
mos cincuenta años, tan sólo Dalí, Magritte y Warhol han podido competir con los pintores anónimos que llenaban de tinta sus viñetas en el "redi" del King Feactures Syndicate, creando así las imágenes de una cultura popular que van del traje Príncipe Valiente con que Elvis Presley enamoraba a las matronas de Las Vegas o los clones de Superman que venden una batería de automóvil o un producto de limpieza para el baño. Sin embargo, tratándose de una forma aún raramente admitida en sociedad, la tira cómica tuvo un origen asombrosamente con clase. Comic Magazine, publicaba por primera vez, como corresponde, el 1 de abril de 1796, incluía un grabado de Hogarth en cada número mensual, reunidos en la serie "Industria y pereza", que puede ser considerda como la primera forma de tira cómica. Durante el siglo XIX, especialmente en Gran Bretaña y Estados Unidos, se publicó un gran número de revistas de caricaturas y hojas cómicas, aunque el primer personaje recurrente en su propia tira sólo apareció en 1895. La competencia entre los magnates de la prensa norteamericana, y los avances tecnológicos de la impresión en color, llevaron a William Randolph Hearst a introducir los primeros suplementos de tiras cómicas en la edición dominical de sus periódicos. El humor era aún un tema dominante a ambos lados del Atlántico, y una gran variedad de personajes excéntricos y atolondrados empezó a dar forma a la cultura popular del siglo XX, desde la pequeña huérfana Annie hasta Popeye. Entre todos ayudaron a crear un mundo genuinamente raro y barroco que desde entonces no ha tenido paragón.
En la década de los treinta, quizá como reacción a los años de la Depresión, se habían establecido las tiras policiales y de crimenes, cuyo máximo exponente era el Dick Tracy de Chester Gould, y ahora en Estados Unidos el cómic apuntaba abiertamente a un público adulto. Indudablemente, la mayor influencia en la evolución del cómic y en la cultura popular en general fue la ciencia ficción. Buck Rogers y Flash Gordon emprendieron aventuras interplanetarias que aún parecían creíbles, pero pronto dieron lugar a un ejército de superhéroes, encabezado por Superman y Batman, que permanecían en la Tierra combatiendo el crimen, el terrorismo internacional y la amenaza nazi. Ambos tenían un yo cotidiano con el que los lectores podían identificarse, el de un reportero de periódico y el de un atento playboy. Los superhéroes que los siguieron, el capitán Maravilla y el capitán América, iban más allá de las restricciones del tiempo y espacio para defender a la nación en guerra. En la década de los sesenta, de la inmensa confianza que tenía Estados Unidos en sí mismo y la frondosa imaginación de los artistas de cómics Maravilla surgió una raza de figuras divinas que tan sólo existían en el plano astral. Entre ellas estaban el Increíble Hulk, el Hombre Araña y, el más curioso de todos, el Sulfista de Plata, un emisario de las estrellas enviado para advertir a los habitantes de la Tierra de su inminente perdición, una figura noble y trágica que quedó atrapada en nuestra atmósfera. Proclive a despliegues morales angustiosos y poéticos, fue uno de los pocos en romper la regla según la cual, cuanto más avanzada fuera la superciencia que rodeaba al héroe, éste sería menos inteligente.
Ninguno de estos cómics, debo admitir, ejerció su encanto sobre mí, y dejo con gusto a otros la psicología profunda del universo del cómic. Sólo existe una excepcción: Corto Maltés. Admiro profundamente a Hugo Pratt.Para bien o para mal, la inmensa energía visual de los artistas de cómics, con los ángulos de enfoque en zoom, los repentinos primeros planos y las tomas de grúa han influenciado en el cine contemporáneo (el videojuego también bebe de él), estructurados con las mismas fantasías compensatorias y una visión paranoica del mundo.
Nos guste o no, las curvas de nivel de nuestra cultura han esquivado hace tiempo a Bloomsbury y la Rive Gauche, para volver a la carrera a esas oficinas anónimas de Manhattan y Los Ángeles donde un signo de exclamación ya es una sutileza.
A ver si alguien me regala uno de esos libros caros sobre John Ford.













































