sábado 14 de enero de 2012

Mi Mae West (1)


De Mae West puede decirse sin riesgo a equivocarse que para ella la distinción entre plató de filmación y realidad nunca valió más que un guiño y un leve movimiento de las caderas. Determinada a sacar el máximo provecho de su sexualidad, ni importaba dónde, sólo se sentía feliz cuando la gente acudía a verla. Había subido por primera vez al escenario a la edad de siete años, cuando actuó de niña en un vodevil, y desde entonces ya no lo abandonaría hasta su muerte, en 1980, a la probable edad de ochenta y siete años.

Sexo, la pieza de Broadway que ella misma escribió y protagonizó, la catapultó a la fama en 1927, y la obligó a pasar diez días en la cárcel acusada de "corromper la moral de los jóvenes", aunque me inclino a creer que fue la moral de los hombres maduros la que Mae consiguió corromper tan maravillosamente. Un remedo de gangster llamado George Raulf, meloso como un gigoló, recibía los ingresos de la taquilla, y más tarde, con el nombre de George Raft, coprotagonizó la primera película de Mae, Noche tras noche (1932) . "Robó todo menos las cámaras", observó Raft. En una serie de éxitos espectaculares, salvó ella sola a Paramount de la bancarrota, perfeccionó su imagen en la pantalla y pulió, hasta convertirlas en brillantes joyas, la sarta de frases que sobreviven hasta el día de hoy, por encima de todas la inmortal: "¿Llevas una pistola en el bolsillo o es que estás contento de verme?", y, en respuestas a "Dios, qué diamantes más preciosos", "Dios no tiene nada que ver con esto". La mayoría eran antiguos chistes de vodevil, pero nunca nadie los pronunció como Mae.
Sobre todo, ella le puso humor al sexo, que entonces-como ahora, por desgracia-era un tema absolutamente serio. Para Mae, el sexo no sólo era divertido sino que no había que castigarlo, una noción revolucionaria que había encontrado su mejor momento en aquellos años de la Depresión. Hasta Benito Mussolini se convirtió en un admirador devoto: "Mae es un ejemplo de femineidad viril y saludable", joder con el Duce. Pero el puritanismo de la Comisión Hays y el código de restricciones que aceptó la industria cinematográfica sellaron el fin de su carrera. Temerosos de la prensa moralista de Hearst, los productores temían ofrecerle un papel.

Dando muestras de sus agallas hasta el fin, se reinventó a sí misma como un icono camp, luciéndose en su piso de Hollywood adornado como una Versalles a escala de tocador, yendo de gira con la comedia Diamond Lil y apareciendo como actriz invitada en producciones fastuosas como Myra Breckinridge, cuando ya había perdido la memoria y le transmitían los partes por medio de un audífono. Con el paso del tiempo se hizo más excéntrica, recomendaba enemas a sus amigos, se obsesionó con el espiritismo y se rodeó de un séquito de culturistas. Patentó y sostuvo brillantemente el concepto de ninfómana octogenaria (asombrosamente, hacía tiempo que existía rumores de que en realidad ella era un hombre), lo cual muestra que nunca perdió su garra y la convierte en una fuente continua de inspiración para el resto de nosotros.

¡Ay, siempre serás mi Mae West!


2 comentarios:

Anónimo dijo...

La reina del vodevil se convierte en la reina de la pantalla y ella sola salva a un estudio, escandaliza a toda una sociedad, da sus primeros papeles de éxito a una estrella del futuro, se enfrenta al código Hays, es guionista, actriz y empresaria, se ríe de todos... y pese a que consiguen apagarla (esgrimen que es la reina de la vulgaridad) ella sigue que sigue sin rendirse... siempre provocando. Empieza el espectáculo, nunca termina. Ella misma es espectáculo.
Y aunque trataron que cayera en olvido... ahí sigue exuberante en el recuerdo de muchos.

Besos
Hildy

39escalones dijo...

¿Has leído cómo relata Cabrera Infante su entrevista a una Mae West ya octogenaria en el set de su última película? Pero qué cosas tengo, seguro que la has leído y lo conoces mejor que yo... La pervivencia de ese geniecillo pícaro y retador bajo la piel de una anciana sólo es comparable a la ternura de Cabrera Infante al relatar el encuentro. Genio y figura parece una expresión inventada para ella.
Abrazos, amigo.