Acabo de llegar a París. Los lugares de paso son tristes, lo pienso mientras sigo esperando el equipaje. Son tristes las estaciones de ferrocarril de las ciudades y sus alrededores. Siempre hay bares de frituras, un pequeño quiosco de prensa, tiendas donde venden maletas baratas, pensiones con gatos en los mostradores, tubos de neón y olores agrios. Son tristes los andenes, los muelles, los vestíbulos de los grandes edificios, las paradas de metro, las de autobuses.
He venido a París para ver y fotografiar el axolotl.
La habitación de mi hotel, de este hotel en el 3 del Boulevard Montmartre, no tiene ninguna puerta condenada. Siempre, cuando viajo, lo compruebo. Miro detrás de los armarios, de los muebles libreros, de los estantes de pared. A veces he descubierto alguna (no pongo valijas contra ella como Petrone, sí alguna silla, algún zapato cruzado en el camino), pero nunca he oído a ningún bebé llorar, ninguna mujer me ha despertado a mitad de una noche mientras le habla a una almohada. Voy al cuarto de baño para cepillarme los dientes. Pienso en los años sesenta y en los setenta cuando muchas mujeres quisieron ser Magas y muchos hombres quisieron ser Oliveiras, apretar con descuido frente al espejo cada mañana el dentífrico donde a uno le viniera en gana y dejar el taponcito junto al grifo, en la pila, sin preocuparse de volverlo a enroscar. Muchos quisieron ser también Julio Cortázar, un escritor cuyos personajes se expresaban como lo hace la gente en la calle, sin retórica, sin engolamiento, sin peajes academicistas, y una persona de gran alcance carismático. Comportarse desinhibidos como lo hacen ellos en el Club de la Serpiente, cuando la Maga enciende otro Gauloises y canturrea, cuando alguno de ellos se pregunta en voz alta por qué París es una enorme metáfora, y Rocamadour tiene fiebre, el pobre, y cae la noche tras los puentes, en las calles cae la noche, sobre el Marais y sobre esas habitaciones con techo de viga que se adivina (las he visto muchas veces) desde la rue des Frances Bourgeois. Ese es el París que justamente nos transmite Cortázar, el que sentí cuando leí Rayuela en mi adolescencia, esa novela de espacios y componentes míticos, pero dislocada al mismo tiempo en su estructura, lo que la hacía más atractiva; en su suma de partes que dan un todo si el lector quiere, ya que él es quien hace cristalizar su unidad, nunca el narrador demiurgo.
Me introduzco en el metro. Siempre que lo hago no puedo evitar pensar en uno de esos personajes de un cuento de Cortázar, en el que nos decía que "no todos los que bajan al metro vuelven a la superficie". Sí, el metro donde Johnny Carter perdió el último saxo. Docenas de veces me he sentido fuera del tiempo, introduciéndome por un pasillo mental hacia otro crono temporal. Carter es un tipo que no tiene claro que él es el centro activo de sus propias contingencias psíquicas y orgánicas: "yo no pienso nunca; estoy como parado en una esquina viendo pasar lo que pienso, pero no pienso lo que veo". De repente miro por pura distracción hacia el extremo opuesto y veo a Julio Cortázar, estoy seguro de que es Julio. Está sentado, sobresale por encima del resto por lo menos dos cabezas, va solo y me digo ahora me levanto y me acerco a él, pero no me atrevo, me quedo paralizado. El metro llega a una parada, Julio lleva libros y se apea.
He salido ileso a la superficie. Camino pensando en las bestezuelas de Julio. Es obvio que sus animales no siempre son lo que parecen sino que sugieren más de lo que representan. El joven violentado por los conejitos en "Carta a una señorita de París", la transmigración del visitante en el Jardín des Plantes en "Axolotl", el caballo enloquecido que golpea con los cascos la casa mientras Mariano selecciona un disco de Beethoven en "Verano", el tigre que deambula en lo de Funes en "Bestiario" como un perro dócil, las hormigas que irrumpen y lo ocupan todo en los zócalos de Banfield en "Los venenos", ofrecen ese juego que siempre buscaba Julio en su relación con la literatura y en la relación de su literatura con el lector, que no es otra cosa que el de la provocación. Provocar una exhalación, un aspaviento, una confusión, una reflexión, una carcajada, una extrañeza. Llego al Jardín des Plantes para fotografiar el axolotl, sopla un viento muy frío, pero el pabellón de los anfibios está cerrado, aunque sí tomo una fotografía del edificio con mi Minolta donde Julio descubrió el axolotl, ya viviendo en París. No vuelvo a bajar por donde lo hace el personaje del relato; Port Royal, St. Marcel y L' Hôpital, al encuentro de la estatua de Linneo (siempre que la veo, quizá por efecto empático, tiene una paloma, un mirlo, un reyezuelo en la cabeza).
¿Por qué me atrae tanto el axolotl? El oxolotl tiene los ojos de oro, dos puntas de fosforescencia dorada en los globos, dos puntos aúreos en ese cuerpo de piel en extremo sensitiva, en esa especie única en el mundo que habita en el lago de Xochimilco, el axolotl, del nahuartl (monstruo o perro lanudo), un animal que pertenece siempre en forma larvaria, que posee branquias externas, un anfibio de hasta medio metro que se cobija en la nocturnidad, incluso es capaz de reponer sus células cerebrales. Ese cambio del hombre que llega en bicicleta al Jardín des Plantes, se baja de ella y la apoya contra la verja, entra en el pabellón, entorna los ojos al primer golpe de oscuridad, descubre el mundo del silencio y agua a quince grados de los oxolotl, los observa, el hombre que deja de ser hombre y se metamorfosea en uno de los axolotl que miran la vida a través del vidrio de aumento, inmóviles seres, axolotl aliementándose de larvas de mosquitos, axolotl negro, blanco, albino, gris, universo de soledad. Es una lástima que ese hombre con su cámara Minolta no pueda fotografiarme. Hoy el pabellón está cerrado por descanso de personal.




























