertido en cine y donde se produjo el encuentro del niño por primera vez con la pantalla. "Me pregunto que habrá sido de aquellos fantasmas que más de uno creímos ver alguna vez en la noche, vagando por los alrededores del casino", (voz en off de Erice). Es cuando recordamos el final de El espíritu de la colmena, cuando Ana cae enferma. La niña continúa, pero en su pensamiento enigmático e inquieto de aquella historia que vivió habrá servido para comprender que como el cine, las fantasías siempre tienen un fin.

Alumbramiento se abre sobre todo a la contemplación y a la evocación. Hay, sí, numerosos ejes temáticos reconocibles en el filme: la sombra de muerte, las relaciones materno filiales, los ritmos tradicionales de la vida en el campo, etc., pero ninguno se impone de manera determinante, como no sea esa constatación tan ericeana de "la única máscara es la del tiempo". Al fin y al cabo, Ten Minutes Older (2002), el proyecto colectivo en el que el filme se inscribe, debía versar sobre el paso del tiempo, sus distintos efectos y muestras de diferentes percepciones. Erice construye primorosamente su pieza fiel a los planteamientos de esa "poética del vacío". Personalmente considero Alumbramiento en sus once minutos de duración, su definitiva obra, explorando aquí de manera particularmente sistemática los recursos, característicos del lenguaje poético, de la reiteración y la contigüidad. Pero también del gran potencial de ese fuera de campo interrogativo que se ha convertido, a lo largo de su filmografía, en una de sus más personales y reconocibles marcas de autor. Y, en este caso más que nunca, lo que se nos impone como magnética y determinante presencia fuera de campo es nada menos que la Historia.


lunes 21 de noviembre de 2011
El cine y la vida (un recuerdo)

El cine y la vida forman una memoria tan compacta en mis recuerdos que durante años he evocado a aquella chica guapa con cara de ángel de los últimos años setenta con la imagen esplendorosa de Linda Darnell. (Iba a decir no sé por qué).
domingo 20 de noviembre de 2011
Iletrados políglotas
"Las campañas de lecturas son hipócritas. Cualquier gobierno prefiere un pueblo estúpido a uno inteligente."viernes 18 de noviembre de 2011
De vuelta con James M. Cain

Si tuviera que elegir a un escritor de novela negra eligiría sin ningún tipo de duda a James M. Cain. Aquí en España Cain se publicó cuando debido a la demanda popular y cinéfila se produjo el boom de la serie negra al final de los 60 y, así, los críticos literarios serios lo aceptaron como a Hammett, Chandler, Ross MacDonald o Jim Thomson. De todos modos, Cain no fue una estrella, se olvidaron del aprecio que tuvo entre los franceses. Andrá Gide fue un gran admirador suyo, y Sartre. Y Albert Camus que tomó El cartero siempre llama dos veces como modelo para El extranjero. Y en América fue considerado como uno de los grandes, un escritor para escritores. A mi juicio, Cain escribió la novela pura que nos lleva a experiencias cuya especial cualidad no se encuentra en el trabajo de ningún otro escritor. El arte de Cain, más que cualquier otra cosa, lleva al lector serio a una casi completa adhesión emocional con las traumáticas experiencias que nos ofrece. El gran novelista fue un rebelde en la elección de sus temas lo que le llevó a muchos enfrentamientos con la Oficina Hays: asesinato, adulterio, prostitución, homosexualidad, incesto, sacrilegio, negocios sucios, corrupción policial, bulimia, cleptomanía, violación, traición, etc. Eso sí, los temas elegidos podían ser sucios pero su tratamiento jamás.
En cuanto a su estilo en primera persona, excepto en tres novelas, se debía a que no quería ser dios ni James M. Cain, sino el personaje narrador y sólo así conseguía crear personajes memorables, principalmente femeninos. Los títulos para él eran también muy importantes. Siempre he observado que la estructura de sus novelas es musical, lo cual unido a su cualidad trágica, su ausencia de final feliz, nos lleva al melodrama. La mayoría de sus novelas han sido llevadas al cine y no todas con acierto, desde mi opinión personal. Por ejemplo, no me gusta mucho la versión de El cartero siempre llama dos veces, de Tay Garnet de 1946, aunque Lana Turner está espléndida. Cain quedó tan encantado con el trabajo de la Turner que, después de ver la película, le regaló una primera edición encuadernada en piel de su novela con esta dedicatoria: "Querida Lana, gracias por una interpretación que es incluso mejor de lo que yo esperaba". Unas palabras realmente aduladoras. Tampoco me gustó la versión de 1981 de Bob Rafelson con Jack Nicholson y Jessica Lange, porque estaba muy mal narrada y su mejor escena y la más famosa es el primer polvo, que traiciona totalmente las creencias de Cain sobre el sexo. Sexo, por qué no, pero tiene que estar justificado, diseñar una situación que inevitablemente lleva a él, que desarrolle la emoción, que tenga un color lívido y una vez hecho esto no entrar en detalles. El lector tiene la impresión de que está leyendo sobre sexo, y sin embargo, hay poco material explícito. Hay otras dos versiones anteriores de El cartero... pero no las he visto: una francesa: Le dernier tournant (1939), de Pierre Chenal. Y Obsesión (1942), de Visconti, a quien Cain llamó ladrón porque no le pagó derechos de autor.
Cain escribió Ligeramente escarlata, dirigida por Allan Dwan, fue la única novela que escribió pensando en el cine. Pacto de sangre (Double Indemnity), publicada en 1936, es sin ningún tipo de duda la mejor adaptación cinematográfica a cargo de Billy Wilder y Raymond Chandler. (Invito a que lean el desarrollo del guión en El sombrero de Wilder y la pipa de Chandler).Por suerte, hoy tenemos la editoral RBA en su sección de Serie Negra, una estupenda recuperación de los grandes del género y Cain está en la palestra.
jueves 17 de noviembre de 2011
La mano fatal que mueve los hilos (final)
La apertura de Círculo rojo (1970) es aún más ambiciosa que El silencio de un hombre. Esta vez el tablero de ajedrez no es Paría, sino Francia. Corey (Alain Delon), excarcelado al cabo de cinco años, y Vogel (Gian-María Volonté), un culpable metafísico que viaja bajo custodia policial, son los dos peones que Melville pone en movimiento. El adversario será un oscuro funcionario de Interior; el comisario Mattei (André Bourvil), que tras perder a Vogel en el tren que los conduce a París, se lanza en pos de caza mayor. Magistral cuando la cámara da cuenta de los menores detalles, pero de repente se eleva en vertiginoso vuelo desde la ventana del vagón en el que viajan, encadenados, delincuentes y policía, quizá para empequeñecerlos frente a su destino común. Ya no sólo querrá capturar a Vogel, sino también a Corey y a su ex compañero Jansen (Yves Montand), pues los tres van a asociarse para dar jaque a Mauboussin, el rey de las joverías. Durante todo el filme, Melville da pistas de los lugares por los que pasan los personajes, hasta el punto que es posible seguir sus movimientos con un mapa en la mano. A veces la pista es documental (Corey es interceptado a la altura de la villa donde nació el inventor de la fotografía) y en ocasiones ambiental (el tránsito del paisaje mediterráneo a los bosques del mediodía y de éstos a las frías carreteras del norte). El ensamblaje temporal de las distintas acciones es lo que confiere al cine de Melville su peculiar grandeza, su álgida y densa gravedad. Como Howard Hawks, Melville se expresa en términos de duración. Pese a que la suya es una inteligencia cartesiana-en el fondo muy alemana y en la forma muy francesa-, su visión del mundo se nutre de excepcionales intuiciones acerca de la interdependencia que los hombres establecen a través del destino. Vogel se ríe de la casualidad que representa haberse escondido en el maletero de Corey, liberado esa misma mañana. Pero mucho antes, Melville relacionó la entrada en el vagón de Vogel con la salida de la cárcel de Corey, tejiendo un misterioso paralelismo entre sus vidas. El hecho de que éste guarde sus pistolas no en los bolsillo ni en la guantera, sino en el maletero del coche, lejos de donde pueden hacerle falta, indica que el director le ha hecho partícipe de su perspicacia. Corey no puede saber si alguien va a esconderse allí, menos aún su identidad y aún menos si las armas que pondrá en su poder serán utilizadas en su contra o a su favor, como finalmente ocurre. Nunca sabremos lo que pasó por la mente del personaje al hacer esta elección. Todo lo que podemos suponer es que calibró la posibilidad de ser encerrado en el maletero por los sicarios del hombre cuyo dinero se cobró al comienzo del filme. Ficcionalmente, su opción triunfa por el mero hecho de estar inscrita en la cadena de relaciones del destino.
En el Círculo rojo, el inspector general (Paul Amiot) nunca habla de sospechosos, sino de culpables a secas; y dentro del saco mete al propio Mattei, al que tras salir de su despacho (y ese acaso lleva el nombre de Jansen, tirador de elite al que el alcohol y las pesadillas convirtieron en hereje de la causa policial). "Todos los hombres son culpables" es el lema esgrimido por este siniestro personaje, que al final se enrocará con su subordinado para dar jaque mate a los criminales.Círculo rojo plantea la cuestión sirviéndose de un código estrictamente adulto. Aquí el padre se inviste con los castos atributos de la ley, representada en las fuerzas del Estado y personificada en el anciano inspector, un hombre que, no lo olvidemos, cree ciegamente en el pecado original. Desde su despacho, el Gran Desconfiado, dirige la lucha contra la delincuencia, lo que en argot ministerial se llama "asestar un duro golpe" al crimen organizado; pero su "brazo armado", persona de una regularidad intachable, no tiene vocación pedagógica, ni ejercerá su tutela más allá de las esposas que debe poner a Vogel para impedir su fuga. Mattei no se rige por ningún precepto moral. Es un sabueso infatigable. Vive con arreglo a sí mismo, sujeto a hábitos frugales, siempre apegado a su celibato, sin otra familia que sus gatos. Jamás establece relación emotiva con los proscritos, no los compadece ni los odia; menos aún pretende su rehabilitación. Carece de móviles personales. Su único objetivo es terminar el trabajo que ha empezado. No sólo su fisonomía, acreditada en un rostro sucinto, ojos pequeños, boca recta, nariz corva, nos proporciona información valiosa sobre su persona y costumbres. El sagaz Melville propone que en torno a él-a su vacío-se cierre el círculo de los tres fugitivos. La clave reside en la transición que se opera entre dos espacios oscuros. Después de haber consumado el golpe (y de haberse rehabilitado a sus ojos), Jansen enfrenta sin miedo la negra cavidad del armario por la que antes entraban sus pesadillas; pero el director, el gran Melville, enlaza esa negrura con la del apartamento de Mattei, que enciende las luces para hacerse reconocer por sus animales de compañía. ¿Cómo no ver en esa oscuridad comunicante un paisaje hacia la muerte, un presagio de la nada?
Melville sigue siendo hoy un director ignorado que ocupa todavía un lugar ambiguo en la historia del cine negro.Próxima entrada: La grandeza de James M. Cain
miércoles 16 de noviembre de 2011
No es la noche

Acerquemos un poco más la lente. En una de las mejores escenas de El silencio de un hombre, el comisario irrumpe en el domicilio de la novia de Costello, Jenne Lagrange (Nathalie Delon). La muchacha recibe un trato humillante. Los esbirros del comisario ponen patas arriba su apartamento mientras éste reprime una sonrisa compungida: "Son terribles", bromea. Pero aún más terrible es el discurso moralista que emplea para sonsacar a la chica, esto es para forzarla a la delación. Primero finge tratarla como una adolescente indefensa ("tengo una hija de su edad") para después sugerirle que se encuentra a un paso de la prostitución. No es un mero ardid policiaco. Al comisario le gusta impartir doctrina. Recordemos que, antes de la rueda de reconocimiento, había interrogado a Costello como un director de escuela enojado ante las sospechas que ha acumulado sobre su peor alumno. En respuesta, el joven había mostrado su irritación y su rebeldía frente a un padre que se extralimita en el ejercicio de sus derechos, un padre que, además, desea su caída para verse confirmado en su suspicacia.martes 15 de noviembre de 2011
Periodismo de cine
"Hay mucho que decir en favor del periodismo moderno. Al darnos las opiniones de los ignorantes, nos mantiene en contacto con la ignorancia de la comunidad."
De las ya mencionadas me siguen gustando: Chantaje en Broadway, La barrera invisible, Luna nueva y Primera Plana, El cuarto poder, El Político, Muero cada amanecer, Yo creo en ti, Trágica información, El cuarto poder, Mientras Nueva York duerme, Los seis misterios, El dedo acusador, Okay America, El reloj asesino, El misterio de una desconocida, Abandoned, Shakedown, Un hombre acusa, Todos los hombres del presidente, JFK, Park Row, y, sobre todo El gran carnaval, que ya reseñé en su momento, pero quiero decir algo más sobre ella. En El gran carnaval, de Billy Wilder, en la que el auténtico agujero al final es el que nos deja en el alma el desalmado Tatum (Kirk Douglas). Después de todo lo que se ha escrito y dicho sobre este guión, afilada, acerada y despiadada crítica de Wilder hacia el oficio en el que hizo sus primeros balbuceos con la pluma, no queda más que repetir lo que Javier Coma ha dicho del personaje en diferentes libros consultados (aunque más bien debería decir libros de cabecera): "es la desmitificación de la figura del periodista"; "supone un feroz ataque al periodismo sensacionalista", o "es un violento e inescrupuloso fabricante de historias". Viendo una vez más El gran carnaval nos volvemos a preguntar si en realidad el órdago con forma de puñal envenenado va más contra la sociedad americana, escenificada en la población de Albuquerque que acepta el número ideado por Tatum para rentabilizarlo a escala nacional, que contra el mercenario sin escrúpulos que es el propio Tatum, o tal vez contra el sheriff que consiente el espectáculo, o quizá cargue en mayor medida contra la avaricia de la mujer del pobre Leo Minosa, atrapado allí abajo sin poder opinar sobre el evento establecido en torno a su tragedia. Siempre nos haremos esa pregunta, aunque la evidente respuesta señala al oportunista que pone en peligro la vida de un hombre para lograr lo que en buena lid no ha conseguido, el éxito profesional. Un circo tiene muchos payasos, y Wilder puso a trabajar a todo su elenco.
Todas estas películas demuestran la plena vigencia del cine sobre el mundo de la prensa, y la actualidad de sus temas que podría ser aplicada a nuestros días de explosión mediática: los sobornos a periodistas, la aplicación de las nuevas tecnologías, la ambición por el poder en los medios, etc.jueves 10 de noviembre de 2011
La personificación de la incógnita

-Sí, estuvimos casados una vez.
-¿Y a quién no?
Barbara Stanwyck. Clash by Night (1952), de Fritz Lang

George Sanders. Uncle Harry (1945), de Robert Siodmak
La mujer faltal es aquella que puede prescindir de su pareja, que puede sacrificarle por dinero, por orgullo o perversidad. No tiene familia, ya que como los propios hombres de esas películas, siempre huyendo hacia alguna parte, su familia y su inocencia quedaron el algún rincón, preferiblemente oscuro, de su mente. Pero no sólo no tiene familia sino que la pericia de la película es a menudo el relato del intento de ella por liberarse, en especial del marido: El cartero siempre llama dos veces, Deseos humanos o Perdición. En cuanto una mujer tiene descendencia la posibilidad de que entre en la categoría de mujer fatal es escasa, a pesar de las apariencias, como Marlene Dietrich en La venus rubia, combina el contradictorio cocktail de glamour y maternidad. Las auténticas mujeres fatales viajan solas, fuman solas, beben solas. Esta mujer sin lazos familiares que llevarse al cuello, para quien el hombre que tiene al lado es sólo un alero donde resguardarse momentáneamente, a las que se dudaría en ofrecer matrimonio con vistas al futuro, peana incluida, sólo puede darse en el paisaje de las ciudades. Sólo en el medio urbano encaja su figura con cigarrillo y gabardina. Una combinación de fuego y agua que marca el carácter ambiguo de su conformación y de una sexualidad tan pronta para encenderse como a desaparecer en la lluvia.

-Fred MacMurray: Le maté por el dinero y por una mujer. No conseguí el dinero, ni a la mujer.

Peggy Cummins: Cuando te suceda, mira a la mujer que duerme a tu lado. Soy tuya, y soy real.
El demonio de las armas (1949), de Joseph H. Lewis
jueves 3 de noviembre de 2011
Los pequeños placeres, de Miguel Sanfeliu

Miguel Sanfeliu es un escritor dotado de talento para el relato corto. En Los pequeños placeres (Paréntesis Editorial,2011), es posiblemente su mejor libro hasta la fecha, y vuelve tras su magnífico Anónimos a demostrar su ingenio, y, por qué no decirlo: Sanfeliu es un hombre pacífico con un extraordinario talento criminal. Pero bromas aparte. Los pequeños placeres es una colección de ventiún relatos, es decir, veintiuna reflexiones sobre la pérdida como manera lúcida de intensificar la vida, de interpretar nuestra asombrada fugacidad. De nuevo, el celebrado y ultramoderno tema de la fragmentación del ser humano contemporáneo ante las nuevas realidades. Todos estos relatos tienen en común una particular combinación de esperanza y promesa de felicidad junto a una cierta amargura y desconfianza ante las posibilidades finales de éxito del ser humano. Algunos personajes salen mejor parados que otros en su batalla contra lo impredecible. La realidad se muestra continuamente cambiante, no sólo sometida a los vaivenes del azar, sino a la propia fortaleza mental de los personajes. En "Dolor", uno de los relatos más duros y sugestivos del volumen, se muestra el contraste brutal entre la crueldad más desoladora, y, la realidad más subjetiva. Las historias de los personajes de Sanfeliu comparten una base común; la premisa fundamental de esta manera de revelar aspectos cruciales de su propia naturaleza. La inmersión profunda en las aguas pantanosas del comportamiento y la psicología humanas, siempre pendiente de problemas que se ven sucesivamente inmersos en su enigma de orden superior. Los relatos consigue dirigir la atención hacia complicadas reacciones humanas y casi imperceptibles alternativas morales circunscritas en dilemas mayores, cualquier parte de las cuales, si las encontráramos en nuestra compleja y precipitada vida con los demás, probablemente pasaría inadvertidas incluso a la observación más sutil.
miércoles 2 de noviembre de 2011
En el desierto
"Vivimos en una época y en un país tan irrazonables que ya nada se puede dar por sentado, ni siquiera la capacidad para asociar las causas con los efectos, o las imbecilidades con sus consecuencias."martes 1 de noviembre de 2011
De incongruencias y hombres perdidos (final)



