El jueves pasado Barcelona estuvo en guerra. En medio de todo eso pude ver a muchos turistas americanos realizando fotos, comiendo helados y consumiendo en los grandes almacenes con sumo placer. Me encontré con un antiguo amigo que iba con un estadounidense en pantalón corto y en chancletas. Me lo presentó. El amigo americano me dijo, con una sonrisa bobalicona, que los españoles eran muy brutos. En ese momento un contenedor estalló en llamas. Un grupo de policía de ciencia ficción arremetía contra un grupo que destrozaba un cajero automático. Bueno, le dije, es que la cosa está muy jodida. Por cierto, ¿cómo andáis por la tierra de promisión? El americano me dijo que desde el 11 de septiembre los americanos habían perdido el paraíso y la inocencia. Entonces le cité a Doris Lessing cuando dijo en esos momentos fatídicos: "Los norteamericanos sienten que han perdido el Paraíso. Nunca se preguntaron, para empezar, por qué pensaban que tenían derecho a él." Después, cuando mataron a Bin Laden, hubo alguien que dijo que ya podía poner en su maleta de viaje una botella de champú. En ese momento estalló otro contenedor. De inmediato me puse a pensar.
Sí, la famosa inocencia era solo una imagen de autoconsolación promovida, sobre todo, por el cine. En la literatura, desde el principio, desde el torturado puritanismo de Nathaniel Hawthorne, las pesadillas nocturnas de Edgar Allan Poe y las diurnas de Henry James, no ha habido inocencia, sino temor a la fuerza oscura que cada ser humano lleva dentro de sí; el yo enemigo es el protagonista de Moby Dick, por ejemplo, no un cetáceo. De acuerdo, esto casi es una definición de la buena literatura, la épica del yo enemigo. No sé si Tom Sawyer y Huck Finn son de veras inocentes o apenas un buen deseo bucólico en el que el contrato con la familia (Tom) o con el río (Huck) los distrae momentáneamente de los deberes de ganar dinero, sujetar al inferior y practicar la arrogancia como derecho divino. En todo caso, Mark Twain no era inocente, era irónico y la ironía, según el inventor moderno, Kierkegaard, es negativa, "un desarrollo anormal que... como los hígados de los gansos de Estrasburgo, acaba por matar al individuo." Pero, al mismo tiempo, es una manera de llegar a la verdad porque limita, define, hace finito, abroga y castiga lo que creemos ser cierto.
En el cine americano sí que se crea el mito de la inocencia, sin ironía alguna. Mis ojos infantiles están llenos de esas figuras del campo, provenientes del pequeño poblado rural, que llegan a las ciudades y se exponen a los peores peligros luchando contra el sexo (Lillian Gish), las locomotoras (Buster Keaton), los rascacielos (Harold Lloyd). Cómo gocé, de niño, las películas sentimentalmente inocentes de Frank Capra, donde el valiente Quijote pueblerino, George Bailey, vence con su inocencia a las fuerzas de la corrupción y la mentira. Era un bello mito, consonante con la política moral y humanista de Franklin Roosevelt. Puesto en el Nuevo Trato fue seguido por la guerra mundial y la lucha contra el fascismo, que no solo no era inocente, sino que era diabólico, los norteamericanos (y nosotros con ellos) se creyeron totalmente el mito de la inocencia. Ellos, gracias a su virtud, salvaron dos veces al mundo, derrotaron las fuerzas del mal, identificaron y aniquilaron a los villanos perfectos, el Kaiser y Hitler. Cuántas veces he oído a norteamericanos de todas las clases decir: "Dos veces fuimos a salvar a Europa en el siglo veinte. Debían ser más agradecidos." Para ellos. Yo siempre me he preguntado cuándo fueron inocentes, ¡al matar indios, al entregarse al destino manifiesto y desatar sus ambiciones continentales, del Atlántico al Pacífico?, ¿cuándo? ¿Cuándo fueron inocentes los Estados Unidos? ¿Cuando explotaron el trabajo negro esclavista, cuando se masacraron entre sí durante la guerra de Secesión, cuando explotaron el trabajo de niños e inmigrantes y amasaron colosales fortunas habidas, sin duda, de manera inocente?
¿Cuando pisotearon a países indefensos como Nicaragua, Honduras, Guatemala? ¿Cuando arrojaron la bomba sobre Hiroshima? ¿Cuando McCarthy y sus comités destruyeron vidas y carreras por mera insinuación, sospecha, paranoia? ¿Cuando desfoliaron la selva de Indonesia con veneno? Sí; quizás los EE.UU. solo fueron inocentes en Vietnam, por primera y única vez, creyendo que podían, como dijo el general Curtis Lee May, jefe de las fuerzas aéreas de los Estados Unidos, "bombardear a Viet Nam de regreso a la edad de las cavernas". Qué asombroso debió de ser para el país que nunca había perdido una guerra, estarla perdiendo precisamente ante un pueblo pobre, asiático, amarillo, étnicamente inferior en la mente racista que, flagrante o suprimida, vergonzosa o combativa, todo americano tiene clavada como una cruz en la frente. Otro contenedor en llamas. Otro escaparate hecho añicos. Otra ley del gobierno cruelmente injusta.
No creo que haya otro país, sobre todo un país tan poderoso, que se sienta inocente o haga alarde de ello. Los hipócritas ingleses, los cínicos franceses, los orgullosos alemanes (los inculpados y autoflagelantes alemanes tan ayunos de ironía), los violentos (o lacrimosos) rusos, ninguno cree que su nación haya sido jamás inocente. Los Estados Unidos, en consecuencia, declaran que su política exterior es totalmente desinteresada, casi un acto de filantropía. Esto solo se lo creyeron en el pueblecito castellano de Villar del Río, y, como todos sabemos, quedó una gran polvareda. Desinteresanda. Como esto no es ni ha sido nunca cierto para ninguna gran potencia, incluyendo a los Estados Unidos, nadie se lo cree pero el autoengaño norteamericano arrastra a todos al desconcierto. Todos saben qué clase de intereses se juegan, pero nadie debe admitirlo. Lo que se persigue, desinteresadamente, es la libertad, la democracia, salvar a los demás de sí mismos.
Sirenas de ambulancias. Sirenas de bomberos. Sirenas de policías. Un millón de jodidos por las calles y, el resto que vota y calla, también. De repente me di cuenta de que estaba hablando en voz alta y el americano se había empapado de todo, excepto en lo de Villar del Río, claro. Me dijo en tono irónico que temía por mí y que esperaba que yo jamás me dirigiera a Nueva York para estrellarme contra el Empire State, ahora, de nuevo, el edificio más alto de la ciudad. No amigo, le respondí, eso jamás. Amo el Empiere State. Allí se dieron cita Charles Boyer y Irene Dunne, Cary Grant y Deborah Kerr. También allí fue derribado el noble King Kong por culpa de una rubia platino; Fay Wray, la mujer que más ha gritado en una pantalla de cine. Evidentemente, el amigo americano ya se debatía en su ignorancia. Y yo en ese momento no era consciente de mi inocencia.
Un grupo sin futuro puso del revés un Chrysler voyager...
Recomiendo la lectura en el blog de Andrés Neuman: La tijera democrática.
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