"Cuando cada uno de los comensales el aparcacoches le acercaba el Audi, el Mercedes o el BMW, Rafael Azcona se despedía del grupo en la acera blandiendo con orgullo de residente el bonobús de jubilado y se dirigía a la parada. (...) Azcona decía que la gran comedia en el cine italiano murió el día en que los guionistas se hicieron ricos y dejaron de ir en autobús."
Manuel Vicent, Póquer de Ases
En la trayectoria creativa de Rafael Azcona abundan los pobres desde sus inicios en la mítica revista La Codorniz, que coinciden con una época en la que, como afirmó Fernando Fernán-Gómez, "los pobres se pusieron de moda" en la literatura y el cine. Azcona piensa que "todos somos más o menos paralíticos y más o menos estúpidos", pues "hay que ser definitivamente imbécil para creer que uno es perfecto". Su novela Paralíticos pronto se convirtió en El cochecito (1960), de Marco Ferreri.
En la España de los cincuenta no había discapacitados físicos sino tullidos. Abundan en la obra de Azcona como en la de otros colaboradores de La Codorniz. Recuerdo el caso del añorado y genial Miguel Gila o el más tardío de Manuel Summers. Pero esta proliferación de cojos y mancos no pretende recrearse en los grotesco. Tampoco es siempre una invitación al humor, aunque sea el mal llamado "negro". Es también una metáfora, a la que ha aludido en varias ocasiones Azcona. Según él, todos, de una forma u otra, somos paralíticos, en el sentido de imperfectos. Y en una literatura como la suya, sin héroes o seres perfectos, los paralíticos alcanza un notable protagonismo.
Don Anselmo lo pretende ser para combatir así otro mal mayor: la soledad, especialmente dolorosa cuando se trata de un anciano. Jubilado y viudo, vive en la casa de su hijo y de su pasado sólo sabemos que lo tiene. Es, por lo tanto, un viejo. Molesta, va de un lado para otro y sólo encuentra compañía en su amigo Lucas, un paralítico propietario de una lechería. Pero la "pueril alegría" de quien acaba de comprar un vehículo para inválidos contrasta con la preocupación de don Anselmo, que teme perder al único amigo con quien podía hablar. Intenta seguirle: van juntos al cementerio, pero Lucas pronto descubre que puede ir a otros sitios más divertidos y hacer nuevas amistades. Ya no depende de don Anselmo, quien se queda arrinconado e "inválido"; más que su amigo: "Ahora el paralítico era él; el paralítico, el inválido y el impedido". Se siente excluido. Se inicia así un proceso hacia la soledad, que tanto preocupaba a Azcona y Ferreri. De ahí surge la obsesión del anciano por tener un "cochecito", aquello que le permitirá escapar de una soledad que amenaza con ser definitiva.
Una obsesión absurda y lógica al mismo tiempo. Sonreímos al ver las estratagemas urdidas por don Anselmo para demostrar su progresiva invalidez, pero comprendemos que detrás de ellas se encuentra la necesidad de seguir disfrutando de compañía, de escapar de una soledad en la que dejaría de ser alguien. De ahí su rebeldía con respecto a una familia que no le comprende y su reafirmación en una voluntad que choca con la de su hijo. No duda, a la hora de apropiarse de unas joyas, empeñarlas y convertirse en "cliente" de una ortopedia con "el escaparate lleno de complicados bragueros, de estremecedor instrumental quirúrgico y de repulsivos miembros ortopédicos". También está "el cochecito", el modelo más caro y, por las apariencias, mejor que los Biscuter de la época, que no tenían marcha atrás y no necesitaba capota, pues según el genial Miguel Gila sobraba con la boina del conductor.
Miguel Gila
Don Anselmo lo compra y consigue la independencia, que le abre nuevas posibilidades en compañía de los inválidos: meriendas campestres, excursiones, carreras... Sabe que es absurdo - no chochea como piensan sus familiares -, pero comprende que no le queda otra alternativa para evitar la soledad. Decide, pues, ser tan egoísta como quienes le rodean y se han comprado uno de los primeros "seiscientos", tal vez menos necesario: "Don Anselmo acababa de descubrir junto al placer de desplazarse sin mover los pies, el vicio de la velocidad." Ese egoísmo, o la necesidad de defenderse, le lleva a envenenar a su familia: "Ya no podía esperar más; ya no se sentía criminal. Lo iba a hacer en defensa propia. Tenía que salir a la calle, comprar veneno y eliminar a su familia, a aquella familia que ya no era suya". Echa los polvos en el puchero y, tras esconderse en la cama, termina saliendo en su flamante vehículo. Se arrepiente, pero ya es tarde. Cuando regresa se están llevando a todos al hospital. Llora y se limita a preguntar: "Oiga, dígame... ¿A la cárcel... a la cárcel se puede llevar... el cochecito?". En realidad, no le queda otra cosa.
No creo conveniente entender este final, censurado en la adaptación cinematográfica, como un asesinato o un caso de la crónica de sucesos. Sería tanto como desviar la atención con respecto al fondo de la cuestión: la licitud de un egoísmo cuyas consecuencias son absurdas o trágicas, pero que no es en esencia direrente al del resto de la familia. Comprendemos a don Anselmo con independencia de que asesine o no a quienes le impiden disfrutar de su vehículo. Queda la imagen de un personaje desvalido y obsesionado, arrinconado por la incomprensión de sus familiares y que se defiende de manera trágica. Que los polvos terminen haciendo o no su efecto es, realmente, secundario.
Los dos finales, el original y el impuesto por la censura cinematográfica, expresan la amargura del retrato de un anciano cuya imagen nos cuesta separar de la del gran Pepe Isbert (en breve le dedico un homenaje). Tal vez su genial interpretación haga más entrañable el personaje y reste algo, muy poco, de su carga corrosiva. En esa misma dirección también se sitúa el desenlace de la película, con la inolvidable imagen de una carretera solitaria al amanecer surcada por el cochecito, flanqueado por dos guardia civiles en bicicleta. Pero dista mucho de ser un final feliz. No lo puede haber para un anciano que ha agotado su última oportunidad de ser independiente, disfrutar de compañía y espantar el temor a la soledad.
Volverá a casa, perderá el cochecito y morirá.




5 comentarios:
... De Rafael Azcona (además de todas las visiones tan interesantes que nos estás dando) además de los guiones de sus películas, atesoro un recuerdo.
Una conferencia en el centro cultural de la villa (bajo la cascada) en Madrid... la sala llena. Y en tan sólo un minuto, nada más empezar a hablar, se metió a la audiencia en el bolsillo. Todos reíamos, aplaudíamos y deseábamos que no dejara de hablar...
Eramos de todas las generaciones posibles y todos encantados de escucharle.
La conferencia versaba sobre cine y neorrealismo... y corría el año 2007.
Una de las cosas que expresó es que el mejor género que muestra la historia de España es la tragicomedia.
Besos y gracias
Hildy
Esa foto de la pareja de la guardia civil acompañando al cochecito no tiene precio. El análisis revela que el cine españolde los 50 no ers tan cutr como se decía. Algunos pensaron que el cine de verdad llegaría con la democracia.Como si antes no se hubiesen hecho películas que no hamn sido superadas.
Cuanto me hubiese gustado asistir a u8na de esas conferencias. Estostextos tuyos son auténticas joyas.Un saludo.
Magnífico texto, Paco. Yo en esta presencia de los tullidos, de los marcados físicamente por la desgracia, además de su simbología metafórica en relación con el estado del país, veo una continuación en la tradición literario-estético española, desde la picaresca a Goya, desde Velázquez a Buñuel. Lo que viene a ser España, como bien sabía don Miguel (de Cervantes, sí, pero también don Miguel Gila -superviviente de fusilamiento-).
Abrazos
Cuánta razón tiene Hildy en lo de la tragicomedia.
Gracias por recordarme a Gila, estuvimos ayer viendo algunos de sus videos, fue estupendo.
Besos
Que por cierto: qué sublime el recordatorio de Vicent y la aseveración de Azcona. Qué buena... ¡¡Y qué cierta!! Mira el cine italiano hoy...
Abrazos
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