Bien pensado, los días
de juventud valen mucho
para no darles un alto precio.
Si fueron ricos en fuego y en acción y disponibles
para todo (...)
Si fuiste
fracaso, anhelo y soledad y reserva
de la chispa que enciende bosques
y no sólo
proyecto avaro de ganancias
de hipócrita dominio,
sobre todo si fuiste
puro en lo puro
diré que has dado
la medida de un hombre.
Joan Vinyoli, La medida de un hombre
Si tuviera que elegir dos de mis relatos favoritos eligiría La muerte de Iván Ilich y ¿Cuánta tierra necesita un hombre? ambas de Liev Tolstói.
El primero trata de un hombre común y corriente que en su persona y profesión aspira sobre todo a sentirse cada vez más a gusto, sin otros sinsabores que los mínimos que inevitablemente concurren en toda vida humana. Y poco a poco su aspiración va convirtiéndose en realidad hasta que un accidente, al parecer sin importancia, provoca una dolencia física que los médicos no aciertan a diagnosticar con exactitud. Al seguir empeorando, causa al paciente dolores cada vez más insoportables. Pero es cabalmente el intolerable dolor físico y la espeluznante intuición de la muerte cercana lo que empuja a Ivan Ilich a un inmisericorde examen de conciencia, a revisar en un gradual regreso mental a su infancia las diversas etapas de su vida. Tal revisión le persuade de que, de hecho, su vida mal vivida, como a decir verdad, lo ha sido también la de sus familiares y colegas, y que lo que con tanto ahínco y apremio había deseado alcanzar en sus diversas funciones de juez, marido, padre de familia y ente social había sido un espejismo o una voluntaria y falsa percepción de la realidad, peor aún, una fruslería.
En esta historia cuenta que un gran señor muy generoso a quien un hombre pobre había hecho un favor diciéndole a este último que caminara tanto tiempo como pueda y toda la tierra que haya circunscrito sus pasos sería suya para siempre. El hombre se puso enseguida con mucho cuidado a recorrer primero un círculo limitado y después ampliándolo en cada vuelta. Caminó noche y día, estaba agotado, había perdido la noción del tiempo y del espacio, pero no quería dejar de andar.
Al final cayó exhausto sobre el suelo y se murió.
Quienes lo encontraron cavaron un hoyo con las dimensiones exactas de su cuerpo.
Era su parte de tierra.



3 comentarios:
Pues son dos historias imperecederas, que si se publicaron hoy en día por primera vez valdrían su peso en oro.
Ya sabía yo que no estarías mucho tiempo parado...
Si el hombre necesitara tierra, sería un geranio.
Abrazos
Un hombre sólo necesita la tierra que pisa en casa instante, es decir, la de la longitud y anchura de sus pies.
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