viernes, 24 de febrero de 2012

Embrujos y promesas


La verdad se inventa pero la invención se fomenta, aunque sea en los urinarios de una sala de cine. Como no podría ser menos, también la fragua de El embrujo de Shanghai de Juan Marsé. De nuevo es una imagen, recurrente desde que Marsé era un niño, la que convoca la anécdota germinal de la que habría de partir la escritura hacia no se sabe dónde, solo con la seguridad de que quien la evoca tiene, como el personaje que encarna Forcat en El embrujo de Shanghai, el don de hacernos ver lo que cuenta. Dice el autor: "Entré cierta vez en los lavabos de un cine de barriada y me encontré con un hombre vestido de gabardina y sombrero, que metía un cargador en la culata de una pistola con un golpe seco de la palma de la mano. Mi imaginación trasladó luego a este personaje real hasta la guerrilla urbana que operaba en aquella época...".

A pesar de la sorpresa que supuso el cambio de género, lo que se mantuvo fue el lema que preside la historia, convertido en fundamento de El embrujo de Shanghai: "La vida no es como la esperábamos porque traiciona mucho". La sentencia oculta el relato de un desengaño, tanto personal como de las gentes de su generación, esforzados individuos que en sus años de juventud lucharon con el entusiasmo, la fuerza y la generosidad que lleva implícita esa etapa de la vida, para luego acabar traicionados con el paso de los años, encargados de atenuar, incluso de aplastar aquellos ideales. Recorren la historia verdaderas sombras autobiográficas, nada nuevo en el horizonte, pero el poder que la palabra adquiere en Marsé convierte la novela en ficción pura.

En esta ocasión, el hilo argumental gira en torno a las fábulas con las que fantasean unos jóvenes cuyas vidas empiezan a ser un viaje a ninguna parte. El embrujo de Shanghai no se encuentra tanto en la presentación de la vida real como en la de la imaginada, tal vez la única vida verdadera a juzgar por el cúmulo de promesas perdidas. Lo único inalterable en tales circunstancias es el mundo de la fantasía, más rico cuanto más embrutecido resulta el real, amparado en las sucesivas idas y venidas de los maquis que llegan desde el otro lado de la frontera para animar la vida gris del barrio barcelonés en la época de las ofensas. El personaje del capitán Blay, ya conocido por el lector en entregas precedentes, con su cabeza vendada y sus suspicacias sobre los escapes de gas que están a punto de hacer volar toda la ciudad, se pasea por el barrio sacudido aún por los estertores de la guerra perdida y acompañado por los espectros gimientes de sus hijos muertos.


El pequeño Daniel, huérfano de padre y aprendiz de joyero, como lo fue el propio Marsé, se convierte en su sombra y le escolta a través de aquellas calles póstumas, en las que conocerá a los hermanos Chacón, que son quienes custodian la verja de entrada de la casa en la que convalece Susana, una niña enferma de los pulmones, hija de Anita, bella y ajada taquillera de cine. Pronto llegará a la casa su amigo y compañero de viaje llamado Forcat, un revolucionario, huido del país y nimbado por el fulgor mítico de los furtivos, que narrará a los niños la arriesgada aventura que emprendió en Shanghai. Con ella, se intercala, convertido en una ráfaga de aire fresco en el aire viciado de la postguerra, el relato de la aventura de un Kim traspasado por el aura mítica de los héroes lejanos, cuando embarcó rumbo a Shanghai, la China convertida en un cuento chino dentro de una caja china, para cumplir una arriesgada misión entre pistoleros. Una aventi que sigue muy de cerca  algunos de los títulos del cine clásico que continúa fascinando a Juan Marsé: El expreso de Shanghai (1932) y El embrujo de Shanghai (1941), ambas de Josef von Sternberg, y  La dama de Shanghai (1948), del también genial Orson Welles, en cuyo final sigue encontrando Marsé su frase predilecta dentre del séptimo arte: el momento en el que el marinero irlandés Michael O' Hara (Orson Welles) se dice a sí mismo después de salir mal parado por su aventura con Elsa Bannister (Rita Hayworth), "creo que lo más sensato que los hombres hacemos en este mundo es envejecer. Así que mejor será que me dedique a ello desde ahora mismo".


El cine como pretexto y la palabra como paratexto. Tan importantes llegan a ser los paratextos para Marsé y éstos son piezas cotidianas de juego y se instalan de forma indistinguible, e incluso fundamental, en la ficción. Aquí también el recurso acaba convertido en arte.
Víctor Erice trabajó durante cuatro años en uno de los guiones más sólidos y fascinantes de los últimos tiempos pero todos sabemos que no llegó a realizar la  película por culpa de un productor ciego y mentecato. Recomiendo la lectura de este guión publicado por la editorial Areté, a mi juicio, superior a la novela.

 Un cierto productor quedó embrujado por Fernando Trueba que convirtió su El embrujo de Shanghai en una película  fallida y olvidable. No tuvo ni la posibilidad de quedarse en una promesa.

4 comentarios:

Sir John More dijo...

Me gustó muchísimo más el guión de Erice que la novela de Marsé, que me pareció algo sosa y desvaída, aunque el mismo Erice me dijo una vez que la novela de Marsé le había encantado. Leyendo el guión de Erice uno puede ver la película. Me alegro mucho de leer tu entrada, porque ya pensaba que ese asco por determinados productores de este país, con Querejeta a la cabeza, por supuesto, era sólo una manía mía... Saludos.

Francisco Machuca dijo...

El primero en admitir que el guión es superior a la novela fue Marsé y estoy totalmente de acuerdo con lo que dices.Leí en guión mucho después de haber leído la novela y consolidó el desprecio que siento por los productores españoles.También todos conocemos la trifulca monumental que tuvo Javier Marías con Querejeta.Es caso Erice es una de las grandes vergüenzas de este país,amigo.Un director único,un artista como pocos.Que uno de nuestros directores más dotados no haya podido rodar desde que hizo El sur,habla de la ceguera del cine español.Después te dicen que el problema del cine español es la piratería,pero nadie se atreve a decir que es realmente la falta de talento.
Bienvenido.

V dijo...

La novela de Marsé no esta nada mal. El guión de Erice,qwue se que se publicó no llegué a leerlo.
Lo que le hicieron a Erice no tiene nombre. Una tropelia en dos fases.Primero la gran faena de cortar en seco un proyecto largamente acariciado. Un auténtico dislate que forma parte de las páginas mas negras de nuestro cine.
El segundo dislate es la película de Trueba,que en vez de negarse en rotundo,hace un film descafeinado y sin alma. Pues nada, que viva el cine español.Un saludo.

39escalones dijo...

El caso Erice es LA VERGÜENZA del cine español. Y ese productor, o algo parecido, es LA OTRA VERGÜENZA junto a su socia. Trueba es uno de esos directores cuyo nombre, sostenido sobre todo por el apoyo mediático de un grupo de comunicación muy concreto, está por encima de la calidad última de su cine. Es un gran cinéfilo que, en mi opinión, no consigue trasladar su amor al cine a sus propias películas.
Abrazos