
El actor tenía que interpretar un papel en el que un oficial jugaba a la ruleta rusa en el tercer acto. El personaje hacía una apuesta y, naturalmente, la ganaba. Disparaba el arma sin matarse.
Para aderezar el asunto, pero sin confiárselo a los otros miembros de la compañía, el actor introdujo una bala auténtica en una de las recámaras del arma que utilizaba en escena. Sin saberlo los demás, el actor se jugaba la vida en la escena todas las noches. No se sabe muy bien las motivaciones que condujo al actor a semejante extravagancia, quizá por penas de amor, fanfarronada o melancolía profunda.
Por una suerte extraordinaria, actuó en las veintidós primeras representaciones sin incidente. Salió indemne todas las noches. La mañana del vigésimo tercer día, postrado por una fiebre muy alta, le fue imposible levantarse de la cama. Envió aviso al teatro para informar al director. Este llamó inmediatamente al sustituto del actor y lo puso a trabajar para que pudiera actuar aquella misma noche. El sustituto, con gran alegría, iba a actuar por fin, ensayó todo el día, se vistió enseguida con el traje del actor enfermo, cogió su arma y, para enorme sorpresa de todos, se mató aquella noche en el escenario.
El actor abandonó la cama dos días después para asistir a los funerales de su sustituto. Cuando el actor se recuperó de su leve enfermedad, volvió a su papel, dejó de introducir la bala en la recámara y se dio a la bebida.
6 comentarios:
Brutal.
Da terror pensar en cómo el destino (no sabemos si irónico, hermoso o terrible...) está ahí esperando...
Y cómo unos nacen con estrella y otros estrellados.
El factor suerte...
El fatalismo, tan presente en el cine negro.
Y ese tremendo y violento juego de azar entre la vida y la muerte que nos ha dejado escenas tan impactantes (¿alguien puede olvidar EL CAZADOR?).
Ufff.
Brutal, Francisco, brutal.
Besos
Hildy
Qué cachondo el actor... En fin, siempre hay consuelo: mejor dejarlo de un tiro al comienzo de la profesión que trabajar en las series de la tele el resto de la vida...
Abrazos
Déja que me imagine que lo hizo adrede, que tampoco estaba tan enfermo, y que llevaba un tiempecito (veintidós representaciones, o así) preparando el crimen perfecto. Y que luego, claro, sumergió su mala conciencia en vodka.
Excelente.
Qué brutal!
Besos
Pues ya podría haber vuelto a poner otra bala en la recámara del revólver, aunque puede que sea mayor castigo el alcoholismo. De todas maneras habría que contar la historia de ese pobre sustituto que solo logró una vez su sueño. Pobre hombre! Un abrazo.
Fantástico relato. "El cazador" es una de mis películas favoritas.
Saludos.
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