A la memoria de Ray Bradbury (1920-2012)
Waukegan, en el estado de Illinois.
Pocos seres llevarán (o habrán llevado) tan entrañablemente archivada una ciudad dentro de sí, y pocos escritores, igualmente, la habrán tenido tan presente, con tanto amor y agradecimiento, a lo largo de su obra, como Ray Bradbury a Waukegan. Porque para Ray, Waukegan no es únicamente la porción de tierra donde nació: es más, mucho más aún. Un mundo, casi mágico, lleno de ilusiones, de rabiertas, de experiencias inolvidables, de desengaños también, pero, sobre todo, de recuerdos. Waukegan es el planeta favorito de Ray. Y no es para menos, porque es el planeta de su infancia. Una botella, una bodega repleta de botellas, llenas y bien taponadas - sólo para abrirlas en las grandes ocasiones; y así hay que hacerlo, para que no pierdan el aroma -. Botellas empolvadas y sin etiquetas, que guardan cosechas de los años felices; que esconden el universo (de cien, de mil, de un billón de dimensiones) de algo tan fascinante, trágico y maravilloso como es un niño. Cuando Ray abre estas botellas - cosechas de 1927, 1928, 1931... -, y se sirve una copa (para lo cual es necesario que baje al sótano de su casa de Los Angeles y se cubra con un guardapolvos), el vino del pasado se le desborda por todo el cuerpo, se le desparrama de la cabeza a los pies, y le inunda de nostalgia, alegría y tristeza. Los primeros juegos. La escuela. El miedo a la noche y al silencio, con la cabeza oculta por las sábanas. Las vísperas de los grandes días, de las fechas ardientemente esperadas - la salida del número de un cómic, el estreno de una película, la emisión de un programa radiofónico -, cuando uno no piensa más que en que llegue al fin ese maldito día... Entonces surgen, gracias al vino de Waukegan, las maravillosas tiras de dibujos empaquetadas en un viejo baúl: las aventuras de John Carter, en Marte, de Tarzán de los monos, de Buck Rogers y del Príncipe Valiente. Y desde cada viñeta coloreada, llegan, ruidosos, a todo volumen, los amados programas de radio, que eran capaces de dejar a un chico sin pestañear durante una hora, y el tibio y dulce recuerdo de las películas de Jack Hoxy, y de Lon Chaney arrastrando la joroba por un Notre-Dame de cartón piedra, y de los policías de la Keystone, que se pasaban la vida corriendo.
Las botellas de Waukegan contienen también, ¡cómo no!, miles de helados de vainilla, envases rebosantes de zarzaparrilla y esperadísimos postres de tarta de manzana o de frambuesa; esos que, desde que uno los empieza a oler en el horno, a media mañana, hasta que se los come, parecen haber estirado el tiempo, haciéndolo eterno. Y cada sorbo de ese vino tan especial, es volver a jugar hasta que el sudor empapa la camisa - y hay que cubrirla con un jersey para no coger frío -, y las mejillas se ponen encarnadas; y volver, ¡cómo no!, al primer amor, a la novia de nueve años, esa novia cuya sonrisa, al anochecer, se concentra en unos ojos alegres y brillantes.
En los mapas, Waukegan es un punto apenas visible de los Estados Unidos, donde una pequeña marca indica hoy que sus habitantes casi llegan a los setenta mil. Pero para Ray, Waukegan siempre será un pueblo envuelto en cosechas de trigo, de maíz, de cebada y de dientes de león. Un diminuto reino de porches, hamacas, puertas de tela metálica y desvanes silenciosos, de los que cada año - y por riguroso turno - las madres van sacando la primavera y el otoño, el verano y el invierno.
Waukegan está rodeado por un río, un lago, un bosque y una enorme pradera. El río es pequeño, de aguas frías y trasparentes, y siempre huele a nieve. El lago es el hijo predilecto del gran Michigan, nada menos, y su color es azul por las mañanas y verde por las tardes. El bosque, espeso y de altos árboles, es el pulmón por donde respira toda la ciudad. Y la pradera es ya una pradera sin búfalos, claro, aunque de vez en cuando el aire nos traiga sus mugidos. Pero en todos estos lugares, todavía los niños, si se fijan bien (como hizo el pequeño y poeta Ray Bradbury), pueden ver las huellas de mocasines dejadas por los algonquinos (con su gran jefe Pontiac a la cabeza), y hasta otra clase de huellas, hechas con botas de cuero: aquellas de los piratas barbudos que bebían grandes barricas de ron. Fue aquí, en el bosque y en el río, en la pradera y en el lago, donde Ray se dio cuenta, por primera vez, de lo que significaba vivir. De que estar vivo era oler el aire, sentir la lluvia, mirar los colores, oir cantar a los pájaros, y notarlo todo, aprehenderlo todo, de tal forma que pareciera que siempre iba a ser así.
Waukegan, cinco sentidos recién abiertos al universo; el primer álbum de coleccionar sensaciones. Waukegan, un caleidoscopio inacabable de ruidos, olores, sonidos, imágenes, lugares, palabras... Ray vuelve a taponar la botella y se quita el guardapolvos, en el sótano de su casa de Cheviot Drive, en Hollywood, flota un olor a viejas canciones de Al Jolson y a intrépidas aventuras de Flash Gordon. Un segundo antes, tranvías de color naranja tintineaban por las calles de Waukegan, en lugar del inmenso atasco de tráfico y el oxidado cuenco de un radiotelescopio montado sobre una cumbre cercana, plato de mendigo tendido hacia el banquete del universo.
Todas la imágenes pertenecen al gran Andrew Wyeth






11 comentarios:
Qué grande, Francisco!
Nombrar al infalible Bradbury enseguida te transporta a esa niñez de ciencia ficción que se mezcla con la realidad, como solo podemos hacerlo cuando somos niños.
Además de las imágenes de Andrew Wyeth están las que se desbordan de las palabras de un texto muy rico en colores, aromas y nostalgia.
Siempre es bueno tener un librito (cariñosamente) de Ray escondido en algún rincón de la biblioteca.
Saludos!!
Hermosísima entrada, Paco. Quizá por todas estas cosas, Bradbury tuvo que escribir de otros mundos.
Abrazos
Elegíaco y excelente texto, amigo.
Está claro que la patria es la infancia: si pudiéramos volver al útero materno... Claro, así andamos siempre... intentando volver.
Saludos.
Menudo relato, Paco, es genial y está tan visual, tan lleno de texturas, de evocaciones que se me ha puesto un nudo en la garganta.
Lo mío se queda en balbuceos.
Me chifla como escribes, Paco, pero si encima conecto con lo que cuentas como en este maravilloso post… me dejas sin palabras.
Las imágenes elegidas son otro acierto.
¡Quién tuviera un pueblo como ése al que poder regresar siempre!
Un abrazo, Paco.
La influencia que los paisajes -interiores, a veces- tienen en la obra de algunos escritores, requeriría de un buen tratado. Escrito por ti.
Una entrada para enmarcar, por la forma y el contenido, y por las imágenes que lo acompañan, tan bellísimas. Por todo lo que me descubre en tan poco espacio: ese lugar al que uno se traslada de inmediato a través de tu prosa, y donde es tan fácil sentir el olor y el tacto del aire, la vibración del silencio; ese Andrew Wyeth que no conocía –o conocía sin conocerlo- y del que he buscado ansioso información, ese pintor “secreto” que me llega más tumultuosamente aún que Hooper. Si esto fuera poco, estoy leyendo, por consejo de un común amigo auroral, “Crónicas marcianas”. Esta misma mañana Bradbury me ha derribado con este diálogo:
-Hace calor –dijo el capitán.
-Así es.
-¿Se encuentra cómodo aquí arriba?
-Mucho.
-¿Cuánto tiempo cree que podrá resistir?
-El que me lleve matar a doce hombres, poco más o menos.
Un fuerte y admirado abrazo, amigo.
Extraordinario homenaje. Pasaporte fecundo hacia un lugar más alládel tiempo y el espacio. Visualizas el mapa de ese territorio de forma asombrosa. Genuino y rebosante de buen hacer literario. Para paladear. Un abrazo.
¿Esto te ha salido, así, por inspiración del triste momento? Mamma mía, Machuca, ¡que arte!
Waukegan son también mis recuerdos. Qué bella entrada te ha salido, amigo... Como esa primera vez en que uno lee a Bradbury. Eso jamás se olvida. D.E.P., maestro.
Un fuerte abrazo.
¡Qué preciosa sorpresa! Llego a tu blog en pos de los cuadros de Andrew Wyeth, uno de mis favoritos (he encontrado la referencia en el blog Flores y palabras)y me encuentro con este hermoso texto. Gracias. Yo también, a mi modo he hecho un pequeño homenaje a este escritor. Por si te interesa: http://notasparalectorescuriosos.blogspot.com
Saludos,
Elena
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