sábado 21 de enero de 2012

El niño lector


"No he querido volver a leer nunca más los cinco o seis libros que me gustaron con delirio en mi primera juventud: tengo miedo de perderlos para siempre."
Giovanni Papini, Diario sin fechas 

A los siete u ocho años, llegararon a mis manos Las mil y una noches, Hans Andersen, los hermanos Grimm, Alicia en el país de las maravillas, antologías de cuentos victorianos de fantasmas e historias de terror, ilustrados con unos dibujos amenazadores que tenían algo de los de Beardsley y proyectaban un mundo interior tan raro como el de los surrealistas. Al mirar en retrospectiva las lecturas que hice de niño, me asombro al ver lo aterradoras que eran la mayoría de ellas. Eran cuentos crueles y las espeluznantes láminas en color con esa melancolía asfixiante de los prerrafaelistas, pieles sobrenaturales y niños atormentados con miradas casi de autistas. El tono moralista y despótico era explícito en Los niños del agua, de Charles Kingsley, una obra maestra a su manera, pero uno de los textos de ficción más desagradables que nunca he leído. El mismo tono se oía en muchas ficciones infantiles, como si la infancia y la imaginación del niño fueran perversiones que hubiera que reprimir y castigar.

La gran excepción era La isla del tesoro, aterradora pero de un modo estimulante y positivo. Stevenson me gustó tanto como Conrad y Graham Greene, pero supongo que Los niños del agua y todos esos siniestros cuentos de hadas desempeñaron un papel mucho más importante en el desarrollo de mi imaginación. Ya a los diez u once años me di cuenta de que había algo extrañamente morboso que se cernía sobre aquellas páginas, y que la disposición de esa atmósfera escalofriante me ayudaría a comprender mejor el mundo en que vivía que las sólidas tramas de Stevenson.


A medida que envejezco los libros de la infancia se me hacen más y más vívidos, mientras que todos aquellos que leí hace diez o incluso cinco años, lo he olvidado del todo. No sólo recuerdo, casi cuarenta años después, mi primera lectura de La isla del tesoro y Robinson Crusoe, sino que percibo claramente los sentimientos de aquella época, el entusiasmo inocente de un niño de siete años, y esa curiosa vulnerabilidad, el temor de que la riqueza de esos mundos inventados superara los límites de mi imaginación. Incluso ahora, sólo el pensar en John Silver o en las olas de la isla de Crusoe me conmueve mucho más que leer el texto original. Supongo que esos cuentos infantiles han abandonado hace mucho tiempo las páginas y han pervivido en mi cabeza.

En contraste, apenas me acuerdo de lo que leí cuando tenía treinta o cuarenta años. Al igual que mucha gente de mi edad, cuando llegué a los veinte años ya había leído las grandes obras de la literatura occidental. En los últimos tres o cuatro años de mi adolescencia devoré una biblioteca entera de ficción clásica y moderna, de Cervantes a Kafka, de Carson McCullers a Camus, a menudo a un ritmo de una novela por día. Mientras intentaba encontrar mi camino en la luz gris del tardofranquismo en mi provincia austera, era un alivio sumergirme en el mundo rico y generoso de los grandes novelistas. Estoy seguro de que el diseño de mi imaginación fue trazado mucho antes de ir al instituto.

Ahora lamento que tantas de mis lecturas ocurrieran durante mi adolescencia, mucho antes de tener una experiencia adulta del mundo, mucho antes de enamorarme, de aprender a comprender a mis padres, de ganarme la vida y tener tiempo de meditar sobre los hábitos del mundo. Es posible que el haber leído con tanta intensidad durante aquellos años en realidad me estorbara en el proceso de crecimiento. Realmente me pregunto lo que pudieron significar para mí Kafka o Dostoievski, Sartre o Camus.

Dice Salvador Pániker en su Cuaderno amarillo: "Lo que ocurre es que hay pocos encuentros reales. Hay poca literatura. Hay poca vida." Todavía no sé lo que intento decir en este texto. Me viene a la memoria aquellos veranos cuando mis amigos de la infancia y yo solíamos, también, ir en bicicleta por aquellos caminos, hoy desaparecidos, y merendábamos al son de las chicharras las doradas manzanas del sol.

10 comentarios:

Tesa dijo...

También fui una niña y adolescente devoradora de libros, y también lamento que algunos los leí sin tener la experiencia de vida que requerían, pero tampoco quiero volver a ellos, por no modificar lo que recuerdo y perderlos para siempre.

Paco, el final de este post me ha llevado sin remedio a un libro delicioso que estoy leyendo "No tengo miedo" de Niccolò Ammaniti"

Échale un ojo. creo que te puede gustar.

Un abrazo,

Josep dijo...

¡Ah! Lo malo de haber leído en la infancia-adolescencia-juventud tantos y tan buenos libros es que luego, cuando peinas canas, de pronto tienes la sensación que la mercadotecnia se ha apoderado de la literatura y que, tonto de tí, estás perdiendo el tiempo leyendo un libro que dentro de cien años nadie tendrá en cuenta porque no lo merece.

Resulta muy difícil acertar entre el marasmo y a mí, particularmente, me da una pereza terrible ponerme a elegir y cuando miro mis estanterías me doy cuenta que, si quiero placer literario, ya sé donde buscarlo...

Creo que te entiendo, porque te llevo ventaja, Francisco, es lo que tiene haber nacido antes...

Un abrazo.

Licantropunk dijo...

Esos autores tendrían vetado ahora el acceso al público infantil: lo políticamente correcto los segaría sin remedio.
Estoy pensando escribir algo sobre "El señor de las moscas", la versión de Peter Brook y, ¡fíjate si da en el blanco lo que has escrito!
Saludos.

Juan Herrezuelo dijo...

Que compartimos una misma pasión por la lectura, y que fue una pasión precoz, lo hemos dejado ya patente en más de una ocasión. Yo sé que mi experiencia con La isla del tesoro lo fue como jovencísimo lector, pero en mis recuerdos pervive la sensación de haber estado allí, allí mismo: de haber vivido todo aquello.
En mi caso, no obstante, me quedaron en el tintero muchas grandes obras en aquellos años, que en mi cuaretena me han proporcionado, me están proporcionando, un placer primigenio casi: Los hermanos Karamazov, El gatopardo, Madame Bovary...
Eso sí: fuera de los grandes maestros, no albergo la esperanza de descubrir ningún autor que aspire a ser un clásico algún día.
Un abrazo dominical.

Marcos Callau dijo...

Yo recuerdo que la Editorial "Barco de vapor" era fija en mi estantería. Pero no sé qué tendrá "La isla del tesoro" que todos la recordamos de manera especial. De mi infancia, ya casi adolescencia, también recuerdo otros dos títulos que me calaron: "Rebeldes" y "Cuando Hitler robó el conejo rosa" Un abrazo, Paco.

Lo Siento por Interrumpir dijo...

Yo siempre me resistí a volver a leer dos de los libros que leí de jovencita (Primera memoria y El señor de las moscas) por miedo a no sentir lo mismo que entonces. Los años los transforman en historias diferentes. Un abrazo.

39escalones dijo...

Supongo que, como tantas veces, con este texto intentas volver a atrapar algo que se ha escapado ya sin remedio. Pero la función de los primeros textos, de las primeras películas es permanecer en la memoria, su función es ser poso para no perderse nunca. Como ocurre con el cine, algunos recuerdos de las lecturas es mejor no actualizarlos porque nos han hecho como somos; ver cómo nos decepcionan o cobran otra forma tanto tiempo después sería como no reconocernos en un espejo. Terrorífico.
Abrazos.

Anónimo dijo...

... recuerdo cómo me gustaba una versión que escuchaba una y mil veces en esas cintas de cuenta cuentos que me fascinaban: La mujer de Barba Azul de Perrault.

Me fascinaba por lo terrorífico que era.

Ahora creo que es un cuento que no tiene nada de popularidad (creo que ahora se mira en exceso lo políticamente correcto en las lecturas infantiles)... pero me parecía emocionante... y ahora descubro que oscuro muy oscuro.

Los cuentos de los hermanos Grimm, de mi adorado Andersen, de Perrault... acompañaron mi universo infantil.

Aún los leo.
Aún me atrapan.

Y sí eran duros muy duros.

Me fascina por ejemplo cómo la Blancanieves, La cenicienta o la bella durmiente nada tienen que ver sus versiones Disney con los originales, bastante más crueles.

De pronto (vaya rollo que te estoy metiendo) me viene a la cabeza otro de mis cuentos estrella infantiles EL TRAJE NUEVO DEL EMPERADOR...

Besos
Hildy

Kinezoe dijo...

Es tiempo que ganaste, amigo. Los veinte primeros años de vida son los que más marcan, los más disfrutables. Después ya sólo nos quedan recuerdos, y en algunos, un hilillo de esperanza...

Un fuerte abrazo.

Raúl dijo...

A mí no me ha costado tanto recuperar algunas de aquellas lecturas que abrieron las puertas a mi afición, será porque apelo aquello de que, "más vale excelente conocido que..."