martes, 28 de febrero de 2012

¿Dónde está esa botella de bourbon?


"Dicen que Wilder ha perdido el contacto con el tiempo en que vivimos. Lo considero francamente un cumplido. ¿Quién demonios desea estar al día en los tiempos que corren?"
Billy Wilder

Con faldas y a lo loco (1959) es una comedia tan hilarante como malvada, que parodia las relaciones sexuales con un raro sentido del deporte. Nada ni nadie es lo que parece, empezando por las lindas saxofonistas de una orquesta de señoritas, allá por los locos años veinte, en realidad músicos en paro (Curtis y Lemmon) y testigos involuntarios de la matanza del día de San Valentín, que han de vestirse de mujeres para salvar el pellejo. Y terminando por su no tan oscuro objeto del deseo, una guapa vocalista (Monroe) con cuerpo de vampiresa y alma de niña, que teje continuos sueños eróticos, pero es más virtuosa que Penélope. A partir de ahí los gags se encadenan en un guión perfecto, delirante, cínico, de ritmo endiablado. Un entramado perfecto en el que, además, no se aprecia ni la más mínima roncha de pretenciosidad, y sí, en cambio, esa capa de cinismo necesario para meter en el mismo saco la belleza, la moral, la inteligencia, la riqueza, la honestidad y el amor como un fuego de artificio y continúa despidiendo chispas llenas de vida hasta el mismísimo final.

Discípulo egregio de Lubitsch, Wilder juega aquí con todas las barajas: las cómicas de Mack Sennett, el cine de gangsters - con la presencia de unos veteranos George Raft y Pat O' Brien, homenaje irónico a la edad de oro de la Warner -, la comedia picaresca y el musical. Aúna sabiamente los viejos recursos del slapstick - la loca persecución inicial del furgón funerario, los policías ridículos, las descomunales tartas con sorpresa y las disparatadas carreras de los protagonistas - con los diálogos más equívocos del vodevil. Y su sentido del equilibrio le permite navegar con elegancia por las aguas más escabrosas del travestismo y la confusión de los sexos, temas hoy de consumo corriente, pero más bien arriesgados en la época.


El humor se basa en que los protagonistas se hacen pasar por mujeres, pero en mingún momento dejan de pensar como hombres. Uno solo piensa en seducir a la guapa cantante del grupo - inolvidable Curtis imitando a Cary Grant -. El otro se promete con un viejo millonario, no porque sea homosexual, sino porque le encanta el dinero y la idea de que le mantengan. La ya mítica frase final - "nadie es perfecto" - viene a resumir la ambigüedad en que se mueven todos los personajes del filme, una constante en algunas obras del genio y malévolo judío vienés.

Wilder había dicho en una ocasión que el ochenta por ciento de una película es guión y el otro veinte por ciento consiste en saber poner la cámara y procurar tener buenos actores. Ambas cosas las tuvo en Con faldas y a lo loco: un guión redondo que se iba haciendo a medida que rodaban, escribiéndolo mano a mano con el que sería su colaborador durante más de veinte años, I. A. L. Diamond, y unos actores excelentes. La actuación de los tres protagonistas es inolvidable. Es difícil decir quién supera a quién. Hay quien dice que Tony Curtis alcanza cotas interpretativas difícilmente superables. Otros, que el inmenso y adecuadamente histriónico Jack Lemmon - tal vez el más beneficiado del descomunal éxito del filme - es el rey de la función, ya que su patética y divertidísima parodia de una mujer en continuo coqueteo con el ridículo viejo millonario presenta más complicaciones. Ambas apreciaciones son probablemente ciertas: no se estorban. Como igualmente cierto es que la interpretación de Marilyn Monroe, encantadora como siempre, aunque con mayores y más variados matices de lo habitual, agiganta la de sus compañeros de reparto. Aunque ahora nos cueste creerlo, hubo una escena que tuvo que rodarse cincuenta y nueve veces, pasando a ser la tercera secuencia que más tomas ha requerido en la historia del cine. Debía pronunciar únicamente: "¿Dónde está esa botella de bourbon?", mientras la busca en un cajón. Wilder, de quien se decía que tenía cuchillas de afeitar en vez de ideas dentro de su cabeza, llegó a decir que la estrella, como su personaje en la película, tenía "los senos de piedra y el cerebro de queso de gruyère".


Pocas veces brillaron tal alto el candor, la dulzura y la capacidad de fascinar de Marilyn como en esta ocasión, donde reveló nuevas facetas de su talento, cantó con matices deliciosos y aportó nuevas experiencias al erotismo contemporáneo. Con este trío de intérpretes el éxito está asegurado, sobre todo si los acompañan secundarios de la talla de George Raft o Joe E. Brown.

Nadie es perfecto. Eso es cierto. Pero hay un puñado de películas que sí lo son. Y ésta es una de ellas. Una comedia magistral a la que los años y las revisiones no han hecho más que aumentar su valoración, confirmar su condición de obra maestra. Qué más se puede pedir sobre un despliegue tan excepcional de inteligencia, gracia y narrativa como el evidenciado en este filme admirable, que es parte de la eternidad del cine. Con faldas y a lo loco, abrió para Wilder una etapa de excepcional fecundidad creadora, permanece increíblemente moderna después de medio siglo de su estreno. A su lado cualquiera de las películas actuales parece veinticinto años más vieja.

4 comentarios:

Elvira dijo...

¡Genial, querido Paco! Suscribo toda la entrada enterita.

Besos

39escalones dijo...

Totalmente de acuerdo. Y sin embargo, algo tengo yo con esta película que no le termino de coger el punto. Analizo todas esas piezas por separado y no puedo dejar de reconocer su perfección; pero es ver la película y, no sé, veo que me deja distante. Creo que es la relación Curtis-Marilyn, pero tampoco sabría decirlo. Y me apena muchísimo, porque Wilder es "mi abuelo".
Abrazos

Sergio DS dijo...

No atervería a decir que es la mejor comedia de Wilder pero sí de las que más me divierten.
Están todos sublimes y Marilyn realmente preciosa.
Una película imprescindible.

39escalones dijo...

Por cierto: Marilyn parece la fuente de la vida, y ese par de dos, los que van a beber...