jueves, 8 de marzo de 2012

Las ciudades invisibles



Las ciudades invisibles está compuesta por una serie de anécdotas de viaje imaginarias que Marco Polo, el explorador veneciano, le cuenta al emperador mogol Kublai Khan. Cada uno de los cincuenta y cinco capítulos describe una ciudad fabulosa y cada uno contiene un acertijo o un enigma conceptual o filosófico.
Zemrude, por ejemplo, es una ciudad que cambia según el humor del espectador. Está dividida en una parte superior y otra inferior, con los alféizares y las fuentes arriba, y las pepeleras y alcantarillas abajo. El mundo superior es conocido sobre todo gracias a la memoria de aquellos cuyos ojos contemplan ahora el mundo inferior. En Diomira, uno envidia a aquellos otros visitantes a quienes la ciudad les infunde melancolía, etc.
Kublai Khan encuentra en las historias del veneciano materia para trascender su imperio efímero y terrenal. Y en el arte que reflejan, consigue discernir, "a través de las murallas y las torres destinadas a desmoronarse, la filigrana de un sueño tan sutil que escapa a la voracidad de las termitas." Marco Polo, por su parte, inventa ciudades según un principio redentor: "Estoy reuniendo las cenizas de las otras ciudades posibles que se desvanecen para hacer sitio a la ciudad única y definitiva: ciudades que nunca podrán ser reconstruidas o recordadas."

Es un bello libro del siempre magistral y amado Italo Calvino. No hay excusa posible para no leerlo. Y como prueba de ello, dejo aquí unos relatos extraídos del libro que considero mis favoritos. Que os aproveche.


Si queréis creerme, bien. Ahora diré cómo es Octavia, ciudad telaraña. Hay un precipicio entre dos montañas abruptas: la ciudad está en el vacío, atada a las dos crestas por cuerdas y cadenas y pasarelas. Uno camina por los travesaños de madera, cuidando de no poner pie en los intervalos, o se aferra a las mallas de una red de cáñamo. Abajo no hay nada en cientos y cientos de metros: pasa alguna nube, se entrevé más abajo el fondo del despeñadero.
Ésta es la base de la ciudad: una red que sirve para pasar y para sostener. Todo lo demás, en vez de alzarse encima, cuelga hacia abajo: escalas de cuerda, hamacas, casas en forma de bolsa, percheros, terrazas como navecillas, odres de agua, picos de gas, asadores, sestos colgados de cordeles, montacargas, duchas, trapecios y anillas para juegos, teleféricos, lámparas de luces, tiestos con plantas de follaje colgante.
Suspendida en el abismo, la vida de los habitantes de Octavia es menos incierta que en otras ciudades. Sabe que la resistencia de la red tiene un límite.


 Después de andar siete días a través de boscajes, el que va a Baucis no consigue verla y ha llegado. Los finos zancos que se alzan del suelo a gran distancia uno de otro y se pierden entre las nubes, sostienen la ciudad. Se sube por escalerillas. Los habitantes rara vez se muestran en tierra: tienen arriba todo lo necesario y prefieren no bajar. Nada de la ciudad toca el suelo salvo las largas patas de flamenco en que se apoya, y en los días luminosos, una sombra calada y angulosa que se dibuja en el follaje.
Tres hipótesis circulan sobre los habitantes de Baucis: que odian la tierra; que la respetan al punto de evitar todo contacto; que la aman tal como era antes de ellos, y con largavistas y telescopios apuntando hacia abajo no se cansan de pasarle revista, hoja por hoja, piedra por piedra, hormiga por hormiga, contemplando su propia ausencia.


Lo que hace a Argia diferente de las otras ciudades es que en vez de aire tiene tierra. La tierra cubre completamente las calles, las habitaciones están repletas de arcilla hasta el cielo raso, sobre las escaleras se posa en negativo otra escalera, encima de los techos de las casas pesan estratos de terreno rocoso como cielos con nubes. Si los habitantes pueden andar por la ciudad ensanchando las galerías de los gusanos y las fisuras por las que se insinúan las raíces, no lo sabemos: la humedad demuele los cuerpos y les deja poca fuerza; les conviene quedarse quietos y tendidos, de todos modos está tan oscuro.
De Argia, desde aquí arriba, no se ve nada; hay quien dice: "Está allá abajo, y no queda sino creerlo; los lugares están desiertos". De noche, apoyando la oreja en el suelo, se oye a veces golpear una puerta.

Las ciudades invisibles, de Italo Calvino. Editorial Siruela. Traducción de Aurora Bernárdez.

6 comentarios:

Emilio Calvo de Mora Villar dijo...

He estado demasiado tiempo sin leer como solía leer yo cuando leía. Ahora, Paco, leo menos. Digo leer novelas, perderme en novelas, salir de aquí e ir a otro sitio, a lops lugares de las novelas. Tengo unas cuantas preparadas y de pronto me he dado cuenta de que lo que de verdad me gusta, bueno, ya lo sabía, es releer lo que en su día, o en sus noches, me hechizó. Leí Las ciudades invisibles hace un par de veranos, no creas que más. Tarde, lo reconozco. A lo mejor me da por volver a ese mundo fantástico, inasible a la razón y a sus perros. Un abrazo de los grandes.

Juan Herrezuelo dijo...

Lamentablemente yo tengo una edición muy poco atractiva, muy poco manejable, en un papel infame, la que salía con El Mundo: no por ello dejó de fascinarme, claro, pero es un libro que pide una edición manejable, para llevártela contigo, una edición que aguante el baqueteo de leer sus páginas una y otra vez. Los de Siruela son libros así, muy cuidados. Léete -si no lo has hecho ya, voraz lector- "Colección de arena", una serie de artículos muy en "Calvino".
En aquel libro del que traté al principio de mi aventura en este medio, "Guía de lugares imaginarios", se reproducen varias de esas ciudades invisibles. Y está la magnífica traducción de Aurora Bernárdez.
Una lectura obligada, amigo.
Un abrazo.

V dijo...

Es que en Calvino se combina con enorme maestría la excente prosacon una imagínación y una forma de contar que atrapa sin remedio.No haylibro suyo que no deje un sabor de boca extraordinario. Hace mucho que leí esto que hoy nos traes.Una delicia.Un saludo

Antonio dijo...

Es un magnífico libro de un brillante creador. Es de esos libros a los que uno vuelve inevitablemente con el paso del tiempo. Un libro que siempre tiene algo que decir.

Licantropunk dijo...

Qué curioso libro, qué raro. ¿Curioso? ¿Raro? A apuntar.
Saludos.

Raúl dijo...

Una de las obras más ocurrentes, atemporales y valientes que he leído jamás.