"La Séptima Casilla es un bosque; no obstante, encontrarás un Caballero que te mostrará el camino".
Lewis Carroll, A través del espejo, capítulo II
El ajedrez permite una amplísima libertad de permutaciones dentro de un marco de reglas y movimientos prescritos. Como un jugador de ajedrez no puede mover las piezas absolutamente del modo que le plazca, tanto en lo que se refiere a las reglas como en lo que atañe a las exigencias de una partida en concreto, ¿se debe suponer que no tiene libertad de movimientos? La partida de ajedrez que yo en concreto libro con la existencia tiene reglas distintas de tu partida y de cualquier otra; la única similitud consiste en que nuestras partidas siempre tienen reglas que obedecer. Los dones heredados y adquiridos que me son privativos son las reglas de mi partida; la situación en que me encuentro en cualquier momento dado es la situación de la partida. Mi libertad es la posibilidad de elegir una acción y el poder de representar mi voluntad dentro de las reglas y la situación de la partida.

8 comentarios:
Uno vive, Paco, o malvive, en un caso menos dulce, afectado por unas reglas, sujeto a un tablero, movido por un jugador que no conocemos y que solo le valemos para rematar una partida. El jugador es el azar o la suma de los muchos azares. Los creyentes montarán arriba a un Dios pero el nombre carece de importancia. Y tampoco sabemos mover las piezas ni siempre nos anima la victoria, el jaque mate. Buen post, amigo.
Hola, Francisco y hola también a Emilio, no para abrir un debate sino simplemente para decirle que los creyentes (los de ahora) no creemos en un Dios de arriba ni que tenga que ver con un inmenso tablero y sus piezas. Volviendo a Paco a mí me pesa algo pertubador: Las tremendas manos de unas 10 familias en mi país que mueven 16 millones de piezas y siempre, siempre ganan. Y si un peón se acerca a la reina le aplica el rigor de la ley de seguridad de la nación.
... El ajedrez es un juego plagado de buenas metáforas.
Siempre ha estado muy presente en mi vida no porque sea una jugadora sino porque ha sido una de las pasiones vitales de mi hermano mayor (de los cuatro que somos, los cuatro aprendimos las reglas del juego y cómo mover las fichas pero fue el mayor el que lo convirtió en una pasión). Así que en casa de mis padres siempre hubo distintos tableros y ahora en la casa de mi hermano siguen más tableros y fichas...
Tu texto me ha traído a la cabeza una novela que se titula AJEDREZ de Rubén Gallego que me gustó bastante.
Por cierto la presencia del ajedrez en el cine y en literatura es la mar de interesante.
Besos
Hildy
Y hablando de metáforas... Yo siempre he preferido jugar a las Damas...
Abrazos
Y Borges. Hoy he vuelto a su poema.
El hecho de que la séptima casilla sea un bosque abre todo un abanico de posibilidades: tal vez la quinta sea un descenso del módulo lunar, tal vez en la octava el caballo adquiera la virtud de saltar no en forma de ele mayúscula, sino de eme o de ocho, o se desboque y no haya manera de gobernarlo. Qué diablos: tal vez en lugar de jaque al rey podamos dar un órdago a la grande...
Un abrazo.
Menos mal que no es muy largo porque lo he tenido que leer tres veces, ja, ja. Muy bueno: Bergman se ha removido en su tumba, fijo. En fin, en el ajedrez empiezas con todo bien colocado, centradas las piezas en los escaques, todas mirando hacia delante: ¡allá vamos!¡toma apertura catalana!: los buenos propósitos, las esperanzas, ay. Siempre te acaban comiendo alguna pieza y siempre, so cabrón, te comes la de alguien y si por casualidad ganas la partida, pues eres el rey de un páramo desolado, con las acequias anegadas de cadáveres.
¿Ajedrez? No, gracias. Mejor el mus y mentir como un bellaco, blasfemar como un carretero y reír como un corsario. Y ponme otro güisqui, carajo!
Saludos.
¿Es libertad la posibilidad de movernos sólo en un número limitado de opciones?
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