"Los libros de mi biblioteca son jalones de mi propia biografía."
Rafael Chirbes, Por cuenta propia
Donde se guardan los libros. Biblioteca de escritores (Siruela, 2011), del periodista Jesús Marchamalo, es un delicioso libro donde el autor llama a las puertas de veinte escritores para fisgonear en sus bibliotecas. Los escritores son de la talla de Javier Marías, Vargas Llosa, Antonio Gamoneda, Vila-Matas, Clara Sánchez, Soledad Puértolas, Juan Eduardo Zúñiga, etc. Dice el autor: "Siempre he tenido la manía, entre otras, de fijarme en las bibliotecas ajenas. Pararme ante los estantes, recorrer los lomos de los libros y reparar en las afinidades y diferencias con las propias". También cita a Marguerite Youcenar: "Una de las mejores maneras de conocer a alguien es ver sus libros". El libro está bien provisto de un amplio material fotográfico que nos ofrece hasta el último detalle de las pequeñas particularidades de cada autor.
Leyendo este libro no he podido evitar, y con cierto resquemor, rememorar mis propias andanzas y desventuras que conllevaron desde mi infancia a fundar mi propia biblioteca. Nací y viví hasta los diecisiete años en una casa pequeña, oscura, mal ventilada y triste que compartía con mis padres y mis dos hermanas pequeñas. Yo no tenía habitación propia y todavía no conocía a Virginia Woolf. Mis dos hermanas compartían, a duras penas, una minúscula habitación y yo dormía en el comedor sobre un viejo camastro plegable rodeado de un caos de muebles viejos, amontonados y devorados por los ratones. Apenas tenía sitio para colocar mis primeras novelas de Verne, Salgari, Tarzán y Stevenson, y corrían el riesgo de ser roídas por los insaciables roedores que campaban por doquier y haciendo de las suyas cuando la casa quedaba a oscuras y musicada por los ronquidos de mi padre. A mí me perturbaba el sueño aquellos malditos ratones. Me los imaginaba allí sentados, junto a mis libros con una servilleta anudada al cuello y aferrando entre sus dos patitas delanteras un cuchillo y un tenedor, dispuestos al festín. Por aquel entonces ya se me antojaba el mundo como una broma cruel e indescifrable. También padecía el tormento de la falta de intimidad que más tarde Kafka me confirmaría que esa falta era una de las grandes lacras del siglo XX.
Recuerdo que tras un sueño agitado despertaba en medio del alboroto matutino de la familia. Mi madre servía el desayuno en la mesa pasando con dificultad, casi, por encima de mi cama.
Al cumplir los diecisiete años nos mudamos por fin a un piso más espacioso, pero a mí me tocó la habitación más pequeña, lo justo para una cama, un armario y una mesita de noche. Por primera vez en mi vida tenía una habitación propia y libre de aquellos roedores de sueños que eran los libros de Kipling, Doyle y London. Coloqué mi pequeña biblioteca como pude. Después vinieron la colección del Club del Misterio, y, la maravillosa colección de ciencia ficción de la inolvidable editorial Nebulae. Mi biblioteca se iba haciendo más grande. Llegué a colocar libros incluso dentro del armario de la ropa, en el suelo y debajo de la cama.
Con el tiempo me casé y me fui de casa. Corría los ochenta y la especulación inmobiliaria no se atrevía del todo a salir de su oscura guarida, pero era evidente que el monstruo ya estaba bien alimentado y dispuesto a salir en cualquier momento. Tuvimos la suerte de conseguir un piso de noventa metros cuadrados a un precio razonable y allí consolidé por primera vez mi auténtica biblioteca que ascendía ya a casi cuatro mil libros. Trabajaba horas extras para seguir adquiriendo libros de otra índole; filosofía, antropología, astronomía, arqueología, etc. Mi hambre lectora era insaciable. No me compraba, prácticamente nada, solo libros. Siempre llevaba la misma ropa y las mismas zapatillas deportivas. Por aquel entonces, todavía no era consciente de que mi pasión por la lectura no era debida por el puro escapismo, sino para llenar de conocimiento un vacío heredado de mi familia, del pésimo sistema educativo que me tocó vivir, de una provincia gris que se decantaba en su totalidad exclusiva al sórdido mundo laboral y a la inmoral postura de tener el dinero en un banco para acumular dichos dividendos como único propósito en la vida. Como era evidente, todo el mundo veía con malos ojos mi malversación económica. Incluso llegaron a decir de mí que me estaba volviendo loco. Por suerte, vino a rescatarme don Quijote.
El propietario del piso estaba a la expectativa del despertar del monstruo de la especulación y traicionó nuestro contrato subiéndonos el alquiler de tal manera que no pudimos asumir el descarado despropósito y tuvimos que abandonar el piso arrastrando una buena cantidad de cajas. Mi biblioteca ascendía a siete mil volúmenes. Por suerte encontramos otra vivienda lo bastante amplia y a un precio que se ajustaba a nuestra economía. Todavía no sabía que sería el último lugar donde viviría con todos mis libros.
Fue a principios de los noventa cuando se desató la bestia, la locura de los precios de las viviendas y entró con fuerza el timo de las astronómicas y eternas hipotecas. La especulación inmobiliaria acabó para siempre con el espacio vital del ser humano, hacinándonos a espacios cada vez más reducidos dejándonos únicamente los metros necesarios para comer, defecar, dormir y ver la televisión. El concepto de biblioteca quedó solo para la gente adinerada, para los que adquirieron sus viviendas en los años setenta y para los que tenían contratos muy antiguos. Pasamos impunemente de las ciudades dormitorios a habitáculos dormitorios donde apenas queda el espacio suficiente para ser vivida nuestras vidas.
Entramos en el dos mil. Mi biblioteca ascendía a más de ocho mil libros. Mi vida dio un giro inesperado y todo se fue al garete; la familia, el piso y el trabajo. De nuevo me vi por las noches como una sombra buscando cajas limpias que dejaban las tiendas de ropa para depositar todos mis libros. Es un trabajo arduo y laborioso encontrar cajas a la medida y en buen estado. Por otra parte, ya no había posibilidad de encontrar un piso para volver a instalar mi biblioteca, a lo sumo, un habitáculo para meter mi vida al vacío y con lo puesto. Llevé todas las cajas a un almacén oscuro y húmedo que tenía mi padre. Recordé la casa de mi infancia amenazada por los ratones. Ahora mis libros se enfrentaban a la humedad, tan enemiga del papel impreso. Ni el Nautilus, ni Nemo lograrían vencerla.
Hoy vivo en un piso de cincuenta y seis metros cuadrados y un alquiler excesivo que va subiendo como la espuma. Aquí solo poseo una pequeña parte de mi biblioteca, pero no es lo mismo. La echo de menos con sus estanterías de madera, mi escritorio colonial, mi sofá de lectura, mis cachivaches que adornaban los lomos de los libros, mis pósteres de cine y el de Corto Maltés fumando plácidamente en una playa. Estoy perfectamente concienciado de que nunca más podré tener mi biblioteca después de cuarenta años de mudanzas y trasiegos.
Si Jesús Marchamalo llamara a mi puerta vería pocos libros y se iría por donde ha venido, pero antes le diría que no solo los escritores de renombre tienen bibliotecas. Ya me gustaría a mí tener a buen recaudo esos libros que se van deteriorando poco a poco en la oscuridad de un almacén y que con tanto esfuerzo fui atesorando contra viento y marea.
Donde se guardan los libros, sí, el único lugar posible: en el corazón.
Pido disculpas por la extensión del texto, pero necesitaba decirlo. Y ahora un poco de alegría, la necesito, la necesitamos.
Leyendo este libro no he podido evitar, y con cierto resquemor, rememorar mis propias andanzas y desventuras que conllevaron desde mi infancia a fundar mi propia biblioteca. Nací y viví hasta los diecisiete años en una casa pequeña, oscura, mal ventilada y triste que compartía con mis padres y mis dos hermanas pequeñas. Yo no tenía habitación propia y todavía no conocía a Virginia Woolf. Mis dos hermanas compartían, a duras penas, una minúscula habitación y yo dormía en el comedor sobre un viejo camastro plegable rodeado de un caos de muebles viejos, amontonados y devorados por los ratones. Apenas tenía sitio para colocar mis primeras novelas de Verne, Salgari, Tarzán y Stevenson, y corrían el riesgo de ser roídas por los insaciables roedores que campaban por doquier y haciendo de las suyas cuando la casa quedaba a oscuras y musicada por los ronquidos de mi padre. A mí me perturbaba el sueño aquellos malditos ratones. Me los imaginaba allí sentados, junto a mis libros con una servilleta anudada al cuello y aferrando entre sus dos patitas delanteras un cuchillo y un tenedor, dispuestos al festín. Por aquel entonces ya se me antojaba el mundo como una broma cruel e indescifrable. También padecía el tormento de la falta de intimidad que más tarde Kafka me confirmaría que esa falta era una de las grandes lacras del siglo XX.
Recuerdo que tras un sueño agitado despertaba en medio del alboroto matutino de la familia. Mi madre servía el desayuno en la mesa pasando con dificultad, casi, por encima de mi cama.
Al cumplir los diecisiete años nos mudamos por fin a un piso más espacioso, pero a mí me tocó la habitación más pequeña, lo justo para una cama, un armario y una mesita de noche. Por primera vez en mi vida tenía una habitación propia y libre de aquellos roedores de sueños que eran los libros de Kipling, Doyle y London. Coloqué mi pequeña biblioteca como pude. Después vinieron la colección del Club del Misterio, y, la maravillosa colección de ciencia ficción de la inolvidable editorial Nebulae. Mi biblioteca se iba haciendo más grande. Llegué a colocar libros incluso dentro del armario de la ropa, en el suelo y debajo de la cama.
Con el tiempo me casé y me fui de casa. Corría los ochenta y la especulación inmobiliaria no se atrevía del todo a salir de su oscura guarida, pero era evidente que el monstruo ya estaba bien alimentado y dispuesto a salir en cualquier momento. Tuvimos la suerte de conseguir un piso de noventa metros cuadrados a un precio razonable y allí consolidé por primera vez mi auténtica biblioteca que ascendía ya a casi cuatro mil libros. Trabajaba horas extras para seguir adquiriendo libros de otra índole; filosofía, antropología, astronomía, arqueología, etc. Mi hambre lectora era insaciable. No me compraba, prácticamente nada, solo libros. Siempre llevaba la misma ropa y las mismas zapatillas deportivas. Por aquel entonces, todavía no era consciente de que mi pasión por la lectura no era debida por el puro escapismo, sino para llenar de conocimiento un vacío heredado de mi familia, del pésimo sistema educativo que me tocó vivir, de una provincia gris que se decantaba en su totalidad exclusiva al sórdido mundo laboral y a la inmoral postura de tener el dinero en un banco para acumular dichos dividendos como único propósito en la vida. Como era evidente, todo el mundo veía con malos ojos mi malversación económica. Incluso llegaron a decir de mí que me estaba volviendo loco. Por suerte, vino a rescatarme don Quijote.
El propietario del piso estaba a la expectativa del despertar del monstruo de la especulación y traicionó nuestro contrato subiéndonos el alquiler de tal manera que no pudimos asumir el descarado despropósito y tuvimos que abandonar el piso arrastrando una buena cantidad de cajas. Mi biblioteca ascendía a siete mil volúmenes. Por suerte encontramos otra vivienda lo bastante amplia y a un precio que se ajustaba a nuestra economía. Todavía no sabía que sería el último lugar donde viviría con todos mis libros.
Fue a principios de los noventa cuando se desató la bestia, la locura de los precios de las viviendas y entró con fuerza el timo de las astronómicas y eternas hipotecas. La especulación inmobiliaria acabó para siempre con el espacio vital del ser humano, hacinándonos a espacios cada vez más reducidos dejándonos únicamente los metros necesarios para comer, defecar, dormir y ver la televisión. El concepto de biblioteca quedó solo para la gente adinerada, para los que adquirieron sus viviendas en los años setenta y para los que tenían contratos muy antiguos. Pasamos impunemente de las ciudades dormitorios a habitáculos dormitorios donde apenas queda el espacio suficiente para ser vivida nuestras vidas.
Entramos en el dos mil. Mi biblioteca ascendía a más de ocho mil libros. Mi vida dio un giro inesperado y todo se fue al garete; la familia, el piso y el trabajo. De nuevo me vi por las noches como una sombra buscando cajas limpias que dejaban las tiendas de ropa para depositar todos mis libros. Es un trabajo arduo y laborioso encontrar cajas a la medida y en buen estado. Por otra parte, ya no había posibilidad de encontrar un piso para volver a instalar mi biblioteca, a lo sumo, un habitáculo para meter mi vida al vacío y con lo puesto. Llevé todas las cajas a un almacén oscuro y húmedo que tenía mi padre. Recordé la casa de mi infancia amenazada por los ratones. Ahora mis libros se enfrentaban a la humedad, tan enemiga del papel impreso. Ni el Nautilus, ni Nemo lograrían vencerla.
Hoy vivo en un piso de cincuenta y seis metros cuadrados y un alquiler excesivo que va subiendo como la espuma. Aquí solo poseo una pequeña parte de mi biblioteca, pero no es lo mismo. La echo de menos con sus estanterías de madera, mi escritorio colonial, mi sofá de lectura, mis cachivaches que adornaban los lomos de los libros, mis pósteres de cine y el de Corto Maltés fumando plácidamente en una playa. Estoy perfectamente concienciado de que nunca más podré tener mi biblioteca después de cuarenta años de mudanzas y trasiegos.
Si Jesús Marchamalo llamara a mi puerta vería pocos libros y se iría por donde ha venido, pero antes le diría que no solo los escritores de renombre tienen bibliotecas. Ya me gustaría a mí tener a buen recaudo esos libros que se van deteriorando poco a poco en la oscuridad de un almacén y que con tanto esfuerzo fui atesorando contra viento y marea.
Donde se guardan los libros, sí, el único lugar posible: en el corazón.
Pido disculpas por la extensión del texto, pero necesitaba decirlo. Y ahora un poco de alegría, la necesito, la necesitamos.











































