lunes 23 de enero de 2012

El expreso de los fantasmas



La campana, que anuncia la salida del expreso y la inmediata llegada del rápido, nos mete en el cuerpo la emoción del viaje, la tristeza de los que se quedan, la esperanza de los que se van, el miedo del agente secreto que teme ser desenmascarado, el terror de la víctima que sabe que va a morir antes de ver Londres. También se oye el resoplar de la máquina de vapor, el ralentí del tren al encarar los andenes y sobre todo el silbido de la locomotora cuando se dispone a partir, porque no es lo mismo partir que salir, y este tren parte. En tono mucho más agudo suena el pito del jefe de estación y sobre la cubierta de cristal golpea la lluvia. En el vagón-restaurante se miran a los ojos el asesino y la víctima, y en el wagon-lit esconde la dama al presunto criminal, del que acaba de enmorarse.

Cuando alumbra el sol el tren tiene una luz especial, muy matizada y suele adaptarse a los paisajes por donde discurre: en Inglaterra mezcla el humo de la locomotora con la niebla y al llegar al páramo no sería extraño escuchar el ladrido lejano del perro de Baskerville. En los Cárpatos la luminosidad de la nieve nos hace entornar los ojos. 

El atardecer le sienta bien al tren: desde una ventanilla luce la puesta de sol y no sería raro que, al entrar en un túnel, saliéramos de noche. En los tiempos gloriosos del ferrocarril pasaba un empleado vestido de azul haciendo sonar una campanilla: "¡Primer turno! ¡Primer turno!". Algunos viajeros privilegiados iban a cenar al vagón-restaurante. Los camareros-vestidos de etiqueta-sirven los entremeses variados y la sopa en silencio. En una mesa apartada Agatha Christie huye de su marido, el traidor Archibald: la pobre lo ha olvidado todo incluso el nombre del asesino de Roger Ackroyd. Menos mal que la sombra de Hércules Poirot le echará una mano antes de llegar a Estambul. Lástima que en este tren de cine negro ni siquiera se pueda oler la sopa, ni la carbonilla, ni el perfume de las señoras, ni el humo de los ligeros cigarrillos egipcios.


El tren es largo como la vida misma e inmortal como la eternidad temida: pasarán aviones supersónicos por el cielo, invisibles submarinos bajo el mar, naves por el espacio, pero jamás-mientras quede una persona de buen gusto en este mundo, un asesino con talento (como yo), un policía paciente y astuto y un racimo de sospechosos-jamás desaparecerá el tren en blanco y negro o en color, con carbón o con oculta energía, descubierta o por descubrir.
En cualquier estación del mundo se oye una voz que grita:

-"¡Viajeros al tren! ¡Asesinos al tren! ¡Agentes secretos al tren! ¡Mujeres fatales al tren! ¡Comisarios listos y policías tontos al tren!"


Por un lado sube Marlene Dietrich y por el otro Greta Garbo, que no se saludan. Barbara Stanwyck tira disimuladamente a su marido por la ventanilla y entre las ruedas lo remata Fred MacMurray. Como una sombra se cuela Cary Grant en el coche cama donde viaja Eva Marie Saint. Un señor gordo y disfrazado de obispo anglicano, entra en un vagón de primera clase procurando que le vean todos sus partidarios. En el andén se queda esperando la hora del ángelus el valiente Gary Cooper.

Pido un dry martini en el vagón-restaurante, es un cóctel duro, el brebaje ideal para una película de asesino y víctima en un tren de lujo (como en el que estoy ahora). Los crímenes bien urdidos se cometen siempre en los grandes expresos, de largo viaje y cochecama, de millonarios muertos y de asesinos imposibles de descubrir (como yo). Tengo el ojo echado a la espectacular Diana Durbin, esa rubia que va en pijama por ahí. La dama del tren. 

6 comentarios:

Emilio Calvo de Mora Villar dijo...

El tren es cine. Puro cine. Como si se moviera a 24 fotogramas por segundo el mismo vagón. Ahora mismo (por eso que escribes, por estar en un tren, escribiendo, qué placer, qué placer) te envidio una "jartá"...
Abrazo

abril en paris dijo...

Siempre me gustó viajar en tren y esperar a Cary Grant-Kaplan sin fumar un cigarrillo pero deseando hacerlo..

V dijo...

Cuanta razón tienes. Hay cosas muy cinematográficas, pero pocas con un sabor tan genuino como el tren y todo lo que le acompaña. Y que bien escrito está, cuantas sensaciones asociadas a buenos momentos asocias. Cuantas despedidas inolvidables del tipo "ricas y famosas" y cuantas esperas al tren maravillosas "los cuatro hijos de Katie Elder",por citar una decada.
Estupendo texto, deesos que se saborean y se paladean lentamente. Una gozada. Un saludo

39escalones dijo...

Ese tren puede ser también "El expreso de Chicago"... Fenomenal recorrido por el mundo del tren en el cine. Fíjate que hasta, sin venir a cuento, en el tren pueden echarte un cubo de agua por la cabeza, así, sin más.
Abrazos, amigo.

Raúl dijo...

No hay nada, nada, más cinematográfico que un tren llegando o partiendo. Junto, quizá, con las escaleras, es la más hermosa de todas las metáforas visuales que conozco.

Licantropunk dijo...

Hace poco vi "La bestia humana" de Jean Renoir. Las escenas filmadas desde la máquina del tren, en la posición del maquinista o del fogonero asomados, son de las más espectaculares que he visto en mi vida: Renoir filmaba el progreso, ese ideal, con una vitalidad y una fuerza extraordinarias. Y, bueno, también había un asesinato en un vagón, claro, en un reservado: no podía faltar.
Saludos.