viernes, 2 de marzo de 2012

Sherman y la canícula


Esa imagen, que ha dado la vuelta al mundo y se ha posado en miles de despachos y habitaciones - entre estos últimos, el mío -, pertenece a una película espléndida, de título español absolutamente certero: La tentación vive arriba (1955), mejor que el original The Seven Yeart Itch, que cabría traducir como La picazón del séptimo año.
La historia, según lo que contemplamos en la película, es la de Richard Sherman (Tom Ewell), un neoyorquino tranquilo, ejemplo típico del norteamericano medio - y de su represión sexual -, que lleva siete años casado, durante los cuales no se ha separado prácticamente nunca de su mujer, Helen, ni de su hijo de seis años, Ricky, pero a los que acaba de despedir en la estación, camino de unas vacaciones que él, por exigencias laborales, no podrá compartir, y durante las cuales se convertirá en lo que en España conocimos antaño como rodriguez, como tantos hombres casados que han de pasar solos la canícula del mes de julio, la peor para los neoyorquinos.

Pertrechado con las mejores intenciones  del mundo, sin beber porque así se lo ha exigido el doctor Summers, y sin fumar por indicación del doctor Murphy, ambos consultados bajo la supervisión de Helen, y con una desbordante imaginación, que anima su trabajo en Brady & Co. como editor de novelas baratas - "Hay tipos con los pies planos. Otros tienen caspa. Yo tengo imaginación", dice de sí mismo, en un momento de la narración, que en buena parte de la película recurre al off y a la primera persona -, Sherman se encontrará con que, para su embobada sorpresa, los vecinos de arriba, los Kauffman, han dejado su apartamento a una rubia simpática, acaso un poco simple, pero bendecida por la madre naturaleza esculturalmente excepcional. La rubia, de Denver (Colorado), que pasa su primer verano en Nueva York, es la chica de la pasta de dientes Dazzledent, con la que "puede desayunar cebollas y tomar salsa de ajo, sin que él se entere al besarla".

Sherman lo sabe todo de ella, incluso que posó para una fotografía artística en bikini, desde su primera cita porque, llevado de un impulso irresistible, la invita a tomar una copa en su casa, aprovechando que en la ciudad hace un calor infernal y que mientras él cuenta con aire acondicionado en todas las habitaciones, su vecina, asfixiada por la temperatura, carece de refrigeración y ha de contentarse con meter la ropa interior en la nevera. La película transcurre entre dos líneas artificiales, irrenunciablemente cómicas. La simpleza excesiva del personaje de Marilyn y la imaginación desbordante de Sherman, que utiliza como arma de seducción, junto a un batín de seda con pañuelo al cuello y las sienes plateadas del amante profesional, a Rachmaninoff, en particular el Concierto nº 2 para piano. "Esto debe ser música clásica", dice ella, contenta con su cultura, para explicar a continuación: "Lo he adivinado porque no cantan".


 Tras la frustrada maniobra de seducción - tocando una lección de solfeo y sobre el mínimo territorio del taburete del piano -, el aterrizaje inesperado de una tormenta sobre la terraza de Sherman y más concretamente sobre la hamaca donde éste leía el tercer capítulo del manuscrito del doctor Brubaker- maravilloso Oscar Homolka, como psiquiatra de diván, capaz de hacer un diagnóstico completo a cincuenta dólares la hora, viendo simplemente el movimiento incontrolado del pulgar de Sherman -, El hombre y el inconsciente, específicamente titulado "Los instintos reprimidos de los hombres de mediana edad, sus orígenes y sus consecuencias", vuelven a reunir a los dos vecinos. Mientras Sherman, celoso porque se ha enterado de que Helen ha ido a una fiesta campestre, ha resistido imaginariamente, para compensar su frustración, los avances enfebrecidos de su secretaria, y abofeteado, para hacerle entrar en razón.

Wilder se quejaba, en su momento, de que no había conseguido de la censura de aquel entonces ni siquiera situar una mínima horquilla en la cama de Sherman, que diera pie a creer que había habido una posible efusión amorosa entre el inquilino de abajo y su ocasional vencina del apartamento de arriba. Sin embargo, precisamente porque todo queda en el terreno de la más blanca inocencia - Marilyn, que pasa la noche en la cama de Sherman, mientras éste ocupa el sofá, le besa castamente, aunque en los labios, para demostrarle los efectos beneficiosos sobre el aliento del Dazzledent, y para despedirse de él cuando éste parte desesperadamente de la ciudad para encontrarse con su mujer -, la sátira sobre la sexualidad, y su manifestación cinematográfica, resulta mucho más completa, más honda y más cruelmente divertida. Es la crítica bumerán, capaz de complacer al representante del maldito código Hays de entonces y de provocar nuestra hilaridad  más de cincuenta años después.


Wilder supo explotar la confianza de Marilyn- que coqueteaba  por entonces con los Strasberg y el Actors Studio - y sacar ventaja. La película, con ella dentro, sigue siendo un claro tributo a sus condiciones de actriz y una joya chispeante y ácida, absolutamente wilderiana.

4 comentarios:

Raúl dijo...

¿Pero cómo puedes publicar dos entradas así en sólo 24 horas? No dejas que el personal de abasto. Joder.
Y como me he enfadado -en plan frívolo, "marilyense"- ya no te comento. ¡Ea!

Francisco Machuca dijo...

Ay,mi querido amigo.Son películas que he visto muchas veces y los textos salen de carrerilla.
Por cierto,el comentario que me dejas aquí es encantador.Me gusta mucho ese ¡Ea!tan de Sherman.

Un fuerte abrazo.

Kinezoe dijo...

Una joya de película, Francisco. Y Marilyn un encanto de chica.

Debo darte la enhorabuena por esta serie de entradas que le estás dedicando al maestro y sus películas. Aún me queda alguna por leer, pero las leeré con sumo interés. Wilder y Hawks son mis directores clásicos favoritos.

Un abrazo y buen fin de semana. Y te digo lo mismo que el primer comentarista. Jo, qué envidia poder escribir tanto y tan bien...

39escalones dijo...

A mí esta película me parece fallida, truncada. Es como un ensayo general para "El apartamento", pero sin poder llegar a las últimas consecuencias del guión (un texto con detalles espléndidos, por otra parte). Sin embargo, no me gusta nada el protagonista, Tom Ewell, y comparto con Billy Wilder su primera apetencia, que el actor que encarnó la obra en Broadway la hubiera protagonizado también en el cine, ya sabes, un tal Walter Matthau.
Abrazos.