miércoles, 29 de febrero de 2012

El pozo de las serpientes


Casi todos en En bandeja de plata (1966) son pícaros y tramposos, y Wilder no ahorra dardos sobre al amor y el matrimonio, la familia, la maternidad, la policía, la abogacía, la medicina, la infancia y las mujeres. Es como un espejo invertido de algunos pecados capitales, avaricia, lujuria, un ataque despiadado al amor y un canto a la amistad. Casi todos los valores e ideales del american way of life resultan vapuleados, pero Wilder lo hace desde el centro del sistema y no renunciando al mismo, como si advirtiera que en sí no son malos, aunque adviertiendo cómo están siendo prostituidos continuamente.

Porque En bandeja de plata es estilizadamente - eso siempre está en Wilder -, un prodigio de observación costumbrista, algo que le viene de su formación periodística y de su vocación de escéptico social. Desde el fútbol americano a los escenarios, hospitales, boleras, despachos lujosos y desvencijados de abogados, apartamentos desvaídos de suburbios, y a la manera con que el director de fotografía Joseph LaShelle los recoge en una espléndida Panavision en blanco y negro, una elección de puesta en escena bien significativa, Wilder rueda balanceando costumbrismo y farsa. Una puesta en escena exacta y matemática. No desea que nada nos distraiga de la acción, de los diálogos, que nada nos recuerde que estamos viendo una película. Las claves de la sutileza del estilo wildesiano residen en pequeños detalles, todos aprendidos de Lubitsch, con la elección de los secundarios: impagables monjas muy de McCarey; médicos, con el inevitable y filonazi teutón doctor Winterhatter (Sig Ruman) y su teoría del pozo de las serpientes donde arrojaban a los pacientes de los que sospechan que fingían - si escapan trepando de las mortíferas serpientes... y perdían un paciente -; el trío de letrados; el cliente de Gingrich (Walter Matthau); el ayudante de Purkey; o el mismo Purkey (Cliff Osmond), cuyo chaplinesco bigote demuestra las intenciones de Wilder. El ambiente es de realidad; el tono, el de un cuento exagerado, con un estilo de viñetas lubistschianas, presentes en el reconocimiento de los médicos a Hinkle (Jack Lemmon); en las negociaciones entre Gingrich y los tres letrados de la compañía de seguros; en los retratos al minuto de la madre de Hinkle, histérica perdida pero que se va a Florida a cuenta de la estafa de su hijo y su yerno; la esposa de Gingrich, gris pero aprovechona de un abrigo de pieles a esa misma costa; y unos niños Gingrich maleducados e insoportables que juegan al patinente en los pasillos del hospital y a los que su padre llama imbéciles.


 Wilder nos muestra a la sensual ex esposa de Hinkle, Sandy (Judi West), diciéndole cosas tiernas a éste; pero al fondo intuimos a un hombre que se despereza en su cama, y en otra secuencia, al mismo o a otro duchándose. Hinkle no es un mal tipo y no quiere el dinero del seguro, siente incluso el padecimiento de Boom Boom Jackson (Ron Rich), hundido por considerarse responsable de lo que le ha sucedido, "todo por no ceder el terreno ganado", un buen lema para la hipercompetitiva sociedad norteamericana; pero acepta entrar en la estafa de Gingrich y miente, para recuperar a Sandy un pendón desorejado que no es nada de fiar. Amén de ello utiliza a Boom Boom Jackson como masajista, enfermero, cocinero, criado y fisioterapeuta; una verdadera explotación en toda la regla.

El único que pierde, el único que no miente, es Boom Boom Jackson, que Wilder nos presenta casi como un buen salvaje, un tanto corto mental, pero sano de cuerpo y corazón. Hawksianamente, habría que acusarle de poco profesional; la grave lesión que cree que ha producido arrollando a Hinkle mientras este filmaba para la televisión el partido, le conturba de tal manera que se entrega a cuidar a su víctima, abandona los entrenamientos, pierde la concentración en los partidos, bebe inmoderadamente, se mete en peleas de bar y le suspenden como jugador de los Browns. La estafa de Gingrich y Hinkle le destroza la vida y a la vez se la arregla, porque, como tantos otros héroes wilderianos, descubre la solidaridad, la amistad, el cariño; y llena su soledad. Porque el gran tema de Wilder, y En bandeja de plata lo muestra meridianamente, es la soledad; solo el amor o la amistad redime de una intrínseca y devastadora soledad.


El obtuso buen salvaje de Boom Boom Jackson descubre a qué ha venido Sandy a Cleveland, y el sentir el daño que eso hará a su amigo y víctima, le hunde el ánimo. A solas, en la cocina del apartamento de Hinkle, saca la botella de whisky y bebe en silencio. Wilder, el cínico romántico y sentimental, nos oculta el rostro de Boom Boom. La puerta armario de la cocina nos evita contemplar su desarraigo sentimental, aunque lo sintamos intensamente merced al talento - otra vez Lubitsch - de Wilder, al sugerirlo poderosamente con su elusión visual. El soberbio guión de Wilder y Diamond, visualmente dividido en capítulos irónica y brillantemente rotulados - una nueva apuesta por las viñetas de los tebeos - explora personajes, situaciones y trama, con meandros que cultivan el suspense: ¿logrará ese canalla simpático de Gingrich sacarles la pasta a los de la compañía de seguros?, ¿descubrirá el terco de Purkey la estafa de Gingrich?, ¿reconquistará y reformará - recuerden El apartamento e Irma la Dulce - el bueno de Hinkle a su ex esposa Sandy?, ¿descubrirá todo Boom Boom Jackson? Una galería de actores extraordinarios especialmente el genial Matthau, en su mejor papel y personaje de siempre, repleto de matices, humor negro y alma sin conciencia no exenta de humor imbatible, ayuda a que los diálogos se conviertan en algo natural y a que las inevitables exageraciones de un cuento en tono de farsa nos conmuevan en gran manera.


En bandeja de plata se cierra circularmente, otra característica hawksiana, en el estadio de los Browns. Solo que ahora ya no hay treinta mil espectadores ululantes y enfervorizados. Las gradas están vacías, el partido ha acabado, el vestuario desierto, un par de cuidadores apuestan al par o impar, con trampas, sobre el número de las arrugadas y sucias camisetas de los jugadores. En el césped, con unos pocos focos iluminando tenuemente el terreno de juego, se reencuentran Harry Hinkle, el verdugo y supuesta víctima, y Luther Boom Boom Jackson, la víctima y el supuesto verdugo. Hinkle ha sacrificado todo e, incluso, misóginamente, ha despedido con una patada a su mujer, por defender de un insulto al ausente y derrotado Jackson. Éste no está airado ni enfadado; solo quiere irse lejos y beber un trago largo y amargo. Hinkle quiere algo más y le lanza un balón a Jackson. Éste saca el profesional que tiene dentro, acelera, finta, golpea y derriba a Hinkle, que intenta - están jugando, otra vez fingiendo - detenerle; y Jackson corre, corre, hasta la línea de fondo y anota el touchdown. Cuando se vuelve, descubre con terror a un caído Hinkle que finge repetir la historia. Algo ha surgido entre estos dos golpeados, solitarios e ingenuos seres humanos. Amistad. En el estadio en penumbra recuperan la infancia, el juego, la complicidad de la intimidad, se pasan el balón, se jalean, mientras desde la grada los contemplan curiosas dos empleadas de la limpieza.


Ésa es la frontera de Wilder, la precariedad del futuro de las relaciones humanas, de la amistad o del amor. No sabemos si los Browns de Cleveland repescarán a Boom Boom Jackson o si la CBS decidirá o no despedir a Hinkle cuando sepa que ha intentado estafarlos. No creo que los personajes wilderianos busquen la felicidad; la perdieron irremisiblemente en algún rincón oscuro de la vida.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Tus post sobre distintos aspectos, miradas, personajes y películas de Wilder me gustan. Los disfruto.

Me gusta mucho Wilder. El otro día, casualidad de las casualidades, ahí estaba yo viendo una de Wilder, ARIANE.

Y esta vez en lo que más fijé y lo que más me provocó... fue ese grupo de cuatro músicos gitanos... Me río cada vez que los recuerdo... y no dicen ni una sola palabra pero su presencia impregna esa delicia que se llama ARIANE.

Quedamos en el siguiente post

Besos
Hildy

39escalones dijo...

Tres cosas, por completar con algo más que nada este magnífico texto marca de la casa: la elección de Cleveland, una de esas ciudades americanas impersonales, simple cúmulo de cemento y vidrio en mitad de ninguna parte; el hecho de que Boom Boom sea negro, lo cual implica una visión crítica tambíén del racismo americano latente (en plena época de la lucha por los derechos civiles) en aquellos pasajes en los que se retrata su servilismo, y finalmente el hecho de que, yo también lo creo, estos personajes no luchen ya por la felicidad, sino por una digna resignación, por recolocar las piezas de la forma más resultona e indolora posible para seguir tirando.
Abrazos, amigo.

Raúl dijo...

A esto lo llamo yo una buena reseña. Sí señor.