sábado, 31 de marzo de 2012

El mito de la inocencia


El jueves pasado Barcelona estuvo en guerra. En medio de todo eso pude ver a muchos turistas americanos realizando fotos, comiendo helados y consumiendo en los grandes almacenes con sumo placer. Me encontré con un antiguo amigo que iba con un estadounidense en pantalón corto y en chancletas. Me lo presentó. El amigo americano me dijo, con una sonrisa bobalicona, que los españoles eran muy brutos. En ese momento un contenedor estalló en llamas. Un grupo de policía de ciencia ficción arremetía contra un grupo que destrozaba un cajero automático. Bueno, le dije, es que la cosa está muy jodida. Por cierto, ¿cómo andáis por la tierra de promisión? El americano me dijo que desde el 11 de septiembre los americanos habían perdido el paraíso y la inocencia. Entonces le cité a Doris Lessing cuando dijo en esos momentos fatídicos: "Los norteamericanos sienten que han perdido el Paraíso. Nunca se preguntaron, para empezar, por qué pensaban que tenían derecho a él." Después, cuando mataron a Bin Laden, hubo alguien que dijo que ya podía poner en su maleta de viaje una botella de champú. En ese momento estalló otro contenedor. De inmediato me puse a pensar.


Sí, la famosa inocencia era solo una imagen de autoconsolación promovida, sobre todo, por el cine. En la literatura, desde el principio, desde el torturado puritanismo de Nathaniel Hawthorne, las pesadillas nocturnas de Edgar Allan Poe y las diurnas de Henry James, no ha habido inocencia, sino temor a la fuerza oscura que cada ser humano lleva dentro de sí; el yo enemigo es el protagonista de Moby Dick, por ejemplo, no un cetáceo. De acuerdo, esto casi es una definición de la buena literatura, la épica del yo enemigo. No sé si Tom Sawyer y Huck Finn son de veras inocentes o apenas un buen deseo bucólico en el que el contrato con la familia (Tom) o con el río (Huck) los distrae momentáneamente de los deberes de ganar dinero, sujetar al inferior y practicar la arrogancia como derecho divino. En todo caso, Mark Twain no era inocente, era irónico y la ironía, según el inventor moderno, Kierkegaard, es negativa, "un desarrollo anormal que... como los hígados de los gansos de Estrasburgo, acaba por matar al individuo." Pero, al mismo tiempo, es una manera de llegar a la verdad porque limita, define, hace finito, abroga y castiga lo que creemos ser cierto.


En el cine americano sí que se crea el mito de la inocencia, sin ironía alguna. Mis ojos infantiles están llenos de esas figuras del campo, provenientes del pequeño poblado rural, que llegan a las ciudades y se exponen a los peores peligros luchando contra el sexo (Lillian Gish), las locomotoras (Buster Keaton), los rascacielos (Harold Lloyd). Cómo gocé, de niño, las películas sentimentalmente inocentes de Frank Capra, donde el valiente Quijote pueblerino, George Bailey, vence con su inocencia a las fuerzas de la corrupción y la mentira. Era un bello mito, consonante con la política moral y humanista de Franklin Roosevelt. Puesto en el Nuevo Trato fue seguido por la guerra mundial y la lucha contra el fascismo, que no solo no era inocente, sino que era diabólico, los norteamericanos (y nosotros con ellos) se creyeron totalmente el mito de la inocencia. Ellos, gracias a su virtud, salvaron dos veces al mundo, derrotaron las fuerzas del mal, identificaron y aniquilaron a los villanos perfectos, el Kaiser y Hitler. Cuántas veces he oído a norteamericanos de todas las clases decir: "Dos veces fuimos a salvar a Europa en el siglo veinte. Debían ser más agradecidos." Para ellos. Yo siempre me he preguntado cuándo fueron inocentes, ¡al matar indios, al entregarse al destino manifiesto y desatar sus ambiciones continentales, del Atlántico al Pacífico?, ¿cuándo? ¿Cuándo fueron inocentes los Estados Unidos? ¿Cuando explotaron el trabajo negro esclavista, cuando se masacraron entre sí durante la guerra de Secesión, cuando explotaron el trabajo de niños e inmigrantes y amasaron colosales fortunas habidas, sin duda, de manera inocente?


¿Cuando pisotearon a países indefensos como Nicaragua, Honduras, Guatemala? ¿Cuando arrojaron la bomba sobre Hiroshima? ¿Cuando McCarthy y sus comités destruyeron vidas y carreras por mera insinuación, sospecha, paranoia? ¿Cuando desfoliaron la selva de Indonesia con veneno? Sí; quizás los EE.UU. solo fueron inocentes en Vietnam, por primera y única vez, creyendo que podían, como dijo el general Curtis Lee May, jefe de las fuerzas aéreas de los Estados Unidos, "bombardear a Viet Nam de regreso a la edad de las cavernas". Qué asombroso debió de ser para el país que nunca había perdido una guerra, estarla perdiendo precisamente ante un pueblo pobre, asiático, amarillo, étnicamente inferior en la mente racista que, flagrante o suprimida, vergonzosa o combativa, todo americano tiene clavada como una cruz en la frente. Otro contenedor en llamas. Otro escaparate hecho añicos. Otra ley del gobierno cruelmente injusta.

No creo que haya otro país, sobre todo un país tan poderoso, que se sienta inocente o haga alarde de ello. Los hipócritas ingleses, los cínicos franceses, los orgullosos alemanes (los inculpados y autoflagelantes alemanes tan ayunos de ironía), los violentos (o lacrimosos) rusos, ninguno cree que su nación haya sido jamás inocente. Los Estados Unidos, en consecuencia, declaran que su política exterior es totalmente desinteresada, casi un acto de filantropía. Esto solo se lo creyeron en el pueblecito castellano de Villar del Río, y, como todos sabemos, quedó una gran polvareda. Desinteresanda. Como esto no es ni ha sido nunca cierto para ninguna gran potencia, incluyendo a los Estados Unidos, nadie se lo cree pero el autoengaño norteamericano arrastra a todos al desconcierto. Todos saben qué clase de intereses se juegan, pero nadie debe admitirlo. Lo que se persigue, desinteresadamente, es la libertad, la democracia, salvar a los demás de sí mismos.


Sirenas de ambulancias. Sirenas de bomberos. Sirenas de policías. Un millón de jodidos por las calles y, el resto que vota y calla, también. De repente me di cuenta de que estaba hablando en voz alta y el americano se había empapado de todo, excepto en lo de Villar del Río, claro. Me dijo en tono irónico que temía por mí y que esperaba que yo jamás me dirigiera  a Nueva York para estrellarme contra el Empire State, ahora, de nuevo, el edificio más alto de la ciudad. No amigo, le respondí, eso jamás. Amo el Empiere State. Allí se dieron cita Charles Boyer y Irene Dunne, Cary Grant y Deborah Kerr. También allí fue derribado el noble King Kong por culpa de una rubia platino; Fay Wray, la mujer que más ha gritado en una pantalla de cine. Evidentemente, el amigo americano ya se debatía en su ignorancia. Y yo en ese momento no era consciente de mi inocencia.
Un grupo sin futuro puso del revés un Chrysler voyager...

Recomiendo la lectura en el blog de Andrés Neuman: La tijera democrática.



                              

jueves, 29 de marzo de 2012

Cuaderno de notas (2)


En todos los países "desarrollados" la holgazanería de la clase ociosa es considerada buena, mientras que la de los pobres es por lo general condenada. En la época de la gran actividad, el trabajo, la entrada en fuego, la lucha por la vida, la busca y el nivel competitivo de una sociedad mal planteada. El ocio es delito y crimen cuando el trabajo de los demás no es placentero.

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A Gregorio Samsa no le confunde su metamorfosis en artrópodo sino la angustia de no poder acudir ese día al trabajo, su obligación.

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John Cheever escuchó una vez que tener talento no conlleva la obligación de que se haga algo con ello. Aquello le dejó pasmado. Luego dijo que él pensaba que la gente tenía que agarrar sus talentos y salir corriendo tan rápido como pudiera.

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"Primer requisito de una obra maestra: pasar inadvertida".

Roberto Bolaño

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Hay una enorme dificultad para reconocer la diferencia y al otro.

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La casa donde Bram Stoker (Dublín) escribió Drácula. Antes había una placa que recordaba el hecho, pero la arrancaron. Donde Stoker describió a mordiscos y chupetones hay ahora The Hospital Group una pequeña clínica que, por motivos evidentes, no quiere relacionarse con los bebedores de sangre.

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El poeta surrealista Paul Éluard y Albert Camus, el que dio al mundo su obra El hombre rebelde, fueron los únicos que se negaron a firmar la solicitud de libertad de Jean Genet. Todo esto se halla un poco fuera de lugar dentro del surrealismo, movimiento dirigido a destruir (renovar) todos los valores, en especial los valores morales. Y, por otra parte, Camus, la fidelidad a una ética de tipo humanista y racional, no irónica, flexible y autonegadora no es en sí misma un valor revolucionario (no lo era entonces y sigue sin serlo ahora).

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La literatura nos enseña todo, incluso las experiencias que todavía no tuvimos.

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Hace poco presencié esta escena en un día de lluvia. Un hombre caminaba lentamente bajo la lluvia. Un transeúnte apresurado le preguntó: 
-¿Por qué no camina más deprisa?
-También llueve delante-contestó el hombre.

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El Quijote se escribió hace 300 años antes de que yo naciera, pero es de mí de quien habla en la novela. Es mi autobiografía. Ver el mundo de una forma extraordinaria y caer de morros al suelo continuamente es lo que hago todos los días. El tema del Quijote es del soñador que se atreve a convertirse en su sueño. Lo que sucede en España es que parece no haber quien lo tenga claro, y fantasía y realidad siguen siendo cosas diferentes. Cervantes, cuyos continuadores literarios no fueron precisamente los españoles, pero nosotros lo somos de don Quijote, que no es lo mismo.

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Mi abuelo siempre solía hacerme una broma cuando yo iba a verlo. Me lo encontraba delante del espejo del lavabo. Tenía los ojos cerrados y yo le preguntaba qué hacía inmóvil delante del espejo y por qué tenía los ojos cerrados. Entonces él me respondía que quería ver qué parecía cuando estaba durmiendo. Reíamos y reíamos. Claro, por aquel entonces no existían las cámaras digitales, y, dudo que hoy un nieto le encontrara la gracia si viera  un vídeo de su abuelo durmiendo.

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Sentado en un banco de un parque vi a dos niños que jugaban. Uno de ellos cogió una piedrecita del suelo, cerró la mano y le preguntó a su amigo: 
-Adivina lo que tengo en la mano.
-Una bicicleta.
-Has hecho trampa - replicó el primero -. Has mirado mientras la cogía.

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"Muero por los detalles."

Rousseau 

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El tiempo no existe. El tiempo es lo que uno hace. A veces si llegas demasiado pronto a una cita,y uno decide hacer tiempo. Entras en un bar, tomas un café, lees el periódico, das la vuelta a la manzana, más escaparates, ver pasar la gente. Esa es la materia del tiempo: acciones anodinas, repetidas e incongruentes que uno ejecuta antes de la cita con la muerte, puesto que al punto de encuentro con ella siempre se llega con toda una vida de antelación. El mundo está constituido por una trama de actos ínfimos, llenos de belleza y de maldad, que forma el polvo que respiramos.

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Nota para el Día del Padre:

"Pero es el Día del Padre y todo el mundo está herido."

Leonard Cohen

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Casas adosadas. Todas iguales con jardinillos fotocopiados que se pierden en la distancia como esas imágenes en las barberías vistas a través de espejos superpuestos. Plantan sus rosas, vuelven a proyectar sus jardines y cuidan de sus árboles, pero descuidan su propia vida.

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Una vez fui a visitar la casa donde nació el gran poeta Juan Ramón Jiménez en Moguer. Atardecía y allí me encontré delante de la casa en ruinas. No pude evitar que pensamientos vagos viniesen a mi encuento. Un día Juan Ramón, en Buenos Aires, se acercó a visitar a Ramón Gómez de la Serna. Sabiendo que Juan Ramón estaba abajo, le habló a gritos desde la escalera: "¡No subas, Juan Ramón, malvado, que en tu último libro escribes dios en minúscula. No subas porque no voy a recibirte!" Y no lo recibió. Caía la noche en Moguer y parecía que todo el peso de la esfera celeste recayera sobre la desvencijada casa del poeta. Luis Buñuel cuenta en sus memorias la broma cruel que realizó, junto a Salvador Dalí, al poeta, redactando una carta en donde le decían que su Platero y yo era una mierda. Según cuenta el aragonés, el poeta enfermó de tristeza. El viento se filtraba a través de las ventanas rotas. Su mujer Luisa Sofovich que le tenía perfectamente dominado le dijo a un amigo en el entierro de Juan Ramón: "Ahora me toca a mí". Juan Ramón, susurré ya en la noche cerrada de Moguer, son estos tus versos: "Se paraba la rueda de la noche. Vagos ángeles malva...".

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Hoy a fallecido mi admirado Antonio Tabucchi. Me dirijo a la estantería donde tengo todos sus libros y cojo al azar Réquiem. Leo en la última página: "La cobardía ha producido las páginas más valientes de nuestro siglo, piense por ejemplo en Kafka ¿no cree que escribió de una valentía terrible? Él era un poco cobarde. Su diario tiene un fondo de cobardía, pero qué valor hacía falta para escribir aquel magnífico libro El proceso, ése es el libro más valiente de nuestro siglo. La mayoría de los mejores libros del mundo los escriben seres humanos corrientes que incluso llevan una existencia gris".

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Jean Cocteau dice en su diario: "Me parece que la invisibilidad es la condición esencial de la elegancia".

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martes, 27 de marzo de 2012

A puerta cerrada


La conducta de Howard Hughes en los últimos veinte años de su vida, rara a veces pero a menudo sencillamente excéntrica, sin duda irrita aún profundamente a sus conciudadanos porque destruye demasiadas fantasías a las que se sienten apegados. Bisnieto de un general de la Confederación, hijo del millonario inventor de la perforadora de petróleo más eficiente del mundo, pionero de aviación y habitué de Hollywood, que acompañaba a las damas más importantes del momento, Howard Hughes compró y vendió líneas aéreas y estudios de cine, diseñó en persona un sujetador para Jane Russell y contribuyó a introducir esa institución cultural que es la película proyectada durante un vuelo.

Jane Russell

Qué descaro, pues, que esta encarnación de tantos y tan potentes mitos de la nación dé un portazo a los cincuenta años y opte por el exilio, el silencio y la astucia, y mucho más descarado aún si la búsqueda de la privacidad absoluta se lleva a cabo de un modo tan tentadoramente público. Si Hughes se hubiese retirado a algún simulacro inexpugnable de Xanadu o a un exclusivo sanatorio de Long Island, a nadie le habría importado; pero aumentó la ofensa al doble cuando se encerró en el ático del Desert Inn Hotel con vistas a la única fantasía nacional que hasta entonces había dejado intacta: Las Vegas.

Clifford Irving publicó una falsa biografía. Este relato imaginario sobre la vida secreta de Hughes durante su supuesto exilio - las espectaculares expediciones de caza, los encuentros con Hemingway y las conversaciones con Schweitzer - fue el intento de  reinstalar al héroe en su pedestal.  Hughes murió a los setenta y un años sin darle tiempo a rechazar públicamente la biografía de Irving, pero ésta no sólo se habría publicado sino que, por motivos predominantemente psicológicos, nunca se habría podido refutar con seriedad su autenticidad, pero Elaine Davenport, Paul Eddy y Mark Hurwitz publicaron la biografía Los papeles de Hughes, una compilación de las confusas maniobras financieras de Hughes, modestos sobornos a políticos y esfuerzos poco claros por apropiarse del estado de Nevada. Pero las actividades de Hughes en los años cincuenta y sesenta no eran más que discretos enredos, y apenas despertarían interés de no haber sido por su conducta cada vez más excéntrica. Admiro a Hughes, sobre todo por la naturalidad con que cerró la puerta al mundo. Recostado en un sofá con las persianas bajadas, tomando pastillas preocupado por alguna dieta de moda mientras ve Estación Polar Zebra (1968), de John Sturges por enésima vez, me recuerda mucho a la vida de hoy. Bien puede ser que Hughes haya estado mucho más en contacto con la realidad de lo que se supone.

lunes, 26 de marzo de 2012

Últimas palabras en Lisboa


A la memoria de Antonio Tabucchi (1943-2012)

 "Pero él, Pereira, meditaba sobre la muerte."
Antonio Tabucchi, Sostiene Pereira

 La historia es contada por el narrador - como nos recuerda la frase "sostiene Pereira" que introduce ritualmente cada capítulo - es decir, por Pereira, el redactor de la página cultural del periódico Lisboa. El amor de Tabucchi por Portugal es tangible en las descripciones de Lisboa brillando bajo el sol o estremeciéndose por la brisa oceánica. Es el verano de 1938 y, mientras los dictadores del resto de Europa ya están firmemente afianzados, Portugal está presenciando las primeras manifestaciones del régimen de Salazar. Sostiene Pereira es una historia sobre el poder de las palabras y de cómo pueden hacer que la gente sea política y éticamente responsables. Al principio, Pereira es un viudo, un poco pesado e introvertido que tiene unas conversaciones deprimentes con la fotografía de su esposa muerta. Indemne a la erosión de la democrácia y el violento silenciamiento de las protestas bajo la dictadura de Salazar, Pereira está dividido entre su preocupación por sus problemas cardíacos y su interés intelectual por la muerte.


Desde el principio, el olor de muerte impregna la novela. Cuando Pereira descubre un ensayo filosófico sobre ese tema, escrito por el joven revolucionario Monteiro Rossi, Pereira abre los ojos a los ecos del exterminio colectivo de los judíos y las palizas a los obreros. El violento asesinato de Monteiro a manos de la policía de Salazar convence a Pereira para adoptar una postura política.

La muerte es una metáfora política de la ausencia de libertad. Simbólicamente, de la muerte surge la vida y la decisión de Pereira de luchar por ella. La novela se cierra con un Pereira transformado, que se siente joven y más tranquilo y comprometido con la lucha contra la represión política mediante el uso de las palabras. Antes de huir de Portugal, su último escrito en Lisboa no es solo otra tímida reseña de un libro, sino una valiente acusación al gobierno por su responsabilidad en la muerte de su amigo Monteiro.

Me voy, amigo. El tiempo envejece deprisa. Descansa en paz.


domingo, 25 de marzo de 2012

Una ola de calor


Las comedias típicamente inglesas de la Ealing se bifurcaron en dos tipos claramente diferenciados. Uno era esencialmente subversivo, con títulos tales como Whisky a go-go (1949), El hombre del traje blanco (1951), ambas de Alexander MacKendrick y, sobre todo, Ocho sentencias de muerte (1949), de Robert Hamer; la otra veta era de carácter más bien nostálgico y conformista y está ejemplificada por Pasaporte para Pimlico (1949), de Henry Cornelius. La película parece un compendio de las cualidades esenciales del carácter británico: un individualismo exacerbado rayando a veces con la extravagancia, una firme creencia en la tolerancia y el acuerdo, el odio al autoritarismo y una arraigada convinción de que "lo pequeño es hermoso".

Dedicada a la memoria del racionamiento, la película se caracteriza por su deseo de volver al espíritu de unidad propio de la guerra, que se estaba rápidamente evaporando en 1949, año en que fue realizada, por considerarlo como el mejor medio para superar los problemas existentes en aquellos momentos. El filme adapta la forma de una fantasía en la que se ven realizados todos los deseos; es literalmente una locura veraniega, ya que la acción tiene lugar durante una ola de calor, que termina con el final de la peripecia.


El entorno en el que se desarrolla la historia es el barrio londinense de Pimlico, una típica localización Ealing. Se trata de una comunidad pequeña y acogedora, casi un pueblo en medio de la ciudad, con su pub local, su tienda de pescado y patatas fritas y su cordial agente de policía. La primera parte de la película muestra la aparición de una sociedad dominada por la avaricia y el interés. La Junta Municipal, dejándose guiar por el banquero Wix, rechaza el plan del frutero Arthur Pemberton de convertir un solar destruido por las bombas en zona de juegos para los niños. Cuando estalla una bomba que quedaba sin explotar de la guerra reciente, revelando la existencia de un tesoro escondido, se produce una pelea entre los habitantes del barrio que desean todos quedarse con algo. Entonces aparece un documento medieval en el que se afirma que Pimlico pertenece al Ducado de Borgoña, por lo que desaparecen todas las restricciones y regulaciones, los estraperlistas se apoderan del barrio y éste se proclama independiente. Como en 1939, aparece un enemigo común que une entre sí a la gente y le hace dar lo mejor de sí mismo. En 1939 fue Hitler; diez años después el Gobierno y sus insensibles burócratas, que intentan rendir por todos los medios a los nuevos ciudadanos de "Borgoña".


Estos forman un Gobierno, en el que Wix y Pemberton unen sus fuerzas y declaran la ruptura de relaciones con Gran Bretaña. La guerra se produce en miniatura. Pimlico se ve sitiado por el Gobierno británico, lo que hace que haya que evacuar a los niños e imponer el racionamiento. Pemberton organiza un ataque sorpresa para conseguir agua, y los burócratas del Gobierno se ven finalmente derrotados por el esfuerzo comunitario y el espíritu de sacrificio. Finalmente, ambos bandos llegan a una solución de compromiso: los "borgoñeses" se sienten secretamente aliviados al recuperar la ciudadanía británica y la señora Pemberton formula la moraleja final: "No te das cuenta de lo bien que estás hasta que dejas de estarlo".

jueves, 22 de marzo de 2012

Paradojas de lo fantástico


"Para mí, lo fantástico procede siempre de lo cotidiano".
Julio Cortázar

Sinceramente no me gusta la fantasía - los elfos, la cosa feérica -, pero en cambio, me gusta mucho lo fantástico que se entromete en la realidad, que se manifiesta por un detalle que resulta imposible. Julio Cortázar afirmó, también, que el relato fantástico debe asentarse en un entorno de normas comprensibles, regulares, dentro del cual el elemento fantástico constituye una simple alteración momentánea: "Sólo la alteración momentánea dentro de la regularidad delata lo fantástico".
Creo que hay que hacer una distinción entre fantástico y lo mágico. La literatura mágica me interesa mucho menos. En mi opinión, describe sitios imposibles donde se registran acontecimientos naturales, acontecimientos que respetan las leyes de esos sitios imposibles. La literatura fantástica, por el contrario, propone un hecho imposible en el mundo real por una pequeña grieta. Por ejemplo, uno de los cuentos fantásticos que más me gusta se titula La pata del mono, de W. W. Jacobs. El cuento es una obra maestra.


En una modesta casa obrera, una familia, un padre, la madre, el hijo, reciben la visita de un sargento mayor, amigo del padre. El sargento les cuenta sus viajes alrededor del mundo y los misterios con que se fue encontrando. Les muestra una patita de mono disecada. Es un amuleto que le entregó un faquir y que, se supone, puede cumplir tres deseos. Pero, según el sargento, tiene algo demoníaco y el último deseo termina siendo siempre la muerte. La tira al fuego, de donde el padre la recupera para colocarla sobre la chimenea. Después de que el sargento se va, la familia se ríe de sus supersticiones y por simple desafío le pide a la pata de mono doscientas libras. Por la mañana, todo el mundo se burla de la historia y el muchacho se va a trabajar a la fábrica. Algunas horas más tarde, aparece un hombre que se presenta como delegado de la fábrica y les anuncia la muerte accidental del hijo. La fábrica no es responsable, les dice, pero entiende las dificultades del caso y les da a los padres doscientas libras. Después del entierro, durante una noche de tempestad, la madre le pide a la pata de mono el retorno de su hijo. De pronto, la mujer escucha golpes en la puerta. Su marido intenta convencerla de que no es más que el viento, pero ella está convencida de que es el hijo que ha vuelto y está golpeando la puerta. La mujer no logra desatrancar la puerta y grita de desesperación. El padre, que en el entierro vio que su hijo estaba completamente desfigurado, le pide a la pata de mono poder unírsele en la tumba. En ese momento, la mujer logra abrir la puerta, detrás de la cual no hay nada.


Lo extraordinario de este cuento es que se trata, sin duda, de un cuento fantástico, pero de fantástico no pasa nada. Hay sólo una coincidencia: que les entregan la suma que le pidieron a la pata de mono. Aparte de eso, nada es imposible. Es exactamente el tipo de literatura fantástica que me interesa. Borges, en un maravilloso ensayo en que comenta las paradojas de Zenón, explica que esas paradojas no tienen, justamente, ninguna explicación. Son paradojas porque no pueden resolverse. Termina diciendo: "Esas paradojas nos atraen siempre, pero nos dan miedo y las hacemos a un lado". Y agrega: "¿Trocar nuestro concepto de universo por ese pedacito de tiniebla griega?, interrogará mi lector".

martes, 20 de marzo de 2012

Soledad y fracaso


El pisito es una novela de Rafael Azcona llevada al cine en 1958 por Marco Ferreri, donde los personajes no avanzan por la vida, sino que se desgastan, se dejan vencer, se pierden en la amargura, se pliegan en su impotencia; es decir, después de cincuenta y cuatro años de su publicación sigue siendo vigente. Veamos nuestro estado actual.Vivimos rodeados de altos cubos de concreto perforados por rectángulos luminosos, moles cuadriculadas divididas en pisos donde la gente está instalada en pequeños habitáculos y aislada de todo y de todos. Y en esos espacios amontonados pero incomunicados tenemos que vivir, sufrir, dormir y morir toda la vida. ¿Cómo así se ha llegado de la caverna a esas gigantescas cajas tan semejantes unas de otras como las celdas de las abejas? Vivimos asediados de pisitos deprimentes para almacenamiento humano. ¿Por qué para comprar una casa de sesenta metros cuadrados es preciso hipotecar el alma mientras chorizos con corbatas de seda generan en veinticuatro horas plusvalías de cientos de millones? Vivimos en un mundo gestionado por los bancos a costa de individuos destruidos y con el futuro hipotecado. Todos los agentes inmobiliarios son unos estafadores: nos venden algo que nunca tendremos. No comprendemos que nunca seremos dueños de nada en esta tierra. Todos somos inquilinos. Nos venden aire, metros cuadrados provisionales que para poder pagarlo, hay que deslomarse toda la vida. Es una lástima pasar por la vida nada más que para tener una casa. Lo más divertido son los jóvenes que se alegran de no tener que seguir pagando alquiler cuando van a seguir pagando una hipoteca todos los meses durante cuarenta años. ¿Dónde está la diferencia? El agente inmobiliario es un individuo que obliga a otras personas a trabajar para pagar algo que sólo alquilan, porque un propietario sólo es un inquilino prisionero de su alojamiento, un deudor que no puede mudarse de casa.


Con cuarenta años, síntomas de calvicie y bigotito de galán de Cifesa, Rodolfo (José Luis López Vázquez) se deja arrastrar por la vida mientras aprovecha cualquier ocasión para saciar su estómago vacío. También en un noviazgo eterno con Petrita (Mari Castillo), consumido entre tardes pasadas en los cafés haciendo proyectos delante de una ensaimada y la desesperanza de un tiempo que se prolonga sin atisbar una solución. Rodolfo Gómez, con ese apellido tan común y contrario a su nombre le conocen los demás. Algunas escenas de la adaptación cinematográfica son conmovedoras en este sentido, gracias a la interpretación de López Vázquez. Petrita está dispuesta a cualquier cosa para casarse, ser inquilina, dejar la abarrotada casa de su hermana, mandar y tener un hijo. Es nerviosa e impulsiva. La percepción del paso del tiempo apenas le permite disimular su impaciencia y menos el interés que le mueve en sus acciones. Para ella, en estos momentos, Rodolfo es el hombre que le ha tocado. No por cuestión del destino al modo romántico, sino porque no hay otro. Le aplaca sin entregarse porque es "muy decente" y, ante el temor de un abadono que le acarrearía una soledad definitiva. Rodolfo accede a casarse con la anciana doña Martina (Concha Silva), dueña del piso en el que está realquilado para así poder heredar los derechos de inquilinato, única forma de conseguir un piso propio para poder casarse con su novia, a la que ya se le ha ido volando la juventud. Es ella precisamente la instigadora final de tal apaño, aunque ambos se encuentren con la sorpresa de que la anciana mejora notablemente (parecía tener ya un pie en la tumba) a raíz de su flamante cambio de estado.

 
Hay quien piensa que amar es darse al prójimo. Por ese camino se llega a Dios, pero no a la realidad de unos personajes que hacen verosímil una situación singular y, por eso mismo, capaz de alentar una reflexión más allá de las fronteras del costumbrismo. Estamos ante una historia de amor en el tiempo, con las circunstancias que aparentemente la devalúan, sin duda, pero la hacen real, protagonizada por quienes encuentran un acomodo donde compartir soledad y fracaso. Así la vemos nosotros, lectores o espectadores de la transformación de un sentimiento que no resiste los embates de los egoísmos, deseos y necesidades de quienes protagonizan un triángulo.

El desenlace con el disparatado entierro de doña Martina - su agonía no es nada comparada con la de los novios, que ven que no se muere -, el temeroso silencio del amargado Rodolfo y las pocas disimuladas ansias de Petrita, preparada para todo - "Como ya nos podemos casar, esta noche, si quieres..." -, supone un éxito: han conseguido heredar la condición de inquilinos y pueden casarse con el dinero guardado en la cartilla de la anciana. No obstante, en las obras de Rafael Azcona nadie triunfa sin pagar. Petrita ha salido de la peluquería "hecha una etíope" y enfajada, pero su triunfo también es su fracaso, y, Rodolfo, como Nino Manfredi en la secuencia del ajusticiamiento de El verdugo (1963), lejos de ver solucionados sus problemas parece dirigirse al matadero.

Azcona aporta no sólo una extraordinaria capacidad de observación de la realidad que le rodea, sino también un exquisito distanciamiento de sus personajes, lo que provoca inevitablemente dejar al espectador sin el más mínimo asidero, sin respiro. El humor negro desplegado por Azcona no deja títere con cabeza y nos enfrenta sin remisión a la más cruda realidad. No hay personaje positivo alguno, aunque también es cierto que sus miserias les son impuestas por una sociedad represiva y cutre hasta lo indecible. En realidad El pisito no es sino un catálogo de víctimas de una sociedad desesperanzada.

 
                              

sábado, 17 de marzo de 2012

La soledad sobre ruedas


"Cuando cada uno de los comensales el aparcacoches le acercaba el Audi, el Mercedes o el BMW, Rafael Azcona se despedía del grupo en la acera blandiendo con orgullo de residente el bonobús de jubilado y se dirigía a la parada. (...) Azcona decía que la gran comedia en el cine italiano murió el día en que los guionistas se hicieron ricos y dejaron de ir en autobús."
Manuel Vicent, Póquer de Ases

En la trayectoria creativa de Rafael Azcona abundan los pobres desde sus inicios en la mítica revista La Codorniz, que coinciden con una época en la que, como afirmó Fernando Fernán-Gómez, "los pobres se pusieron de moda" en la literatura y el cine. Azcona piensa que "todos somos más o menos paralíticos y más o menos estúpidos", pues "hay que ser definitivamente imbécil para creer que uno es perfecto". Su novela Paralíticos pronto se convirtió en El cochecito (1960), de Marco Ferreri.

En la España de los cincuenta no había discapacitados físicos sino tullidos. Abundan en la obra de Azcona como en la de otros colaboradores de La Codorniz. Recuerdo el caso del añorado y genial Miguel Gila o el más tardío de Manuel Summers. Pero esta proliferación de cojos y mancos no pretende recrearse en los grotesco. Tampoco es siempre una invitación al humor, aunque sea el mal llamado "negro". Es también una metáfora, a la que ha aludido en varias ocasiones Azcona. Según él, todos, de una forma u otra, somos paralíticos, en el sentido de imperfectos. Y en una literatura como la suya, sin héroes o seres perfectos, los paralíticos alcanza un notable protagonismo.

Don Anselmo lo pretende ser para combatir así otro mal mayor: la soledad, especialmente dolorosa cuando se trata de un anciano. Jubilado y viudo, vive en la casa de su hijo y de su pasado sólo sabemos que lo tiene. Es, por lo tanto, un viejo. Molesta, va de un lado para otro y sólo encuentra compañía en su amigo Lucas, un paralítico propietario de una lechería. Pero la "pueril alegría" de quien acaba de comprar un vehículo para inválidos contrasta con la preocupación de don Anselmo, que teme perder al único amigo con quien podía hablar. Intenta seguirle: van juntos al cementerio, pero Lucas pronto descubre que puede ir a otros sitios más divertidos y hacer nuevas amistades. Ya no depende de don Anselmo, quien se queda arrinconado e "inválido"; más que su amigo: "Ahora el paralítico era él; el paralítico, el inválido y el impedido". Se siente excluido. Se inicia así un proceso hacia la soledad, que tanto preocupaba a Azcona y Ferreri. De ahí surge la obsesión del anciano por tener un "cochecito", aquello que le permitirá escapar de una soledad que amenaza con ser definitiva.


Una obsesión absurda y lógica al mismo tiempo. Sonreímos al ver las estratagemas urdidas por don Anselmo para demostrar su progresiva invalidez, pero comprendemos que detrás de ellas se encuentra la necesidad de seguir disfrutando de compañía, de escapar de una soledad en la que dejaría de ser alguien. De ahí su rebeldía con respecto a una familia que no le comprende y su reafirmación en una voluntad que choca con la de su hijo. No duda, a la hora de apropiarse de unas joyas, empeñarlas y convertirse en "cliente" de una ortopedia con "el escaparate lleno de complicados bragueros, de estremecedor instrumental quirúrgico y de repulsivos miembros ortopédicos". También está "el cochecito", el modelo más caro y, por las apariencias, mejor que los Biscuter de la época, que no tenían marcha atrás y no necesitaba capota, pues según el genial Miguel Gila sobraba con la boina del conductor.

Miguel Gila

Don Anselmo lo compra y consigue la independencia, que le abre nuevas posibilidades en compañía de los inválidos: meriendas campestres, excursiones, carreras... Sabe que es absurdo - no chochea como piensan sus familiares -, pero comprende que no le queda otra alternativa para evitar la soledad. Decide, pues, ser tan egoísta como quienes le rodean y se han comprado uno de los primeros "seiscientos", tal vez menos necesario: "Don Anselmo acababa de descubrir junto al placer de desplazarse sin mover los pies, el vicio de la velocidad." Ese egoísmo, o la necesidad de defenderse, le lleva a envenenar a su familia: "Ya no podía esperar más; ya no se sentía criminal. Lo iba a hacer en defensa propia. Tenía que salir a la calle, comprar veneno y eliminar a su familia, a aquella familia que ya no era suya". Echa los polvos en el puchero y, tras esconderse en la cama, termina saliendo en su flamante vehículo. Se arrepiente, pero ya es tarde. Cuando regresa se están llevando a todos al hospital. Llora y se limita a preguntar: "Oiga, dígame... ¿A la cárcel... a la cárcel se puede llevar... el cochecito?". En realidad, no le queda otra cosa.

No creo conveniente entender este final, censurado en la adaptación cinematográfica, como un asesinato o un caso de la crónica de sucesos. Sería tanto como desviar la atención con respecto al fondo de la cuestión: la licitud de un egoísmo cuyas consecuencias son absurdas o trágicas, pero que no es en esencia direrente al del resto de la familia. Comprendemos a don Anselmo con independencia de que asesine o no a quienes le impiden disfrutar de su vehículo. Queda la imagen de un personaje desvalido y obsesionado, arrinconado por la incomprensión de sus familiares y que se defiende de manera trágica. Que los polvos terminen haciendo o no su efecto es, realmente, secundario.

Los dos finales, el original y el impuesto por la censura cinematográfica, expresan la amargura del retrato de un anciano cuya imagen nos cuesta separar de la del gran Pepe Isbert (en breve le dedico un homenaje). Tal vez su genial interpretación haga más entrañable el personaje y reste algo, muy poco, de su carga corrosiva. En esa misma dirección también se sitúa el desenlace de la película, con la inolvidable imagen de una carretera solitaria al amanecer surcada por el cochecito, flanqueado por dos guardia civiles en bicicleta. Pero dista mucho de ser un final feliz. No lo puede haber para un anciano que ha agotado su última oportunidad de ser independiente, disfrutar de compañía y espantar el temor a la soledad.
Volverá a casa, perderá el cochecito y morirá.

jueves, 15 de marzo de 2012

La gauche divine de Barcelona


Si Rafael Azcona dejó bien claro en Los ilusos que en el Madrid de las tertulias no tenía nada que ver con lo que se decía de ellas, Barcelona no podía ser menos. Juan Marsé; un Azcona, pero con más mala leche, deja constancia de la vanidad y banalidad de los círculos literarios en la ciudad condal.


 Si París había sido una fiesta para Hemingway, también Barcelona empezaba a serlo, al menos para los miembros de la incipiente gauche divine de los sesenta. Fue el cronista Joan de Sagarra quien acuñó el término que definió a las gente de una época, dueñas de un espacio de libertad en el desierto cultural de la España franquista, la ruptura de anclajes con los atavismos que persistieron tras una guerra fratricida. El gorila albino Copito de Nieve iba a convertirse en musa del grupo. En 1971, prácticamente clausurada esa etapa en la que la cultura era sexy.

Noches de Bocaccio narra la historia de una traición, de una tomadura de pelo a la inteligentzia de la gauche divine. En el local al que se refiere el título, sede oficial del selecto grupo barcelonés, un dibujante propone a Marsé la realización del guión de un cómic, para lo que cuenta con material ya acumulado. Entre los documentos de la carpetilla se encuentra un diario que trastocará los frágiles cimientos del grupo. El narrador es testigo de la conmoción que acarrea la aparición de un supuesto genio literario, que parece haber confeccionado una novela de gran categoría cuando en realidad ha sido un arribista copión y vulgar que acaba siendo descubierto, para vergüenza de todos aquellos que alzaron la voz en su favor. El relato se convierte de este modo en una suerte de farsa con personajes reales, una fábula con moraleja que parodia con trazo grueso ciertas actitudes afectadas y recuerda las vacías maneras de todo un grupo de intelectuales vistos desde la atalaya desmitificadora de Marsé. El divertimento es la crónica apresurada de lo que fue el fenómeno de la gauche divine: una entelequia, una forma de pasar el tiempo y también de mitificar ciertas cosas, como la resistencia antifranquista.


Su génesis está a caballo entre la primera y la segunda etapas de las tres etapas en las que puede estructurarse la labor cuentística de Juan Marsé. Parece ser el reverso ficcional del ensayo-guía que confeccionó Jaime Gil de Biedma sobre la vida nocturna de Barcelona en 1966 bajo el elocuente título "Revista de bares". El relato le sirve a Marsé para saldar sus cuentas pendientes con esa época de vanidades y compromisos, aunque ya ha señalado que "fue más un chiste que un ataque con mala intención. Sólo en otro texto mío, concretamente en El amante bilingüe, hay otra referencia a ese momento, pero, en líneas generales, creo que como escritor esas experiencias no se filtraron en mi literatura, sino que se consolidaron como departamentos estancos independientes. Nosotros tomábamos copas, hablábamos de la vida y de la literatura y nos unía un cierto sentimiento antifranquista. Nada más; era divertido porque éramos jóvenes". Algunos de ellos ya habían descubierto algo; otros no tardarían en hacerlo: la vida empezaba a ir en serio.

Barra de Bocaccio

Ahora sólo cabe esperar la novela de los ilusos y de la gauche divine de Internet, o sea, también una forma de pasar el tiempo cómodamente en casa delante de la pantalla y en zapatillas, y, sobre los encuentros, ya ni hablo. Al fin y al cabo ¿para qué tanto cuento si uno escribe para escapar del mundo?

                           

Los europeos (más ilusos)


En esta novela dos jóvenes  pasan el verano de 1958 en Ibiza a la caza y captura de "las extranjeras", no es otra cosa que un viaje que se pretendía "liberador" en el sentido menos filosófico del término.
Quien se expresa con tanta ilusión es Antonio: veintisiete años, hijo único de papá millonario y aspirante a empezar la carrera de Arquitectura. Intenta transmitir sus ansias de juerga e inagotable entusiasmo a Miguel: treinta años, delineante en la empresa del padre del primero y dubitativo al principio. Tendrán sus "aventuras", no tan divertidas como pretendían, y como en cualquier viaje encontrarán oportunidades de conocerse a sí mismos. El resultado es demoledor. La mediocridad de ambos nos conducirá a un final duro y hasta desolador. 
Ya era un rasgo azconiano, pero en esta ocasión alcanza una intensidad en absoluto atemperada por el humor o el vislumbre de alguna esperanza.

Elke Sommer y el primer bikini del cine español

La Ibiza de aquella época está brillantemente descrita por el agudo Azcona. Algunos de los momentos de la novela así lo atestiguan. El incipiente turismo chocaba contra la férrea moral del nacionalcatolicismo, grotesco en su vano intento de parar un aluvión que sacudió las costumbres de las zonas veraniegas. Todavía algunos guardias municipales se empeñaban en vigilar el decoro, las señoras murmuraban mientras hacían labor en la playa. Todo inútil, aunque resultatara molesto para quienes ejercían la libertad de llevar pantalones cortos o el torso desnudo. El bikini vendría casi al mismo tiempo y pasaría a la pantalla con Bahía de Palma (1962), gracias a una Elke Sommer - extranjera, claro está - en compañía de Arturo Fernández y Cassen, el galán y el chistoso.

Los motivos de Antonio y Miguel, también cabe relacionarlos con esa búsqueda del placer, aunque en el caso del primero se reduce a una obsesión: acostarse con extranjeras y, en su efecto, con cualquier otra mujer. Por imperativo físico, fruto de su edad y también, claro está, de una represión sexual propia de una España en la que follar no era un pecado sino un milagro. Ambos encontrarán mujeres alejadas de este modelo, pero la novela también es la crónica de una frustración, pues casi siempre el resultado no se corresponde con los deseos. Y no porque predomine el tono de la comedia italiana de los años sesenta, que tanto entusiasmó a Azcona porque no es que escaseen los grandes amores, es que no hay un polvo bien echado.


Antonio no desiste. Como otros personajes azconianos, su obsesión la hace inasequible al desaliento. Fracasa una y otra vez en sus intentos de suducir mujeres, cae a menudo en un ridículo compartido con otros españoles que van a lo mismo, pero está convencido de que triunfará. Su abúlico amigo Miguel se resiste al principio, parece más maduro y respetuoso, alberga dudas, pretende disfrazar sus ansias con excusas, pero al final se deja arrastrar. No sabe, ni pretende en realidad, decir "no". Pierde su independencia y, como es habitual en las obras de Azcona, a partir de este momento surgen los problemas. Tal vez porque descubre que el verdadero problema es él mismo. El resultado es desolador: los dos amigos dejan de serlo, se gastan una fortuna, no alcanzan su objetivo, uno queda malherido y el otro en manos de la policía. No sólo han sido grotescos en su vano empeño, sino que acumulan todas las desgracias posibles en una sola noche. Y al fondo, la mujer...

En Los europeos, la descripción y la narración quedan relegadas por unos excelentes diálogos caracterizados por la agilidad, fluidez, brevedad cortante y precisión, incluso superiores a otras novelas tenidas como modélicas dentro del objetivismo narrativo de la época. Unos diálogos que, por su banalidad y recurso al tópico, van mostrando la mentalidad de los dos jóvenes amigos y la amplia galería de personajes que encuentran en sus andanzas. Una técnica similar de la empleada por otros novelistas españoles coetáneos, que pretendían así dar cuenta de aspectos de una realidad escamoteada o silenciada. Nada tiene que ver la Ibiza descrita en los folletos leídos por Antonio con la que aparece en una novela acorde con el objetivo del grupo generacional de Azcona: informar acerca de una realidad silenciada.

 Rafael Azcona y Luis G. Berlanga

Los europeos es el mejor ejemplo, tan deudor como los primeros de una realidad observada por el autor, aunque más elaborado en torno a una línea argumental coherente, precisa y sin divagaciones. Luis G. Berlanga la quiso adaptar al cine. Son muchos los proyectos de ambos colaboradores que quedaron en el papel y en este caso no es difícil imaginar algunas de las razones. Dudo que fuera aconsejable en aquel contexto de censura cinematográfica la adaptación de una novela alejada del humor. Todavía más dificultades entrañaría la presencia de un aborto en el desenlace.

miércoles, 14 de marzo de 2012

Los ilusos


A mis dos maestros: Rafael Azcona y Antonio Mingote

 "El humor levanta el telón y nos sorprende desprevenidos, asomándonos a nuestra modesta condición de pobres gentes errantes en un pedazo de tierra que viaja por el Cosmos, y arranca de nuestras manos toda posibilidad de seguir dándonos importancia."

Antonio Mingote

Los ilusos da cuenta de un ambiente propio del Madrid estrafalario que encontró Rafael Azcona a su llegada; aquellos jóvenes procedentes de provincias que pronto descubrieron una capital donde los modelos respetables apenas existían. Azcona ni siquiera se acogió a la hospitalidad contertuliana de su admirado Pío Baroja, que por entonces impartía "cursos de desencanto" en torno a términos altisonantes como la felicidad, el éxito, la fortuna o el poder. Ante el metódico compendio de la mediocridad, Azcona optó por sumergirse en un mundo peculiar que determinaría en buena medida su novelística. En esa línea aparecerán tipos extravagantes cuya supervivencia es un desafío a la lógica, pícaros curtidos en mil artimañas, buscavidas sólo imaginables en una sociedad de sucedáneos, atrapados por la vida. Pero antes, y de mano de su amigo Antonio Mingote, ilustrador de esta magnífica novela, el joven poeta se convirtió en humorista cuando una tarde en el Café Varela descubrió que "en la vida ya está todo perfectamente rimado".


Así sucede en Los ilusos, novela con una base autobiográfica donde se narra la llegada del protagonista a la capital para ganarse la vida con las letras. No lo tendrá fácil, pero de su mano conoceremos la bohemia de algunos cafés de la época, poblada por individuos estrafalarios que Azcona recrea con su habitual lucidez y capacidad de observación. Da cuenta así de un ambiente peculiar y, como siempre en su trayectoria, situado en la otra cara. No es el Madrid literario del Café Gijón y otros prestigiosos cenáculos, habitualmente recreado por quienes se han ocupado de esta época desde el testimonio personal. Todavía menos relación guarda con el de las fiestas en cabarets y pisos particulares culminadas con tablaos flamencos, a las que tan aficionados eran algunos literatos que alternaban con la farándula en un Madrid nocturno, canalla y selecto, y, por eso mismo, tolerado. En esta ocasión, como ya he dicho, se trata del Café Varela o el Comercial, tan olvidados como sus veladas poéticas y sus habituales clientes que, con poco gasto, disfrutaban de variopintos servicios. Eran, en su mayoría, "los ilusos" cuya única huella se encuentra en esta novela que se incorpora a las que, en diferentes épocas, han dado cuenta una bohemia de pícaros, supervivientes, poetas y personajes estrafalarios. Los ilusos vincula a una tradición picaresca, revitalizada para reflejar las ilusiones de esos aspirantes a la gloria de las Letras y las Artes. Una tradición que no es para Rafael Azcona un referente erudito, sino un marco donde plasmar una experiencia.

Paco (vaya), el protagonista de Los ilusos, llega a Madrid ilusionado y con buenas intenciones: "A trabajar, a luchar, a abrirse camino". Trae un escaso bagaje. Como el propio Azcona. Pero pronto estará rodeado por un sinfín de circunstancias, su libertad será condicional y en la nueva vida encontrará motivos de desánimo. Habrá de ajustar, pues, sus ilusiones a una realidad que conoceremos de su mano, mientras deambula por cafés, pensiones y calles de un Madrid que alberga una alicorta y disparatada bohemia. La descripción del ambiente y los personajes que pululan en los recitales poéticos constituye una excelente muestra al humorismo de Azcona. Los miembros de aquella bohemia protagonizan unas veladas donde la poesía no brilla, pero se vive. Algunos de estos personajes cobran singular importancia. Mateíto, un pícaro en el sentido estricto de la palabra, es un excelente ejemplo. Vive en el café sin haber pagado un solo terrón de azúcar. Animoso y ocurrente, muestra un desparpajo increíble y siempre está listo para ejercer el arte del sablazo. Paco le admira (y yo también) y, en momentos de desánimo, queda maravillado por la voluntad de salir adelante de un Mateíto que acabará de actor cómico en una compañía de revista.


En Los ilusos no hay sujetos capaces de llevar por los cafés el cadáver de su hijo para pedir dinero. La amoralidad no alcanza los límites degradantes de la "golfemia". Sus personajes son más pintorescos que golfos. Dan sablazos, engañan y se las ingenian, con sudores, para vivir sin trabajar al modo de los pícaros. Esconden miseria como Mateíto, cuyo desparpajo contrasta con su ajada ropa interior que deprime a Paco. Pero Azcona no degrada a su personaje.

Paco conserva un mínimo distanciamiento que, con la ayuda de otro de sus amigos, Fermín, le hace ver lo absurdo y disparatado de una manera de vivir que, en parte, es fruto del miedo a enfrentarse a la realidad. Lo comprueba por primera vez cuando le ofrecen un puesto de trabajo en una residencia de enfermos mentales. Sale espantado, con un inconfesable miedo. Los ilusos es una novela concebida desde una posición intermedia entre el rechazo y la admiración por el mundo que refleja. Azcona siempre ha recordado aquellos días vividos en un café poblado de estrafalarios personajes, que tanta influencia tendrían en su obra, no por su recreación en esta novela, sino porque condicionaron el enfoque del autor en otras muchas. Pero, al mismo tiempo, su lucidez le llevaba al rechazo de lo ilusorio. De ahí la decisión final de Paco, tal vez dura y amarga porque nadie imagina que en el hotel donde acaba trabajando vaya a disfrutar. También porque Los ilusos, tanto las individuales como las colectivas, han quedado hechas trizas. Pero, una vez más sumergido en la realidad, será capaz de convertirse en un superviviente con algo más que pura ilusión. En definitiva, es un punto y aparte que marca un fracaso. También una esperanza más diluida y contradictoria que la del joven Paco a su llegada a Madrid. Más real, claro está.

Azcona no fue lejos, ni pensó en el Cosmos, como dice más arriba Mingote. La base de ese humor la tenía tan cerca y con enormes posibilidades a la espera de una recreación como la suya. Así lo comprendió y en poco tiempo culminó en la etapa de madurez novelística, bruscamente interrumpida por su incorporación al cine, para mayor gloria.


lunes, 12 de marzo de 2012

El mundo de los ciegos

 "Adaptar y acostumbrar la mirada al mundo como es, es a la vez, cegarla para ver cómo es el mundo."
Rafael Sánchez Ferlosio, Vendrán más años malos y nos harán más ciegos.


El país de los ciegos, de H. G. Wells es un gran apólogo moral y político, digno de figurar junto al gran Swift, una meditación sobre la diversidad cultural y sobre la relatividad de toda pretensión de considerarse superior.
En los Andes ecuatoriales, un poblado de indios ha permanecido aislado del resto del mundo durante algunas generaciones. Todos sus habitantes son ciegos. Los niños nacen ciegos; los últimos viejos que habían gozado de la vista han muerto, todos han perdido ya la memoria de lo que significa ver; las casas no tienen ventanas, ni luz, ni colores. Del mundo exterior llega un hombre; creen que es un disminuido incapaz de hacer lo que ellos hacen, y piensan que dice cosas sin sentido. El hombre imagina llegar a ser su rey, como dice el proverbio del tuerto en el país de los ciegos. Pero el proverbio yerra: en el país de los ciegos quien no ve es más fuerte que quien ve.

 Cuando leí este cuento de Wells hace ya unos años me hizo recordar otro cuento del divino Edgar Allan Poe, El diablo en el campanario. En él nos encontramos en la pequeña ciudad holandesa de Voderrotteimittiss, cuyo orgullo y tesoro más preciado lo constituye el reloj del ayuntamiento. Se encarga de cuidarlo un hombre que en realidad no tiene nada que hacer, pues el reloj es perfecto: marca las horas puntualmente y jamás se estropea. De modo que la función del encargado del reloj pertenece, en palabras de Poe, "a la más perfecta de las sinecuras". El hombre que custodia el reloj de la torre, el que monta la guardia a las puertas de la ciudad, el que vigila el rebaño y el campo sembrado, el bosque y la casa.

El mundo entero, todo y todos, están siendo vigilados desde los albores del tiempo, desde los siglos de los siglos; siempre y en todas partes. Quien mejor lo sabe es aquel que haya vagado por nuestro mundo: fuese donde fuese, dirigiese sus pasos a donde los dirigiese, enseguida aparecía alguien que vigilaba aquel lugar, aquel camino, aquella tierra, aquella montaña. En realidad no puede uno dar un paso sin toparse con alguien que vigila, guarda, cuida, supervisa y protege; por profesión o por hobby, por celo o por aburrimiento, siempre o sólo de vez en cuando, pero seguro, segurísimo, que habrá alguien así allá donde vaya.

¡Cuánato tiempo y esfuerzo, cuánta atención y energía destina (destinó y seguirá destinando) la humanidad a la vigilancia! ¡La sempiterna vigía! ¡La sempiterna alerta! ¡Noches en vela! ¡Párpados abiertos! Ejércitos enteros de centinelas. Grandes instituciones y organizaciones. Policías y guardas. ¿Y a quién vigilan tanto! ¿Y tú, a quién vigilas? ¿Y ella? ¿Y él? ¿Y yo?

Es bien cierto que son pocas las veces en que somos dueños del rumbo de nuestra vida y de las decisiones que tomamos respeto a nosotros mismos. Y es que nos guían no sólo las órdenes y disposiciones de otros. Nos basta con sus presiones, sugerencias, opiniones, deseos... A menudo resulta suficiente el estado de ánimo de otra persona para que se derrumbe nuestra seguridad y cambien nuestros planes. Y a pesar de que esa sumisión ante las voces, a veces, tan sólo las miradas de otros, parece dar fe de nuestra debilidad, no obstante, a menudo se trata de algo muy positivo  (paradoja de paradojas), puede salvarnos de dar un salto al vacío.


viernes, 9 de marzo de 2012

El capitán de los proscritos


-¡Qué esto sea una lección para ti, Guillermo Brown!- dijo.
Pero Guillermo ya no estaba allí.


De niño fui bastante obediente y, no por ello, evité que me dieran más de una bofetada, más de una reprimenda y castigos injustos. Con los adultos no había manera, siempre estaban en desacuerdo con lo que uno hacía. Por aquel entonces, la vida ya se me antojaba un asco. Mis deseos interiores naufragaban en un mar que todavía no le había puesto un nombre; más adelante se llamaría el mar de los Sargazos, y todas las obligaciones impuestas no acertaba del todo a comprenderlas. Era el pan de cada día.



Toda infancia es un largo victimaje bajo el amor o el odio de los mayores, que ni ellos mismos saben lo que les pasa con nosotros cuando somos pequeños. Federico Fellini dijo una vez: “Digamos la verdad: ¿Qué significa verdaderamente este moralismo del convertirse en adulto? Y, aun admitiendo que sea posible convertirse en un adulto, ¿qué se hace cuando se consigue?”. El adulto es un ex niño, decía Paul Hazard, y nada más que un ex niño. Por eso me sorprende la visión utilitaria que tenemos de la infancia y de la adolescencia. En nuestra sociedad un niño no tiene ningún valor, en si mismo: o es un proyecto de adulto o no es nada. De esa negación nos pasarán factura un año de éstos. El otro día un ministro, del tres al cuarto, de Educación dijo en una entrevista, junto a la frase progre de que la escuela no se va a sufrir, el disparate de que se iba a aprender cosas útiles para el día de mañana. ¿Qué les enseñan para el día de hoy? ¿Es que hoy no son? ¿Es que solo sirven como proyectos de ingenieros, médicos o drogadictos?



Volviendo a mi pasado. Iba un día camino del colegio (tenía once años) y descubrí en un aparador de la única librería existente en mi provincia, un librito de cuyo título rezaba Travesuras de Guillermo. No me avergüenzo decirlo, pero el obediente que llevaba conmigo desapareció en el acto. Entré y miré a ambos lados de la librería para robar ese libro de colores chillones con un niño en la portada que sonreía como un diablillo. Salí precipitadamente hacia la calle y creo que nunca llegué a correr tanto como  aquel día. Mi corazón latía con violencia en mi pecho. Estuve todo el día en clase esperando impacientemente  la hora de la salida para poder ver mi tesoro oculto en mi maleta. Aquella noche, cuando en mi casa todos dormían, me puse a leer a una tal Richmal Crompton y descubrí a ese niño que no se apartaría de mí jamás.



Richmal Crompton

¡Guillermo Brown! Guillermo es héroe y niño a la vez: ¡eso que llevamos ganado! Tal como exige al arquetipo, es el menor de tres hermanos, y los dos mayores no tienen de él una conciencia precisamente alta en lo intelectual o lo moral, aunque respetan con escarmentado escalofrío su capacidad destructora. Guillermo no ha matado todavía a su padre, ni parece que tenga que decidirse a ello un día de éstos: el señor Brown sabe hacerse muy bien el muerto tras la barricada de papel del Times y es tan poco estimulante para los impulsos rebeldes como un día de lluvia para una misa de campaña. Y Guillermo, como es de rigor, ama a su madre, la tierna, distraída e ineficaz señora Brown, capaz de tolerarlo todo precisamente porque no entiende nada de nada. Guillermo la protege (aunque solo logre por lo general de desencuadernarla) con ceñuda resignación, mientras el ciego afecto de ella no va más allá de considerarle un niño “bueno”, es decir, algo así como un poco descuidado y cuya buena voluntad se ve contrarrestada por la crónica adversidad azarosa de las apariencias. No cabe duda de que esta falta de reconocimiento tiene que serle íntimamente dolorosa al gran capitán de los proscritos, pero es innegable que no deje de tener ciertas ventajas a la hora de camuflar alguna proeza particularmente comprometida. Pues el mundo del héroe, es decir, el ámbito de la acción antiutilitaria y aventurera, pertenece tanto al reino del mal como del bien, es intrínsecamente ilegal, aunque pueda dar lugar a una nueva legalidad precisamente cuando la heroicidad se desvanezca.



Con Guillermo Brown, con el capitán, ¡oh, mi capitán! de los proscritos, pude defenderme hasta hoy del triste requerimiento de convertirme en adulto productivo y respetable. Pude defenderme contra el contagio humillante del tiempo y el flagelo de la realidad adulta. Nunca olvidaré esas primeras lecturas y el punto de vista del héroe: ahí está el secreto. Sin él, sólo se puede ser persona de provecho, hombre de mundo, reformador bienintencionado de la sociedad, pero con él se puede ser todo eso y cualquier otra cosa, pirata, piel roja, oso, conquistador, detective, dragón, rebelde, proscrito, incomprendido, genial, como Guillermo Brown.